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Ni empleadas ni ciudadanas: no hay tregua para las mujeres trans de Perú
Un estudio inédito en Perú, realizado por la Red Trans con 152 mujeres trans de 10 regiones, intenta cuantificar las consecuencias de la pandemia para ellas: 85,55 % perdió su trabajo, entre marzo y junio de 2020. Aunque después de algunos meses el 60,53 % logró recuperarlo, lo hizo con peores condiciones laborales y el 20,39 % restante continuaba desempleada. Sin documentos de identidad que indiquen sus identidades de género, dedicadas a oficios informales o de ingresos diarios, han sobrevivido en grupo y gracias al apoyo de ciertas instituciones. Este reportaje forma parte de “Resistencia trans en pandemia”, una serie periodística coordinada por OjoPúblico en América
Por Lado B @ladobemx
02 de septiembre, 2021
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Por Rosa Chávez | Ojo Público

Karla Lino trabaja desde muy niña. A simple vista, es una mujer delgada como un lápiz, bajita, con un andar cabizbajo que la hace parecer desvalida. Su aparente fragilidad y su actitud ensimismada no hacen sospechar el tránsito agitado de su vida. Empezó cuando aún la llamaban por ese otro nombre de seis letras que prefiere no recordar. Su primer empleo fue como ayudante en la imprenta de sus padrinos. Dice que servía más ganando dinero que sentada en un salón de clases, por eso dejó el colegio en quinto de primaria. A los 14 años, tras salir de su casa en el Callao ―la ciudad portuaria más importante del país―, tuvo que ganarse la vida en las calles, como muchas. Incluso hubo alguna época en la que fue trabajadora sexual. Tiempo más tarde aprendió estilismo, artes manuales, repostería. Ha sobrevivido a punta de curiosidad y sus ganas por aplacar el hambre. 

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Es un domingo de julio de 2021, feriado largo por Fiestas Patrias, pero Karla Lino no ha parado de atender a sus clientas. Solo el año pasado, a sus 42 años recién cumplidos, una pandemia pudo detenerla. Las primeras semanas resistió estirando el poco dinero que había traído desde Chimbote, en la región Áncash, luego de un trabajo temporal en la peluquería de una amiga. Después, debió apoyarse en su familia: su novio, con el que lleva más de una década y media, su hermana menor, sus sobrinos y su padre, un dirigente barrial de más de 90 años. Todos viven en una antigua casa al sur de la provincia constitucional del Callao, en uno de los barrios más picantes de la costa peruana.   

Hace unos meses, Karla retomó su rutina, pero ya nada es lo mismo.

―Yo atiendo a domicilio y, por la pandemia, el negocio ha bajado bastante. Por decir, antes podía atender a 10 personas en la semana. Ahora atiendo a tres o dos ―dice―. Pero, con esas, me alcanza para subsistir los días que no voy a trabajar. 

En Perú, así como en otros países de Latinoamérica, no existen datos oficiales sobre cómo la Covid-19 ha afectado económicamente a la población trans, ni a las mujeres trans como Karla. Sin embargo, no es difícil sospechar lo que ha ocurrido con quienes, de acuerdo a distintos estudios, suelen dedicarse a oficios informales o de ingresos diarios como el trabajo sexual o el estilismo. 

―Hago carteras a macramé, pero ahorita todo ha subido de precio y para la gente no es su prioridad comprar bolsos ―dice Karla Lino―. En unos días me voy a trabajar a Chimbote por tres semanas. De una u otra manera me busco la vida, no estoy estancada en un solo sitio.

En abril de 2020, a inicios de la pandemia, la Defensoría del Pueblo fue la única institución estatal que se pronunció a través del informe “Situación de personas de especial protección a propósito de la declaratoria de emergencia sanitaria”. En este, brindó una serie de recomendaciones al Congreso de la República, al Poder Ejecutivo, al Ministerio de Salud, al Poder Judicial, al Ministerio Público, a la Policía Nacional y al Serenazgo Municipal para resguardar los derechos a la integridad, la identidad de género, la salud y la protección social de las personas LGTBI en estos tiempos extraordinarios. 

La entidad también aconsejó que el gobierno incluyera a las mujeres trans en sus padrones de ayudas o subsidios, durante el estado de emergencia. OjoPúblico intentó comunicarse con la Adjuntía de Derechos Humanos de la Defensoría, pero el área de prensa contestó que, por ahora, no tienen nuevos reportes sobre el tema.

Hasta el momento, solo una investigación privada —y que aún no se publica— ha intentado registrar y cuantificar las consecuencias del nuevo coronavirus en las mujeres trans peruanas. Se trata de “Las mujeres trans y la Covid-19 en Perú”, a cargo de la antropóloga Ximena Salazar y la activista trans Jana Villayzan, para la Red Trans Perú. 

En el estudio se encuestó a 152 mujeres trans, de 20 años en adelante, de 10 regiones del país (Arequipa, Ayacucho, Cusco, Ica, Junín, La Libertad, Lima, Loreto, Piura y Tumbes). Entre los hallazgos más destacados figuran que el 94,74 % de las participantes tenía un trabajo pagado al comienzo del estado de emergencia y que el 85,55 % lo perdió entre el 15 de marzo y el 30 de junio de 2020, es decir, en los meses más estrictos de la cuarentena. 

Ni empleadas ni ciudadanas: no hay tregua para las mujeres trans de Perú

Foto: Marco Garro / Ojo Público

¿Cómo lograron salir adelante? El 78,29 % de las mujeres trans encuestadas recibieron algún tipo de ayuda, como donaciones de comida o dinero. Poco más de la mitad de ellas tuvieron apoyo de las organizaciones trans y ONG (51,26 %), principalmente en canastas de alimentos. El resto consiguió apoyo del Estado (22,69 %) y familiares (21,85 %). Karla forma parte del último grupo. 

Al ser una muestra pequeña, los resultados de la investigación, advierte Salazar, no se pueden generalizar para toda la población trans femenina de Perú. Pero sí ayudan a recopilar las vivencias de las mujeres trans durante la pandemia, una realidad que todavía continúa oculta o es desconocida para la gran mayoría.

Karla Lino no necesita de todos esos números para saber. Ella lo ha visto y vivido durante los últimos meses. Como una de las integrantes de la organización de mujeres trans Amigas por Siempre, se encarga de repartir canastas de alimentos a 28 chicas del Callao. La mayoría son trabajadores sexuales. Otras, estilistas o emprendedoras de pequeños negocios informales. Ninguna sabe si al día siguiente tendrá dinero para comer.

Al ver tanta necesidad en sus compañeras, Amigas por Siempre organizó dos ollas comunes en el Callao, para compartir la crisis en compañía. Una de ellas funciona, desde hace meses, en la casa familiar de Karla y se llama Nancy de Lino, en honor a su madre, que murió hace 14 años. 

Ni empleadas ni ciudadanas: no hay tregua para las mujeres trans de Perú

Foto: Marco Garro / Ojo Público

―No es un negocio, es solo un comedor y las ganancias las usamos para comprar la comida para cocinar otro día. Es para chicas trans y para la misma población de mi barrio, mi población de bajos recursos económicos. 

Cada lunes y viernes, entre las 11 de la mañana y la una de la tarde, un pequeño grupo de personas de distintas edades desfila por la cuadra cuatro de la calle Guisse. Es un rincón de pistas de barro en eterna reparación, viejos callejones de muchas casitas, murales con grafitis, perros sin dueño y vecinos humildes, que queda a unos metros de la municipalidad. Los barracones, le llaman, y muy pocos extraños se atreven a visitarlo.

En uno de los lugares más peligrosos del Perú, Karla Lino se ha ganado el respeto de los más duros. Cuando sale al mercado la gente la saluda, le preguntan si todavía quedan raciones, le dicen “¿cómo estás, hijita?”. En Guisse saben que ella saca adelante la olla Nancy de Lino. Amigas por Siempre decidió dirigir su proyecto solidario para el público en general, porque pensaron que así provocaría un mayor impacto en el barrio. 

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Foto: Marco Garro / Ojo Público

―No solo las chicas trans nos vemos afectadas por la pandemia ―dice―. Por eso, es que dimos esta iniciativa para todos.

 Karla Lino y las demás lideresas de Amigas por Siempre esperan, algún día no muy distante, poder inscribir sus comedores en la Municipalidad del Callao. Y que, por fin, las autoridades las acojan y las reconozcan como lo que son: mujeres dignas para la sociedad. Es una lucha que empezaron hace años, y están acostumbradas a librar.

―¿Ya puedo traer mi tazón? ―pregunta emocionado un vecino de la calle Guisse, durante la primera semana de agosto, en el comedor Nancy de Lino.

Las puertas del local están abiertas de par en par. Es un sitio grande, con una sola mesa en el fondo, al lado de la cocina. Un viejo carrito de compras acoge a los gallos de pelea del patriarca Lino. En una de las paredes hay un altar dedicado a la señora de Lino con sus retratos, estampas de la Virgen del Carmen, peluches y globos metálicos. Se acerca la hora del almuerzo y los primeros comensales empiezan a desfilar por la olla común. 

Ni empleadas ni ciudadanas: no hay tregua para las mujeres trans de Perú

Foto: Marco Garro / Ojo Público

―¡Tazón ah, no batea! ―bromea una de las chicas. El vecino, flaco y desgarbado, se aleja sin hacerle mucho caso. 

También han llegado de visita Taki, la Gata y Tony, otras de las integrantes de Amigas por Siempre. Todas comen sopa de sémola y arroz chaufa, hechos con menudencias y retazos de pollo. Hay un par de perras echadas al pie de la mesa. Karla Lino se acerca a comer y, junto a sus compañeras, espera a los demás vecinos, que no tardan en aparecer. 

Nada es como antes

En un intento por explicar su vivencia, Andy* ―28 años, oriunda del distrito de Mainas, delgada y grácil― habla de su día a día con un inusitado optimismo. 

―Acá nos ha ido muy bien, con todas las chicas unidas, todo bien ―dice desde Iquitos, en la región amazónica de Loreto. 

La verdad, sin embargo, es un poco más compleja. Desde que comenzó el estado de emergencia en Perú, Andy abandonó su puesto como trabajadora sexual en las calles del centro de la ciudad. Trabaja allí desde hace seis años, cuando llegó por primera vez a Iquitos, porque en casa su padrastro no la aceptaba y su mamá se quedaba en silencio. Hasta ahora no vuelve a su esquina habitual, porque le da miedo contagiarse de la Covid-19. No quiere sufrir más.

―Por el motivo de la pandemia y por precaución más que todo, para no enfermarme, no trabajo en nada. Solo me dedico acá, ayudo a una señora con su casa en donde estoy viviendo hace mucho tiempo ―cuenta la joven―. Ayudo pues, para el día a día, para poder sobrevivir.

 Durante las primeras semanas de la cuarentena, Andy comenzó a vender las pertenencias que tenía en su cuarto para ganar un poco de dinero. Se quedó con las cosas más pequeñas: una plancha, un microondas, un balón de gas, una pequeña cocina, unas ollas. Luego, las llevó hacia Bajo Amazonas, en Loreto, y se las regaló a su madre, con quien se quedó viviendo hasta hace unos meses. Como Andy solía mandarles dinero de su sueldo, el padrastro dejó de molestarla. 

―Ahora no tengo nada de esas cosas porque mi cuarto es un poco pequeño y no quiero pasar de la confianza que me dan acá ―dice―. Nomás tengo mi celular y eso es suficiente.

Ella y su pareja, un chofer de motocar, están viviendo en casa de un familiar de su amiga Chris*. No pagan alquiler, solo ayudan a la propietaria en su negocio de venta de desayunos. Allí ha aprendido a preparar pescado frito, tacacho con huevo, arroz con plátano.

Chris ―26 años, nacida en Tamshiyacu, otra ciudad de la selva peruana― también es trabajadora sexual. A diferencia de Andy, ella sí ha vuelto a las calles, pero ya no puede conseguir su antigua ganancia. 

―En una noche, ahorita, se puede hacer 80 soles máximo. En la Plaza de Armas siempre atendíamos a los que eran extranjeros, que nos pagaban en dólares, pero ahora no hay extranjeros ―dice la joven, quien se dedica al trabajo sexual desde los 14―. Yo salgo nomás de viernes a domingo, hago más o menos 240 soles.

Pero esos S/ 80 diarios no son solo para ella. Al menos la mitad se la debe entregar a las cobradoras de cupos de la zona.

―Son señoras antiguas que supuestamente trabajaban en este mundo. Van a cobrar en mancha, con sus matones como lo llaman acá, porque solas solas no se acercan. Vienen con hombres, tres o cuatro. 

Hasta hace unos años, el trabajo sexual era el oficio más practicado por las mujeres trans en Perú, de acuerdo con diversas investigaciones. En 2009, la Unidad de Salud, Sexualidad y Desarrollo Humano (USSDH) de la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH), por ejemplo, realizó un estudio con 450 mujeres trans peruanas. “Understanding the HIV/AIDS epidemic in transgender women of Lima, Peru” reveló que el 64 % ejercía el trabajo sexual y el 28 %, la peluquería; lo cual las sometía a un alto grado de marginación y precariedad.

Ni empleadas ni ciudadanas: no hay tregua para las mujeres trans de Perú

Foto: Marco Garro / Ojo Público

La realidad, luego de más de 10 años, parece no ser la misma. De acuerdo a la reciente investigación de la Red Trans, el 32,64 % de las mujeres encuestadas que trabajaban antes de la pandemia se desempeñaban en oficios relacionados con la belleza (peluquería, cosmiatría, etc.) y el 28,47 %, en el trabajo sexual. Ambas siguen siendo las ocupaciones mayoritarias. Pero no son las únicas.

Ahora, las opciones se han ampliado: 12,5 % trabajaba en cocina, 12,5 % en comercio, y otros porcentajes menores —entre 0,69 % y 2,78 %—, en decoración, servicio doméstico, manufactura, promoción de salud o proyectos personales. 

“En estos últimos años muchas mujeres trans o chicas trans jóvenes también se dedican a otras cosas ―explica la antropóloga Ximena Salazar―. Pero hay muy pocas empleadas en fábricas, oficinas o en tiendas. Eso sí es muy difícil de encontrar”. 

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 La incipiente diversidad de alternativas laborales no significa que la situación económica de las mujeres trans peruanas se haya estabilizado. “No quiere decir que ganen más dinero que antes, sino que sobreviven mejor ―indica Salazar―. Ellas pueden ganar 1500 soles, pero muchas los reparten con sus familiares, pues vienen de entornos pobres y extremadamente pobres”.

De hecho, de acuerdo al estudio de la Red Trans, la economía y el trabajo han sido dos de los ámbitos más afectados por la pandemia para las mujeres trans peruanas. Antes de la emergencia sanitaria, de acuerdo al estudio, el 62,34 % ganaba entre S/851 y S/1500; el 27,05 %, entre S/200 y S/850; el 17,34 % de S/1.501 a S/2.500, y el 11,09 %, de S/2.501 a más. 

De todas ellas, al momento del estudio (noviembre de 2020), el 20,39 % aún no volvía a trabajar. La mayoría, el 60,53 %, sí había regresado, pero ya no como antes. Sólo un 11,84 % pudo volver a trabajar igual que antes. «Cuando volvieron a sus labores, ya no había trabajo con la misma frecuencia de antes y, por lo tanto, tuvieron menos ingresos”, señala Ximena Salazar.

En Iquitos, Andy espera con paciencia volver a ganar su propio dinero. Quiere sentirse independiente, seguir enviando encomiendas a su mamá. Mientras tanto, espera con algo de entusiasmo la cita que, en unos días, tendrá en las oficinas del Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (Reniec).

―Es que te voy a decir la verdad: yo hace un año recién intento y sigo intentando sacar un documento, ese DNI, pero no puedo. La primera vez rebotó por motivos de un número de mi fecha de nacimiento que puse mal. Esta es la segunda vuelta que ya estoy intentando ―dice Andy―. Con mi nombre normal nomás me lo pondré.

Cuando tenga su DNI, dice, le encantaría viajar “más lejitos”, salir por primera vez de su ciudad. Nunca ha podido viajar fuera de Loreto. Por eso quiere conocer muchos rincones de la costa, la sierra y la selva de su país. Empezaría por un destino cercano: Pucallpa, una ciudad amazónica en la vecina región de Ucayali. Luego iría a pasear a Lima. Algún día, cuenta Andy, también le gustaría conseguir algo más en qué trabajar. 

Una ley necesaria

Mientras cae boca abajo por una resbaladera, un niño pequeño grita con exaltación “¡ma, ma, ma!”. Belén Zapata ―36 años, afrodescendiente nacida en la ciudad norteña de Piura― va corriendo a recibirlo al pie del juego. 

―Ya te he dicho que no te tires así, hijo ―rezonga, cariñosa― te vas a raspar las manos. Tú eres un monito, los monitos no vuelan. 

El pequeño se trepa sobre la mujer y se aferra a su pecho como una cría asustada. Ella lo acaricia, lo consuela. 

Belén Zapata es la cuidadora de Dereck, el pequeño travieso de dos años, y de su medio hermano Romeo, de ocho. Esta mañana, después de darles de tomar desayuno, los ha traído a jugar a uno de los principales parques de Lince, un distrito de clase media de Lima. No son madre e hijos, pero hay entre todos una complicidad que solo se alcanza con amor y tiempo. 

―A Dereck yo lo cuido desde los cinco meses. Le doy de comer en la boca, le cambio la ropa, lo baño. Hay quienes me dicen ¿no te da miedo cuidarlo con esas uñazas? ―cuenta Belén Zapata mostrando sus largas uñas pintadas de colores pastel―. Pero yo me siento torpe si tengo las uñas cortas. 

Consiguió el trabajo porque su sobrino es padre de Dereck y padrastro de Romeo. A nadie le pareció extraño o inconveniente, salvo al padre del niño más grande. “Ella no es la persona adecuada para cuidar a mi hijo”, le dijo a la madre. No quería cerca a una persona como Belén, le parecía peligroso. 

―Pero mi sobrina me defendió. Le dijo “¿ah si?, si quieres que lo cuide otra persona, entonces tú le pagaras” ―recuerda la joven mientras sigue de reojo los movimientos de los pequeños―. Y ya pues, aquí me quedé.  

Ni empleadas ni ciudadanas: no hay tregua para las mujeres trans de Perú

Foto: Marco Garro / Ojo Público

Antes de la pandemia, Belén iba a la casa de Dereck y Romeo todos los días. Pero, en 2020, estuvo sin empleo casi todo el año. Ahora que ha vuelto, solo va un par de veces a la semana. Ha estado sobreviviendo gracias a los ingresos de su puesto como coordinadora de la Casa Trans Zuleymi, una de las organizaciones trans más importantes del país. 

―Mucha gente dice que no está prohibido que las trans estudien y trabajen. Claro, no lo está ―recalca Belén Zapata―. Pero eso no quiere decir que nos permitan hacerlo, que las empresas privadas o públicas nos dejen trabajar libres de discriminación y violencia.

En la actualidad, las personas trans no tienen un documento de identidad que refleje sus verdaderas identidades de género. Karla, Chris, Andy y Belén llevan en sus DNI sus nombres legales, esos que les pusieron sus padres al nacer, y una “M” de “masculino” completa la casilla del sexo. 

Pero ¿Qué impacto tendría la aprobación de la ley de identidad de género en la economía de las personas trans peruanas? Esta permitiría que puedan cambiar su nombre y su sexo en sus documentos de identidad a través de un trámite administrativo sencillo; no mediante juicios costosos y de muchos años, como ocurre actualmente en el país. 

En Argentina, un estudio de la Fundación Huésped a casi 500 mujeres trans, realizado en 2013, luego de un año de la aprobación de dicha ley en el país, demostró que los índices de estigma y discriminación laboral habían bajado significativamente. 

Antes de 2012, se les había negado un trabajo a un poco más de la mitad de las encuestadas (54,6 %) debido a su identidad trans y un 33,9 % no solicitó un empleo o le negaron un ascenso. Estos porcentajes se redujeron a un 12,5 % y un 3,2 %, respectivamente, luego de la ley. Además, una cuarta parte, 25,4 %, dijo que tuvo que renunciar a su trabajo antes, pero luego, sólo un 3,2 % se encontró en esta situación.

En Perú, las excongresistas por el partido de izquierda Nuevo Perú, Marisa Glave e Indira Huilca, gracias al trabajo político de decenas activistas trans, presentaron el proyecto de la Ley de Identidad de Género ante el Congreso de la República en 2006. Recién en marzo de 2020, fue aprobado por la Comisión de la Mujer y Familia. Luego, pasó a la Comisión de Constitución, pero el periodo legislativo acabó y el proyecto no llegó al Pleno. Es decir, nunca se discutió ni se sometió a votación. 

“Lo que hace falta es voluntad política porque, de verdad, una sociedad civil vibrante y organizada como la peruana te diré que hay pocos ejemplos en el mundo”, dijo Víctor Molina, coordinador de Movilización y director del programa Diversxs de Amnistía Internacional, a OjoPúblico. De acuerdo al especialista, en la región, solo Perú, Venezuela y Paraguay no reconocen la identidad de las personas trans.

Durante todos estos meses, la voluntad política peruana no ha demostrado lo contrario. El Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (Mimp) y el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis), gracias al trabajo de algunas organizaciones trans, destinaron más de 700 canastas de alimentos para esta población, a través del programa Qaliwarma, el programa que normalmente brinda alimentación en las escuelas públicas. Sin embargo, este apoyo todavía resulta insuficiente para tan grande necesidad. 

A unos días de conmemorarse el bicentenario del Perú, Yefri Peña ―44 años, activista trans de larga trayectoria― habla desde la Casa Trans Lima Este, en el distrito limeño de Ate Vitarte. Entre otras funciones, el lugar hace las veces de un taller de costura en el que trabajan siete mujeres trans. Es un espacio de aprendizaje. En algunas de las camisetas y poleras que confeccionan se leen arengas populares para la comunidad LGTBI: “Resistiré”, “¿Podrán? ¡Jamás!”.  

―Somos una población muy luchadora, muy aguerrida. Hemos soportado tantas cosas y una raya más al tigre, como se dice, o sea la pandemia… Tenemos que salir bien libradas de esto ―dice quien sobrevivió a uno de los ataques transfobicos más brutales de los últimos tiempos. 

En 2017, luego de que terminara su trabajo como consejera de salud de trabajadoras sexuales, en Ate, al este de Lima, un grupo de hombres la golpeó hasta dejarla en agonía. Ni siquiera los policías de la zona quisieron auxiliarla. Hasta ahora, cuatro años más tarde, no se ha logrado identificar a los agresores y su caso continúa impune. 

Yefri ha aprendido a endurecerse con el tiempo, a repasar las tragedias como viejas cicatrices que no avergüenzan. En el último año cuenta que ha visto a muchas jóvenes pedir una y otra vez por platos de comida. A chicas que incumplían todas las recomendaciones de distanciamiento social porque solo podían resistir la escasez unidas, en grupo. A enfermas curarse en sus casas, por temor a ser maltratadas en los hospitales. A mujeres sin documento de identidad morir de Covid-19, sin que nadie reclame sus cuerpos. Yefri Peña ya está acostumbrada.

―Para la comunidad trans no existe el cansancio. Me puedo sentir cansada, pero tengo que seguir luchando. Si me duermo me quedo ahí nomás y no quisiera, yo quiero seguir avanzando ―dice Yefri―. Quiero, alguna vez, disfrutar de todo lo que el Estado me negó y me robó cuando pudo. Descansaré el día que cierre mis ojos nada más.

*Algunas jóvenes prefirieron mantener en reserva sus identidades por seguridad. 

Fotos: Marco Garro / OjoPúblico

 

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Autor Lado B
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