La dinámica de las redes sociales ha potenciado una sociedad de discursos, alejada de la ética discursiva que propone Habermas. El sujeto hipermoderno digitalizado está configurando su comunicación bajo la dinámica de la declaración. Se hacen declaraciones que adquieren formas de manifiesto y se presentan como afirmaciones convincentes, sin mostrar un resquicio de duda, alejando cualquier intención interlocutora. No hay posibilidad de preguntar. No hay vínculo. A esto se le añade la falta total de una pedagogía de la pregunta. Nadie enseña a preguntar. Los sistemas educativos han dado prioridad a las respuestas y ahora empezamos a darnos cuenta de que la IA también sabe responder. Sospecho que el futuro beneficiará a quienes sepan hacer buenas preguntas.
Inmersos en una sociedad de discursos que no es la de la ética discursiva de Habermas sino la del griterío ensordecedor de los millones de declaraciones incuestionables que inundan todo el día y todos los días las redes sociales y también los espacios de los medios de comunicación tradicionales y hasta las aulas. No hay ya posibilidades de conversar porque como dice Ruiz en el epígrafe de esta educación personalizante: “Se hacen declaraciones que adquieren formas de manifiesto y se presentan como afirmaciones convincentes, sin mostrar un resquicio de duda, alejando cualquier intención interlocutora”.
Esta dinámica declarativa con su alud de manifiestos y afirmaciones incuestionables rompe todo vínculo entre personas porque para que exista el vínculo tiene que haber en quien comunica una intención de ser escuchado y retroalimentado y por otro lado, en quien recibe la comunicación, un auténtico interés y actitud de escucha y comprensión, antes que una intención de descalificación o cancelación de quien emite el mensaje.
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Si bien la educación tradicional era discursiva, había en ella cuando se trataba de buenos maestros y maestras, de estudiantes con deseos de aprender, un vínculo real que se establecía a partir del interés genuino de quien enseñaba por la persona que aprendía, su aprendizaje y su crecimiento como persona y por la atención, la escucha activa, el asombro y la curiosidad que generaba preguntas de parte de los educandos sobre las cosas que no habían entendido.
Había vínculo y también conversación, aunque limitada en esa educación centrada en el docente y en su discurso que tenía la limitante de emitirse desde la posición superior de quien sabe pero el potencial y el deseo de generar reacción, participación y conversación con los aprendices.
Vino después la educación dialógica, el énfasis en que el aula era un espacio donde tenía que construirse una comunidad de indagación, de búsqueda conjunta de aprendizaje entre docentes y discentes. Con ella se abrió la posibilidad de una conversación más horizontal y la intención de no partir de contenidos ya acabados sino de preguntas generadas por los que enseñaban y los que aprendían, preguntas que potenciaban procesos de pensamiento personal y grupal.
Pero la cultura individualista de consumismo exacerbado centrado en el yo -autonomía, autoayuda, autosuficiencia, dice Ruiz en la entrevista- y en esta visión del self made man, el hombre -ahora también la mujer aunque esta idea viene de la cultura patriarcal- que se hace a sí mismo, el que vence todos los obstáculos y con base en su férrea voluntad, en su capacidad de soñar, en su esfuerzo, etc. Sin la ayuda y más bien a pesar de los obstáculos que le imponen los demás y el sistema, puede llegar a conseguir el éxito -cualquier cosa que esto signifique- si se lo propone, si lo “decreta”.
El desarrollo de las nuevas tecnologías digitales, paradógicamente llamadas de la información y la comunicación -sin duda cierto lo primero pero muy dudoso lo segundo- con la creación de los teléfonos celulares, las tabletas, las computadoras personales, etc. Fueron encerrándonos a cada uno en su propia pantalla, hasta ver hoy en un restaurant por ejemplo, una mesa llena con toda una familia en la que cada persona está absorta en su propio mundo a través de su pantalla personal.
La creación y el auge de las redes sociales representaron un momento clave que exacerbó este proceso de individualización egocéntrica y creó espacios virtuales en los que supuestamente podrías comunicarte y establecer conversación remota con personas significativas para ti, pero derivó después en esta especie de concurso de popularidad, diálogo de sordos y lucha de discursos autorreferenciales con pretensiones de verdad universal que como dice Ruiz, rompieron el vínculo e hicieron imposible la conversación.
La educación incorporó pronto estas tecnologías y ahora está cada vez más promoviendo este encierro individual a través de cursos totalmente online, asíncronos, en los que cada quien puede ingresar y aprender por su cuenta, sin la molesta necesidad de convivir con otros ni la aburrida obligación de escuchar a un docente del otro lado de la pantalla.
Para completar el panorama, la invasión exponencial de las (mal) llamada Inteligencia Artificial (IA) ha venido a reforzar el individualismo al suplir -aunque de forma bastante defectuosa en cuanto a pensamiento y reflexión- a los docentes y a los compañeros en la labor de brindar información, conceptos, imágenes, videos, audios y todas las respuestas o soluciones a los problemas que se tengan que plantear en el proceso de aprendizaje. Las universidades promueven hoy cursos sobre cómo usar esta herramienta sin preguntarse mucho acerca del para qué y de sus consecuencias para el desarrollo de la reflexión crítica y la convivencia social incluyente.
De manera que el escenario es hoy el de los discursos contundentes que no buscan interlocución sino likes y viralización, el de la petición de respuestas -muchas veces con base en preguntas mal formuladas- a la IA y la adopción y creencia ciega en los resultados que arroja, en el encierro cada vez más fuerte en nuestro propio mundo empobrecido por la falta de diversidad, debate y contrastación con los demás.
El panorama no parece muy alentador para el ser humano entendido como ser social y para la educación concebida entre otras cosas como espacio privilegiado para el desarrollo de la empatía, la socialización, la comprensión intersubjetiva y el desarrollo de la solidaridad. Como dice bien el epígrafe: “No hay vínculo…” no hay pedagogía de la pregunta y por tanto, nadie enseña a preguntar. “Los sistemas educativos han dado prioridad a las respuestas y ahora empezamos a darnos cuentas de que la IA también sabe responder”.
Así nos toma el fin de año y el inicio de un nuevo período de oportunidad para recapacitar y tratar de mejorar lo que podamos en este mundo caótico, violento, injusto, excluyente y promotor de aislamiento. El año próximo es parte del futuro y como dice el filósofo “ el futuro beneficiará a quienes hagan buenas preguntas”. ¿Seremos capaces de entenderlo e invertir la ecuación en las escuelas y universidades?
EL PEPO