Lado B
Robar la luna y repartirla: docencia y utopía
Robar la luna, llevarla a nuestras escuelas y universidades para distribuirla en cucharadas pequeñas o en cápsulas para tomarse cada dos horas. Robar la luna y convertirla en amuleto que lleven en el bolsillo cada uno de los futuros ciudadanos de este país y de este mundo necesitado de esperanza.
Por Juan Martín López Calva @m_lopezcalva
21 de mayo, 2024
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La luna se puede tomar a cucharadas / o como una cápsula cada dos horas. / Es buena como hipnótico y sedante/ y también alivia/ a los que se han intoxicado de filosofía./ Un pedazo de luna en el bolsillo/ es mejor amuleto que la pata de conejo:/ sirve para encontrar a quien se ama,/ para ser rico sin que lo sepa nadie/ y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños/ cuando no se han dormido,/ y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos/ ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna/ debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver./ Lleva siempre un frasquito del aire de la luna/ para cuando te ahogues,/ y dale la llave de la luna/ a los presos y a los desencantados./ Para los condenados a muerte/ y para los condenados a vida/ no hay mejor estimulante que la luna/ en dosis precisas y controladas.

Jaime Sabines. La luna.

 

En teoría esta columna debe publicarse el día quince de cada mes, por lo que la de mayo, que es la que ahora tienen en ante sus ojos mis cinco lectores, debió salir exactamente el Día del Maestro -o para ser políticamente correcto, del maestro y la maestra o del magisterio- que fue el miércoles de la semana pasada. Por cuestiones atribuibles totalmente a mi persona, está saliendo ahora, pero no podría dejar de tocar el tema del profesorado.

Un segundo dato de contexto, es que justamente en la celebración de quienes ejercen la docencia en la UPAEP, institución en la que colaboré durante once años de tiempo completo previo a mi jubilación pero sigo colaborando como investigador de tiempo parcial y como docente de hora-clase hasta la fecha, me honraron con la invitación a impartir la charla de reflexión previa a la comida que se realiza anualmente. Para preparar esta plática, pensé en un concepto basado en la ilustración de ideas con memes e imágenes, para que resultara algo más dinámico y atractivo para los asistentes. En esta preparación, me encontré una serie de fotografías que me parecieron muy sugerentes para reflexionar sobre la tarea docente y que inspiran estas líneas. Las fotografías pueden encontrarse en:

https://images.app.goo.gl/rUp8wuMRZ3zGHj5D9

Enlazaré el poema de Sabines y las fotos con la que considero como misión central del docente en este cambio de época al final de estas líneas, pero quiero partir de dos citas contrastantes para caminar hacia esta conclusión e invitación.

“No hay peor sentimiento que perder la esperanza, ni peor error el de no buscar rescatarla con vehemencia y energía…” escribe José Gerardo Mendoza Durán en un artículo sobre Venezuela, fechado en junio de 2019 (https://www.elimpulso.com/2019/06/20/opinion-reflexion-en-positivo-no-hay-peor-sentimiento-que-perder-la-esperanza-20jun/ ) y tiene toda la razón. No en vano se dice que “la esperanza es lo último que muere”, porque cuando falta esperanza, parece que ya no hay posibilidades de cambio y que la decadencia se irá apoderando de todo.

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Todas las personas necesitan ánimo y ánima, ambas son movidas por la esperanza, porque cuando ya no se espera nada, el deseo de vivir humanamente y el espíritu indispensable para hacerlo salen por la puerta de atrás dejando paso al principio del fin.

La segunda cita es del escritor y recopilador de historias de origen uruguayo Eduardo Galeano, quie retomando el poema Ithaca de Constantino Kavafis habla de la utopía y nos dice que está en el horizonte, porque si caminamos unos pasos, ella se aleja esos mismos pasos o más. De manera que se pregunta: ¿Para qué sirve la utopía? Y responde de forma contundente: “para eso, sirve para caminar”. (https://www.goodreads.com/quotes/6871506-la-utop-a-est-en-el-horizonte-camino-dos-pasos-ella)

En varios textos a lo largo de los años, he planteado que me opongo a pensar la educación personalizante como una utopía, en el sentido de un punto de llegada que no existe, porque nunca podremos alcanzarlo. Esta visión de la utopía como lugar nos desmoviliza y desmotiva, nos lleva a dejar de luchar. Sin embargo, me parece que la visión del poema que retoma Galeano es distinta porque es dinámica y heurística. Esta idea de la utopía como algo que nos mueve, que nos lleva a caminar de manera continua y sin detenernos es muy positiva y sí tiene mucho que decirnos a quienes buscamos una educación que salve a la humanidad, realizándola.

Creo que estas dos citas describen de manera sintética el terreno que hoy pisamos y el reto que tenemos todos los ciudadanos, pero especialmente quienes nos dedicamos a educar a las nuevas generaciones: estamos en un escenario en el que parece predominar ese sentimiento de pérdida de la esperanza y ese error de no querer rescatarla con la vehemencia y la energía que nos exige la crisis civilizatoria en que vivimos.

Por otra parte, precisamente por esa pérdida de esperanza y esa necesidad de renovarla, hoy más que antes necesitamos volver a poner en la vitrina, en la mirada colectiva a la utopía, ese sueño compartido por todos aunque expresado de muy diversas formas, al que aspiramos y que nos puede hacer volver a caminar.

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Es ahí donde entran las bellas imágenes del hombre que se roba la luna, la baja del cielo, la transporta en una carretilla, la carga con dificultad pero con mucha paciencia y cuidado, para meterla en la cajuela de su auto. Hasta ahí podríamos pensar que quiere atesorarla para sí mismo, pero propongo que imaginemos que es un docente o una profesora y que la está llevando a su aula, al patio escolar para repartirla a cada uno de sus educandos, para que recuperen esa capacidad de soñar en grande, de ilusionarse a tope, de apostarlo todo por la causa de un mundo mejor en el que todos quepamos.

Robar la luna, llevarla a nuestras escuelas y universidades para distribuirla en cucharadas pequeñas o en cápsulas para tomarse cada dos horas. Robar la luna y convertirla en amuleto que lleven en el bolsillo cada uno de los futuros ciudadanos de este país y de este mundo necesitado de esperanza. Robar la luna para sanar a los que se han intoxicado de filosofía o a los aún más numerosos que se han intoxicado de ideología.

Repartir la luna a los niños que no se han dormido para que se les quite el miedo y puedan descansar y soñar en grande. Dar trozos de luna a los ancianos para ayudarlos a bien morir y compartirla con los enfermos para alejar de ellos a los médicos y las clínicas. Ir por las aulas cargando fragmentos de la luna sintiéndonos ricos en esperanza y haciendo que lo sepan todos. Llevar siempre un frasquito de aire de la luna con nosotros, para darle un respiro a quienes se ahogan de tristeza, de muerte o de soledad y sinsentido. Planear y ejecutar programas sociales en las que nuestros educandos lleven trozos de luna a los presos, a los marginados, a los excluidos y a los desencantados, para que experimenten a qué sabe compartir y compartirse.

Porque para los “condenados a muerte y los condenados a vida no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas”, los educadores de estos tiempos desesperanzados tenemos que atrevernos a robar la luna y a repartirla sin descanso por todos los sitios en que transitemos. No hay tarea más bella que la del profesional de la esperanza, la del repartidor de luna que camina sin aspavientos reviviendo el sueño de que podemos ser mejores.

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Autor Lado B
Juan Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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