Su propia historia
"La primera parte de este relato está escrita principalmente en un futuro perfecto indicativo porque la historia de muchos no está abierta, no depende de su esfuerzo, de su talento o su pasión"
Por Aldo Plouganou @
08 de octubre, 2020
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En Budapest corría el año 53 del siglo veinte cuando Gabor Bene llegó al mundo, su padre, amante de la fotografía le enseñaría desde chico a usar la cámara y sería ese el principio de un camino que lo llevaría a convertirse en director de fotografía profesional. 

Quince años después, en el 68 nacía en Queens, Joseph Monks, quien se va a convertir en un escritor de cómics, tele, cine, director y preferirá que lo llamen Joe. 

Veintidós años después será momento de que Adam Morse haga su aparición por este planeta, aunque por un rato pensó su vida dedicada a la actuación, pasará poco tiempo después de sus primeras incursiones en un equipo de filmación para que la idea de dirigir y ser él quien lleve las riendas del relato empiece a clavarse tan profundo en su ser que sin importar lo que suceda no quiera dejar de hacerlo. 

Los tres son gente como la mayoría, no serán grandes héroes, no serán grandes villanos; harán bien su trabajo y vivirán sus vidas completamente habilitados a equivocarse, de hecho lo harán, errarán un montón y también acertarán; esencialmente porque todos andamos así por la vida, como malabaristas en un monociclo tirando buenas intenciones al cielo y cayendo constantemente al tratar de atrapar alguna.

Adama Morse, cineasta con discapacidad visual

Adam Morse en set. / Foto: Morse Rose Productions

Gabor crecerá en la Hungría soviética enamorándose cada día más del cine, hasta que un día se escapará, primero a Alemania en donde recién dejando la adolescencia sobrevivirá de laburo en laburo hasta que después de lograr la estabilidad conseguirá entrar a la escuela de cine y recibirse; se irá de Alemania y pasará un buen rato antes de que consiga vivir de lo que ama pero lo hará. 

Será la calma del barrio o algún efecto de la parsimonia en que la repetición de porches, jardines y asadores reproducen la sensación del sueño americano cumplido lo que lo hará buscar inexorablemente el vértigo de una buena emoción, algo de sentir ese calor frío en el estómago –eso que aparece cuando el miedo toma su cuerpo–, lo hará sentirse un poco más vivo y por eso dedicará todo su espíritu a construir relatos que produzcan exactamente esa sensación; precisamente por eso cocreará a los veintiuno, con algunos amigos, una de las historietas de terror más exitosas de la escena independiente de su país. 

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En sus  primeros años de vida, Adam verá a Londres terminar de absorber a su pequeña comunidad natal. Igual que toda localidad convertida en conurbado de una capital, Kingston upon Thames mantendrá varios de sus esplendores, como el hermoso verde del parque que bordea el río Támesis, y aunque ya sea parte de una metrópoli no dejará de sentirse nunca como un pequeño lugar. Adam la verá llenarse de centros comerciales aunque no dejará de ser promovida por los agentes de bienes raíces como uno de los lugares perfectos para que las familias sienten cabeza, segura, limpia, buenas escuelas, naturaleza. 

Estos tres laburantes de las imágenes en movimiento no tendrán la carrera que la mayoría de los cineastas a su alrededor. En su caso no será por la falta de apoyo estatal para mejorar las condiciones de la industria, ni por el injusto financiamiento que las productoras se ven obligadas a darle a las grandes empresas que pagan publicidades dos o tres meses después de terminados; tampoco será porque su trabajo no amerita conseguir más o menos lo que la mayoría de los cineastas a su alrededor conseguirán. La verdad será que, mucho antes del nacimiento de Gabor, Joe y Adam, ya habremos decidido como mundo que no haríamos para ellos lo que haríamos para la mayoría. Por mucho tiempo no lo sabrán, nosotros tampoco… 

Para Gabor, que ya será un director de fotografía consagrado en la industria cinematográfica española, esa segunda vida empezará después de ir a filmar al Amazonas, donde pescará una rara infección del visor de la cámara en donde pondrá el ojo para hacer su laburo. Para Joe el asunto sucederá a los 33, mientras trabaja en algunos pilotos para tratar de despegar un show televisivo; será mucho más rápido de lo que los doctores habrían predicho y le provocará una retinopatía causada por la diabetes. Lo de Adam será una rara enfermedad mitocondrial, que iniciará desde su primer llamado profesional, lo acompañará al hacer su primer corto y el resto de sus películas; los tres serán cineastas ciegos. 

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La accesibilidad es una idea genial, el problema es que pensar en ella nos muestra, inevitablemente, sin maquillaje ni edulcorante, que de un modo u otro hemos sido la fuerza antagónica de la historia de un montón de gente; nos obliga, pese a nuestras mejores defensas, a enfrentar nuestros hábitos de segregación.

Y sí, es un problema justamente por el talento natural para ser negadores y el firme compromiso que como especie mostramos a NO aceptar nuestros errores. Siempre que pensamos en Dorian Grey pensamos en el carilindo, cuesta mucho pensar en el monstruo escondido bajo llave en el retrato; así también nos cuesta mucho pensar en nuestro retrato monstruoso, deformado por cada instante de la vida en que le negamos el acceso al mundo que construimos para muchos, pero nunca para todos. 

La primera parte de este relato está escrita principalmente en un futuro perfecto indicativo porque la historia de muchos no está abierta, no depende de su esfuerzo, de su talento o su pasión

Foto: Gabor (2013) de Sebastián Alfie

Joe fue el primer director de cine ciego en la historia; además de que algunos miembros del crew renunciaron al enterarse, nadie escribió al respecto porque no le creían que realmente había dirigido la película, no le creyeron ni siquiera cuando mostró todo el material detrás de cámaras. Los mismos diarios sí escribieron sobre Adam, quien tuvo que ocultar hasta la semana del estreno de su ópera prima que era legalmente ciego, porque estaba seguro que le retirarían el financiamiento si se sabía en algún momento previo. 

Gabor se quedó ciego diez años más rápido de lo que debía por intentar salvar su carrera y evitar ese destino operándose varias veces. No pudo volver a pisar un set de filmación hasta que, al rentarle una cámara, un director se enteró de su historia, y ahí se le ocurrió –con cierto impulso Herzogiano– que quería hacer un experimento: un documental sobre Gabor dirigiendo la foto de un documental sobre la ceguera en Bolivia que le había pedido una ONG. “Fue como volver a estar en casa después de mucho tiempo”, dijo Gabor sobre volver a su lugar en el set.

El principal fuego para enamorarse del cine y querer hacerlo es poder sentirlo, que transforme nuestras vidas, que nos haga soñar y crecer. “Prefiero hablar de monstruosidad y no de monstruos, porque la monstruosidad es algo que todos podemos transitar de vez en vez”, dijo alguna vez Tamara Tenenbaum en una radio argentina; y es que no para de sentirse así que las puertas del cine estén tan cerradas; que decidamos que las historias de tantos/as/es artistas están definidas por otros, que las historias con imágenes en movimiento no son para todes.

En un momento del mundo en donde la principal responsabilidad de los artistas es que las millones de voces sepultadas en la masividad de este planeta sobrepoblado tengan una chance de encontrarse, ¿cuánto tiempo más nos aferraremos a negar que tenemos un retrato putrefacto en el fondo del alma y dejaremos de decidir que sólo algunos puedan escribir su propia historia?

 

*Foto de portada: Gabor en set / Foto: Gabor (2013) de Sebastián Alfie

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Aldo Plouganou