Lado B
El hombre de la última palabra
Todas las mañanas desde el 16 de marzo del 2020, Luis Miguel Barbosa Huerta, gobernador de Puebla, ofrece una conferencia de prensa que, si bien al inicio pretendía informar sobre la pandemia, poco a poco se ha convertido en un espacio para acallar, denostar, ningunear y, sobre todo, imponer su voz por encima de cualquier otra
Por Mario Galeana @
18 de julio, 2022
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En la mano derecha sostiene una copa invisible de champán. Está recto sobre el asiento, pero inclina la mirada hacia sus dedos, como si realmente pudiera observar algo en ellos. De pronto imposta la risa y la voz de un aristócrata: es su imitación de la cena que un grupo de empresarios de derecha ha realizado la noche anterior.

“Jo, jo, jo, jo. ¡Qué gran idea de reunir a todo el Yunque, a la Familia Peluche!”, exclama.

El de la copa es Miguel Barbosa y la escena ocurre en una conferencia de prensa que se transmite en vivo a través de los canales oficiales del gobierno de Puebla. Es la mañana del 20 de mayo de 2022, pero da lo mismo qué día sea: de lunes a viernes, el gobernador se sienta ante la cámara y durante alrededor de media hora habla de todo… o de casi todo.

Ahora pasa de los empresarios a un columnista que criticó la designación de una de sus exfuncionarias como auditora general en el estado. Ya lleva una hora disertando al aire y quizá por eso deja que su cuerpo caiga suelto sobre el asiento.

Lo que dice a continuación contrasta con sus ojos apagados: «Yo a ese periodista, a ese malqueriente, le voy a hacer unas recomendaciones de unos brebajes espirituales”. Y le sugiere, en ese orden, té de cuachalalate para la rectorragia, pasiflora para los nervios, tepezcohuite para la alopecia y cebo para los talones secos.

“Para que libere ese rencor, esa tensión y ese odio”, remata.

No es lo mismo ganso que pato

A las 8 de la mañana, Miguel Barbosa llega a Casa Aguayo, la sede del gobierno del estado, junto a su esposa Rosario Orozco y un grupo de asistentes que rezumban a su alrededor. Entran por el estacionamiento y él asciende hasta el segundo piso utilizando una silla salvaescaleras, dado que el pie derecho le fue amputado hace más de ocho años. Caminan juntos al Salón Juárez y allí, con su equipo de comunicación y de asesores, repasan algunos temas del día hasta que dan las 9 e inicia la transmisión. 

Casi todas las mañanas del gobernador han transcurrido así desde hace más de dos años. El ritual comenzó en marzo de 2020 con el afán de informar sobre el avance de la emergencia sanitaria por COVID-19. Pero, poco a poco, la pandemia ha dejado de ser lo más relevante de una conferencia en la que el gobierno aplica a la prensa absoluto derecho de admisión e improbable derecho de réplica. 

En el canal de YouTube y en la cuenta de Facebook del gobierno del estado se han publicado más de 850 videos sobre las actividades públicas de Barbosa, dos terceras partes son  estas conferencias de prensa.

Revisar los videos es encontrar un compendio de sus ciento y un rostros: ora bondadoso, amenazante y salomónico, ora agresivo, jocoso y despiadado. Horas de grabación en las que ha zarandeado a sus rivales, ha prometido investigaciones, ha humillado a funcionarios, ha gritoneado a reporteros y ha dicho, sobre todo, que en Puebla las cosas son distintas.

Al final del 2024, lo que se recordará del gobierno de Miguel Barbosa no será una obra; será la conferencia.

Pero esta  tradición, como se sabe, no es idea suya. Las conferencias mañaneras fueron instauradas por Andrés Manuel López Obrador en el 2000, durante su primer año como jefe de Gobierno de la Ciudad de México, y popularizadas a nivel nacional 18 años después, al llegar a la Presidencia.

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No es casual que el gobernador haya decidido tropicalizarlas con los medios en Puebla: desde el 2018, el estilo de Miguel es una versión despintada del estilo de Andrés Manuel. 

Más allá de su paso por el PRD, donde fueron aliados y rivales en épocas distintas, sus trayectorias no son muy parecidas: hijo de una familia de caciques en la Sierra Negra, Barbosa brincó a la política y se amuralló en una tribu perredista que lo catapultó a la burocracia dorada del Senado de la República, donde curtió el músculo del parlamentario —la lengua— y prodigó largos y solemnes discursos. 

Como aquel célebre alegato en el que, ofendido por el desdén de Andrés Manuel ante una eventual alianza entre Morena y el PRD, dijo que la soberbia de López Obrador parecía infinita.

Cuando sólo era candidato, al final de cada mitin de campaña sus partidarios coreaban “¡Es un honor, Barbosa gobernador!”, imitando la proclama “¡Es un honor estar con Obrador” que comenzó a arengarse desde 2006, y él mismo cerraba sus discursos al grito de “¡Me canso ganso!”, otra de las frases popularizadas por el presidente.

Ahora, afianzado en el gobierno estatal, Barbosa ha adoptado el sermón del hombre de pueblo que desprecia los modos de las familias opulentas del establishment poblano. Un hombre que, al principio de la pandemia, decía que el COVID-19 era una enfermedad que sólo le daba a los ricos o, en todo caso, una enfermedad que podía curarse con mole de guajolote.

“La diferencia es que estas conferencias las encabeza un político con un perfil muy distinto al del presidente. Un perfil más confrontativo y poco dialogante, un perfil con resortes e impulsos autoritarios, como lo hemos constatado a partir de respuestas muy ríspidas con ciertos integrantes de la prensa”, plantea Roberto Alonso Muñoz, coordinador del Observatorio de Participación Social y Calidad Democrática de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Y agrega: “La comunicación es una estrategia que requiere sagacidad política, un manejo más orgánico con los medios. Cuando esto no ocurre, porque la reacción del gobernante pasa más por las entrañas que por las razones, ese modelo puede resultar contraproducente”.

En las mañaneras de Palacio Nacional todo está al alcance de la vista: se sabe cuántos reporteros están presentes, quiénes alzan la mano para solicitar la palabra, e incluso algunas veces ha existido la posibilidad de que los periodistas debatan brevemente con el presidente.

En las mañaneras de Casa Aguayo todo ocurre exactamente al revés: sólo algunos reporteros tienen acceso a la sala virtual dispuesta para la prensa y nadie que no esté en ella puede saber cuántos se encuentran conectados y quiénes desean hacer una pregunta.

Ningún micrófono se activa si no cuenta con la autorización de Verónica Vélez, coordinadora general de Comunicación Social del gobierno y censora de las conferencias. Es ella quien elige quién habla, en qué orden y hasta cuándo.

“En cuanto decimos nuestra pregunta, el equipo del gobernador silencia nuestro micrófono y ya no podemos replicarle nada. Mis propios jefes me han dicho: ¿por qué no volviste a preguntar?, pero esto no es un chacaleo o un diálogo, es algo unidireccional”, dice una reportera.

Barbosa también ha dejado en claro que una vez que él habla, nadie más puede hacerlo. Se lo dijo textualmente a una reportera el 18 de diciembre de 2020: “Cuando el gobernador ya habló, ya ningún otro puede hablar, ¿sale? Aprende eso, por favor. No preguntes”.

No preguntes: una conferencia diseñada para no preguntar.

Un elefante en la habitación

Miguel Barbosa

Foto: Marlene Martínez

El lunes 4 de julio de 2022 Miguel Barbosa utiliza la conferencia para iniciar formalmente su propia sucesión. Nunca mira hacia la cámara, sino a alguien que parece estar fuera de cuadro. En menos de cuatro minutos, da manga ancha para que los funcionarios de su gobierno se destapen y promuevan frente a la ventaja de quienes, dice, llevan haciendo campaña por al menos dos años.

La noticia se publica a ocho columnas en la mayoría de los diarios y, en un efecto cascada, un puñado de secretarios siguen su instrucción: se destapan en videos donde posan junto a sus esposas, en improvisadas conferencias de prensa y en fastuosos complejos residenciales a los que la prensa llega invitada para comer chiles en nogada. Entre los medios hay cierta agitación por anunciar quién será la siguiente “corcholata” de Barbosa durante todos esos días.

“El periodismo poblano tiene ese defecto de anclarse fundamentalmente a las opiniones”, observa el académico Roberto Alonso Muñoz. “Y el gobernador se aprovecha de eso para aparecer un día sí y al otro también como actor principal en las discusiones públicas, para tratar de definir las primeras planas”.

Ese mismo lunes consigo que un periodista me comparta el enlace que una trabajadora del gobierno le envía para ingresar a la conferencia virtual del gobernador. Hay 22 reporteros conectados, pero sólo tres hacen una pregunta.

Por lo que sucederá los siguientes días, sabré que sólo llegué a la conferencia por un error.  

El martes 5 de julio el mismo periodista me comparte el enlace que la misma trabajadora del gobierno le envía para ingresar a la misma conferencia. Lo intento el miércoles 6 y el jueves 7 y el viernes 8, pero cada día me vuelvo a topar con un mensaje en la pantalla que indica: “Por favor, espere, el anfitrión le permitirá ingresar pronto. Reunión de Zoom del Gobierno de Puebla”.

La conferencia termina y la leyenda nunca desaparece. No todos son bienvenidos a la función del anfitrión.

“Creo que la conferencia ya no es una conferencia. Si fuera religioso, sería la homilía diaria del gobernador. Y en esta homilía manda mensajes a tres sectores: a sus funcionarios, a sus medios y a sus adversarios, que son básicamente los morenovallistas, muchas personas al interior de Morena y sus ex funcionarios, curiosamente”, sostiene Juan Manuel Mecinas, analista político e investigador de Derecho Constitucional.

“Estos medios, que son subsidiados por el gobierno, ya no tienen que publicar boletines; ahora replican la parte que les parece importante de la mañanera del gobernador”, añade.

En noviembre de 2020, la organización Artículo 19 denunció que sobre las conferencias de Miguel Barbosa se tendía un cerco, para no permitir el acceso a periodistas de ciertos medios de comunicación.

Pero otros tienen derecho de picaporte y han participado religiosamente en la conferencia desde el 16 de marzo de 2020, el día en que Barbosa apareció sentado por primera vez en el Salón Juárez. Gran parte son medios creados a la sazón de su gobierno, medios que suelen elogiarle, que repiten sus palabras hasta el hartazgo o que convierten a sus enemigos en los suyos también.

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“Lo que empezó como un ejercicio a la medida de la necesidad de la emergencia sanitaria, se ha convertido en un ejercicio que le pone límites a la discusión pública. Ya no es posible amplificar la discusión profunda o el debate público, que son signos democráticos, sino que todo empieza y termina con la palabra del gobernador”, agrega Alonso Muñoz.

Y su palabra ha empezado con frases así:

“Hicieron de esto todo un chisme con notas viejas. Por favor, no me quieran sorprender, niñitos”, dijo el 16 de octubre de 2020. “Lo que ha ocurrido es que algunos periodistas se rentan para golpear, se rentan. No muestran más que el nivelito pueblerino”, dijo el 13 de octubre de 2020. “No voy a permitir apreciaciones personales, ¡no lo voy a admitir!, y tú escribe lo que quieras”, dijo el 16 de marzo de 2020.

“¿Y sabes cuántas ya aparecieron? ¿Sí sabes? ¿Cuántas ya aparecieron? ¿No? Pues infórmate y luego pregunta”, dijo el 18 de mayo de 2020 a una reportera que cuestionó sobre las 166 mujeres desaparecidas en Puebla durante el año anterior.

“Porque se les hace (a los medios) una revisión fiscal, luego dicen: ‘¡persecución! ¡atentados contra la libertad de expresión!’”, dijo el 6 de enero de 2022 al referirse a  las auditorías que su gobierno ha realizado a El Popular y e-consulta, dos medios locales que enfrentan, al mismo tiempo, un aluvión de demandas judiciales por parte de sus funcionarios.  

Y su palabra también ha terminado con frases así:

“Nosotros en Puebla estamos siempre pendientes de garantizar el ejercicio de la libertad de expresión, de la libertad de prensa. Ojalá hubiera libertad de conciencia, ¿sí?”, dijo el 11 de marzo de 2021.

Y así:

“¿Cuándo puede decir un periodista: ‘perdón, me equivoqué’? ¿Cuándo?”, dijo el 8 de julio de 2022.

La voz del Salón Juárez 

Foto: Gobierno de Puebla

“¡Todos los que han sido mis secretarios de Seguridad Pública me desobedecieron! ¡Me engañaron!”.

Miguel Barbosa no tiene humor para nadie esta mañana de viernes, el primer día de julio del 2022. Sobre la larga mesa del Salón Juárez hay una placa de talavera con su nombre y una figurita de San Miguel Arcángel. 

“Obras, obras, obras. Carreteras, carreteras, ¡pongan las carreteras! Hospitales, mercados, rastros, unidades escolares, ¡cientos de unidades escolares que hemos construido! Con orden, con orden, con orden”, dice picándose las sienes.

Primero regaña a uno, a dos reporteros. Pero después apunta hacia Verónica Vélez, su jefa de prensa, a la que culpa por no difundir apropiadamente los que él considera que son los méritos de su gobierno.

“Luego por eso me dicen: ‘Gobernador, no se sabe todo lo que hace’. ¡Y tienen razón! Empiezo a pensar que tienen razón”. 

Y en ese arranque contra todos reconoce algo no había dicho jamás: que El Pueblito, una zona ilegal dentro del penal de Puebla con más de 100 cuartos de lujo para los presos que podían costearlos, era más grande y mucho más sólido de lo que le dijeron tres de los cuatro secretarios de Seguridad Pública que ha tenido en su gobierno. 

“¡Me engañaron! ¡Porque yo los instruí a su destrucción y todos me dijeron que estaban destruidos! ¡Que ya lo habían hecho! ¡Pero no lo habían hecho! Eso lo hicieron los tres… ya pa’ qué digo nombres, unos más aberrantes que otros”.

Una veintena de exfuncionarios han sido expulsados del oscilante círculo de poder del gobernador en menos de tres años. Y las mañaneras de Barbosa, en las que muchos de ellos aparecieron, son ahora una antología del destierro.

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Al principio de la pandemia, junto a él salían David Méndez, ex secretario de Gobernación, y Jorge Humberto Uribe, ex secretario de Salud al que ninguneaba en público a la menor oportunidad. Le pedía datos y cifras, y el ex funcionario se perdía en el mar de hojas que llevaba a la mesa cada mañana. Alguna vez también estuvieron Abelardo Cuéllar, ex secretario de Trabajo, y Ricardo Velázquez, el ex consejero jurídico al que llegó a considerar su “alma gemela”. Y, claro, Rogelio López Maya y Raciel López Salazar, dos de los tres ex secretarios de Seguridad que ahora no quiere ni nombrar.

Algunos salieron indemnes o sin más acusación que no haber sido lo suficientemente aptos. Pero en otros Barbosa se encargó de colocar una diana a la que dispararon tanto su gobierno —con auditorías internas—, como algunos sectores de la prensa —que publicaron raudales de columnas y notas en donde la fuente principal son esas mismas auditorías—.

Le ha sucedido también a personajes ajenos a la política poblana, como la activista Saskia Niño de Rivera, cofundadora de la organización Reinserta, quien enfrentó una campaña de desprestigio desde algunos diarios locales a raíz del caso de Tadeo, un bebé de tres meses cuyo cuerpo fue encontrado en un contenedor de la cárcel de Puebla. 

La activista se adelantó al aparato gubernamental durante prácticamente todo el caso. Fue la primera en hacer público el hallazgo, en revelar la identidad de Tadeo y en localizar el cementerio de Ciudad de México del que fue exhumado. También dio decenas de entrevistas a medios nacionales en las que denunció el decadente estado del sistema penitenciario en Puebla. 

Acostumbrado a regir la conversación pública local, Barbosa respondió con ferocidad desde una conferencia realizada el 21 de enero de este año:

“Activistas que se dedican a protagonizar y a hacer aseveraciones sin sustento sólo para ganar protagonismos… ¿qué va a pasar cuando se esclarezcan los hechos? Todos los que afirmaron cosas, todos, ellas y ellos, ¿qué van a hacer? Se van a callar, como de costumbre. Sólo se van a callar”. 

Para el resto de las voces que no son la suya ocurre casi siempre igual: si no se manda a callar, se impone una verdad. 

Las familias en búsqueda de personas desaparecidas han tenido que oír que la mayoría son “ausencias voluntarias” y que, “afortunadamente, no vivimos en un mundo de desaparecidos”.

Las víctimas indirectas de feminicidios, que enfrentan la desidia de la Fiscalía peor calificada de todo el país, han tenido que escuchar que ningún caso queda impune.

Y, más recientemente, a finales de junio de este mismo año, los padres de una niña asesinada y abusada sexualmente en la localidad de Chichiquila han escuchado también, en voz del hombre más poderoso del estado, que su hija probablemente “debió de haber estado más cuidada”.

Los periodistas, los activistas, algunos políticos, ciertos empresarios, las víctimas, cualquiera. Ante tantas otras voces ha impuesto la suya. La voz del Salón Juárez ha intentado ser, cada día, de lunes a viernes, a partir de las 9 de la mañana, la única —y la última— voz en Puebla. 

 

*Foto de portada: Gobierno de Puebla

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Mario Galeana
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