Lado B
Educar en aguas turbulentas
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
01 de diciembre, 2021
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Trabajo con ministros de educación y líderes docentes en todo el mundo (como el presidente del Atlantic Rim Collaboratory), y en las aguas turbulentas que estamos navegando hoy no es posible ver el todo a la vez, especialmente no podemos ver lo que está adelante. Aquí, entonces, van algunas consideraciones adicionales (17, para ser preciso) que quizás hayan sido pasadas por alto por los sistemas educativos y por los políticos en la prisa por hacer lo correcto para los estudiantes y los docentes. Algunas deberán ser revisadas a medida que la crisis se desarrolle, y la lista no cubre todos los aspectos. Yo también estoy viviendo en aguas turbulentas, así que tengan paciencia.

Andy Hargreaves. Los docentes deben liderar la respuesta de las escuelas durante la pandemia de COVID-19.

La semana pasada tuve el gusto de impartir una conferencia en el marco del Encuentro virtual de acompañamiento universitario, organizada por la Dirección del mismo nombre de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). El tema que me solicitaron tratar fue “Una nueva escuela para una nueva realidad”.

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Mi presentación se estructuró en cuatro grandes apartados: en el primero, abordé los desafíos que vive la educación en este cambio de época en general y en el contexto de la pandemia que sigue activa —y trae ahora nuevas preocupaciones por el surgimiento de variantes desconocidas como la Ómicron, surgida en Sudáfrica—; el segundo apartado se centró en las dos posibles respuestas desde la visión de un cambio programático que deriva en lo que Meirieu llama “La escuela eficaz y la del cambio paradigmático”, que se podría concretar en lo que el mismo autor denomina “La escuela solidaria” —tema que abordé aquí la semana pasada—.

En el tercer tema abordé las recomendaciones para el papel del profesor en el mundo de la pandemia que hace Andy Hargreaves, y en el apartado final propuse la noción de método de Bernard Lonergan y sus dos vectores: ascendente o creativo y descendente o sanador, del que también me he ocupado ya en esta Educación personalizante.

Por su pertinencia para la educación en este cambio de época —independientemente de la pandemia—, pero también por la posibilidad cada vez más cercana de una vuelta al confinamiento ante la llamada cuarta ola de la COVID-19 y el surgimiento de las nuevas variantes del virus, me parece relevante compartir de manera sintética, con mis cuatro lectores, las 17 recomendaciones que hace el investigador educativo británico, para que los docentes se conviertan en los líderes reales de la respuesta de las escuelas —y universidades— frente a este fenómeno inédito que ha tenido al mundo en riesgo desde hace ya casi dos años.

Como dice Hargreaves, sus recomendaciones surgen de muchos años de experiencia en investigación del campo de la educación y de trabajo con ministros de educación y líderes docentes de todo el mundo, a través de la organización creada por él, Atlantic Rim Collaboratory, y como podrán ver, son muy puntuales y precisas y pueden orientar el trabajo de los docentes ya sea con el apoyo, sin el apoyo o a pesar de los obstáculos que las mismas autoridades educativas puedan poner en el camino por la prisa para responder correctamente, en medio de las presiones que les impone el muy complicado escenario que hemos vivido, estamos viviendo y parece que vamos a continuar experimentando en los meses por venir, a pesar de que todos quisiéramos —y algunos ya actúan como si así fuera— que la pandemia quedara definitivamente atrás.

Veamos sintéticamente cuáles son estas 17 recomendaciones concretas para las y los docentes, aportadas por el investigador inglés.

Las primeras cuatro recomendaciones tienen que ver con cambiar los criterios que regían la educación en la antigua normalidad y evitar enviar cantidades enormes de tareas a casa, deshacerse de la presión por terminar el currículo o el programa, para enfocarse a esfuerzos para mantener enganchados a las y los estudiantes en el aprendizaje, aprovechando que estos escapan de las horas enormes de preparación de exámenes para dedicar este tiempo a involucrarlos en aprendizajes más amplios como narrar historias, “memorizar poemas épicos, jugar (…) armar cosas, escribir cartas a mano a los amigos que no pueden frecuentar, aprender nuevas habilidades lingüísticas o manuales, etcétera”.

Además de ello, tratar de aprovechar la COVID-19 como una oportunidad de aprendizaje al relacionar la pandemia con las distintas asignaturas: explorar en Geografía las regiones por las que se ha extendido la pandemia; en Historia, las grandes epidemias del pasado; en Matemáticas, el uso de gráficas, estadísticas o ecuaciones que expliquen el comportamiento de la pandemia en el mundo; en Política, la forma en que han enfrentado la pandemia los distintos gobiernos y la relación de esta respuesta con los resultados obtenidos, etcétera.

El autor propone también diferenciar el aprendizaje a distancia del aprendizaje en pantalla, planteando actividades que no necesariamente impliquen pasar horas enteras frente a la pantalla sino un trabajo con otros elementos en actividades que pueden ser asíncronas.

Las recomendaciones que van de la cinco a la ocho, se refieren a la atención prioritaria que hay que dedicar a los estudiantes que están un poco “encima de la línea” —ni son los más destacados, ni los de menor rendimiento y por ello pueden ser poco atendidos—, priorizar también a las y los estudiantes que claramente tienen mayor vulnerabilidad por estar en situaciones familiares difíciles —por ejemplo de violencia intrafamiliar—, por no contar con espacio y recursos básicos para su aprendizaje en casa o tener padres poco preparados y que no tienen hábitos de lectura o estudio para apoyarles.

Y también recomiendan, de forma subsidiaria, proporcionar materiales —de ser posible dispositivos digitales, pero si no, papel, lápices, libros, colores, ficheros— a las y los educandos para suplir sus carencias de recursos.

Además de ello, la necesaria concentración de la atención en las y los educandos que manifiestan problemas evidentes de aprendizaje o de corte socioemocional, para apoyarles de una manera más intensa en sus procesos formativos.

La recomendación número nueve se refiere a cuidar que las formas de comunicación “sean inclusivas para todo tipo de educandos”, tomando en cuenta la diversidad de los niños, niñas y jóvenes que forman parte de un grupo, de una escuela o de un sistema educativo en un país que puede ser, como es el caso del nuestro, multiétnico y multicultural.

Las recomendaciones 10, 11 y 12 tienen que ver con el inicio anticipado en los calendarios escolares para compensar los aprendizajes perdidos, en valorar el juego como un elemento relevante para el aprendizaje y en promover relaciones constructivas entre las y los niños —aunque sea a distancia—, sus familias y amigos.

Por su parte, las recomendaciones finales —de la 13 a la 17— están directamente relacionadas con la atención y valoración de las y los docentes. En estas, Hargreaves hace énfasis en proteger el bienestar de las y los docentes que también han padecido la pandemia y han vivido el miedo, la ansiedad, el agobio por el encierro y el estrés por el cambio súbito en sus formas de trabajo; también propone valorar el expertise de profesores, estimulando su confianza y su autoeficacia para que confíen en su experiencia profesional y la apliquen al máximo en esta etapa retadora.

Esto implica mantener el profesionalismo colaborativo y estimular que las y los docentes compartan sus experiencias con otros educadores para ir aprendiendo mutuamente cómo mejorar sus prácticas en las nuevas modalidades y condiciones.

Se trata también de promover el liderazgo profesional público de las y los profesores, de replantear su rol y revalorar su estatus social para que puedan ejercer su labor con mejores condiciones subjetivas e intersubjetivas, cosa que puede tener como base la oportunidad que significa el que los padres de familia hayan caído en la cuenta de la dificultad y el valor del trabajo de las y los profesores de sus hijos e hijas, ahora que lo vieron mucho más cercanamente.

Finalmente, se trata, dice Hargreaves, de que las escuelas y los ministerios o secretarías de educación permitan que las y los docentes tomen el liderazgo. “No mostremos lo peor de nuestras burocracias. No permitamos que los docentes tengan que esperar a que las direcciones, las inspecciones o los ministerios decidan, antes de poder hacer cosas. Los docentes deben estar autorizados a ser los héroes del aprendizaje, igual que nuestros trabajadores de la salud son los héroes en el combate de esta enfermedad infecciosa”.

Esta última recomendación me parece totalmente necesaria de tomar en cuenta por parte de las autoridades educativas que más bien han hecho lo contrario a lo que el investigador sugiere.

Vale la pena terminar con la invitación final que hace el autor a las autoridades educativas y escolares: “No hagan esperar a [las y] los docentes. Permitan a [las y] los docentes actuar”.

*Foto de portada: RODNAE Productions | Pexels

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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