Lado B
Ser maestra en pandemia, ¿un oficio esencial?
Por Juan Daniel Flores @
14 de octubre, 2021
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Esto de querer ser profesora comenzó cuando tenía siete años. Me mandaron a la escuela para ser alguien en la vida, para que tuviera una carrera y un trabajo mejor pagado, para tener mejores condiciones de vida.

Recuerdo que en casa jugaba a la escuelita, nos sentábamos en unas mesas con sillitas de nuestro tamaño y trabajábamos en nuestras libretas. Lo que más me gustaba de ese juego era que yo les calificaba sus trabajos a los otros niños con mi marcador de cera rojo. Me gustaba poner palomita y 10 de calificación. En los años venideros, fue el ser y hacer de mis maestros lo que fue determinando mi futuro profesional. 

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En la primaria me toco la misma maestra de primero a tercer grado. Recuerdo que iba emocionada a la primaria, pero desde donde me sentaba no veía bien, la maestra me sentaba en medio del salón, en ocasiones no lograba ver lo que ella escribía en el pizarrón y a veces no copiaba o no hacía bien mis actividades. Me daba pena pedirle que me cambiara de lugar. 

Había una compañera que era güerita, bien peinada e inteligente que se sentaba hasta enfrente.  Yo sentía que mi maestra siempre le dedicaba más atención y tiempo que al resto de los compañeros. Esta situación me entristecía y me preguntaba ¿por qué mi maestra tenía atenciones especiales con ella si todos los niños éramos igual de importantes? Cuando yo sea grande no voy a ser como esta maestra. Me decía.

Ya en la secundaria tuve una maestra llamada Tony. Ella me impartía la clase de inglés. Su forma de dar la clase hacía que el inglés fuera fácil, hasta me comenzó a gustar esa segunda lengua. La metodología que usaba la maestra se me hizo interesante y eso me llamo la atención.

En el bachillerato tuve un maestro que llegó poco después que comenzara el ciclo escolar. Un maestro serio que casi no se sentaba e interactuaba con los alumnos y dijo algo que se me quedo grabado: “yo me gano mi sueldo trabajando y me esforzaré en que ustedes aprendan. Yo estoy para servirles, pregunten lo que quieran que para eso estoy”.  Entendí que él era ético porque se esforzaba en hacer bien su trabajo y en compensación recibía un pago. No se me hizo “barco”, como los que reciben un pago sin cumplir con su trabajo. 

De esa manera, a la edad de 17 años, ya tenía bien claro que un maestro siempre marca la vida de los alumnos. Con estas referencias que para mí fueron trascendentales, tomé la decisión de ser maestra. 

Tengo poco más de siete años frente a grupo como docente de primaria. Mi primera escuela fue rural. Recuerdo un ciclo escolar en donde éramos cinco maestras y un maestro, el director de esa escuela prácticamente no nos tomaba en cuenta, el compañero maestro era nuestra voz. 

Viajaba diariamente de Puebla a mi centro de trabajo; eran casi tres horas para llegar a las puertas de la escuela de la comunidad. 

Viví muchas cosas de todo tipo en esos años que iba y venía de mi casa a mi centro de trabajo: que me dejara el camión de la CAPU a las 6:10 de la mañana, padecer infinidad de horas de embotellamiento y muriendo de hambre en la carretera, que me asaltaran a punta de pistola en la combi a las cinco y media de la mañana, pagar el taxi de la carretera a la comunidad porque el transporte tarda media hora en salir. 

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También recuerdo varias cosas que viví en mis primeros años. Por ejemplo esta anécdota: en el colegio se estaban construyendo nuevos salones. Yo trabajaba con sexto grado, niñas entre 11 y 12 años de edad. Ellas me comentaron que los trabajadores de esa construcción les chiflaban (piropos) cuando pasaban al baño, incluso el arquitecto que llevó la obra las invito a bailar, él ya era un hombre de más de 30 años; se lo reporte a la que entonces era la directora del plantel y ella me contestó: “ellas también le coquetean”. Me quedé sin palabras ante lo absurdo de su respuesta y su ignorancia.

Debo decir que de lo más bello que viví en mis primeros años como maestra rural fue que tanto niños como padres de familia siempre estaban comprometidos con las actividades que se pedían. No costaba trabajo que respondieran favorablemente a las peticiones que se les hacía para alguna tarea o actividad cívica. Cosa que hoy día que trabajo en la ciudad es totalmente diferente. 

Algo que quiero comentar y que no se si se dé en otros empleos u oficios es que  respecto a interacción con mis compañeros de trabajo, he notado que la mayoría de los que están frente a un grupo le dan más importancia al pago de su trabajo que al desempeño del mismo, digo esto por sus expresiones tales como: “¿ya pagaron?” y “Faltan tres días para que depositen”, esa es su mayor preocupación.

He visto de todo en la interacción con mis compañeros de trabajo: maestros de nuevo ingreso con todo el ímpetu por mejorar la educación, el cual va decayendo por las situaciones de trato ya sea con los jefes inmediatos, compañeros de la misma escuela o padres de familia. 

También maestros que ya llevan muchos años de servicio y ya no les interesa su labor, pareciera que solo van para hacer acto de presencia, firmar el rol de entrada y recibir un pago. No se capacitan, tienen prejuicios, les dan miedo los cambios, no hacen trabajo colaborativo. Están sin estar. 

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Foto: jcomp | Freepik

Trabajar como docente en las zonas rurales para mí fue una experiencia hermosa, aunque a muchas de mis compañeras actualmente, e incluso desde la normal, nunca les agrado ese medio, ya que prefieren una plaza cómoda y sin tantas complicaciones. 

Lo que hasta el momento me ha dejado la experiencia con los alumnos, es que los docentes, por lo menos los de educación básica, hemos pasado por alto el papel tan importante que tienen los padres de familia, y la mayoría de las veces tenemos muy marcada la línea entre la escuela y ellos. Honestamente no existe el verdadero trabajo colaborativo. Eso es puro discurso que vemos por parte de las autoridades de educación. 

Respecto a cómo he vivido como docente la pandemia, el confinamiento y el retorno a clases, es muy curioso y significativo ya que los he vivido tanto en el ámbito rural como el urbano.

Cuando comenzó la pandemia, y en consecuencia el confinamiento, aún estaba trabajando en la comunidad rural. Allá los alumnos y padres de familia en general estiman mucho a los maestros. La figura del profesor es respetada y querida.

Ahí es que inicia el que teníamos que enseñar desde casa. A todos nos tomó por sorpresa. Estoy segura que ni el gobierno sabía qué hacer. Tenía un grupo de tercer año y había diversas complicaciones y retos que en una comunidad rural no estaban listos para enfrentar: no hay acceso a internet, no tienen televisión, no todos tienen celular o no había dinero para que los padres de familia les pusieran saldo, entre otras cosas. Y eso que esta comunidad está a casi tres horas de la capital, ahora imagínese las que están a mayor distancia totalmente alejadas de todo.  

Los niños y padres de familia siempre trataron de cumplir. Ellos veían como mandaban las actividades, hacían todo lo posible por enviar audios, videos o fotos para que uno llevara el registro de su esfuerzo. Algunos padres de familia pedían que se les mandara algún trabajo o actividad para que los alumnos no se atrasaran.

Posteriormente, la otra parte de esta experiencia docente, en el contexto de la pandemia, la experimente ya en la zona urbana.

Aquí y hasta la fecha, la experiencia ha sido contraria a la anterior, las madres de familia son desinteresadas, indiferentes y algunas veces hasta agresivas (la mayoría de los que responden como tutores son mujeres). 

Mi número de WhatsApp ya no es privado sino de la comunidad escolar, pues les tenía que mandar mensaje de cosas tan básicas como el que se den por enteradas de la información enviada, o de estar al tanto y darle seguimiento a las actividades de sus hijos. ¿Y qué cree? Solo lo dejan en visto. 

Otra experiencia más es que de los padres de los niños ni sus luces. No se reportaban ni conectaban varias semanas, y justo cuando se acercaba el fin de mes para anotar calificaciones, pedían una prórroga o que se les dejara un trabajo especial para poder calificar a sus hijos. 

Puedo decir sin exagerar, que a contrapelo de lo que dicen los spots de radio y televisión, que todo va bien y que todos estamos alegremente enseñando de manera virtual, en realidad el trabajo del profesor es prácticamente de tiempo completo, y que el modelo hibrido de enseñanza en la pandemia es totalmente desgastante.

Tengo la impresión de que las autoridades educativas piensan que ganamos demasiado dinero para el trabajo que desarrollamos. Soy madre, el mes pasado tuve que hacer gastos médicos especiales de mi hijo menor de edad de por lo menos 10 mil pesos, ya que el ISSSTE decidió prorrogar las consultas con especialistas hasta pasada la pandemia. Pero los llaman héroes.

Ser maestra en pandemia, ¿un oficio semanal?

Foto: Olga Valeria Hernández

No me lo tome a mal, pero con ese discurso de que todos los médicos son héroes resulta que los especialistas dejaron de atender necesidades fundamentales durante más de un año. Sumado a estos gastos médicos tenemos también los gastos de alimentación. Un maestro también come como un médico y en está emergencia sanitaria también somos héroes, pero nos pagan como villanos. 

Otra experiencia fue el encontrar que a muchos niños los dejan a cargo de otras personas o incluso solos frente a la pantalla. No hay quien responda por ellos. Comprendo que los padres y madres trabajen, pero no acabo de entender por qué simple y sencillamente pareciera como si fueran a anotarlos a una lista, los conectaran a una pantalla y listo, ya están siendo educados. Además los padres de familia de la actualidad, especialmente de la ciudad, tratan a sus hijos como cosas o como mascotas y nos toman a las maestras como niñeras y responsables totales de sus hijos. 

Solo los mandan para que obtengan un papel, no para que aprendan.

Para colmo de males, la SEP estatal nos dice que tengamos empatía —“flexibilidad”— hacia casos que se reportan como todos los anteriores. Es como si nos invitaran a justificar la irresponsabilidad y el desinterés de los padres de familia. 

Estudie cuatro años de normal y he tomado cursos de actualización pedagógica como para que ahora vengan con su doble discurso de que, por un lado a nosotros los docentes nos “arrean” para entregar planeaciones que nadie lee allá en la burocracia, y por otro la Secretaria es muy permisiva con situaciones de irresponsabilidad.    

Estoy convencida de que existe una especie de gran simulación: la Secretaria y el Sindicato dice y pregona mejoras pedagógicas y laborales por un lado y alagan la labor docente, pero por el otro solamente maquillan cifras, no toman en cuenta las necesidades que vivimos los profesores en diversos contextos, invaden nuestro tiempo en casa, así como nuestro tiempo libre. El SNTE ya nos lo dijo: “…hay que desquitar nuestro pago”. 

En este modelo de educación a distancia, como le dije anteriormente, mi número telefónico celular ya no es privado. Lo comparto con los tutores para que ellos me envíen sus dudas, comentarios y actividades. Pero resulta que los tutores me han hablado fuera del horario establecido, me mandan mensajes también fuera de horario, hasta en fin de semana. Es decir, nulo respeto hacia el profesor, hacia su privacidad y su tiempo.

Ahora que ya regresamos a presencial, en este Nuevo Modelo Educativo Hibrido, es triple carga de trabajo para los docentes que de verdad queremos enseñar, se nos triplica el trabajo, cumplir con planeación que contenga actividades que hagan que el niño sea autónomo, diseñar actividades para casa, para aula, entregar formatos y formatos burocráticos que reducen nuestras horas de sueño y nuestras horas para convivir con la familia.  ¿Y nuestra salud emocional?

Al inicio del ciclo se dijo que íbamos a recibir apoyo en lo emocional tanto alumnos como maestros, pero hasta el día de hoy no se ve nada claro por parte de nuestras autoridades.

Algo que se me hace increíble es que ante esta emergencia sanitaria, nosotros debemos sacar de nuestro salario para comprar nuestros insumos de limpieza, como gel antibacterial, cubrebocas, etcétera, para usar en la escuela. Claro que la mayor parte de esto es de uso personal, pero hay que contemplar también a los alumnos que mandan sin jabón, ni gel ni nada a la escuela. El maestro también tiene que solucionar eso. El salario que se obtiene es para gastos personales y familiares, ahora súmale esos gastos sanitarios y los gastos escolares, todo sale de tu bolsa: plumones, borrador, material didáctico, copias, impresiones, etcétera).

Para colmo de males el secretario de Educación Pública del estado,parece que vive en una burbuja donde no sabe lo que sucede (como buen burócrata de escritorio) o simple y sencillamente da indicaciones sin importar que se ponga en riesgo a la comunidad docente. Al respecto, recuerdo muy bien que en mi escuela en plena pandemia hace más de medio año, nos pidió la directora que fuéramos a repartir libros a los padres de familia, entonces ante esto ¿dónde queda nuestra seguridad laboral?  

¿Valemos la pena los docentes para el gobierno? ¿Alguna vez ha importado la figura del maestro en este país como para correr estos riesgos? ¿Somos esenciales para alguien?

*La entrevistada prefirió no dar su nombre por cuestiones de seguridad laboral.

 

**Foto de portada: Freepik

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Autor Lado B
Juan Daniel Flores
Egresado de la BUAP-ITESM, estudiante de sociología, produzco las cápsulas radiofónicas "Espiral Urbana" para Radio BUAP, colaboro con LADO B con entrevistas socioculturales "¿De que lado masca la Iguana?", colaboro con la columna de opinión "Espiral Urbana" para Los Periodistas y soy creador de "Criticas Vitales" Cine, Literacidad y Sociología para espacios culturales y escolares.
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