Lado B
¿Tirar la toalla?
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
24 de marzo, 2021
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Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez.

No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún
día a dictar clases en una licenciatura en periodismo.
Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.

Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante
muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa
de recibir selfies.

Claro, es cierto, no todos son así.
Pero cada vez son más.

Leonardo Haberkorn. Con mi música y la Falacci a otra parte.

Hace algún tiempo circuló ampliamente por las redes sociales esta carta de un profesor uruguayo de periodismo, escrita para despedirse de la actividad docente después de muchos años, como él mismo afirma. Desde la primera vez que la leí me impactó porque veo en ella muchos elementos que describen con bastante precisión el ambiente que priva en muchos de las y los jóvenes universitarios frente a su proceso de formación, y la gran decepción que produce en las y los docentes que tratan infructuosamente de transmitirles su pasión por el conocimiento y por el ejercicio de una profesión.

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Sin embargo, también me hizo pensar en mi propia experiencia y preguntarme si me siento como él, y si estaría dispuesto a tirar la toalla, a rendirme y perder la esencia de la profesión de educador que es, precisamente —y como lo he repetido muchas veces—, la esperanza.

En los últimos días volví a encontrar la carta en las redes, bajo este contexto de desgaste y agotamiento que vivo y que creo que están viviendo la mayoría de las y los profesores de este y otros países, después de un año de tener escuelas y universidades cerradas; de estar trabajando a distancia con los muchos o pocos —adecuados o improvisados— recursos que cada institución educativa y cada docente tienen a su alcance.

Como aprendí en el primer curso que tomé sobre las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) en la educación, estas herramientas son un amplificador que hace que las virtudes y fortalezas de un profesor o profesora, así como un curso, se vean con mayor nitidez, pero también hace que los errores y las deficiencias de las y los profesos de enseñanza-aprendizaje se magnifiquen.

De manera que si los alumnos y alumnas no muestran interés en el aula y se distraen continuamente con sus celulares, revisando Facebook, Twitter o Instagram, o chateando por Whattsapp, este desinterés y estos distractores se harán mucho más grandes, se generalizarán con el trabajo a través de dispositivos y plataformas electrónicas.

Si estando en el aula el profesor podía desanimarse ante esta indiferencia al mirar los rostros de hastío, de aburrimiento o de indiferencia frente al tema más apasionante, ahora el maestro o la maestra están hablando básicamente a la pantalla de su computadora, tableta o teléfono celular y viendo “cuadritos” con nombres, porque las y los estudiantes no pueden —por problemas de conectividad— o no quieren —por desinterés ante la materia o porque el profesor note que se distraen— abrir su cámara. Algunos tal vez dejan conectado su equipo a la sesión pero se van a otra parte de su casa a realizar actividades que consideran más atractivas o necesarias en ese momento, sin que el profesor o profesora pueda darse cuenta.

No lo digo “de oídas”, sino por mi propia experiencia en los cursos que imparto y la forma de comportarse de un buen número de mis estudiantes durante las sesiones. Este año he tenido de todo y aunque, en general, puedo decir que no me ha ido mal en las materias que he impartido, e incluso algunas sesiones o materias completas han sido realmente memorables y significativas, no puedo negar que en muchos momentos he sentido lo que escribe este profesor uruguayo y he tenido la misma sensación de querer rendirme, tirar la toalla e irme con mi música y Lonergan, Morin o quien sea, a otra parte.

Los expertos en tecnologías para el aprendizaje y en diseño de cursos a distancia, seguramente, dirán que esto ocurre porque los profesores no estamos capacitados adecuadamente para aprovechar todos los recursos que brindan las diversas plataformas y herramientas que están al alcance de un click si se conociera cómo utilizarlas, y que si diseñáramos nuestras clases de manera más atractiva, las y los estudiantes se mostrarían más interesados.

En parte tienen razón, porque ciertamente algunas profesoras y profesores que ya eran aburridos y poco motivantes en las clases presenciales, con el amplificador de la tecnología se han vuelto soporíferos y están causando mayor rechazo y actitudes como las que describe la carta referida. El error de muchos estriba en concebir que se trata solamente de calcar lo que hacían en el aula y hacerlo exactamente igual en la computadora.

Pero visto desde otro ángulo también es cierto que estamos en una etapa de crisis generalizada de la humanidad, en la que el conocimiento no es precisamente lo más valorado y bajo un escenario educativo mundial en el que, en aras de superar el memorismo, el autoritarismo y la falta de sentido de la educación tradicionalista —que no tradicional—, se ha caído en un proceso de decadencia en el que se cambia el rigor intelectual por el reino de “todas las opiniones son igualmente respetables”.

Hemos aportado por una disciplina paternalista de una visión supuestamente dialógica y democrática de las clases que, en realidad, es una renuncia a la exigencia razonable y una rendición ante las demandas de un alumnado —apoyado por sus padres y madres de familia— que exige sus derechos pero no concibe que les correspondan reponsabilidades.

Estamos mal-formando generaciones condenadas a la frustración porque en su familia y en su escuela está prohibido desarrollar su tolerancia a la frustración. Generaciones científica y técnicamente deficientes porque en su proceso formativo está también descartada toda posibilidad de exigencia que se entiende más bien como autoritarismo.

Como dice la carta del profesor: no todos son así, pero cada vez son más los que llegan a la escuela o a la universidad obligados porque es lo que deben hacer por su edad, pero sin el menor interés en el conocimiento.

Normalmente, a esta altura, todos los años ya había conseguido que la
mayor parte de la clase siguiera el asunto con fascinación.

Este año no. Caras absortas. Desinterés. Un pibe despatarrado mirando
su Facebook. Todo el año estuvo igual.

Llegamos a la entrevista. Leímos los fragmentos más duros e inolvidables.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Ellos querían que terminara la clase.
Yo también.

Leonardo Haberkorn. Con mi música y la Falacci a otra parte.

Para concluir esta Educación personalizante lo más claro posible, diría que si me preguntaran si alguna vez me he sentido como este profesor y si tengo estudiantes como los que él describe, tendría que responder que . Pero si me preguntaran si estoy de acuerdo con la decisión a la que él llega: que las y los profesores de hoy en día deberíamos tirar la toalla y rendirnos, respondería claramente que no. A pesar del desánimo de las y los estudiantes, así como de grupos indiferentes y desinteresados, hay que seguir trabajando, mantener la esperanza organizada y continuar con el esfuerzo de educar a estas generaciones del cambio de época y la crisis civilizatoria.

La clave para lograrlo es pensar, como dice Lonergan, que no se trata de educar a los antiguos, a los de la edad media o del siglo XIX o XX, sino a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes de hoy, y que las y los estudiantes de este momento son como son, no como nosotros quisiéramos que fueran. Esto implica no emprender una lucha contra los celulares, Facebook o las redes sociales que usan nuestro alumnado, sino entender que son parte de su mundo y tratar de entender ese mundo: no para complacerles en todo lo que no les interesa, sino para brindarles una educación rigurosa y de calidad que esté a la altura de los tiempos difíciles que les ha tocado vivir.

*Foto de portada: Vanessa Garcia | Pexels

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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