La escritura como acontecimiento que transforma la vida
Reducir la escritura a la dimensión abstracta, sistemática y lógica, sería sujetar nuestras vidas a la razón o deslindarla de nuestras experiencias
Por Lado B @ladobemx
06 de febrero, 2020
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Foto: tookapic en Pixabay

Mtro. Manuel Antonio Silva de la Rosa | Espacio Ibero

La escritura no es solamente un medio para poder transmitir conceptos, tesis, ideas, teorías o hipótesis. Reducir la escritura a la dimensión abstracta, sistemática y lógica, sería sujetar nuestras vidas a la razón o deslindarla de nuestras experiencias. La escritura nace de la propia vida y nuestra vida no es algo abstracto. Cohabitamos en un espacio y en un tiempo donde respiramos, sentimos, olemos, miramos, escuchamos e intuimos un mundo sensible. Cuando nuestra vida se expone en este mundo en donde vivimos nos despierta el pensar y este pensar es el que posibilita la escritura, sin embargo, cuando leemos, la lectura nos abre un nuevo pensamiento que nos conduce a una experiencia. Este juego dialéctico es el que nos mueve las ganas de escribir. Queremos dejar plasmado, por medio de la escritura, aquello que más o menos comprendemos. Pero, comprendemos porque nos dejamos afectar por algo o por alguien.

Entender la escritura de esta manera, nos abre la posibilidad de vislumbrarla como aquello que nos transforma la vida. Esta, modifica nuestra manera de estar en el mundo. Cuando uno escribe desde esta perspectiva ya nada queda igual. La escritura no se protege y se resguarda como una obra de arte en un museo que se exhibe por una temporada y no se puede tocar. El que escribe es para que otros lo lean, se aproximen, se confronten a lo que está ahí planteado. Se escribe para que las ideas se hagan trizas y se vuelva a replantear la realidad que estamos viviendo.   

La escritura es un acontecimiento que desestabiliza, que irrumpe la vida y provoca cambios radicales en el modo de entender el mundo. El querer controlar dicha experiencia es algo absurdo pues no se puede decidir cuándo, ni cómo sucederá, todo lo contrario; la escritura, al menos en mi experiencia, es la que “me decide”. Al momento de escribir me interpela aquello que estoy viviendo y escribiendo. La escritura me obliga a repensármelo todo, a replanteármelo todo. Por eso, es un acontecimiento en que no cabe la simulación, la repetitividad y el control. El escribir es una experiencia que no puede caber en una ley y que no se puede ajustar a una norma. La escritura no podemos liberarla de toda condición subjetiva y trasladarla por medio de un método perfecto a la reproductibilidad de piezas idénticas que se pueden diseñar una y otra vez. 

Quien escribe teniendo conciencia de esto, ya no está en función de la moda, ya no escribe en función de la tendencia que marca una sociedad, no está ocupado por el afán de ser reconocido por los otros. Se escribe por querer cambiar las cosas establecidas como normales, incuestionables o inmortales. La escritura es un devenir en donde encontramos nuestro lugar, nos ubicamos como sujetos contingentes, finitos y vulnerables. De esta manera, escribir es un fenómeno que acontece, sorprende y desgarra nuestra existencia. El énfasis de la escritura no está en lo que escribimos, ni tampoco se encuentra en lo que nos hace la escritura, sino en lo que nos deshace. Es un acontecimiento que deforma la existencia. Y esta deformación es la que posibilita una transformación, es decir, es la que posibilita entendernos y posicionarnos como seres abiertos a nuevas experiencias. Somos un horizonte que se abre en posibles  realidades.

Es la vida la que nos llama a escribir. Las situaciones que vivimos, los sucesos que dejamos nos interpelen, son los que nos invitan a decir algo. Y al momento de escribir, nos sentimos ultrajados por algo, por un contenido que afecta y modifica nuestra mirada. Es en ese instante que focalizamos el mundo desde otra manera, pues, cambia la actitud que adoptamos ante las cosas. Así, cuando escribimos desde este devenir estamos intricados con lo que nos acontece. Estamos implicados con aquello que nos llama la atención. Estamos afectados por lo que nos pasa: algo nos despierta, algo nos toca, algo nos llama, algo nos conmueve. Es así, que nos vamos metamorfoseando, en términos de Kafka, en figuras insospechadas. El escribir es una experiencia que no simplemente pasa en nuestras vidas, sino que nos atraviesa y nos obliga a repensar nuestra propia humanidad. Cuando nos sumergimos a fondo en la escritura nos sentimos impulsados a reinterpretar la relación que tenemos con nosotros mismos, con el mundo y con los demás. 

En resumen, la escritura como acontecimiento es una verdadera fuente de aprendizaje para la vida. Esta no permite solucionar problemas sino encararlos. Escribimos, no porque conocemos verdades absolutas, más bien, escribimos porque nos encontramos inmersos en la radicalidad de la ignorancia. Escribimos, no para encontrar respuestas, sino porque nos sigue cuestionando la vida. El escribir no nos hace expertos o eruditos. En el mismo acto de escribir nos cae el veinte de que es un medio subversivo para incidir en una realidad, dándole frente a las situaciones caóticas que dejan huella en nuestro interior. Quizá esta manera de acoger la escritura sea una manera de vivir con discernimiento.   

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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Lado B
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