Lado B
Sanar y crear en la educación (I)
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
01 de septiembre, 2021
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El nuevo sistema que necesitamos para nuestra supervivencia colectiva, no existe. Cuando nuestra supervivencia misma requiere un sistema que no existe, entonces es claro que hay que crear. 

Bernard Lonergan. Sanar y crear en la historia, p. 4.

La educación personalizante de hoy, que es la primera de dos partes que dedicaré a reflexionar sobre la educación desde lo que Lonergan plantea como los vectores de sanación y creación —hoy hablo de la creación, la siguiente semana, de la sanación— , tiene como puntos de partida dos “escenas” que viví en los últimos días de la semana pasada.

La primera escena transcurre —como muchas de las escenas de hoy— frente a una pantalla de computadora en una reunión grupal de Zoom que reúne a un grupo de extraordinarios académicos, estudiosos de la obra del pensador jesuita canadiense Bernard Lonergan —al que he citado aquí muchas veces— y excelentes seres humanos: el significado personificado de la búsqueda de autenticidad que plantea este autor.

Se trata de una sesión del “Seminario Lonergan” que se realiza cada semestre desde el Departamento de Filosofía de la Ibero Ciudad de México y bajo la coordinación,  acompañada de una extraordinaria capacidad de convocatoria, del Doctor Francisco Galán Vélez.

En esta sesión, se analiza el texto del que tomo el epígrafe y las citas de hoy, a partir de la lectura previa y una  síntesis  presentada por el Doctor Francisco Sierra Gutiérrez desde Bogotá, Colombia.

La segunda escena ocurre al día siguiente, en la sobremesa y a la hora de la comida, en la que mi hija menor (estudiante universitaria) nos comenta que ha notado un rasgo distintivo en su generación que consiste en querer  realizar todos sus sueños lo antes posible porque no alcanzan a ver un  horizonte de vida muy largo. Para ilustrarlo, nos comenta una referencia usada medio en broma medio en serio, que es la de ver el fin de su vida hacia los 27 años, porque a esa edad han muerto varias figuras populares del ámbito artístico o de los medios de comunicación de estos tiempos.

La razón que ella encuentra para esta visión de tan corto plazo y bastante marcada por la desesperanza, es que ninguna generación, como las actuales, han sido tan conscientes desde su infancia de la crisis ambiental provocada por el cambio climático y de las visiones catastrofistas que plantean el hecho de que ya no hay vuelta atrás, al menos —viéndolo de forma optimista— en el tiempo que pueda durar su vida.

Esta plática me hace recordar la lectura y el diálogo del día anterior, de donde tomo el epígrafe que encabeza esta entrega y parafraseo el título de la columna, porque como afirma Lonergan a partir de citas de Bertrand Russell y Karl Popper: “el nuevo sistema que necesitamos para la supervivencia colectiva no existe” y cuando lo que está en juego es nuestra supervivencia , resulta indispensable crear.

Si traducimos esto al campo de la educación —que es el tema central de esta columna semanal— podemos, sin duda, decir lo mismo: el nuevo sistema educativo que necesitamos para formar  ciudadanos capaces y comprometidos con la construcción de estructuras, instituciones y formas de convivencia renovadas que puedan hacer probable la supervivencia humana en el futuro, no existe aún. Y  cuando lo que está en juego es la formación de la humanidad actual mirando hacia el futuro con esperanza, resulta indispensable —y yo diría urgente— crear.

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Lonergan plantea que «por lo general se necesitan varios desastres para convencer a la gente de la necesidad de crear», y en México hemos vivido desde siempre una sucesión de desastres educativos —tal vez acompañados de breves períodos de cierta creación, como en el origen ya hace más de un siglo de la SEP o en el período del “plan de once años” de Torres Bodet—  que aún así no nos han logrado convencer de llevar al poder a un presidente y a un partido que realmente se dé cuenta de los desastres y que esté dispuesto a apostar  por la creación de un nuevo sistema educativo.

Pero más allá de este punto de partida, para nada sencillo, Lonergan plantea que cuando llega este convencimiento de la necesidad de creación, todavía queda por delante «la larga, penosa y empinada cima que es el proceso creador mismo» (p. 5).

Viéndolo de manera retrospectiva, dice el autor, este proceso puede parecerse a «una gran estrategia que se despliega en una serie de etapas ordenadas y acumulativas. Pero toda retrospectiva tiene siempre la ventaja de conocer por adelantarse a las respuestas, mientras que la tarea de crear consiste siempre en hallar las respuestas».

Este proceso requiere no solo de un acto de entender, sino de muchos. Además, necesitan ser actos de entender combinados y no aislados, que se puedan completar y se vayan corrigiendo entre sí: “que influyan en las políticas y en los planes de acción, y cuyos resultados concretos muestren las insuficiencias y den origen así a nuevas intelecciones correctivas y a nuevas políticas y planes de acción revisados”, que progresivamente se vayan acumulando y formen un “sistema global y equilibrado que entre a funcionar con tranquilidad”.

Este proceso de creación da origen entonces a un nuevo sistema que, como afirma Lonergan,  se requería desde el inicio del proceso, en la situación de crisis, pero que, al iniciar el proceso creativo, aún no se conocía, no existía, de hecho.

Si como decía en líneas arriba, en nuestro país ni siquiera hemos llegado a que las catástrofes educativas que vivimos acumulativamente desde hace décadas nos lleven como sociedad y como gobiernos al convencimiento de la necesidad de crear, estamos muy lejos de iniciar este camino cuesta arriba de la creación de ese nuevo sistema que pueda afrontar las enormes desigualdades y las graves carencias de aprendizajes clave para la vida de las grandes mayorías de nuestra población.

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En el contexto actual, en el que además las autoridades muestran un absoluto desprecio por el conocimiento y la inteligencia creativa y hablan de que sólo se requiere honestidad —99 por ciento por 1 por ciento de capacidad, según nuestro presidente—, resulta casi imposible emprender este proceso de creación, que es cada vez más necesario para la construcción de un sistema educativo que sea parte de la solución y no del problema de una  sociedad violenta, injusta, desigual, excluyente, machista y polarizada que vivimos.

El artículo plantea dos posturas de partida contrarias entre sí pero con las que podemos estar de acuerdo: La de Russell muestra que  los graves problemas humanos se deben a una mezcla de inteligencia y maldad, mientras que la de Popper afirma que las crisis humanas no existen  porque somos malos, sino porque somos buenos, “tal vez un poco demasiado buenos, pero somos igualmente un poco estúpidos”.

Ambas concepciones plantean, desde visiones opuestas, la necesidad de conciliar la moral con la inteligencia, el conocimiento con la ética, para poder crear  un proceso creativo que realmente pueda construir, encontrar ese nuevo sistema que hoy no existe pero que garantizaría nuestra supervivencia —en el caso de la educación, un  nuevo sistema que garantice la formación de  seres humanos que serán los constructores del sistema: un mundo que haga probable esta supervivencia y cree una aspiración humana profunda de vivir para vivir—.

Pero aún en el supuesto de que lleguemos algún día a construir como país este nuevo sistema educativo a partir del proceso creativo auténtico, este tendría que ser dinámico. No podría llegar a ser un sistema estático que se establezca de una vez y para siempre: el sistema se vuelve estático cuando “se nos agota el flujo de nuevas intelecciones; cuando los desafíos se siguen presentando y las respuestas no aparecen”.

Como verán mis cinco lectores, podríamos estar a años luz de llegar a la construcción de este nuevo sistema educativo dinámico que surja a partir de la concatenación, de actos de intelección que se traduzcan en políticas y acciones para enfrentar los grandes desafíos del país. ¿Por qué no empezamos por caer en la cuenta de una vez de la enorme catástrofe educativa en la que hemos vivido y emprendemos ese camino escarpado y lleno de obstáculos que nos haga llegar a la creación de un  sistema nuevo y dinámico?

Ojalá la pandemia haya servido al menos para dar este primer paso.

 

*Foto de portada: Alba Sud Fotografía | Creative Commons

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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