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“Entiendo casi de manera orgánica la rabia cuando no hay justicia”: Cristina Rivera Garza
Para la escritora, enfrentar la violencia feminicida requiere actuar en dos frentes. Por un lado, señaló que el Estado tiene la obligación de proteger a las personas y de enfrentar los altos niveles de impunidad que persisten en los delitos de violencia de género.
Por Axel Chávez @
09 de septiembre, 2026
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“Creo que entiendo casi de manera orgánica la rabia, el tipo de ira, la insistencia de todas aquellas, de todas nosotras, especialmente cuando no hay justicia de por medio”, afirmó la escritora Cristina Rivera Garza al reflexionar sobre la persistencia de la impunidad en México, la violencia de género y el trabajo de archivo físico y desentierro que el Estado elude y realizan colectivos de madres y familiares buscadores, el cual ve como una forma de resistencia pura ante un sistema de justicia que les ha falado.

La autora, cuya obra ha abordado de manera central la violencia contra las mujeres a partir de la historia de su hermana Liliana, víctima de feminicidio en 1990, sostuvo que la indignación de quienes exigen justicia no sólo es legítima, sino necesaria para impulsar transformaciones sociales.

Asimismo, matizó el alcance de los cambios que han ocurrido en México desde el asesinato de su hermana: “Me encantaría decirte que ha tenido un impacto enorme sobre cuestiones de impunidad y la administración e impartición de justicia en el país, pero desgraciadamente no te puedo decir eso”, señaló Rivera Garza al ser cuestionada sobre si la historia de Liliana y la atención pública que ha generado su caso han incidido en los sistemas de justicia.

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La también autora de Nadie me verá llorar (1999) reconoció que entre 1990 y la actualidad sí se han producido transformaciones importantes, tanto en México como a escala internacional. Entre ellas mencionó la incorporación del concepto de feminicidio, así como su reconocimiento en el ámbito penal.

“No creo que todas estas cosas sean menores”, afirmó. Pero advirtió que los avances normativos no han resuelto el problema de fondo: “Todavía tenemos mucho por hacer”.

La impunidad, una responsabilidad del Estado y de la sociedad

Para la escritora, enfrentar la violencia feminicida requiere actuar en dos frentes. Por un lado, señaló que el Estado tiene la obligación de proteger a las personas y de enfrentar los altos niveles de impunidad que persisten en los delitos de violencia de género.

“La impunidad de casos de feminicidio, no ya sólo en la Ciudad de México, pero también en el país, son realmente impresionantes, son terroríficos”, sostuvo la ganadora del Pulitzer en un encuentro con medios de comunicación en Hidalgo, previo a recibir el Premio Juan Crisóstomo Doria a las Humanidades 2026, otorgado por la Universidad Autónoma del Estado (UAEH) en el marco de la 39 edición de la Feria Universitaria del Libro (FUL).

Pero Rivera Garza también colocó parte de la responsabilidad en la sociedad civil. Consideró que la impunidad no se reproduce únicamente por las fallas de las instituciones, sino también cuando quienes conocen o presencian situaciones de violencia deciden no intervenir.

Cada vez que alguien conoce un caso de violencia de género y “se hace de la vista gorda”, o cuando un testigo no denuncia la violencia ejercida por vecinos, amigos, familiares o colegas, dijo, contribuye a perpetuar el problema.

“Creo que esto es un fenómeno multifactorial, obviamente necesita cuidado y atención desde múltiples perspectivas”, planteó.

La autora vinculó esta reflexión con una de las ideas que atraviesan su trabajo reciente: la necesidad de reconocer que las víctimas y las personas que buscan justicia no son elementos secundarios de la historia, sino parte fundamental del presente social y político.

“La única sanación es la justicia”

Rivera Garza señaló que los feminismos contemporáneos constituyen una de las fuerzas sociales más importantes del momento y los describió como una especie de “brújula moral” de la época.

A su juicio, estos movimientos han conseguido colocar la violencia de género en el centro de la conversación nacional y han proporcionado nuevas herramientas para nombrar experiencias que durante mucho tiempo permanecieron invisibilizadas.

Su propia experiencia con el feminicidio de Liliana, explicó, le permite comprender de manera particular la rabia y la insistencia de quienes reclaman justicia. En ese contexto, defendió la necesidad de que las movilizaciones feministas y sus demandas entren en diálogo con otros espacios de discusión social. La exigencia de justicia, sostuvo, no puede considerarse un asunto menor o accesorio.

Esta reflexión surgió de un cuestionamiento sobre la falta de sanción y justicia ante posible represión policial en Hidalgo en el marco de la jornada del 8M 2025; la autora, además, lamentó que estas denuncias no sean exclusivas de un solo estado.

Rivera Garza también cuestionó la idea de que la literatura pueda, por sí sola, sanar las heridas producidas por la violencia. En reflexiones recientes sobre su propia obra ha puesto en duda la capacidad terapéutica de la escritura y ha planteado una conclusión que recuperó: “la única sanación es la justicia”.

De Liliana a las nuevas generaciones

El feminicidio de Liliana Rivera Garza, ocurrido en 1990, es el punto de partida de El invencible verano de Liliana, obra con la que la escritora reconstruyó la vida de su hermana a partir de documentos, cartas, diarios, testimonios y otros materiales.

El libro, publicado en 2021, no se limita a narrar el crimen. Rivera Garza recupera a Liliana como una joven con proyectos, relaciones, dudas y una voz propia, al tiempo que reconstruye las circunstancias de una relación marcada por la violencia y las fallas de un sistema que no logró protegerla.

La escritora explicó que una de las mayores sorpresas derivadas de la recepción del libro ha sido la identificación que las nuevas generaciones han establecido con Liliana.

Consideró que su hermana es, de alguna manera, contemporánea de quienes leen hoy su historia. Su visión del mundo, su experiencia y su capacidad crítica, dijo, la colocan de manera natural en las conversaciones de jóvenes, particularmente universitarios.

La violencia de género, añadió, no respeta edad, lugar ni clase social. Lo que sí ha cambiado es la disponibilidad de un lenguaje que permite identificar experiencias que anteriormente podían permanecer sin nombre, y ella, reconoció, ha encontrado precisamente esa posibilidad: reconocer y nombrar experiencias dolorosas que, en ocasiones, siguen siendo difíciles de describir.

Esa manera de identificarse ha generado una relación que la autora calificó como una “complicidad” entre el personaje y sus lectores, un vínculo que, aseguró, no esperaba encontrar con tal intensidad.

Las cartas que se convertirán en archivo

A partir de lo anterior, las cartas, comentarios y mensajes que recibe de jóvenes lectoras a raíz de El invencible verano de Liliana han adquirido, además, un valor documental más allá de la autora.

Rivera Garza explicó que conserva esos materiales y que formarán parte del archivo de Liliana Rivera Garza, actualmente resguardado en la Universidad de Texas en Austin.

El conjunto permitirá observar, más allá de la historia individual de Liliana, la manera en que distintas generaciones leen, interpretan y relacionan su experiencia con sus propias circunstancias.

Así –añadió– la historia de una mujer asesinada en 1990 continúa produciendo nuevas conversaciones décadas después, y consideró la literatura, en este caso, no aparece sólo como un ejercicio de memoria, sino como un espacio desde el cual otras mujeres pueden reconocer experiencias de violencia, nombrarlas y discutirlas.

De las fosas comunes a los desaparecidos

La reflexión de Rivera Garza sobre la violencia también se extiende más allá del feminicidio y alcanza otra de las grandes crisis del México contemporáneo: las desapariciones.

La autora explicó que, al trabajar en una especie de actualización de Autobiografía del algodón, obra en la que explora las experiencias migratorias de sus abuelos paternos y maternos en la frontera entre México y Estados Unidos, descubrió que varios de sus familiares habían sido enterrados en fosas comunes cuando eran muy jóvenes.

En esos casos, aclaró, no se trataba de víctimas de violencia política, sino de una consecuencia de la precariedad económica: sus familias no habían contado con los recursos necesarios para financiar una tumba individual.

Ese hallazgo la llevó a preguntarse qué significa ser descendiente de personas que no tuvieron siquiera un espacio individual para ser enterradas y cómo se construye la identidad a partir de esas ausencias. La pregunta adquirió una dimensión distinta al vincularla con la crisis actual de personas desaparecidas en México.

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Rivera Garza destacó especialmente el trabajo de los colectivos integrados por madres, esposas y hermanas de personas desaparecidas, quienes han transformado radicalmente sus vidas para buscar a sus familiares, recorrer territorios y aprender a leerlos con una minuciosidad que puede conducir al hallazgo de restos.

En ese trabajo de búsqueda encontró una forma de investigación que relacionó con la tanatología y con una idea de la filósofa Vinciane Despret: “hacer espacio en el presente para quienes ya no están”.

Para Rivera Garza, los restos de las personas desaparecidas no pueden ser considerados elementos inertes de la historia. Son parte fundamental de aquello que constituye a la sociedad en el presente y, inevitablemente, de aquello que será en el futuro.

“Creo que el trabajo lo están haciendo”, afirmó al referirse a las familias y colectivos que buscan a sus seres queridos, ante las fallas estructurales del Estado que ella misma ha denunciado en sus obras, en la que también ha recriminado el despojo de la historia y la identidad individual de las víctimas desde el lenguaje burocrático y legal de las fiscalías, hasta la falta de respuesta por parte de las autoridades.

Desde esa perspectiva, para Cristina la memoria no consiste únicamente en recordar a quienes fueron víctimas de la violencia. También implica reconocer el trabajo político, afectivo y territorial de quienes se niegan a aceptar su desaparición como un hecho definitivo.

En la obra y en las reflexiones de Rivera Garza, el pasado permanece así estrechamente ligado al presente: el feminicidio de Liliana, las demandas de los feminismos, las fallas de la justicia, las desapariciones y las búsquedas familiares forman parte de una misma pregunta sobre cómo una sociedad enfrenta la violencia y qué está dispuesta a hacer para dejar de reproducirla.

Y, para la escritora, la respuesta pasa inevitablemente por la justicia, una justicia que, reconoce, no siempre llega.

*Foto de portada: Axel Chávez

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Autor Lado B
Axel Chávez