Lado B
“Mi diablo era el alcohol”. La enfermedad del autoengaño
"—Delante de la gente no pasaba nada, pero cuando empecé a beber a escondidas… eso ya no era normal"
Por Lado B @ladobemx
12 de septiembre, 2014
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Imagen tomada de: fronterad.com

Raquel Martínez Suso | Frontera D

@fronterad

La puerta de la Asociación de Alcohólicos Anónimos de Zaragoza está abierta. Titubeo en la entrada hasta que una mujer de mediana edad me ve y me invita a pasar; con una sonrisa me da la mano: “Hola, me llamo María y soy alcohólica”. Es una sorpresa, me trata como si me conociera. Le pregunto por el encargado, ella me mira extrañada y ofendida: dice que todos son iguales; así que le explico el porqué de mi visita mientras esperamos a su compañero. Entonces cambia su actitud. Se pensaba que iba allí porque tenía algún familiar alcohólico, quizás mi novio.

La entrada en escena de Pedro rompe la tensión creada por la palabra periodista. Su apariencia me transmite tranquilidad; unas gafas un poco anticuadas se le resbalan por la nariz, el pelo le empieza a escasear y los años ya se hacen notar en su tez morena. Viste camisa y vaqueros con un estilo informal. No lleva muchos accesorios, tan solo una cadena de oro colgando del cuello y un reloj negro en la muñeca izquierda. No le hace falta más, no le gusta destacar. Es un hombre corriente, de estatura media y rasgos poco angulados, de esos que te cruzas por la calle cada día. Me observa expectante. Se acerca y me da la mano. No me dice que es alcohólico, pero lo es; aunque no haya bebido estos últimos catorce años.

[quote_right]—Si me dices que tengo que hacer algo, ya no lo voy a hacer –afirma desafiante–. Por  ejemplo, si sé que tengo que cambiar una bombilla y me dice mi mujer que la cambie ya no la voy a cambiar.[/quote_right]

Sin grabadoras ni cámaras. Esas son las condiciones que pone para contar su historia. Tampoco quiere que se publique su nombre real: es anónimo, además de alcohólico. A modo de calentamiento, Pedro me explica cómo funciona la asociación. Sólo se requiere un requisito para entrar: querer dejar de beber. Sin embargo, los asistentes pueden participar en las reuniones aunque sigan bebiendo. Ese era su caso.

—Si me dices que tengo que hacer algo, ya no lo voy a hacer –afirma desafiante–. Por  ejemplo, si sé que tengo que cambiar una bombilla y me dice mi mujer que la cambie ya no la voy a cambiar.

En Alcohólicos Anónimos no hay psicólogos ni psiquiatras, solo alcohólicos. No necesitan ni terapias ni medicinas, solo hablar. Para ellos es la mejor cura.

—Es una enfermedad que la cogemos por la boca y la soltamos por la boca –interviene María–. Lo que hemos sufrido es oro y ahora se lo podemos pasar a otro.

Una copa de vino, por favor

En unos minutos Pedro regresa a su infancia, a cuando tenía seis años; la primera vez que probó el alcohol. Por entonces no estaba tan mal visto dar vino a un niño. Y, mucho menos, a un adolescente.

“Esa tarde había quedado con mis amigos. Tenía suerte de que mis padres me dejaran salir solo con trece años, sobre todo siendo hijo único. Antes de ir a las salas de juegos, donde pasábamos horas y horas en las maquinitas, me reuní con mis amigos en el bar San Remo, de la calle Santa Gracia. Se había convertido en una parada obligatoria. Pedimos al camarero lo de siempre: un par de vinos, para cada uno.

En los estudios no me fue mal, aunque tardé más de lo normal, en parte por la bebida, en parte porque era un vago. Si no me acuerdo mal, con 15 años me cayeron cinco asignaturas. Aunque conseguí sacar adelante Bachiller Elemental y Superior, COU, selectividad y, por último, la carrera de Magisterio en la Universidad de Zaragoza. Ahí fue cuando empecé a beber coñac. Mi amigo se bebía un vaso de anís y yo una copita de coñac. Bebía siempre, pero era una manera de beber social, normal, me lo pasaba bien con los amigos.

[quote_left]—Delante de la gente no pasaba nada, pero cuando empecé a beber a escondidas… eso ya no era normal.[/quote_left]

Cuando se me fue de la bareta fue en la mili. Renuncié a la prórroga que tenía por los estudios, hice las maletas y me fui a Canarias. Allí trabajé enseñando a analfabetos en una academia. Como tenía los fines de semana libres me iba a un hotel para darle al drinking, solo o en compañía. Entonces ya había empezado a beber whisky, el de Johnnie Walker. Allí era barato, y, si no había, cogía lo que pillaba”.

Pedro rehúsa decir cuánto bebía. Explica que el problema no es la cantidad, sino cómo se bebe y cómo tu cuerpo asimila el alcohol.

—Delante de la gente no pasaba nada, pero cuando empecé a beber a escondidas… eso ya no era normal.

De vez en cuando volvía a la Península para hacer los exámenes que le quedaban. Y, además, murmura que aquí tenía una novia y allí “pues otras cosas”. Con los años consiguió sacarse la carrera de Magisterio, aunque no pudo con las oposiciones. Tras intentarlo en Zaragoza, Canarias y Murcia se dio por vencido. Sin embargo, sí que llegó a ejercer como profesor suplente en un pueblo de la provincia de Zaragoza. Beber en el trabajo, a escondidas, por poco le cuesta el despido no solo como maestro, sino también como dependiente en una tienda de juguetes y como asalariado en una fábrica. En este último empleo fue cuando se le fue de las manos. Se pone nervioso y se niega a dar detalles de lo ocurrido.

—Solo te puedo decir que una vez puse en peligro la vida de mi jefe. No solo bebía en el trabajo, bebía a todas horas. Por ejemplo, si me despertaba a media noche, me echaba un trago de whisky. Tenía las botellas escondidas sobre el techo del armario, para que no las viera mi mujer. A las cinco de la mañana, cuando me levantaba para ir a trabajar, me echaba tres pelotazos de Johnnie Walker a modo de desayuno y cogía el coche para ir a la fábrica, que estaba en el polígono industrial. Allí dejaba el alcohol en el auto, por si me apetecía beber.

Pedro trabajaba las ocho horas de rigor: de seis de la mañana a dos del mediodía. Al salir volvía a casa, pero recuerda que apenas comía, el alcohol le había quitado las ganas de comer. Lo que no faltaban eran las siestas, unas siestas “de pijama y orinal”. El orden se invertía cuando tenía el turno de tardes: empezaba a beber en casa, se echaba la siesta del carnero e iba colocao a trabajar.

[quote_box_left]Extracto del texto publicado originalmente en Frontera D en julio de 2014. Click aquí para seguir leyendo. [/quote_box_left]

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