Lado B
Del creer saber al buscar saber
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
17 de noviembre, 2021
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Los niños quieren saber cuáles son sus orígenes, cómo satisfacer sus caprichos o cómo desarrollar sus juegos. Pero eso no significa que quieran aprender, al contrario, ¡preferirían saber sin aprender! Porque aprender lleva tiempo y requiere esfuerzo. Es por eso que el papel de la educación es intentar transformar “el niño que cree saber” en un “niño que busca saber”.

En una persona que tiene dudas, que hace preguntas, que busca información, que verifica sus hipótesis y acepta la contradicción para poder entrar en debates. Para esto, es necesario promover en el aula la investigación, tanto individual como colectiva. Pero una investigación real, no unos ejercicios académicos disfrazados de investigación, donde solo existe una única solución.

Philip Meirieu. La educación sólo es aceptable si se articula desde la libertad. Entrevista en Vicens Vives Blog. 15 de septiembre de 2020.

El día de ayer, martes 16 de noviembre, se inauguró formalmente el XVI Congreso Nacional de Investigación Educativa (CNIE) convocado cada dos años por el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (Comie), organización civil que agrupa a la mayoría de los investigadores educativos del país, tanto de instituciones públicas como privadas. 

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Este año, por iniciativa y bajo la coordinación de la Secretaría de Educación del estado en colaboración con instituciones de educación superior públicas y particulares, la sede de este congreso —el más importante en el área educativa en nuestro país— será Puebla. 

Desafortunadamente, por la realidad complicada de la pandemia por COVID-19, todas las actividades, salvo las ceremonias de inauguración y clausura y los talleres con cupo limitado, serán totalmente en línea, lo cual ha implicado un reto organizativo peculiar, pero que sin duda no demeritará la calidad y relevancia que nuestro estado tiene al ser sede, por primera ocasión, de este importantísimo encuentro nacional de investigadores educativos.

La conferencia inaugural fue impartida por el doctor Philip Meirieu, connotado investigador y escritor francés, especialista en Ciencias de la educación y pedagogía, con una enorme y reconocida trayectoria que ha inspirado reformas pedagógicas en su país y en otras naciones. 

Meirieu ha sido profesor en la Universidad Lumiére Lyon desde 1985, coordinado un sinnúmero de investigaciones, especialmente sobre la diferenciación pedagógica y la filosofía de la educación, además de haber dirigido alrededor de cincuenta tesis.

El profesor Meirieu habló sobre el reto de repensar la educación después de la pandemia y los retos que implica este repensamiento para la escuela y para todos los actores educativos, un tema que hoy resulta de especial importancia en un país como el nuestro que está empezando a reabrir sus instituciones educativas y parece querer regresar a lo que antes se hacía sin siquiera haber reflexionado suficientemente sobre lo aprendido en la etapa de confinamiento y educación a distancia (a través de diversos medios, según las posibilidades de estudiantes y las escuelas en esta sociedad desigual en la que vivimos).

Es por eso que tomo de él la cita que sirve como epígrafe en la Educación personalizante de esta semana. Una cita muy rica que considero necesario analizar en cada una de sus partes, porque nos aporta muchos elementos para pensar lo que es una verdadera educación de calidad en estos tiempos de crisis, cambio y globalización que vivimos.

La idea central parece simple, pero tiene una gran profundidad y enormes implicaciones para quienes nos dedicamos a esta profesión de la esperanza en estos tiempos difíciles. 

Vivimos en una sociedad que ofrece la satisfacción de todos los deseos y caprichos de los individuos con el espejismo de que está al alcande de la mano, que todo es cuestión de desearlo y decretarlo, como aquella famosa libreta de la esposa de un innombrable gobernador que repetía cientos de veces: “merezco abundancia”.

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En efecto, vivimos en una sociedad del confort y el gozo superficial que se confunde a menudo con la felicidad humana auténtica pero que es totalmente distinta porque la felicidad es un sentimiento profundo, más o menos estable, no necesariamente agradable todo el tiempo, mientras que el gozo superficial es efímero, basado en estados de ánimo o sentimientos de agrado que se desvanecen pronto y que dejan permanentemente insatisfechos a quienes los convierten en su finalidad existencial.

Este es el caso del saber y el aprender, que como lo menciona en la entrevista el autor citado, son totalmente distintos. Todos los seres humanos nacemos, dice Lonergan, con un “irrestricto e ilimitado deseo de conocer” la realidad; este deseo es el eros que mueve al ser humano en su existencia en el mundo.

Sin embargo, este deseo de conocer no está desarrollado desde que nacemos, tiene que irse estimulando, promoviendo, facilitando para que pueda llegar a consolidarse y realizarse. De manera que, como dice Meirieu, las y los niños quieren saber cuáles son sus orígenes, cómo es el mundo que les rodea y qué hacen ellos en ese mundo.

Quieren saber cómo satisfacer sus caprichos o desarrollar sus juegos y divertirse, pero eso no quiere decir que quieran aprender. Porque aprender, dice la cita del profesor, implica tiempo y requiere esfuerzo, cosa que ni el niño, la niña, ni el mundo infantilizado del mercado global —con sus necesidades creadas siempre insatisfechas— quieren hacer: ni dedicar tiempo, ni hacer esfuerzo.

Las niñas y los niños, así como muchos adultos hechizados por las fantasías que ofrece la sociedad consumista y hedonista actual, quieren saber y satisfacer sus necesidades y gustos sin invertir tiempo y sin hacer esfuerzo. Por eso, hoy venden más las escuelas y universidades que ofrecen un diploma o un título en el menor tiempo y con el menor esfuerzo posible. Se trata de instituciones que no educan, porque su oferta es precisamente la del deseo de las y los niños: saber —o tener un documento que diga que saben— sin aprender.

Es por eso, dice Meirieu, que la educación verdadera consiste en transformar al niño, a la niña o adolescente que cree saber, en alguien que desea y busca saber, es decir, que descubre su curiosidad interna y explora la estructura de su deseo de conocer, hasta llegar a encontrar satisfacción profunda en el entender algo que se estaba preguntando y poder contrastarlo con la realidad y argumentar por qué es de cierta forma y no de otra o qué relaciones forman parte de este objeto o fenómeno que generó su búsqueda.

Se trata de estimular el deseo de conocer, que es innato, tratando de diseñar experiencias de aprendizaje en las que la o el educando constate que vale la pena invertir tiempo y dedicar esfuerzo para llegar a saber algo que no sabía y que le inquietaba. 

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Foto: Olga Valeria Hernández

La buena docencia convierte a las niñas y niños en sujetos que hacen preguntas, que buscan información, que verifican sus hipótesis, ideas e interpretaciones, y acepta las posiciones contrarias para poder entrar en debate y argumentar sus propias posturas con un ánimo de ampliar su horizonte de comprensión y no de descalificar al otro ni vencerlo, aunque no tenga razón.

La auténtica labor de las y los educadores consiste en incentivar este deseo de conocer y convertirlo en el deseo de aprender durante toda la vida. Por eso, dice Meirieu, es necesario promover en el aula la investigación, tanto individual como grupal, colectiva. Pero también,  de promover una investigación real, es decir, una en la que realmente se oriente a buscar algo que no se conoce, que tiene múltiples ángulos de abordaje, y no lo que el autor llama “ejercicios académicos disfrazados de investigación” en los que, de antemano, se sabe a qué solución se debe llegar y se plantea que existe una única solución para la situación que supuestamente se va a investigar.

Un punto de vista muy pertinente para entender la relevancia que tiene un congreso como  el XVI CNIE en el que se exponen —en todos los sentidos— los resultados de investigaciones sobre los diversos campos de la educación para comprender el complejo fenómeno de formar a las nuevas generaciones, es decir, de convertir a quienes creen saber en sujetos que busquen saber y estén dispuestos a invertir tiempo y esfuerzo para lograrlo.

 

*Foto de portada: Olga Valeria Hernández

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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