Lado B
Los meses que no se nombran
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
25 de agosto, 2021
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Para mi amigo Juan Manuel Robredo Uscanga (QEPD), uno de mis más fieles y participativos cinco lectores

En vano trato

de recordar lo que pasó aquel día.

Estuve en algún lado,

Hablé con alguien,

Leí algún libro…

Lo he olvidado todo.

A tan sólo unos meses de distancia

Parece que las cosas sucedieron

En el siglo XIV antes de Cristo.

¿Qué dije, qué pensé?

No tengo idea.

Jamás me enteraré de lo ocurrido.

Salí de las tinieblas,

Voy a ellas.

Todo es nunca por siempre en nuestra vida.

José Emilio Pacheco. Los días que no se nombran.

El día de hoy, viernes 20 de agosto de este segundo año de la pandemia, el año de la tercera ola, año de la variante Delta del virus que ha mantenido en vilo a la humanidad durante año y medio, se cumplen tres semanas de que regresé a trabajar de manera presencial a mi oficina en la universidad —en un esquema mixto que implica un porcentaje de asistencia y otro de trabajo en casa—. Además de que termina la primera semana de clases de este nuevo período académico en el que también han regresado los estudiantes —un porcentaje, al menos, los que lo han decidido libremente y en las asignaturas de modalidad híbrida o presencial, porque seguimos teniendo cursos síncronos online— en una primera etapa de lo que se busca que sea un proceso que culmine con el retorno total a las actividades académicas dentro de las instalaciones de la institución.

Como decía en esta Educación personalizante hace un par de semanas, no tengo una respuesta clara a la pregunta sobre la pertinencia de esta reapertura de las instituciones educativas en este momento crítico que vivimos y con el semáforo en color rojo en nuestro estado de Puebla.

Sigo pensando, como decía en esa entrega de mi columna, que los seres humanos queremos vivir y no solamente sobrevivir, que como dice Morin somos seres que sobreviven para vivir y no deberían, como muchos millones de personas excluidas de los mínimos derechos como la salud, la vivienda, la alimentación adecuada, la educación de calidad, etc., vivir para sobrevivir.

Continúo sosteniendo que la vida en el confinamiento a la que nos condenó la pandemia, y en el caso del tema educativo —que es el eje de este espacio—, la vida con las escuelas cerradas y la educación en soledad y sin contacto social no es realmente vida sino supervivencia, pero también sigo teniendo claro que para poder aspirar a vivir humanamente es necesario sobrevivir, preservar y cuidar la vida. Por lo primero, respondo que no sólo es pertinente sino necesario el retorno a la educación presencial y al contacto cercano entre estudiantes y profesores en todos los niveles educativos. Pero, por lo segundo, me pregunto si no estaremos contribuyendo con esta reapertura a que la situación ya de por sí muy grave en número de contagios y de fallecimientos por COVID-19, siga empeorando.

El hecho es que, como compartía con mi equipo de trabajo en nuestro taller de inicio de ciclo académico —que realizamos virtualmente, por supuesto—, el regreso a la actividad presencial se produce en medio de dos tensiones: una tensión objetiva y una de carácter subjetivo.

La tensión objetiva se da entre la necesidad —que ya mencionaba— de retomar la formación de los estudiantes en un ambiente de encuentro y convivencia con sus pares y con sus maestros y maestras, para hacer una evaluación diagnóstica de los aprendizajes perdidos o incompletos durante la etapa de aprendizaje desde casa, e instrumentar estrategias compensatorias para recuperar y afianzar estos aprendizajes y seguir adelante con la trayectoria formativa de cada estudiante, evitando así mayores pérdidas que se reflejarán en el futuro en la economía y en la vida ciudadana. Esto frente a los datos duros que hablan de récords de número de contagios que han superado las cifras más altas de todo el período de pandemia.

La tensión subjetiva se da entre la necesidad de volver a encontrarnos, a compartir el espacio, el tiempo, la vida con los demás, la urgencia de salir del aislamiento que tantos efectos emocionales y de salud mental negativos ha traído, frente a lo que los psicólogos llaman el Síndrome de la cabaña, del que escribí en otro espacio hace algunas semanas, que se define como el miedo a salir de casa y volver a vivir en el mundo exterior, y produce síntomas diversos como respiración agitada, ansiedad o sudoración en las manos.

En el escenario y la vivencia de estas tensiones he vivido estas tres semanas desde que retorné a mi oficina y a los diversos espacios universitarios. En este regreso he experimentado sensaciones físicas, emociones y pensamientos que me hacen sentir como el sujeto del poema de José Emilio Pacheco que pongo como epígrafe en la columna de hoy.

Porque “a tan sólo unos meses de distancia, parece que las cosas sucedieron en el siglo XIV antes de Cristo”, recorro los pasillos, las oficinas y los salones como si fueran espacios nuevos con los que necesitaré familiarizarme de nuevo, encuentro personas a las que conozco bien y con quienes nunca perdí contacto a través de las pantallas y, sin embargo, de alguna manera me viene la sensación de estar conociéndolos por primera vez.

“En vano trato de recordar lo que pasó” en los ocho años previos a mi encierro en casa y sé que “estuve en algún lado” o en algunas partes, “hablé con alguien, leí algún libro” o varios, discutí artículos y materiales de investigación con colegas, asistí a conferencias, impartí conferencias, pero de alguna manera “lo he olvidado todo”.

“¿Qué dije, qué pensé?” en ese tiempo que hoy veo tan lejano. “No tengo ni idea”, aunque tengo una vaga imagen de todo ello. Supongo que así es el tiempo o así es nuestra experiencia cuando pasa el tiempo; no obstante, en estos pocos pero eternos meses, la distancia con experiencias relativamente cercanas se ha hecho más grande, se ha vuelto una especie de abismo entre ese pasado en el que viví la universidad de una manera que ya no voy a volver a vivir, conviví con mis estudiantes y colegas de una manera que parece difícil que vuelva a suceder con la misma confianza y cercanía, sin la sensación de estar frente a un peligro latente de contagio, sin el miedo que me hace mirar a los demás como amenazas potenciales, sin la desagradable experiencia de querer estrechar la mano o dar un abrazo de felicitación o de manifestación de afecto pero no poder hacerlo.

Sí, he salido de las tinieblas del encierro y el aislamiento, de la monotonía de un mundo reducido a cuatro paredes, pero todavía siento que voy hacia las tinieblas de un mundo incierto y amenazante al que me va a ser muy complicado volver a adaptarme en sus nuevas condiciones y peligros.

“Todo es nunca por siempre en nuestra vida”.

*Foto de portada: Katerina Holmes | Pexels

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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