
Los expertos que saben cuidar, lo hacen para que las personas sigan su camino, no para que se queden quietas y encantadas de sí mismas. Los enfermeros tratan de activar a la persona para el mundo, no la paralizan como si estuvieran en un balneario de vacaciones. Cuidar de alguien de verdad conecta con esa vectorialidad que todos llevamos, no con el ego paralizante del espíritu como proclama nuestra cultura del bienestar. Es amar la dignidad del otro y hacerle sentir importante, ¡pero no el más importante! A veces conlleva exigir, a veces conviene parar, pero siempre con la mirada puesta en algo más que en nuestro propio ego, porque de eso ya está el mundo sobrado.
Cuidado con el cuidado. Alvaro Lobo S.J.
Se habla hoy cada vez más de la cultura del cuidado, de la necesidad de procurar el cuidado tanto propio como de nuestros seres queridos e incluso del imperativo de que aquellos que son cuidadores sepan cuidarse para poder a su vez, hacerse cargo del cuidado de las personas a su cargo.
Esta preocupación creciente por el tema del cuidado es muy sintomática de los tiempos que hoy vivimos, en los que como dice Han, se ha pasado de la represión a la depresión porque el foco de la explotación humana se ha movido a su vez del exterior al interior: vivimos en una sociedad que nos vende la idea de que tenemos que ser felices, de que esta felicidad consiste en evitar el dolor, el sufrimiento y la frustración y que, además, el logro de ella es responsabilidad total de cada quien.
La happycracia nos ha inoculado la creencia de que todo es cuestión de definir aquellas cosas -generalmente son cosas, pero también como dice el mismo Han pueden ser “No cosas”, principalmente experiencias- que deseamos con intensidad y consideramos esenciales para lograr una vida feliz y una vez definidas, decidir o decretar que las vamos a lograr. En este contexto, todo depende de la intensidad con la que uno desea esas cosas o experiencias y de las ganas que le pone para ir avanzando hacia su consecución.
Pero como la realidad es necia y resulta que no es cierto que cuando realmente se desea algo con suficiente intensidad “el universo se alinea para que suceda”, ni que todo depende de la actitud positiva con que uno enfrente la vida, es decir que querer no es poder, la mayoría de la gente no logra alcanzar esa felicidad decretada y entonces se culpa a sí misma porque no puso suficiente pasión, no tuvo la actitud adecuada, quiso con suficiente intensidad. La cultura del desempeño envuelta en la oferta multicolor de la happycracia hace que se omitan los factores estructurales e institucionales, las desigualdades de origen y las diversas formas de injusticia que impiden que se logren las metas soñadas.
La cultura del cuidado puede concebirse desde este engaño generalizado que se ha introyectado en las consciencias de la gente en todo el orbe y entonces, en lugar de ser un elemento constructivo y sanador que nace de lo más hondo de nuestra humanidad, se convierte en un engrane más de la maquinaria de esta sociedad del cansancio caracterizada por la autoexplotación, hiperconsumismo y el miedo al otro.
Cuidado con el cuidado entonces, como plantea el título del artículo del que tomo el epígrafe de esta Educación personalizante. Porque mal entendido, el llamado al cuidado “…puede llevarnos a una dinámica paralizante, narcisista o egoísta, porque no es fácil ni conveniente decir que uno ya está suficientemente cuidado. Y pocas veces se habla de cuidar a los más necesitados, dicho sea de paso…” como afirma Alvaro Lobo.
En el marco de la cultura del desempeño, del paradigma productivista de esta sociedad del cansancio, el llamado al cuidado puede ser y muchas veces es, narcisista y egoísta, porque desde las tres características de esta sociedad antes descritas se convierte en un llamado a cuidarse a uno mismo para poder ser más productivo, a cuidarse a uno mismo “dándose los pequeños gustos o lujos que merece” por trabajar tanto y así alimentar el hiperconsumismo, a cuidarse a sí mismo de los otros que son un riesgo porque quieren ganarnos esa experiencia o ese puesto de trabajo o esa fama que nosotros merecemos más, o porque al ser pobres (aporofobia) son malos por definición o desechables por naturaleza.
El verdadero cuidado es el que se provee con el objetivo de que las personas puedan encontrar y seguir su propio camino como dice la cita de Lobo, “…no para que se queden quietas y encantadas de sí mismas”. El auténtico cuidado humano y humanizante implica conectar en lo profundo con ese alguien, conocer las preguntas que mueven su vida y amar su dignidad para desde ese amor, hacerle sentir como alguien valioso, pero como bien advierte el autor, no el más valioso.
La vocación de cuidar, si se tiene bien asimilada y asentada en la mente y el corazón implica muchas veces exigir, otras veces detenerse, pero como dice la cita, “…siempre con la mirada puesta en algo más que en nuestro propio ego…” porque es muy fácil caer en ese buenismo que critica el artículo y que está tan extendido hoy en nuestro mundo y que hace a muchos dedicarse a cuidar para sentirse importantes, para justificar su propia existencia, para obtener reconocimiento o prestigio -y aún dinero- en lugar de descentrarse y ponerse al servicio del otro, hacer que el otro sea quien brille y crezca con el apoyo de nuestro cuidado.
Los padres de familia y los docentes u orientadores educativos somos por la naturaleza misma de nuestras tareas, personas dedicadas al cuidado. Por ello es muy relevante que estemos alertas y seamos autocríticos para vigilar las formas y el sentido real del cuidado que brindamos a nuestros hijos o hijas, a los estudiantes que tenemos a nuestro cargo.
Porque en el día a día de la vida de muchos niños y jóvenes se encuentra hoy la visión distorsionada el cuidado que más que hacerlos crecer, los daña para toda la vida. La idea del cuidado que muchos padres tienen, viven y exigen de los docentes, que es fruto de la happycracia y cree que cuidar es evitar toda exigencia, mantener dinámicas que eviten el esfuerzo e inviten a quedarse cómodamente sentados, hacer crecer el ego de sus hijos -hacerlos sentir los más importantes, los “campeones”, los “guerreros invencibles”- en lugar de facilitarles procesos para construir una sana autoestima -que los lleve a auto valorarse a partir de una introspección honesta que les ponga frente a sus talentos y limitaciones-.
De la misma forma existen hoy educadores profesionales en los ambientes escolares que creen que el cuidado consiste en esos espejismos de los tiempos ególatras que vivimos o que incluso priorizan su propia comodidad -malentendida como autocuidado- sobre su compromiso como educadores que implica exigencia, esfuerzo, disciplina y criticidad.
El auténtico cuidado es hoy cada vez más urgente para superar esas falsas visiones del cuidado centradas en el propio ego, porque como dice el artículo citado: “…de eso ya está el mundo sobrado”.
*La ilustración que acompaña este artículo fue generada con IA
EL PEPO