Lado B
Sentir, resistir, disentir: el camino de la disidencia sexual
Por Ámbar Barrera @astrobruja_
15 de junio, 2021
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Hace siete años, la fotografía de un rostro recortado llamó muchísimo mi atención. Era una foto de 1983, según me dijo Antoine, donde seis personajes posan en atuendos de mujer y maquillaje en sintonía con la época. Seis personajes y cinco caras; un vacío ovalado, perfectamente recortado. Solo el rostro, pues el cabello en crepé sigue en su lugar. 

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Ella misma se recortó de la foto —recuerdo que me contó Antoine—. Tenía miedo que su mamá se enterara que se vestía de mujer. 

Siempre quise saber más de la vida de Antoine, y de todas las personas que aparecían en sus fotos. Especialmente en esa. 

Aquella imagen se presentó en 2014, junto con decenas más, en “Re-existencias de la diversidad”, una exposición montada con bajo presupuesto por Cinthya Quintero, Raúl Bravo y yo, que hacía un recuento de la historia del movimiento organizado del colectivo LGBTTTI+ en Puebla y de las marchas del orgullo en la ciudad. 

Para darle contexto, las fotos privadas de Antoine fueron imprescindibles, pues son de los pocos registros conocidos sobre la resistencia de la diversidad sexual en la década de los 70, 80 y 90, al menos en Puebla. 

Antonio Leal (cuyo nombre travesti es Antoine, como en francés) dice que su único mérito es ser viejo; y aunque es de los activistas de mayor edad en la escena poblana, ese no es su único mérito, pues él estuvo en el grupo que se encargó de realizar las primeras acciones políticas en pro de la libertad para el colectivo y las primeras fiestas travesti, que incluso se gestionaban de la mano de la Udlap. 

Siete años después, Cinthya Quintero y yo, realizamos una nueva curaduría teniendo muy presente que nuestro objetivo, además de montar esta muestra cuantas veces sea posible, y a falta de una memoria, es generar un archivo digital de toda esta historia que puede seguir guardada entre las pertenencias de las personas de la disidencia sexual que aún sobrevivan, y que se organizaron sin saberlo porque lo personal es político, y su vida en la sombras —siendo quienes eran, a pesar de lo adverso— constituyó las bases políticas para las generaciones futuras.

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De aquella foto recortada, por ejemplo, Antoine sabe que al menos uno de los retratados sigue vivo: Cocol, como la apodaban, el chico gay travesti que se recortó el rostro.  

La buena noticia es que Joel —su nombre legal—, sale en muchas otras fotos mostrando el rostro con orgullo, y su madre sí se enteró de su sexualidad pero no lo rechazó. Las malas noticias, sin embargo, son muchas más. 

¿Qué historia encuentras en la foto cuando no te sabes la verdad?

La historia sirve, desde mi punto de vista, para entender mejor el presente y mejorarlo. Los registros visuales son maravillosos, y se sepa o no los relatos detrás, las fotografías pueden convertirse en emblemas o en carta llena de símbolos que quien la observa le atribuye subjetivamente. Y desde la ficción, las interpretaciones que hacen las y los espectadores, tienen que pasar por un puente que conecta con el presente, el presente que viven quienes interpretan. 

En otras palabras, la interpretación de una obra de arte o incluso de un objeto documental, será dinámica, dependerá siempre en gran medida del contexto presente de quienes la tengan enfrente. Eso es justo lo que quisimos hacer con la nueva curaduría, un puente a nuestro presente. 

En 2014 nuestra foto principal mostraba a una niña en bicicleta que ondeaba una bandera arcoiris. La elegimos porque esa era una muestra especialmente dedicada a las generaciones más jóvenes, para invitarlas a conocer de su historia como parte del colectivo LGBT+, y también era una muestra para las familias (sanguíneas o no) de sus integrantes. 

La foto principal para este año es la que muestra a estos cinco travestis y la cara recortada. El título de la exposición es di-SENTIRES diSIDENTES; queremos hablar de cómo el colectivo resiste y exige desde la disidencia, cómo experimenta el presente y cómo en esas formas se manifiesta la historia que le precede. Quisimos mostrar ese salto desde esa foto de 1983 a casi 40 años después. 

Para ello me di a la tarea de intervenir digitalmente la foto original para mostrar mi historia de ficción sobre esa imagen: 

  • La guerrera: el personaje altísimo a la izquierda. Por su porte parece vestir una armadura y le agregué su espada. 
  • El dolor: la chica que mira dramáticamente hacia la izquierda (hacia el pasado) se ve llena de lágrimas y tiene en su frente un símbolo de estigma y violencia, un puñal que le hace sangrar la frente. Esa es la historia que no queremos que se repita, la de los crímenes de odio, el encierro, el castigo, la culpa. 
  • El vidente: el único chico que mira hacia la derecha y hacia arriba (el futuro presagiado), tiene la expresión de quien avista el futuro lejano, y puede ayudar a que desde el presente se asegure un buen augurio.
  • La feminista: el personaje de la derecha, de pie, representa a las feministas y su movimiento, que desde posturas interseccionales han sido pieza clave en la lucha por los derechos del colectivo LGBT+. 
  • La diosa: el único personaje que mira con su pose delicada hacia la cámara. Representa al arquetipo de la diosa, la polaridad femenina en el universo que irradia esperanza. 
  • La ausente que hoy rompió sus cadenas: el personaje sin cara, con una insignia de laureles para asegurar su triunfo, es tal cual el resultado de la lucha por la libertad de ser y amar. Del hueco que antes representaba represión y miedo, surge un arcoíris que se dispara con fuerza y se expande fuera de los límites de la composición original. 

En conjunto, esa es para mí la condensación de la revolución y resistencia del presente para quienes, como yo, somos disidentes sexuales. Los límites siguen aquí, pero ya hemos juntado la suficiente fuerza de quienes nos sostienen, cual ancestrxs, no solo para resistir, sino también para romper más fácil esas cadenas que pretenden acallar nuestra “anormalidad”. 

La historia de cuando el presente era 1983

El día previo a la inauguración de di-SENTIRES diSIDENTES visité a Antoine en su casa y pasé ahí cinco horas, escuchando las asombrosas anécdotas de su vida, y también me habló por primera vez de las personas que salen en aquella foto. 

La diosa arquetípica, es el mismísimo Antoine, un hombre homosexual que salió en autoexilio de Tlaxcala junto con su familia para trabajar en Puebla, y ahí conoció a sus amigos más íntimos, al amor de su vida y descubrió que una de sus pasiones era la escena travesti y el activismo. 

La feminista se llamaba Ramón y su nombre artístico era Patricia Bernal Rostan Lynch. Fue el mejor amigo de Antoine. Trabajó toda su vida como administrador en una compañía bancaria. Antoine la describe como “fuerte, aguerrida y aventada”, la que se encargaba de las finanzas al organizar las primeras fiestas travestis. 

Cuando en su trabajo le dijeron que se habían enterado de que hacía shows travestis en algunos bares, y lo condicionaron a dejar el escenario bajo amenaza de mandarlo a la sucursal peor ubicada en Chiapas… él prefirió ser transferido. 

Antoine recuerda que esa fue la única vez que lo vio quebrarse. “¿Por qué me van a tasar mi libertad? No tengo medios para defenderme. Soy puto, lo reconozco, y por puto me pasó. Y no lo voy a dejar. Al rato va a ser [que me prohíban] tener pareja, que no abra ni la boca porque ya se me notó [lo gay]”.

El resto de su vida vivió en Chiapas y no dejó de participar en shows travesti. Regresaba a Puebla solo para visitar a sus amigos y, al final, para morir. 

Cocol era el apodo de Joel, el que recortó su rostro de la foto. Era hijo único y tenía un lazo especial con su madre. Aunque su orientación sexual fue bien aceptada por ella, otras cosas pasaron: perdió su trabajo como vendedor de una tienda departamental, su madre enfermó y él tuvo que hacerse cargo.

Dejó el show travesti, trabajó como vendedor en lo que fuera, cuidó a su madre y la vio morir. Después de eso tuvo que dejar el departamento donde vivían, por San Francisco, pues debía seis meses de renta.

Gracias a la ayuda de sus amigos del círculo gay y travesti, Joel pudo pagar el velorio y entierro de su madre y hoy vive en Panzacola, sigue siendo vendedor informal y no volvió a hacer travestismo. La red de sus amigos sigue presente en su vida para ayudarle cuando hace falta.

No es una historia tan alentadora pero habla también de algunos triunfos dentro de la disidencia: la aceptación de su madre, la construcción de una red que lo sostiene en momentos difíciles. 

La guerrera se llama Armando, alias Lucha. Closetero y muy confundido respecto a su identidad, de acuerdo con Antoine. No sabía si era un chico gay travesti o una mujer transgénero. Pero si llegaba alguna vez al escenario, después tenía una crisis de angustia por culpa y se alejaba unos seis meses para volver después. 

Él se esfumó del mapa para Antoine. Lo último que supo es que incursionó en las artes, donde tampoco pudo definir qué disciplina era su pasión. 

La personaja que representa para mí la historia del pasado y el dolor, se llama Maggie (Armando, como chico), y era una drama queen. Grosera y altanera, según cuenta Antoine, le “costaba trabajo dominarse”, no aguantaba la crítica. Él era un chico bien que estudiaba arquitectura en la Udlap. Cuando dejó la escena poblana travesti, se perdió en el mapa y aunque Antoine se lo ha topado en la calle, por casualidad, no sabe qué ha sido de él exactamente. 

El vidente era, en realidad, un estudiante y muy buen bailarín. Era carismático y joven, le ayudaba a montar coreografías a las chicas travesti para sus espectáculos. A cambio obtenía pases gratis para las fiestas y hasta le regalaban botellas o tragos de los que eran cortesía para quienes estaban en camerinos. También le perdieron el rastro. 

“Nuestra lucha la hacemos todos los días”

Para la inauguración de esta nueva muestra, invitamos a Antoine a decir unas palabras, igual que hace siete años; sin embargo, por problemas de salud, no pudo asistir. En su lugar, se reprodujo el audio de un video que tomé en su casa ese día. 

Frente a cámara habló de lo mucho que ve que el colectivo ha avanzado en el reconocimiento de sus derechos, pero también dejó claro que el trabajo sigue, refiriéndose al activismo. Posteriormente, en una participación presencial, Karen Morales, una joven activista bisexual,  recordó una frase icónica de Agnes Torres: “Nuestra lucha la hacemos todos los días”. 

Concuerdo. Vivir es resistir. Organizar también: organizar marchas, organizar las vaquitas para sacar a nuestres amigues de apuros, organizar un festival o una exposición… 

En ese sentido, nos es preciso señalar a Cinthya y a mí que, aunque esta muestra que organizamos se inserta en el marco de un festival del gobierno del estado que se nombra con énfasis como el primer Festival sobre diversidad sexual, eso sólo es cierto en términos de lo organizado por una administración pública, porque la organización de la diversidad sexual desde el arte y la cultura ya tiene una larga historia. 

Durante 14 años se hicieron el mismo número de semanas culturales por la diversidad sexual, organizadas por el Comité Orgullo Puebla. Y así, los procesos organizativos nos han formado: desde las reuniones clandestinas travestis en los 70 hasta esos eventos culturales, públicos, del presente. 

También por eso es que tanto Cinthya como yo, queremos dejar constancia de que hemos decidido honrar este camino disidente que nos ha tocado transitar a través de la organización: La creación de un archivo digital para preservar la historia del colectivo en Puebla, y sí, también la organización de una nueva semana cultural de nosotres para nosotres, en la que los términos sean puestos desde un sitio revolucionario y no institucional. 

Esperamos que ustedes, diSIDENTES, acudan a nuestro próximo llamado.

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Autor Lado B
Ámbar Barrera
Periodista, comunicóloga, fotógrafa, feminista y amante del arte.
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