¿Quién educa a la familia?
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
17 de noviembre, 2020
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La familia como refugio

Tú eres un racimo, madre, un ramo, una fronda, un bosque,
un campo sembrado, un río. Toda igual a tu nombre, doña Luz, Lucero, 
Lucha, manos llenas de arroz, viejecita sin años, 
envejecida solo para parecerte a los vinos.
Quiero hacerte un poema, darte unas flores, 
un plato de comida que te guste, alguna fruta, 
un buen trago; llevarte tus nietos, 
comunicarte una noticia estupenda.

Jaime Sabines. Doña Luz.

 

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso es que este hachazo nos sacude.
Nunca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría.
No lo sabemos bien, pero de pronto llega
un incesante aviso,
una escapada espada de la boca de Dios
que cae y cae y cae lentamente.
Y he aquí que temblamos de miedo,
que nos ahoga el llanto contenido,
que nos aprieta la garganta el miedo.

Jaime Sabines. Algo sobre la muerte del mayor Sabines.

La pandemia llegó –espero que, aunque parezca, no sea para quedarse- y nos obligó a encerrarnos en casa. Este encierro ha implicado para la gran mayoría la intensificación de la convivencia cotidiana con la familia, el pasar las veinticuatro horas del día de los siete días de la semana de todas estas larguísimas treinta y cuatro semanas, de este año prácticamente perdido, en compañía de nuestros padres, madres y hermanos o de nuestros cónyuges, compañeros o compañeras y nuestros hijos o hijas y en muchos casos, abuelos y abuelas o tíos y tías.

Para algunos, esta convivencia intensificada ha significado una oportunidad para revalorar a los que conforman su núcleo familiar, ejercitarse en la empatía, en la comprensión del otro, en la paciencia, en la alegría compartida y en la resignificación del sentido de la vida, de lo que realmente importa y es relevante para poder construir un proyecto de realización y de felicidad profundas, más allá de la simple alegría pasajera o del confort temporal que hoy nos venden y nos quieren imponer como obligación en la dictadura de la felicidad de este enorme club de los optimistas que llena las redes sociales y los medios de comunicación.

Es así que, como nuestro monumental poeta chiapaneco, uno puede encontrar en la familia lo que él halló en el Mayor Sabines y en Doña Luz: el tronco invulnerable de ese árbol del que somos ramas, el tronco que nos trae el néctar de la vida que viene de nuestras raíces y el racimo, el ramo, la fronda, el bosque que nos da sombra, las manos llenas de arroz que nos nutren de auténtica humanidad.

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Muchos mexicanos y mexicanas de todas las edades están hoy descubriendo que uno de los efectos positivos de esta contingencia sanitaria está siendo precisamente el redescubrimiento del valor de la familia, el reencuentro con los miembros de esa comunidad básica, la renovación del pacto de amor incondicional con los padres o madres y con los hijos, la reactivación de la complicidad y la fraternidad entre hermanos.

La familia como infierno

Enloquecido y ciego, maldiciendo su sangre,
el hombre empuña ese cuchillo,
apunta a las espaldas inocentes
y lo vuelve enseguida contra él,
para volver de nuevo a amenazar su estirpe.
Lo que el hombre está viendo es el infierno,
un círculo perfecto de agonía
del que cualquier salida es el espanto.

Y en mitad del salón, bajo la luz
doméstica y lunar de la costumbre,
el niño y la mujer que lo acompañan,
sentados a la mesa,
sólo alcanzan a ver a un hombre ausente
que comparte su pan con su familia.

Vicente Gallego. La cena familiar.

Pero para muchos otros, tristemente, inaceptablemente, terriblemente, la obligación de guarecerse en casa para evitar los contagios no ha sido el reencuentro con las raíces que se aman, el refugio que protege de la intemperie de la vida, la comunidad de acogida que sostiene emocionalmente ante el dolor y la crueldad o la violencia de la calle y de la sociedad injusta.

Para millones de personas el encierro en casa ha significado el espanto de un lugar en el que nadie los reconoce ni acepta, en el que se les juzga o se les condena sin juicio, en el que la forma de relación es la agresión psicológica o la violencia física. En nuestro país, dicen algunos estudios, durante la pandemia ha aumentado un 60% la violencia intrafamiliar y de género.

Muchos miles, tal vez varios millones de personas pertenecientes a la población de este país desigual, machista, excluyente y violento no han tenido nunca una experiencia real de familia y han vivido, en el mejor de los casos, el infierno de compartir el pan de la indiferencia y del desinterés de unos por los otros frente a la mesa de la cena familiar; o en el peor escenario, el infierno —más cruel aún— del ataque, del persistente menosprecio y de la agresión verbal, psicológica o física hasta lograr la anulación de la autoestima.

La familia como comunidad siempre en construcción

“…la comunicación entre congéneres es polarizada entre los dos términos alter y ego. Allí donde la alteridad predomine sobre la identidad, el ego alter aparece más como extraño que como semejante. Allí donde la identidad predomine sobre la alteridad, entonces la comunicación puede llegar a ser comunión, es decir, unión en la comunicación.”

Edgar Morin, Método II. La vida de la vida, p. 241.

Entre los dos extremos antes señalados se desarrolla la vida en pandemia —y sin pandemia— de la mayoría de las familias mexicanas y del mundo entero. No existe la familia ideal en la que todo sea inclusión, armonía, respeto y comprensión, sino la familia real en la que se presenta siempre lo que el filósofo canadiense Bernard Lonergan S.J. (1904-1984) denominó la dialéctica de la comunidad.

En toda familia se encuentra presente la realidad compleja, paradójica y —como señala Morin en la cita previa— polarizada, entre la mirada del otro como un extraño y la percepción del otro como alguien igual a uno mismo. En las situaciones o en las familias en las que predomine la visión del otro como un extraño que amenaza la intimidad y la identidad, la familia será este lugar de lucha y de incomprensión que puede llegar a la violencia. En las situaciones o en las familias en las que predomine la visión de identidad sobre la de alteridad, puede llegar a realizarse la comunión.

La construcción de comunión —de unión en la comunicación— es un trabajo cotidiano del que son corresponsables todos los miembros de la familia. Esta construcción requiere de estrategias para afrontar y superar las tensiones y contradicciones del extremo de la alteridad y para construir el ambiente adecuado y el diálogo necesario para abonar a la identidad. Estas herramientas se adquieren y se desarrollan, no son innatas.

La forma de adquirirlas es a través de la educación. Así como la persona individual se educa, la familia también necesita educarse, formarse, irse moldeando para volverse una verdadera comunidad capaz de lidiar con su inevitable dialéctica interna y de construir verdadera comunión que forme ciudadanos capaces y comprometidos con la construcción de la comunidad social más amplia en el respeto a la alteridad pero en la actitud de búsqueda de identidad.

Porque si la familia es la célula social básica para educar a los futuros ciudadanos un desafío fundamental consiste en definir quiénes y cómo educan a la familia.

 

*Foto de portada: August de Richelieu | Pexels 

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..