Por: Juan Martín López-Calva.
-Javier Sicilia: Volvimos, Jacobo, al principio de nuestro diálogo, a las víctimas y sus testimonios. Ellas, no sé si estás de acuerdo, son las custodias de la memoria y la resistencia, las que en el centro de la barbarie apuestan por la vida contra toda esperanza y aguardan que lo roto sea algún día reparado, contra toda esperanza.
-Jacobo Dayán: De acuerdo. Sólo agregaría que, ante una crisis civilizatoria, también la humanidad entera es víctima de sus propias decisiones.
Sicilia, Javier; Dayán, Jacobo. Crisis o apocalipsis: El mal en nuestro tiempo (p. 137).
Profundamente conmovido y con ello quiero decir, perturbado, inquieto, alterado, movido fuertemente como dice la definición del término, finalicé hace un par de semanas la lectura del libro Crisis o Apocalipsis. Sobre el mal en nuestro tiempo, que recoge textualmente una conversación entre Jacobo Dayán, experto en derecho penal internacional, justicia transicional y derechos humanos y Javier Sicilia, poeta, periodista, escritor y activista por la paz con justicia y dignidad. Dayán, de origen judío pero no creyente y Sicilia, católico identificado con las causas de la iglesia más vanguardista y de compromiso social.
El libro surgió a partir de la inspiración de un diálogo previo respecto al Holocausto que sostuvieron Jorge Semprún y Eli Wiesel en 1995 con motivo del aniversario número cincuenta de la liberación de los campos de exterminio nazi. En aquél diálogo que originó este nuevo, dos víctimas que experimentaron en carne propia los horrores del genocidio conversan sobre el dolor, el mal, la deshumanización, la guerra y la memoria, planteándose qué tanto se recordará a futuro este episodio terrible de la historia de la humanidad, que ya hemos visto a tres décadas de distancia como se ha ido olvidando, incluso negando y lo peor de todo, repitiendo, siendo ahora el gobierno del país de esas víctimas, el nuevo victimario en el caso de la franja de Gaza a propósito del sin duda también condenable ataque terrorista del grupo Hamás.
En este nuevo diálogo entre Sicilia y Dayán, ambos coinciden con diversos matices y aproximaciones intelectuales y existenciales en que la humanidad se encuentra en el fin de la que conocimos como civilización occidental de la que somos herederos y todavía producto, al menos las generaciones en torno a la mía y en muchos aspectos aunque no lo reconozcan, también los jóvenes que hoy cuestionan con muchas razones válidas y con otras rebeldías sesgadas por una especie de maniqueísmo, los múltiples excesos y retrocesos de este modelo de humanidad que si bien hizo florecer la filosofía, las artes, las humanidades, la ciencia, la tecnología y las formas de gobierno democráticas, también provocó la enorme destrucción de la naturaleza, las guerras con sus armas nucleares de destrucción masiva y muchos otros males que se están ahora exacerbando.
Si bien parece predominar en Dayán una postura un tanto más esperanzada del futuro que seguirá a la caída de este modelo milenario de civilización que en Sicilia que parece en partes asumir que todo está perdido ante el silenciamiento de las víctimas, la normalización de las distintas formas de violencia y el cinismo que parece dominar a los poderosos de la tierra, además de la pérdida del lenguaje como herramienta de comunicación y búsqueda de comprensión humana, la destrucción de la verdad por el predominio de las redes sociales donde importan más las reacciones que los argumentos, al final el libro deja al lector con un dejo aunque sea leve de esperanza.
Porque si bien como afirma Dayán en el epígrafe, en tiempos de crisis civilizatoria la humanidad es víctima de sus propias decisiones, también coincide con Sicilia en que a pesar de todo las víctimas son las custodias de la memoria y la resistencia y que en pleno centro de la barbarie siguen apostando por la vida contra toda esperanza.
La conmoción de la lectura de este libro fue seguida en mi caso por la participación con dos conferencias en sendos congresos en dos lugares de nuestra patria que están siendo asolados, como muchos otros, por el problema de la violencia, la impunidad y la corrupción que parecen colonizar todas las instituciones y espacios de nuestra vida social.
El primero de ellos fue el Congreso Internacional Ética, paz y medio ambiente cuya sede fue la Universidad de Colima que encabezó la convocatoria junto con la Diocésis de la iglesia católica local y varias universidades nacionales como el ITESO y la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, entre otras. En este espacio universitario se presentaron conferencias y mesas de ponencias que conjuntaron las reflexiones de investigadores y estudiantes de posgrado que tuvieron como denominador común el compromiso con hacer visibles los esfuerzos que se realizan teórica y prácticamente en distintos espacios para trabajar por el desarrollo de un compromiso ético que nos lleve a nuevas formas de organización social respetando la naturaleza y la vida y construyendo la paz positiva, imperfecta pero posible.
En el caso del segundo, se trató del IV Congreso Internacional de Formación Docente (CIFOD) que fue organizado por la Subsecretaría de Educación Media Superior y Superior del estado de Sinaloa en la ciudad de Mazatlán. Este congreso está dirigido centralmente a los futuros docentes, estudiantes de las distintas normales del estado y de otros estados que han acudido anualmente a la cita y estuvo ahora también dedicado a temas muy relevantes para construir un cambio en la sociedad. Se abordaron temas de humanismo, ética, inclusión y esperanza educativa, además de reflexiones sobre los retos que implica la inteligencia artificial para el ámbito educativo no solamente en lo técnico sino también y sobre todo en lo humano y social.
Estas son dos experiencias personales que tuve en las semanas recientes y que removieron mi conmoción provocada por la lectura del libro referido, pero también reavivaron mi convicción de que en distintos espacios y sin ruido mediático, existen personas, comunidades e instituciones que aún “en el centro de la barbarie apuestan por la vida contra toda esperanza y aguardan que lo roto sea algún día reparado, contra toda esperanza”.
EL PEPO