Crónicas Farsianas
El mockumentary es la mentira más descarada del cine que, a pesar de todo, logra hacernos creer y de hecho logra darnos verdades de lo que somos en esa cascada de mentiras
Por Aldo Plouganou @
19 de enero, 2021
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I

 Mockumentary

Una de las cosas más raras que nos pasa a los humanos es, precisamente, ese lapso en que algo nos está pasando; quizá el mejor ejemplo es cuando una relación sentimental estrecha se termina. No es algo que realmente pasa el día que cortamos, es un proceso largo, lento y confuso; nos toma tiempo y esfuerzo entender que ya no estamos enamorados de alguien, o que de hecho ya no tenemos simpatía por esa persona. 

La última vuelta que recién le dimos al sol será, en muchos años, nuestro ejemplo perfecto; tan nos estaba pasando –brutalmente– el primer año de la pandemia, que era extremadamente difícil entenderlo, dimensionarlo y digerirlo. En estos relatos ya hemos charlado de la necesidad que tenemos como especie de procesar lo que hacemos que nos pase a través de reflejarnos en las historias; usar como un proxy a un/a protagonista que atraviesa un arco dramático y consigue una transformación gracias al aprendizaje que le da el recorrido; el cine es nuestro decodificador de la vida por excelencia.

 Dentro de las artes que cuentan historias, hay un mecanismo que hace particularmente bien ese trabajo de desarmar la realidad, siempre chocando, alborotando y que rara vez falla, se llama sátira. Es cuando alguien con la necesidad de expresar un sentir u opinión sobre algo que le indigna; lo hace a través del humor fundamentado en la ironía, la hipérbole o el sarcasmo. Además, cuando está bien hecha, suele ser una combinación perfectamente balanceada entre ingenio, maestría artística y emoción.

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Muchas veces se le confunde con su prima hermana la parodia, pero esta más bien se concentra sólo en la imitación. De la familia del humor, es la mimada, la que está bien vista por los que se quieren parar en algún pedestal de humo y por el gran público. Algunos consideran que sus intenciones son hirientes pero, como todo proceso narrativo, eso depende del autor/a y la forma en que se realiza, de todos modos hay algo cierto en sus consecuencias, suele ser un dispositivo narrativo que puede ofrecernos verdades de lo que somos y, se sabe, a veces la verdad duele. 

La sátira se inventó hace un montón de tiempo –no tan atrás como para andar en sotana en Atenas, pero sí como para andar presumiendo rodilla en Roma–. Igual, no fue hasta hace poco que el cine terminó de delinear un género específicamente diseñado para llevarla a su máximo esplendor: el falso documental, que consiste esencialmente en una película que usa todos los rasgos del documental para contar una historia completamente ficticia. Es raro y hermoso, la mentira más descarada del cine que, a pesar de todo, logra hacernos creer y de hecho logra darnos verdades de lo que somos en esa cascada de mentiras. 

Aunque el nombre oficial en castellano es ese, hay algo que se pierde en la traducción.  La primera vez que se le bautizó formalmente fue en una crítica de la opera prima de Rob Reiner This is Spinal tap (1984), la película fue llamada «mockumentary”, que más que falso documental sería algo así como un mofumental (mofa + documental). Y sí, más que falso, el centro de gravedad era/es el sentido del humor ingenioso, irónico, punzante y retórico que empuja a sus personajes a través de circunstancias paradójicas entre lo que debería ser absurdo y termina siendo un espejo de lo que somos.

El nacimiento del género no llegó por la puerta chica, todo lo contrario, llegó tan en grande que precisaba amplificadores con 11 niveles de volumen, This is Spinal tap retrata el ascenso y caída de una banda de GLAM inglesa. Y si digo que llegó en grande no hablo del presupuesto, que más bien era diminuto, lo grandioso de la película es… todo lo que está mal en ella, que es casi cada paso en el derrotero de estos músicos que son la combinación perfecta entre unos imbéciles monumentales y cualquiera de nuestros ídolos musicales del siglo pasado.

mockumentary

This Is Spinal Tap (1984)

En el cine y prácticamente en todas las artes se repite muchísimo la frase “no vas a inventar el hilo negro”, pero qué cerca se siente la invención del mockumentary; parece antier los ochenta, aunque previamente hubo varias aproximaciones en estilo y tono, fue recién ahí que logró llegar para quedarse. La película no fue un regalo, en el aniversario de 30 años de su estreno, su protagonista, Christopher Guest, contó que una buena decena de estudios la rechazaron antes de que por fin el productor, Norman Lear, les diera la plata, más bien cansado de verlos fracasar en sus intentos de despegar el proyecto. 

Todos los diálogos son improvisados, todas las circunstancias son una combinación de esa espontaneidad y una colección de anécdotas sobre músicos y bandas reales. Entre sus desopilantes aciertos, uno de los más rotundos es la forma en que se construye la experiencia cinematográfica; mezcla rara entre detrás de cámaras y cinema verité, constantemente nos muestra —cámara en mano— las situaciones que se desenvuelven frente a nosotros, metiendo al espectador como un miembro más del crew que atestigua, en primera persona, ese accidente de autos constante que son la banda y el destino. 

Para la historia no sólo dejó el término y la inauguración de una modalidad cinematográfica para que la sátira nos deje ver sus mejores trapos; en la película está una de las poquísimas y sin dudas la mejor actuación de Fran Drescher en el cine. La banda ficticia Spinal Tap (Punción lumbar) se terminó convirtiendo en una banda de culto con giras internacionales y una multitud de seguidores comparable a la de muchas de las bandas de su género musical. El nivel máximo de amplificación en 11, que es el chiste más icónico de la película, se usó en un montón de dispositivos después, hoy por ejemplo Alexa y los modelos de automóviles Tesla S y X llevan el volumen hasta el once por eso. This is Spinal Tap es la única película del sitio IMDB que no está calificada sobre diez, sino sobre 11. 

Desde 1980 hasta hoy tuvimos un montón de increíbles falsos documentales: Zelig, Kenny, Drop Dead Gorgeous, Fear of Black Hat, What we do in the shadows, Arrested Development, The Office. Tampoco fue el único falso documental con repercusiones en la sociedad, La verdadera historia del cine, dirigida por Peter Jackson y Costa Botes, cuenta la historia de Colin McKenzie, un Neozelandés que habría inventado el cine sonoro y el cine de color pero que dichos avances le fueron arrebatados por la historia de forma infame; la gente se lo creyó tanto que al día siguiente se pedía por una estatua del pionero en televisión nacional y los directores tuvieron que salir a explicar que en realidad era un falso documental. 

El mockumentary y la sátira son tan especiales porque logran ponernos en pelotas de una forma casi irremediable, desnudan nuestros deseos, nuestras ingenuidades pero sobre todo nuestras miserias y mezquindades. Sin embargo para que funcionen, la realidad tiene que quererlo, la vida tiene que quedarse en su lado de la cancha, no puede atravesar algunas fronteras… En algún momento la crítica se preguntó si el falso documental no sería la muerte de la comedia; después de los últimos 12 meses, más bien hay que llamar a alguien a que revise si este mundo no dejó a la sátira sin signos vitales. 

[Continúa en la parte 2]

 

*Foto de portada: fotograma de la película Forgotten Silver (1995) / Foto: WingNut Films

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Aldo Plouganou