Lado B
(Volver a) estar juntos para conversar
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
23 de junio, 2021
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Quizá la expresión estar-juntos obligue a una primera diferenciación: no disimular la distinción entre seres ni la contrariedad que ello provoca; si no hubiera contrariedad no habría pregunta por la convivencia; y la convivencia es tal porque en todo caso hay –inicial y definitivamente– perturbación, intranquilidad, turbulencia, diferencia, afección y alteridad.

Carlos Skliar. ¿Pero qué quería o podía decir estar juntos?

Han pasado ya quince eternos meses desde que por prescripción médica ante la pandemia cerraron todas las escuelas y universidades y nos encerramos —aunque hubo desde el inicio y ahora más que nunca hay quienes no hicieron caso por no poder o por no querer— en nuestras casas a trabajar en línea, a enseñar y aprender desde casa usando los medios que cada profesor o grupo de estudiantes tiene a su alcance.

Para la minoría privilegiada se incrementó el uso de las tecnologías de información y comunicación (TIC), de las plataformas virtuales de aprendizaje o de videoconferencias, para las mayorías desfavorecidas que no tienen conectividad, dispositivos o incluso espacios adecuados para trabajar en esta modalidad online, se usó la televisión y muchos otros medios dependiendo de la creatividad y compromiso de los docentes y de las condiciones de cada comunidad.

El hecho es que perdimos contacto, dejamos de estar juntos en las aulas, en los pasillos, en los patios de recreo, en las bibliotecas, en los alrededores de la escuela. Perdimos el contacto presencial, cara a cara, cuerpo a cuerpo; la posibilidad de comunicarnos de forma directa, sin pantallas de por medio, sin distancias amplias y obligadas.

Después de estos quince meses, en México se han hecho —según yo sé por los medios de comunicación— al menos dos intentos de reapertura y de regreso a la presencialidad en educación: el de Campeche que se dio después del receso por Semana Santa y el de la Ciudad de México que se produjo por decreto presidencial un día después de las elecciones. Ambos intentos resultaron fallidos y se ha tenido que volver a cerrar las escuelas y a cancelar las clases presenciales.

La autoridad educativa ha indicado que si continúa el semáforo epidemiológico en color verde, y dado que se ha vacunado a casi la totalidad de los empleados del sistema educativo, el próximo ciclo escolar —que, por cierto, han vuelto a extender a los doscientos días que estableció Ernesto Zedillo cuando fue responsable de la SEP federal, creyendo que más días de clase incrementan la calidad del aprendizaje— iniciará de manera presencial en la mayor parte del territorio nacional.

Esto con las medidas pertinentes —y casi imposibles de cumplir en la mayoría de las escuelas— de prevención de la salud y en formato híbrido, que implicaría la asistencia escalonada de estudiantes que irían un par de días a la escuela y harían actividad desde casa el resto de la semana. Una modalidad que, por cierto, resultará complicadísima para los profesores que ya están empezando a prepararse para ello, pero que no sabrán el tamaño de las dificultades para operarla hasta que estén ya los almunos en la escuela.

Como dice bien el pedagogo argentino Carlos Skliar del que tomo las citas hoy, el tema del estar juntos era ya un problema desde antes de la pandemia y el encierro obligado. Porque el estar juntos obliga a la diferenciación que implica no disimular la distinción entre los seres humanos y la contrariedad que provoca. Porque como he dicho en mi libro Dinámica de grupos en el aula. Una visión humanista, publicado hace ya muchos años, el otro implica para mí una posibilidad de enriquecimiento pero también un riesgo, un peligro para mi identidad y mi privacidad.

De ahí se deriva el problema de la convivencia, que en nuestro país ha definido el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (Comie) como un área temática de investigación: Convivencia, disciplina y violencia en las escuelas. Porque el estar juntos genera perturbación, intranquilidad, turbulencia, diferencia, afección y alteridad, que son naturales y tienen consecuencias negativas pero también positivas para el crecimiento de los educandos, y por ello lo extrañamos cada vez más.

Estar-juntos supone, al mismo tiempo, ser afectado y afectar; porque estar en común, estar entre varios, estar entre distintos, como lo expresa Jean-Luc Nancy, “es ser tocado y es tocar. El ‘contacto’ —la contigüidad, la fricción, el encuentro y la colisión— es la modalidad fundamental del afecto” (Nancy, 2007).

Carlos Skliar. ¿Pero qué quería o podía decir estar juntos?

Porque estar juntos supone simultáneamente ser afectados y afectar, compartir físicamente un espacio, como lo expresa la cita, implica ser todado y tocar, implica con-tacto, contigüidad, fricción, encuentro y colisión, que es la modalidad fundamental del afecto, del ser con los demás y del poder aprender a ser para los demás no sólo dentro de la escuela sino en el ámbito familiar, social y planetario.

De ahí la importancia de educarnos, como dice Freire, en comunidad y en posibilidad de construir comunión, unión en común de valores, significados y sentimientos e ideas compartidas que nos llevan a construir un proyecto de vida propio, pero al mismo tiempo imposible de existir sin la influencia, el afecto y la afectación, el contacto con los otros.

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Estamos hechos para ser y hacernos con los demás y esto genera elementos de desarrollo humano y plenitud pero también tiene el potencial, de unos años a la fecha —exacerbado por la influencia social— de la violencia. La convivencia y el contacto pueden y deberían ser elementos que nos ayuden a crecer a partir del respeto y el afecto mutuos pero también pueden ser, y muchas veces son, elementos para agredir, violentar, hacer sentir el poder sobre los otros, disminuyéndolos y al mismo tiempo degradándonos al hacerlo.

Estamos hechos para ser tocados y tocar a los demás, hemos abordado aquí el tema del “hambre de piel” que sentimos en este aislamiento forzado por el nuevo virus mortal y hasta ahora no controlado del todo. Pero la necesidad de tocar y ser tocado —física, afectiva y espiritualmente— por los demás también nos hace, paradójicamente, vulnerables y nos pone en el riesgo de ser víctimas del abuso y la agresión de los otros con los que con-vivimos y compartimos los espacios educativos.

(…) conversar no es hablar dos o más personas sino hacer cosas juntos con el lenguaje; es tener la oportunidad de sentir o pensar algo por vez primera o de reelaborar una idea que parece haberse fijado como obsesión. Es lo contrario del lenguaje del decir por decir, del que ocupa el sitial del silencio, lo corrompe y lo malversa, pues todo naufraga a la hora de las presentaciones insistentes y de se (sic) yo soy que comienza el derrotero de la inminente separación, la anticipada despedida sin ninguna bienvenida a la vista.

Carlos Skliar. ¿Pero qué quería o podía decir estar juntos?

Un elemento central que propone Skliar para estar juntos respetando la diferencia y la identidad, asumiendo la dignidad del otro para afectarnos positivamente y evitar la violencia escolar es educar en la conversación, entendiendo el conversar no solamente como hablar dos o más personas sino como la formación para construir cosas juntos, para sentir o pensar cosas nuevas juntos, para descubrir la novedad del mundo y el misterio humano como ejes centrales de la formación integral.

Como afirma el pedagogo argentino, conversar es lo contrario de decir por decir, de hablar sin escuchar, de imponer las propias palabras, discursos, ideas y valores. Sería un gran avance lograr que, si finalmente las condiciones lo permiten, el retorno presencial a las aulas sea para una convivencia auténticamente humana, para un afectarse para crecer, para un tocar y ser tocado con respeto y reverencia, para una conversación en la que todos podamos intentar, al menos, comprender la propuesta del otro y hacer que el otro comprenda la nuestra.

*Foto de portada: Katerina Holmes | Pexels

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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