Mi primera vez
Hay muchas primeras veces en la vida, pero el primer acto de conciencia de nuestra finitud y mortandad es determinante de las otras primeras veces
Por Espacio Ibero @
12 de noviembre, 2020
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Lic. Juan Ernesto López Martínez

Hoy voy a compartirles cómo fue mi primera vez. Explico mejor. Me refiero a la primera vez que me di cuenta de que, irremediablemente, yo también iba a morir. Hay muchas primeras veces en la vida, pero el primer acto de conciencia de nuestra finitud y mortandad es determinante de las otras primeras veces. Ustedes entienden.

Tenía nueve años cuando murió mi padre. Pese a ser el “Benjamín” de una familia de diez hijos, debí aceptar que soy huérfano de padre. Pocas cosas puedo recordar de él, casi ningún momento compartido en vida. Claramente, ninguna vivencia. Lo que más recuerdo son mis vivencias de su muerte.

Era un sábado previo al Domingo de Ramos. Iniciaban las vacaciones escolares de Semana Santa. Cuando regresara a la escuela, dos semanas después, sería oficialmente huérfano de padre, aunque en el anonimato. Nadie se enteraría, a menos que yo lo mencionara. El cáncer llevó a mi padre a la muerte, pero en casa, como se acostumbraba en esos años.

La muerte en casa es diferente a la vivencia de la muerte vivida en el hospital. Cuando digo “vivida”, me refiero a la muerte vivida por los deudos. El muerto muere y no vive nada. Los que seguimos con vida nos quedamos con las experiencias del óbito para procesar el hecho. Mi padre agonizó y murió en casa.

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Soy el menor de la última tríada en una decena de hijos. Los tres últimos varones entre nueve y 13 años. Por decisión, no sé de quien, en la familia nos apartaron y llevaron al departamento del hermano número dos, de los hermanos que ya estaban casados. Ignoro por qué nos alejaron, aunque entiendo que quisieran evitarnos vivir la experiencia agonizante de mi padre. En lo personal, puedo asegurar que me salvaron de algo, aunque me condenaron a otra cosa.

Eran cerca de las 6 de la tarde cuando sonó la extensión de teléfono que se encontraba en la habitación donde nos habían enclaustrado a ver televisión. Mi cuñada se asomó e indicó que no levantáramos el aparato. Con los años, alcanzo a ver que en esa llamada llegó la necrología de mi padre.

Minutos más tarde caminamos rumbo a casa, desde el departamento donde vivía mi hermano. Aún más impreciso es el recuerdo de la explicación de mi hermano. Trataba de explicar algo que ignorábamos la enfermedad de mi padre y tampoco entendíamos la muerte de mi padre. Cualquier cosa que pudo decir no ayudó. La muerte no se entiende platicada por otros. Se siente cuando se sufre en carne propia la muerte de un ser querido.

Lo más espeluznante estaba por llegar. No me refiero a ver el cuerpo inerte de mi padre sobre la cama que compartió por años con mi madre, sino al momento en que después de entrar a la habitación, alguno de mis hermanos, o quizás mi hermana dijo: “dénle un beso a su papá”. ¿Perdón? Nunca hagan eso a un niño. Les prometo que fue como besar un cubo de hielo. Sin considerar esa gélida experiencia, lo que yo besé, no era mi padre. Eran los restos materiales de un ser vivo. El beso, bien dado, vive el calor humano del amor vital en el ser amado. No recrimino el proceder de mi familia. Quizás lo prefiero a aquella historia romántica, contada a los niños, donde la persona que muere se convierte en una estrella del cielo.

Mi primera vez no termina aquí. Un fin de semana lleno de eventos irreales, alejados, como escenas de película a todo color, pero en otro idioma y con escenarios desconocidos.

El ataúd cubierto de flores en la sala de la casa no me decía nada. Ni alcancé a comprender que en su interior estaban los restos mortales de mi padre. Esto lo confirmo, cuando hago remembranza del momento final de la inhumación. Un cúmulo de personas, en su mayoría para mí desconocidas, rodeaban la fosa. Mi madre y hermanos ocupaban los puestos de preferencia, hasta delante, lo más cercano del enterramiento. Esto ameritó que alguien me tomara del hombro y me pasara a mí también hasta delante, además era el hijo más pequeño. Recuerdo la rueda de personas entorno al hoyo, muchos llorando, mi madre y mis hermanos. Lo que claramente recuerdo, mientras estaba ahí parado al frente del espectáculo mortuorio, es una pregunta: ¿yo también tengo que llorar? No tuve respuesta, pero sí me puse a llorar. Sin saber por qué.

A partir de esa primera vez, mi primera vez de conciencia de muerte, la vida cambió. Miremos en nuestro pasado e indaguemos cuándo y cómo fue la primera vez. ¿Cuándo fue el momento en que me dije “yo también voy a morir”? Yo y solo yo, sin nadie más. Una muerte que sería la mía, la más propia y personal de las muertes. No la muerte de un otro o de un tú, tan cercano y significativo como era mi padre, y su muerte. Aquella muerte, aunque mi padre, fue solo un remedo de mi propia muerte. Pese a no tener claro que los restos de mi padre estaban en aquel ataúd y bajo un cúmulo de arreglos flores, en el fondo sabía que un día sería mi turno de ocupar ese puesto.

La historia del beso gélido fue posible gracias al modo tradicional de morir en casa. En la actualidad, la muerte sucede en el hospital. Una muerte alejada de la vida, que da la espalda a la realidad habitual. Mirar la muerte de soslayo evade la propia vida. No he dejado de preguntarme por la vida, mi vida. La conciencia de muerte es conciencia de vida. ¿Qué es la muerte? Es una pregunta que no me hago, ¿para qué? La muerte biológica no es la que me interesa. Esa muerte es explicable por la ciencia a partir de las funciones físicas en un organismo vivo. Mi primera vez con la muerte marcó mi modo de ver la vida, enfrentar la vida, sufrirla o disfrutarla.

*Foto de portada: Carolina Heza | Unsplash

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