Lado B
Educar la espiritualidad: 7 conexiones
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
23 de febrero, 2021
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‘[Además de cosas buenas y cosas malas que descubro en mí], lo que veo es paradoja y contradicción (…) las paradojas no son algo que se pueda resolver (…) Hay que vivir con ellas’ Simone Weill lo dijo de una manera mucho más hermosa, dijo: ‘la contradicción es el criterio de lo real (…) Lo real es el ámbito de lo espiritual, el campo de cultivo. Somos espirituales para trabajar la realidad, no la ficción”.

Pablo D´Ors. Espiritualidad en tiempos de pandemia

Ser amigos del silencio y buscadores de la montaña. Esa fue la conclusión, tomada de Pablo D´Ors, del video que cito en el epígrafe de hoy, y de la entrega de la semana pasada en esta Educación Personalizante. Hablábamos, centralmente, de educar la espiritualidad —religiosa o laica— en nuestros niños y adolescentes, desde una visión auténtica, más allá de caricaturas y lejos de la happycracia, que es una especie de dictadura que nos oprime en el mundo actual.

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Considero que la pandemia derivada del nuevo coronavirus, conocido popularmente como COVID-19, y que nos tiene encerrados desde hace ya casi un año, está generando, por una parte: una pandemia paralela que podría llamarse de salud mental o emocional, vivida por muchísimos de nosotros y, por otro lado: en el sentido positivo, está originando búsquedas espirituales a partir de la reflexión sobre qué es lo fundamental o lo realmente importante en la vida humana.

Debido a esto y al gran impacto que produjo en mí el video ya citado —que probablemente hayan visto algunos de mis cinco lectores—, me parece importante dedicar esta entrega a desarrollar una segunda parte de este tema de educación de la espiritualidad, con el ánimo de contribuir a que todos los educadores, profesionales de la esperanza, tengamos algunos elementos de corte metodológico para formar en nuestros estudiantes este ser amigos del silencio y buscadores de la montaña, desde una mirada personalizante de la educación.

Voy a abordar en concreto las propuestas que hace D´Ors para poder ir ejercitando la espiritualidad, porque la esperanza es algo que se entrena, no es algo que se tiene o no se tiene; es una virtud por desarrollar que no es equivalente a un idealismo optimista. Como dice el mismo autor, se puede ser pesimista y esperanzado; como es mi caso.

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En esta conferencia se nos invita, en primer lugar, a respirar mejor; es decir, a tener una comunicación más profunda con la naturaleza para buscar la luz que hay en toda la realidad y en todo lo humano, sin negar la oscuridad ni caer en visiones optimistas propias de la happycracia y la espiritualidad caricaturizada y light de nuestros días.

En segundo lugar, a partir de esta respiración y del silencio que nos permita el contacto con nosotros mismos, en nuestro ser paradójico, se nos invita a buscar la montaña; que quiere decir, vivir tres etapas: la de subir, que es ir motivados hacia una meta, pero también esforzarnos y cansarnos para llegar a alcanzarla; la de estar en la cima, que significa el logro, el punto de llegada que nos hace ver que la cima está en todas partes, pero este “descubrimiento solamente se logra estando en ella”. Finalmente, está el bajar la montaña, que implica un camino de regreso más relajado y disfrutable, en el que podemos hacer un balance de la experiencia, del esfuerzo de subir y del gozo de la contemplación al estar en la cima.

¿Podemos los educadores promover que cada tema, cada unidad de nuestro programa de curso o asignatura se convierta en ese camino para que nuestros alumnos y alumnas suban la montaña? ¿Podemos hacerles ver la riqueza de la subida y valorar el esfuerzo que implica, por la recompensa de la cima a la que se va a llegar? ¿Podemos hacer una pausa al terminar ese contenido para que cada uno contemple en sí mismo lo aprendido, lo logrado y para que vea que la cima está en todas partes? ¿Podemos acompañarlos en un camino de bajada en el que se recupere la experiencia en términos de crecimiento personal?

Pablo D´Ors propone, además, siete conexiones, que él señala deberíamos hacer cada día pero que podemos pensar cómo adaptar a nuestras condiciones educativas. Las siete conexiones son: la conexión silenciosa, corporal, mental, cordial, manual, ritual y la conexión final.

La conexión silenciosa se trata de escuchar: escuchar al mundo, a los demás y a nuestro interior. La corporal o física es descubrir y hacer consciencia de nuestro cuerpo; descubriendo que somos cuerpo y que este nos dice cosas que debemos escuchar y atender. La mental tiene que ver con poder hacer que la mente quede abierta a recibir nuevas palabras, conceptos y reflexiones que iluminen y hagan crecer nuestro horizonte.

Por su parte, la conexión cordial es el contacto con nuestros sentimientos, con la dimensión emocional que nos alimenta y en la que, según Lonergan, se aprehende el valor cuando estamos deliberando alguna situación existencial. La conexión manual quiere decir que lo que pensamos y sentimos tiene que “bajar a las manos”, es decir, aplicarse a cosas que se hagan, para crear nuevas cosas o transformar el mundo.

La conexión ritual es la celebración de este proceso en el que, a partir del silencio, de la apertura del cuerpo, de la mente y del corazón, se ha logrado expresar un trabajo palpable; compartir en grupo lo que se ha producido desde estos pasos.

Por último, la conexión final implica retirarse a recoger la experiencia vivida en un día —o, por ejemplo, en una clase— para hacer vida lo aprendido y para recuperar las fuerzas para el día siguiente.

He hecho una síntesis de las siete conexiones básicas que este prestigiado autor de libros sobre espiritualidad nos propone para ir ejercitando la espiritualidad. Obviamente, él la plantea en el contexto de una dimensión de crecimiento personal que puede —él la vive y la significa desde ahí por ser, como dije hace una semana, sacerdote católico claretiano— tener una dimensión religiosa o de apertura a Dios, o a un ser trascendente en el que se crea. Pero puede también ser una experiencia íntima y personal que lleve al desarrollo humano en el plano meramente terrenal y con una perspectiva laica.

Me parece que es posible y deseable buscar espacios en el currículo para esta formación de la espiritualidad de los educandos —reitero, no necesariamente religiosa si se trata de una escuela pública o particular laica— para contribuir al desarrollo humano de cada niño, niña, adolescente o joven, a través de un ejercicio que los lleve, a partir de hacer silencio en un mundo lleno de ruido y de ruidos interiores, a un camino de apertura y conexión con su propio cuerpo, su mente, sus sentimientos; con lo que pueden elaborar con sus manos.

Y que se celebre y luego se guarde, se atesore en la propia experiencia para recargar fuerzas que les permitan recuperar el ánimo, así como mantener la salud mental y emocional en estos tiempos de miedo, desmoralización, tristeza e incertidumbre.

Espacios como las clases de orientación educativa o tutoría, las materias de formación cívica y ética, o de ciencias humanas, pueden ser muy propicias para ejercitar estas siete conexiones.

Sin embargo, al escuchar esta conferencia y repasar este caminar la montaña y estas siete conexiones, creo que se podría intentar planificar una clase de, prácticamente, cualquier asignatura tratando de pasar, al menos, por algunas de estas siete conexiones.

Intentar iniciar con un momento de silencio para concentrarse, tratar de generar una consciencia del propio cuerpo y de cómo disponerlo para el aprendizaje del día; buscar formas de producir una apertura de la mente y el corazón para que lo que se aprende se vuelva realmente significativo; diseñar estrategias y productos que los educandos elaboren con sus manos aplicando lo aprendido; pensar en formas de celebrar los aprendizajes logrados —las montañas ascendidas—, e invitar a que cada uno de los educandos termine agradeciendo la vida y el aprendizaje adquirido, son elementos que pueden educar en hábitos de desarrollo humano de forma transversal.

Termino enfatizando lo que dice D´Ors en su conferencia al definir la espiritualidad, para decirle a mis cinco lectores que no se trata de una propuesta para evadir la realidad o para refugiarse de manera cómoda en el interior, dejando de lado oscuridades y contradicciones, al contrario, se trata de educar en la convicción de que somos seres espirituales para trabajar la realidad, no la ficción.

*Foto de portada: Simon Migaj | Pexels

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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