Sin el derecho al aborto se priva a Latinoamérica de su voluntad y de una vida plena
Tal vez si pudiéramos tener completa agencia y autonomía sobre nuestras vidas individuales y colectivas, nuestra autoestima sería más fuerte, el amor estaría menos roto y todos mejoraríamos en la toma de buenas decisiones
Por Lado B @ladobemx
21 de enero, 2021
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Tamara Pearson

No puedo mencionar su nombre porque es una niña. Tenía doce años en ese momento, era demasiado joven para trabajar legalmente, pero no demasiado joven para ser obligada a ser madre. Era mi alumna, y recuerdo que, hace unos años, jugaba al puente con ella. Se reía con deleite infinito mientras yo sostenía sus pies y otra maestra tomaba sus manos y la hacíamos girar.

Después de que la violaron —un hombre la atacó a plena luz del día, mientras caminaba por la calle de su barrio—, Vannesa Rosales-Gautier, una colega, maestra y defensora de los derechos de las mujeres en Mérida, Venezuela, la ayudó a poner fin al consecuente embarazo. Mientras el violador aún está libre, Rosales fue enviada a prisión.

El 12 de octubre del año pasado, agentes de seguridad allanaron su casa y la arrestaron. Se le acusa de ayudar a una tercera persona a abortar sin su consentimiento y de asociación delictiva, debido a su activismo. Su caso aún no ha sido juzgado (en violación del debido proceso legal) y los cargos adicionales significan que podría enfrentar 25 años de prisión. La madre soltera de la niña también fue encarcelada por un período, lo que significa que el feto tuvo prioridad sobre el cuidado de sus ocho hijos.

Obligar a cualquier persona a continuar con un embarazo, la priva de agencia sobre su vida. El futuro de la niña y las cosas grandes o pequeñas que esperaba hacer con él le habrían sido arrebatadas, y su capacidad de autorrealización —de existir completamente como ella misma— se habría perdido.

La buena salud y el bienestar requieren autodeterminación

Ya sea que nuestros cuerpos se utilicen como adornos publicitarios o como trofeos para el héroe imperialista de la película que mata a todos los malos, desde una edad temprana nos queda claro que nuestros rostros y cuerpos son más importantes que nuestro papel activo en la sociedad. Pero la vida es acción, movimiento, cambio y voluntad, por lo que negar nuestro derecho a decidir sobre nuestro futuro es negar nuestro derecho a estar vivas, a ser audaces, alegres y pensantes.

Capacidad de agencia significa que somos las iniciadoras de nuestras acciones. Sin eso, somos controladas, sometidas y oprimidas por otrxs. Similar a la autonomía (la capacidad de tomar decisiones informadas y sin coacción en condiciones de independencia política y libertad), la agencia no significa hacer lo que queramos. De hecho, significa ser consciente y responsable de nuestras acciones, teniendo la información y los recursos necesarios para llevarlas a cabo.

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Recientemente, estaba observando cinco águilas atadas a rocas o postes en un parque de aves en Xalapa. Se podía ver lo enojadas que estaban por no poder volar y por no poder reaccionar ante las personas que les acercaban el teléfono a la cara para tomar fotos. A los animales tampoco les gusta que se les niegue el poder sobre sus acciones.

Sin nuestra capacidad de agencia podemos amargarnos, entumecernos y estancarnos. Se trata de una precondición para una existencia razonable. Nuestras propias piernas son atadas y nuestras mentes aventureras son limitadas. La libertad no se trata en realidad de poder elegir entre 50 variedades de papas fritas. Es poder alcanzar el potencial individual y colectivo. Es aprendizaje y crecimiento constante, propósito, planificación anticipada y toma de decisiones consideradas. Cuando no podemos obtener píldoras anticonceptivas fácilmente o se nos sermonea sobre la moralidad del aborto, se nos trata como a niñas muy pequeñas porque se nos están negando nuestra inteligencia y nuestra experiencia de vida.

Nuestro lugar en el mundo se reduce

derecho al aborto

Foto: Olga Valeria Hernández

Este estado de sumisión  —de mujeres, personas trans y no binarias siendo atadas con una cuerda metafórica a sus casas, sin poder volar— esta normalizada.

Hace poco un hombre me dijo, descaradamente (como si fuera una cosa perfectamente razonable de decir), que las mujeres que abortaban merecían la pena de muerte. Su comentario demostró la poca consideración que hay hacia nosotras. Aquí en México, hubo casi mil feminicidios reconocidos oficialmente sólo el año pasado. Parte de eso se debe a la impunidad casi total para los perpetradores, pero una parte mayor se debe al estructurado mensaje político-social de que nuestra presencia es intrascendente.

En Puebla, donde vivo, la Interrupción Legal del Embarazo sólo es posible bajo ciertas causales. Si lo necesitara, los profesionales médicos, de salud mental y legales probablemente me juzgarían, y ninguno de ellos me preguntaría qué necesito. ¿Qué se necesita para crear un mundo donde sea común que la gente le pregunte a las mujeres qué necesitamos?

En última instancia, sabemos que no es el feto lo que preocupa a los antiabortistas. Después de años de protestas pacíficas y regulares en Latinoamérica sin resultados, y de gobiernos que se niegan a tomar en serio las demandas de las mujeres (el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha dicho a las feministas que organicen una consulta pública para obtener el derecho al aborto, e insiste en que la mayoría de las llamadas por violencia doméstica son falsas), las mujeres ahora han comenzado a grafitear paredes, coches de policía y estatuas, e incluso a instalarse en congresos estatales y edificios de comisiones de derechos humanos.

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En respuesta, muchos hombres calificaron estas acciones de “violentas”, pero guardaron silencio cuando la policía de Cancún disparó contra las manifestantes feministas. Eso demostró que lo que a esta gente realmente no le gusta es cuando las mujeres dejan de ser sumisas, objetos de belleza idealizados y peones con bonitas sonrisas, y en cambio se vuelven francas, audaces y escuchadas en las calles.

Un mar de pañuelos verdes en Latinoamérica

Mientras que Argentina acaba de legalizar el derecho al aborto, y Cuba, Guyana y Uruguay lo permiten, está prohibido o limitado en el resto de Latinoamérica. En México, sólo en la Ciudad de México y el estado de Oaxaca está permitido, pero incluso en la Ciudad de México, los médicos a menudo se niegan a realizar abortos, ponen obstáculos burocráticos o intentan culpar a las mujeres para que no los hagan.

En El Salvador, la ley castiga el aborto con dos a ocho años de prisión, pero ha habido casos de mujeres que recibieron 40 años, ya que el procedimiento fue considerado como homicidio.

Y Brasil llamó la atención de la gente recientemente después de que una niña de diez años, que había sido violada repetidamente, se enfrentara a fanáticos religiosos y antiabortistas que protestaban frente al hospital para evitar que se sometiera a un aborto. Los médicos también se negaron, lo que la obligó a viajar a un estado diferente.

Still del documental Que se ley / Foto: YouTube (Tráiler de «Que sea ley», de Juan Solanas en Ambulante en Casa 2020)

Pero la postura de las autoridades sobre el aborto en Latinoamérica no se trata de un procedimiento médico controvertido. Hay muchos más en el mundo de la salud. La iglesia, traída a la región por los invasores europeos, tiene una gran influencia en cómo las mujeres y la reproducción son tratadas y percibidas, y el sexismo y la desigualdad son profundos. Además, la región se ha visto privada de manera dura y constante de su autonomía, con Estados Unidos dictando los términos comerciales y las medidas económicas locales, ayudando a instalar dictadores, apoyando golpes de estado, financiando a los Contras y más. La agencia política es escasa aquí, y no se da por sentado como un derecho, como a veces se da en otros lugares.

Sin embargo, el movimiento por el derecho al aborto y por el derecho a vivir sin violencia se ha intensificado durante el último año, a pesar de la pandemia. Ha habido grandes manifestaciones en todo el continente, particularmente en Argentina, y las feministas en México han sacado fuerza de esto. En marzo hubo una efectiva huelga de mujeres a nivel nacional para pedir el fin de los feminicidios y la violencia. Los pañuelos o bufandas verdes son ahora una declaración bien conocida en todo el continente a favor del aborto legal, seguro y gratuito.

El derecho a vivir plenamente

En gran parte de Latinoamérica, así como en otras partes del mundo, trabajar hasta el agotamiento es lo normal. La vida es aceptable si tienes techo y algún tipo de acceso no confiable a la atención médica. El actual orden del día es que la mayoría de las personas luchen por las migajas, mientras que los súper ricos deciden todo; transmisiones televisivas de basura inconsciente y un mundo insolidario subestimando a los grupos oprimidos y constantemente lazando abusos y violencias de variados matices. Las expectativas están bajas.

Por lo tanto, se necesita el valor de imaginar para creer que merecemos prosperar. Para las mujeres, después de haber crecido con medios que nos deshumanizan, con roles de género, abuso en el lugar de trabajo, violaciones y más, puede ser difícil para nosotras creer que tenemos derecho a soñar con un futuro emocionante, aventurero y feliz, que puede, o no, involucrar hijos.

Imagina un mundo construido para que prosperemos en lugar de apenas sobrevivir; donde la crianza de los hijos sea una responsabilidad social más que algo que los individuos o las parejas luchen por superar. Y en el que lxs bebés crecen para ser seres humanos en gran parte felices y sanos porque sus padres no se vieron obligados a tenerlos en contra de su voluntad, y porque sus padres recibieron el apoyo financiero, educativo, psicológico, legal, laboral y profesional que necesitaban.

Tal vez si pudiéramos tener completa agencia y autonomía sobre nuestras vidas individuales y colectivas, nuestra autoestima sería más fuerte, el amor estaría menos roto y todos mejoraríamos en la toma de buenas decisiones.

Rosales me dijo desde la prisión que las mujeres allí habían «construido algunas conexiones sólidas y auténticas» y que ella no era la única víctima de cargos inflados. Hizo hincapié en que los derechos de las mujeres no son algo que pueda declararse «con publicidad y cambios cosméticos a las leyes». Gracias a una fuerte campaña en toda Latinoamérica, ella pudo regresar a casa el lunes, aunque los cargos en su contra continúan. Y ahora que el Congreso de Chile está a punto de debatir la despenalización del aborto, está claro que esta es una batalla que continuará.

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Tamara Pearson ha sido periodista y activista durante las últimas dos décadas, radica en Latinoamérica desde hace 14 años. Es licenciada en política y pedagogía, es autora de la novela literaria The Butterfly Prison y de un libro infantil sobre el mito de la belleza. Ella bloguea desde Resistance Words.

 

*Traducción: Cristina Rey

 

**Foto de portada: Flavia Morales Carmona | CIMAC Noticias

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