Lado B
Gaza: Cuando la guerra deja de ser noticia
La crisis humanitaria persiste mientras el ciclo informativo avanza hacia nuevos conflictos. El riesgo no es sólo el olvido mediático, sino la aceptación de la violencia como parte de la normalidad.
Por Bilha Calderón @clitemnistra
13 de julio, 2026
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Por casi mil días, Gaza ha ocupado las portadas de prácticamente todos los medios internacionales. Desde el otro lado de las letras, el público ha leído, visto o escuchado sobre los bombardeos israelíes contra la población palestina; ha conocido las cifras de muertos crecientes; ha sabido de los hospitales alcanzados por los ataques, de los reportes de Naciones Unidas, de la violencia ejercida por colonos israelíes en Cisjordania, de los desplazados, de las tiendas de lona reducidas a cráteres en el suelo, de los niños palestinos asesinados, de los detenidos y desaparecidos, de los activistas agredidos y de los lamentos públicos de líderes políticos que se ven cada vez más empequeñecidos conforme pasaban los días. 

La lista es tan larga como insoportable de leer, blanco sobre negro. Y quizá esa sea la imagen más inquietante de todas: el empequeñecimiento del orden internacional, de los grandes acuerdos que parecían haber quedado sellados tras las guerras que marcaron a nuestros abuelos, de los principios que prometían proteger a la población civil y evitar que los peores crímenes de la humanidad volvieran a repetirse.

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Durante décadas supusimos que las heridas de la Segunda Guerra Mundial se transformaron en lecciones políticas, jurídicas y morales: el derecho humanitario, la protección de la población civil, las Convenciones de Ginebra, la creación de Naciones Unidas y la promesa de que los abusos y horrores cometidos no volverían a repetirse, para nadie. Sin embargo, Gaza ha puesto en duda no sólo la eficacia de esas instituciones, sino la voluntad política mundial de hacerlas cumplir.

El desplazamiento de la atención

Hoy, tras esos mil días desde el comienzo de la guerra, continúa en la franja de Gaza la emergencia humanitaria y la violencia contra su gente, a pesar del acuerdo de tregua parcial alcanzado en enero de 2025. Lo que ha cambiado no es la realidad sobre el terreno, sino la atención del mundo. El sufrimiento de la población simplemente ha dejado de ocupar el centro de la conversación pública mientras la violencia continúa desarrollándose lejos de los reflectores.

La confrontación entre Israel e Irán durante junio de 2026, pese a su gravedad, relegó la atención sobre Gaza y el mundo corrió a cubrir esa nueva confrontación. De hecho, durante la escalada militar entre Israel e Irán, diarios como el The New York Times y The Washington Post dedicaron sus principales coberturas del mes al riesgo de una guerra regional, las negociaciones con Estados Unidos y las implicaciones geopolíticas para Oriente Medio. 

Si bien Gaza permaneció presente principalmente en notas secundarias, actualizaciones breves o como parte del contexto del conflicto regional, no ocupó más las portadas a pesar de la gravedad de las operaciones militares israelíes y las denuncias de violaciones al derecho internacional humanitario en la Franja, aún durante el supuesto periodo de tregua.

En contraste, medios internacionales como The Guardian mantuvieron cierta constancia informativa, mientras que en España periódicos como El País y El Mundo sólo trataban Gaza en los momentos más críticos, por ejemplo, cuando hubo riesgo de involucración de Estados Unidos. Mientras en América Latina, donde muchas redacciones dependen de agencias de prensa extranjeras, ese cambio de agenda se replicó casi automáticamente. 

Aunque el episodio entre Israel e Irán fue, sin duda, de enorme relevancia geopolítica y dejó también numerosas víctimas civiles. Incluso esa cobertura tendió a privilegiar las implicaciones estratégicas, diplomáticas y militares del enfrentamiento por encima de sus consecuencias humanitarias. 

El ejemplo ilustra una característica del ecosistema informativo contemporáneo, donde la persistencia del sufrimiento suele pesar menos que la irrupción de una nueva crisis geopolítica. Se trata de uno de los mecanismos más conocidos de la comunicación actual: la información privilegia aquello que irrumpe de forma inesperada, mientras las crisis prolongadas, por el contrario, tienden a convertirse en un escenario permanente cuya continuidad reduce su capacidad para generar titulares.

El resultado es una normalización de la catástrofe y una deshumanización de sus víctimas.

Cuando el sufrimiento se vuelve cotidiano, deja de percibirse como excepcional. Las cifras de víctimas se acumulan hasta perder su capacidad de conmovernos. No es falta de información. 

La invisibilidad del dolor

Las operaciones militares israelíes continuaron tras la tregua anunciada en enero de 2025 aunque de manera diferente. Diversos organismos de Naciones Unidas han documentando la persistencia de bombardeos, disparos contra civiles, restricciones al acceso humanitario y nuevos desplazamientos de población. Informes de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) y del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (OHCHR) señalan que cientos de palestinos murieron y miles resultaron heridos durante el periodo de vigencia del cese al fuego, mientras continuaban las limitaciones para el ingreso de ayuda y el acceso a servicios esenciales. 

En este tiempo, mientras la población civil continúa sometida a condiciones extremas, sus voces e historias han terminado integrándose al paisaje informativo con una frecuencia que diluye el impacto de cada nuevo episodio. No se trata únicamente de fatiga mediática; también existe una fatiga colectiva frente al dolor prolongado. Las audiencias desarrollan mecanismos de adaptación emocional que reducen su capacidad de respuesta ante tragedias que parecen no tener fin. En consecuencia, cuando disminuye el interés, se reduce la cobertura y, con ello, también el nivel de escrutinio internacional. Y en eso mismo reside el peligro: la invisibilidad constituye una segunda forma de vulnerabilidad para las poblaciones atrapadas en un conflicto armado.

Algunas guerras, como las de Sudán, Yemen, Ucrania o Palestina, dejan de registrarse para buena parte de la opinión pública mucho antes de haber llegado a una conclusión. 

Sudán constituye hoy el ejemplo más dramático: Naciones Unidas la considera la mayor crisis humanitaria y de desplazamiento del mundo, con cerca de 34 millones de personas necesitadas de asistencia y alrededor de 14 millones de desplazados desde el inicio de la guerra en 2023. 

En Yemen, después de más de una década de conflicto, millones de personas continúan dependiendo de ayuda humanitaria, aunque el país rara vez ocupa las portadas internacionales. 

En Ucrania, la invasión rusa ya no genera la intensidad informativa de los primeros meses pese a que los ataques y las víctimas civiles continúan de forma cotidiana.

Gaza sigue una trayectoria similar: mientras la cobertura disminuye, el Ministerio de Salud de Gaza reporta más de 70,373 palestinos muertos y más de 171,079 heridos desde octubre de 2023, cifras citadas por Naciones Unidas en sus informes humanitarios. A ello se suma una población desplazada en múltiples ocasiones que continúa enfrentando graves restricciones para acceder a alimentos, agua y atención médica.

Mientras la atención internacional se traslada continuamente hacia nuevas crisis, el desplazamiento informativo contribuye a la deshumanización de las víctimas. 

Como advierte Francesca Albanese en su tercer informe sobre Gaza, la representación mediática del conflicto condiciona la comprensión pública de la violencia y de quienes la padecen. A partir de esa reflexión, es posible sostener que la cobertura periodística no sólo influye en la forma en que las sociedades perciben a las víctimas, sino también en la jerarquización de los conflictos considerados dignos de atención. Al cubrir de manera persistente unas guerras y relegar otras, los medios terminan moldeando, aun sin proponérselo, las prioridades del debate público.

Frente a fenómenos de esta magnitud, el periodismo enfrenta un dilema permanente: informar sobre lo nuevo o mantener visibles aquellas historias cuya importancia no depende de la sorpresa, sino de su persistencia. En conflictos de larga duración, como Gaza, la tensión entre informar sobre la actualidad y proporcionar el contexto necesario para que la audiencia construya un criterio propio adquiere una dimensión ética.

Porque cuando una crisis desaparece de la agenda pública antes de resolverse, también disminuye la presión política sobre los actores involucrados y sobre la comunidad internacional. Por ello, la reducción de la cobertura no modifica la realidad sobre el terreno, pero sí altera la percepción global de la urgencia y la capacidad de usar la propia voz y decisión desde el ámbito que a cada sociedad y a cada ciudadano le corresponde.

La violencia espectacular atrae la atención; la violencia persistente deja de hacerlo.

La velocidad con la que circula la información ha profundizado este fenómeno. Los medios y, sobre todo, las plataformas digitales favorecen acontecimientos espectaculares, cambios abruptos y escaladas militares que producen nuevas imágenes y nuevos titulares. Los conflictos prolongados, en cambio, compiten en desventaja dentro de un ecosistema informativo que privilegia la inmediatez, las imágenes de alto impacto, la violencia explícita y los contenidos con mayor capacidad de difusión.

Por supuesto, la desaparición de un conflicto de las portadas no es evidencia de su resolución. En muchas ocasiones representa únicamente la adaptación de la comunidad internacional a un nivel de violencia que ha dejado de impactar en la atención pública. 

En América Latina, esa normalización resulta todavía más profunda porque convive con un paisaje propio de crisis perennes. La violencia del crimen organizado, la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la migración forzada, la fragilidad institucional y las recurrentes crisis económicas ocupan diariamente el espacio público. 

A ello se suma una relación históricamente asimétrica con Estados Unidos, cuyas decisiones e injerencia en materia comercial, migratoria, de seguridad y política exterior continúan condicionando buena parte de la agenda política y mediática de la región. 

Sin duda, la atención latinoamericana termina fragmentada entre sus propias urgencias y las prioridades internacionales impuestas desde los principales centros de poder económico e informativo. Así, las guerras lejanas dejan de percibirse como acontecimientos excepcionales para convertirse en una tragedia más dentro de un flujo ininterrumpido de conflictos. No necesariamente porque hayan perdido gravedad, ni salido del ámbito de interés público, sino porque la acumulación de crisis ha terminado por anestesiar la capacidad colectiva de indignarse.

La responsabilidad del periodismo

Ese proceso plantea una de las preguntas más incómodas para el periodismo contemporáneo: ¿en qué momento una tragedia humanitaria deja de ser considerada noticia sin dejar de ser una tragedia? La respuesta no depende únicamente de la duración de un conflicto, ni de la aparición de una crisis más reciente, ni de la importancia real o percibida de sus actores. Depende de la capacidad de los medios para resistir la lógica de la inmediatez, del espectáculo, de los clics (publicidad), y recordar que existen acontecimientos cuyo valor informativo no reside en la novedad, sino en su persistencia. 

El periodismo nació para dar testimonio de la realidad, hacerlo con la ética profesional que lo  rige, en consenso editorial, bajo la verificación y la edición, no únicamente para registrar aquello que acaba de ocurrir. 

Cuando una guerra deja de ocupar las portadas mientras continúan muriendo civiles, destruyéndose hospitales o agravándose el hambre, el silencio informativo corre el riesgo de convertirse en una forma de deshumanización. No porque los medios sean responsables de la violencia, sino porque la ausencia de cobertura reduce el escrutinio público, debilita la presión internacional y favorece que el sufrimiento se convierta en un elemento más del paisaje global. La verdadera prueba para el periodismo no consiste en cubrir el inicio de las guerras, con sus cifras y horrores a cámara, sino en conservar la capacidad de narrarlas cuando dejan de ser rentables, cuando ya no generan sorpresa y cuando las sociedades siguen necesitando información rigurosa para comprender los hechos, formar un juicio propio, exigir responsabilidades y actuar desde el ámbito que a cada sociedad y a cada ciudadano le corresponde.

Mientras esa pregunta permanezca sin respuesta, el mayor riesgo no será únicamente la continuidad de la guerra, sino la normalización del sufrimiento y la deshumanización de su gente. Gaza constituye hoy el ejemplo más evidente de ese fenómeno. Después de casi mil días de bombardeos, desplazamientos forzados, destrucción de hospitales, escuelas y viviendas, el mayor peligro no es sólo que la violencia continúe, sino que el mundo haya comenzado a considerarla parte del paisaje. 

Ninguna tragedia humanitaria debería perder relevancia por el simple transcurrir del tiempo. Porque cuando una guerra deja de ocupar las portadas sin haberse resuelto, no sólo fracasa la atención internacional; también se debilita el compromiso colectivo con los principios que prometieron proteger a la población civil después de las grandes guerras del siglo XX. Y cuando el sufrimiento deja de indignar, también pierde fuerza la capacidad de las sociedades para transformar la información en acción colectiva y la solidaridad internacional en una respuesta concreta.

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Autor Lado B
Bilha Calderón