Lado B
¿No hay salida?
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
21 de abril, 2021
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El mundo sigue detenido y la vida suspendida. Los hábitos simples como levantarse y vestirse —según la agenda del día lo requiriera—, salir a la calle, llegar al trabajo, encontrarse con colegas y estrecharse la mano, brindar un abrazo a quien hacía tiempo que no veíamos, servirse un café en la oficina y aprovechar para conversar un par de cosas con quien se encontrara en el lugar, entrar al aula y saludar a los alumnos, conocer sus rostros e identificarlos por sus reacciones verbales y no verbales, sentir el ambiente del grupo, regresar a casa cansados, aprovechar los fines de semana y ver a algunos amigos o ir a pasear a alguna parte, ver una película en el cine, tener la escuela en la escuela, son lujos que hoy no nos podemos permitir.

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El regreso a clases presenciales, que en marzo del año pasado creímos que sucedería en cuestión de semanas, se ha extendido y parece alejarse cada vez que damos un paso hacia adelante, creyendo que ya está más cerca el final.

El manejo de la pandemia nos ha costado más de doscientas mil muertes oficialmente reconocidas, tal vez cerca del medio millón si apelamos a los expertos fuera del ámbito triunfalista de un gobierno que, a pesar de todas las evidencias de lo que se ha hecho mal, sigue presumiendo que lo ha hecho muy bien.

La vacunación ha empezado y camina a un paso mucho más lento del que se había previsto. En parte por el acaparamiento de las vacunas por parte de los países ricos que compraron en exceso, y en parte por la tendencia muy mexicana de convertir todo en un asunto de carácter electoral, aunque se esté jugando con la vida de miles de ciudadanos.

Se empieza a hablar del regreso a las aulas y las autoridades del Sistema Educativo Nacional se reúnen ya con rectores de universidades: hablan de criterios para la reapertura de las escuelas —criterios meramente sanitarios que ignoran, casi por completo, las necesidades pedagógicas y socioemocionales que tanto alumnos como profesores necesitan trabajar—, cuando en otros países en los que se ha reabierto (Italia, Alemania, España o Argentina) han tenido que volver a cerrar por el rebrote de contagios que se ha producido con el retorno a las aulas.

Ante este panorama —y el que vivo desde hace poco más de una semana en mi propia casa, donde estamos en un encierro dentro del encierro, a pesar de todo lo que nos cuidamos— el texto de hoy no puede ser optimista y me disculpo por ello, por no responder a la happycracia y al “todo es cuestión de actitud” que domina nuestro panorama social. Como profesional de la esperanza y siguiendo a Havel, me mantengo esperanzado en el sentido de creer firmemente que la actividad educativa que realizo tiene sentido, independientemente de sus resultados, pero como se autodefine Pablo D´Ors —y me autodefino yo desde hace tiempo— reitero que soy un pesimista con esperanza.

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El escenario me lleva a preguntarme si habrá una salida de esta etapa de tinieblas, si volveremos algún día a vivir plenamente en el mundo, y la fortuna me lleva a encontrarme con un poema del gran Premio Nobel de Literatura mexicano, Octavio Paz, que tiene como título precisamente esta pregunta: “¿No hay salida?” Del que me serviré para compartir algunas reflexiones que, supongo, reflejarán algo de lo que muchos y muchas educadores, así como ciudadanos en general sentimos hoy.

Dice el poeta: “pasó ya el tiempo de esperar la llegada del tiempo, el tiempo de ayer, hoy y mañana / ayer es hoy, mañana es hoy, hoy todo es hoy” Y así me siento en este momento, desgastado por un año de trabajo en línea y de encierro obligado que no ha servido de gran cosa, según los resultados de ahora, salvo para que tal vez el golpe del virus no haya sido tan fuerte.

Pasó ya el tiempo de esperar la llegada del tiempo y ese tiempo no llega, se ha aplanado el calendario y todo es hoy, da lo mismo que sea diciembre, marzo o abril, en qué estación del año nos encontramos, si hace frío o calor, si llueve o no, porque los días son planos, rutinarios, todos del mismo tono de gris indiferencia.

“no viene del pasado, no va a ninguna parte, hoy está aquí, / no es la muerte / —nadie se muere de la muerte, todos morimos de la vida—/ no es la vida / —fruto instantáneo, vertiginosa y lúcida embriaguez, el varío / sabor de la muerte da más vida a la vida–, / hoy no es muerte ni vida, / no tiene cuerpo, ni nombre, ni rostro, hoy está aquí, / echado a mis pies, mirándome…”, dice el poeta.

Y el tiempo ya no viene del pasado porque el pasado en el que vivíamos —con todos los males y los problemas que se quieran señalar— se ha ido borrando, y no va el tiempo ya a ninguna parte, nos tiene encerrados en un presente tedioso, desgastante e interminable en el que muchos ya están muertos de la vida y los demás seguimos aquí viviendo de muerte y muriendo de vida, como dice Morin sabiamente, a punto de sus cien años en la tierra. No es la muerte pero tampoco es la vida, este hoy eterno no es muerte ni vida, no tiene cuerpo, ni nombre ni rostro, ese hoy que está aquí y nos envuelve, echado a nuestros pies, mirándonos con una sonrisa burlona.

Mientras tanto, como el poeta, podemos decir al menos en este momento: “yo estoy de pie, / quieto en el centro del círculo que hago al ir cayendo desde mis pensamientos, / estoy de pie y no tengo a dónde volver los ojos, no queda ni una brizna del pasado, / toda la infancia se la tragó este instante y todo el porvenir son estos muebles clavados en su sitio, / el ropero con su cara de palo, / las sillas alineadas en la espera de nadie, /… el ventilador, insecto engreído, la ventana mentirosa, el presente sin resquicios, / todo se ha cerrado sobre sí mismo, he vuelto a donde empecé, / todo es hoy y para siempre”.

Y así estamos todos, de pie o sentados en medio del círculo que hacemos al ir cayendo desde nuestros pensamientos, sin tener hacia dónde volver los ojos, porque no hay un horizonte hacia el cual apuntar, ya quedan cada vez menos briznas del pasado que era apenas hace un año, pero que ya se está esfumando en la memoria, y del que van quedando imágenes difuminadas, borrosas. Para muchos niños en edad escolar, una buena parte de su infancia se la ha tragado este instante eterno llamado pandemia del nuevo coronavirus, y les ha impedido hacer lo que todo niño merece y necesita hacer para irse forjando una idea de lo que es la vida, una imagen de lo que es el mundo.

Todo el porvenir son ahora estos muebles que vemos todos los días clavados en su sitio, en ese sitio en el que permanecemos dejándonos la vida en millones de juntas virtuales, en sesiones de clase en las que hablamos con pantallas en negro, y donde ocasionalmente escuchamos alguna voz que viene de muy lejos pero que no podemos ligar a un rostro concreto. Todo se ha cerrado sobre sí mismo, volvemos recurentemente a donde empezamos. Todo es hoy y pareciera ser que para siempre.

Para muchos de nosotros, que no hemos salido del perímetro de nuestra colonia en meses, ahora “todo está lejos, no hay regreso, los muertos no están muertos, / los vivos no están vivos, / hay un muro, un ojo que es un pozo, todo tira hacia abajo, pesa el cuerpo, / pesan los pensamientos, todos los años son este minuto desplomándose interminablemente”, y no encontramos aún un atisbo, un pequeño indicio que nos diga que podremos superar esta prueba y que los pensamientos y los sentimientos dejarán de pesar, que todos los años volverán a tener su espacio propio en la memoria.

Por el momento, “hoy es ayer, mañana es ayer, / la realidad es una escalera que no sube ni baja, no nos movemos, / hoy es hoy, siempre es hoy / ¿Estoy o estuve aquí?”, como dice el poeta.

Sin embargo, obcecada y persistente como la vida que se empeña en vencer a la muerte, la esperanza sigue ahí y debemos salvarla, reconstruirla, organizarla, para iluminar el momento y tratar de seguir buscando una salida.

*Foto de portada: Pixabay

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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