A mí me parecía algo inverosímil que todas esas personas que dicen aburrirse constantemente tuvieran un trastorno y me planteé que quizás en algunos contextos es donde se cronifica. Por eso creo que es situacional, que la gente sabe lo que puede hacer para dejar de aburrirse, pero no lo pueden poner en práctica por culpa del contexto. Identifiqué eso y lo llamé aburrimiento situacional cronificado para distinguirlo del que tiene una raíz psicológica y acaba respondiendo de manera explosiva: cuando el aburrimiento permanece durante mucho tiempo, se prolonga hasta niveles insospechados, dando paso a eso que la filosofía ha definido como aburrimiento profundo o existencial…
Josefa Ros Velasco. Entrevistada por Alberto C. Palomo para Ethic. 9 de enero de 2023
“Antes romantizábamos el aburrimiento. Ahora se trata con medicación” dice la filósofa de la que tomo el epígrafe de esta columna, que es autora de un libro titulado «La enfermedad del aburrimiento», que presenta un estudio muy complejo desde el punto de vista filosófico sobre este estado anímico que como ella misma afirma, tampoco es solamente negativo porque puede ser la plataforma para generar un terreno fértil para la indagación y que además, es algo natural a todo ser humano y nadie está a salvo de padecerlo.
El libro hace un recorrido histórico sobre el aburrimiento y revisa la forma en que se concebía desde las obras literarias más antiguas en la Grecia clásica hasta la modernidad y el capitalismo pasando por la edad media y la ilustración. En el estudio ella distingue entre el aburrimiento pasajero que todos experimentamos en algunas situaciones de la vida y el aburrimiento que se convierte en patológico y puede llegar a ser causa-efecto de una falta de sentido de vida y de ánimo por vivir humanamente.

Una aportación relevante es que, contrario a la visión del aburrimiento patológico como un trastorno meramente interno del sujeto, se trata de un estado complejo que tiene que ver tanto con individuos que están propensos a padecerlo como con situaciones del contexto que pueden ser causa de ese estado que la Real Academia Española de la lengua define como un “cansancio del ánimo” pero que la autora dice que es algo más complejo y trascendental que tiene que ver con “…el desajuste entre nuestra necesidad de estimulación cognitiva y lo estimulante que es el entorno….” Lo cual como puede inferirse, es subjetivo porque depende de lo que cada uno necesite para estimularse cognitivamente y de lo que los distintos entornos pueden ofrecerle para intentar satisfacer esa necesidad.
Ros menciona por ejemplo que leer un libro puede ser aburrido para alguien pero estimulante para otra persona y ver una serie, un video o -añado yo- entretenerse con un videojuego puede igualmente estimular a algunas personas y ser profundamente aburrido para otras. De manera que una primera conclusión que podemos sacar de esta conceptualización compleja del aburrimiento es que para combatir su potencial crónico y volverlo una plataforma para disparar indagaciones y búsquedas nuevas, tenemos que conocer de la manera más completa posible a las personas, en el caso de los educadores a los estudiantes y al mismo tiempo tener un repertorio de posibilidades de actividad pero además de esas dos cosas, desarrollar la habilidad para hacerlas coincidir.
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Además de ello es importante saber que el que una actividad sea aburrida para alguien no necesariamente es algo fijo, permanente e inmutable. Depende también de la forma en que esa actividad sea presentada al sujeto porque siempre existe la posibilidad de generar el gusto por algo -la lectura, el arte, el cine, la literatura, las matemáticas o la ciencia- en una persona que tal vez antes había tenido un contacto sin significado con este ámbito y le resultaba por ello aburrida. Esta generación de interés puede darse por condiciones o estímulos del entorno o bien por un cambio de actitud, un insight o acto de comprensión que ocurran al interior del sujeto.
Tal vez la aportación más relevante del estudio de esta filósofa sea el del concepto de aburrimiento situacional cronificado que no tiene una raíz psicológica sino que nace de una serie de variables situacionales que hacen que aunque el individuo sepa lo que puede hacer para dejar de aburrirse pero no puede ponerlo en práctica porque hay un contexto lleno de obstáculos para hacerlo.
Ahora que estamos en el umbral de un nuevo ciclo escolar en el que millones de niños y adolescentes van a retornar a clases en las escuelas y que un número muy alto de jóvenes lo han hecho ya a las universidades, sería conveniente preguntarse si por el tema del aburrimiento que conlleva para un alto porcentaje de ellos y también de sus profesores este retorno a las actividades cotidianas que forman parte del ritual de la educación formal en este y en la mayoría de los países.
¿Llegan los estudiantes a los espacios educativos con una predisposición al aburrimiento por elementos psicológicos que tienen que ver con su propia incapacidad para estimularse cognitivamente a aprender cosas nuevas y disfrutar esos aprendizajes? ¿La satuación de estímulos y los hábitos de consumo de información por los teléfonos celulares, las redes sociales y el entorno lleno de ofertas de ruido, luces, atracciones e invitaciones a la dispersión y la prisa?
Si este es el caso, que sin duda en cierta medida lo es, los docentes tendríamos que llegar con ideas, invitaciones y propuestas atractivas que puedan acercar la necesidad de estimulación cognitiva a lo que el entorno de aprendizaje puede ofrecerles. En este punto considero que yendo más allá del planteamiento de la autora, el aburrimiento tiene también muchos elementos no cognitivos sino afectivos y que cuando el educador logra conectar afectivamente con el educando es posible lograr que esta distancia entre su necesidad de estimulación cognitiva y lo que se le ofrece en el entorno se acerquen o coincidan.
Pero también cabría la pregunta acerca del funcionamiento de la institución escolar o universitaria con relación al aburrimiento situacional cronificado. ¿La escuela y la universidad son espacios cuyo funcionamiento, sobre-regulación, exceso de burocracias y controles, multiplicidad de demandas derivadas de una buena pero malentendida intención de formar integralmente a los estudiantes se convierten en estructuras que generan aburrimiento situacional cronificado? Es decir: ¿Las dinámicas cotidianas bajo las que funcionan las instituciones educativas son fuentes de obstáculos que hacen que aunque los estudiantes sepan que hacer para no aburrirse y para vivir siginificativamente su aprendizaje no pueden hacerlo porque el entorno se los impide?
¿Será también que el exceso de demandas burocráticas hacia los educadores generan aburrimiento y desgaste en ellos de manera que tenemos docentes con aburrimiento situacional cronificado que se transmite inevitablemente a los estudiantes?
Se ha hablado y escrito mucho acerca de la educación tradicional como generadora de aburrimiento en los estudiantes. Sin embargo, la educación obsesionada con la innovación y la generación de espacios, demandas y estímulos que no paran puede también ser una generadora de aburrimiento estacional cronificado. Porque el activismo en exceso generado por la visión productivista de la escuela y la universidad actual también genera aburrimiento. En este contexto, no se reconoce el aburrimiento porque como dice la autora: “…Aburrirse está mal visto. Es una herencia del capitalismo, que empuja a esa mentalidad de la producción frenética…”
EL PEPO