Lado B
Docentes: el fuego y los fuegos
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
17 de marzo, 2021
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«La tradición es la transmisión del fuego y no la adoración de las cenizas».

Gustav Mahler.

En este periodo de primavera 2021, marcado por la eternización de la pandemia y el cierre de las aulas, cumplo treinta y tres años de haberme iniciado en el campo de la formación de profesores. Recuerdo bien ese primer curso del Diplomado en Docencia Universitaria, y a varios de los y las profesoras que conformaban el grupo al que yo tenía que impartir un módulo de dicho programa. Muchos de ellos me doblaban la edad y tenían décadas de ejercicio como docentes mientras que yo tenía poco menos de tres años de haber terminado mi licenciatura en Arquitectura —nada que ver con la educación o la pedagogía— y un par de años de experiencia como profesor en secundaria y bachillerato.

Fui invitado a impartir este módulo por recomendación de una de mis profesoras del diplomado que recientemente había concluido. De ese momento de nerviosismo y entusiasmo que suplía la experiencia, de horas de lectura y preparación de cada sesión que suplían la aún escasa formación pedagógica, y de la experiencia nítida de que ese era mi camino y que quería dedicar mi vida a ser profesor al día de hoy, han pasado más de tres décadas en las que —salvo los periodos sabáticos en que me dediqué de lleno a estudiar y escribir fuera de Puebla– he seguido impartiendo cursos a profesores y profesoras en servicio y, también desde hace ya un buen número de años, a futuros profesionales de la educación.

En todo este tiempo mi docencia y mi investigación se han centrado en la línea de educación humanista, pensamiento complejo, educación y valores y ética profesional, todo visto desde el nivel áulico y desde la práctica docente. De manera que la pregunta por el significado de ser docente y los elementos que constituyen una buena práctica del profesorado han estado siempre presentes en mi búsqueda académica y personal.

Como dice Morín en su libro autobiográfico Mis demonios citando a Nietzsche: “He puesto siempre en mis escritos toda mi vida y toda mi persona (…) ignoro lo que son los problemas puramente intelectuales. No soy de los que tienen una carrera sino de los que tienen una vida”. Y mi vida —o gran parte de ella— ha sido el ejercicio y el estudio de la docencia y sus exigencias para contribuir a la construcción sociocultural del bien humano que, como dice Lonergan, es una historia.

Es por ello que hoy quiero dedicar esta Educación personalizante a una imagen que tiene mucho que ver con lo que en todo este tiempo he llegado a entender sobre el ser del docente, utilizando la imagen del cuidador del fuego de la tradicióny de los múltiples fuegos que son todos los educandos y educandas que pasan por sus aulas año tras año.

Esta doble imagen tiene que ver con la idea que el filósofo canadiense Bernard Lonergan aporta acerca de los dos vectores que conforman todo proceso educativo: la herencia y el descubrimiento.

En primer lugar, todo docente es un transmisor de la tradición, de la herencia cultural que nuestros antepasados han ido construyendo en los diversos campos como el arte, el pensamiento filosófico, la literatura, las formas diversas de organización social, las religiones, las teorías y prácticas políticas, etc.

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Aunque hoy esta dimensión del quehacer docente sea políticamente incorrecta y hasta mal vista, pues estamos en un momento en que se ve como un elemento negativo y un resabio de la educación tradicional que en los discursos ya está superada —aunque en las prácticas siga tan campante—, es verdad que las y los docentes somos los transmisores, los mediadores entre la herencia y la tradición histórica y el presente.

El problema del docente como transmisor de esta tradición es que en la educación tradicionalista —que no tradicional y sigue imperando por más que cambien las teorías y los discursos— contrario a lo que dice Mahler —el gran compositor—, las y los profesores comunicamos este legado de forma memorista y conceptualista, como un cofre de cenizas a las que hay que adorar sin entender lo que significan o por qué se les debe rendir culto y, mucho menos, apreciando su valor para enriquecer la vida actual y mirar hacia el futuro.

Cuánto ganaríamos si las y los profesores nos asumiéramos plenamente como transmisores de esta herencia, de esta tradición pero entendiéndola y apreciándola, comunicándola con pasión, como un fuego que tenemos que mantener encendido, porque todo esto que hicieron nuestros antepasados, con sus luces y sus sombras, es el calor que posibilita que hoy podamos vivir como vivimos.

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

—El mundo es eso— reveló. —Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano. El libro de los abrazos, p. 7.

El segundo vector en el que los docentes somos mediadores y agentes centrales es el del descubrimiento, de los fuegos de cada uno de nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes, según este bello relato que recoge el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su gran Libro de los abrazos.

Foto: August de Richelieu | Pexels

El mundo es, nosotros somos, un mar de fueguitos, y si pudiéramos hacer como el hombre de Neguá un ascenso a lo alto del cielo, podríamos constatar que en nuestras aulas y grupos de educandos y educandas cada persona brilla con luz propia entre todas las demás, que no hay dos fuegos iguales.

A partir de esta constatación, tendríamos que trabajar por mantener encendidos esos fuegos distintos; por construir escenarios en los que cada educando y educanda pueda mostrar su brillo único a todos los demás; dándonos cuenta de que homogeneizar a todos y todas en el cajón de un perfil único es un intento inútil, porque no hay dos fuegos iguales, no hay dos estudiantes iguales.

Comprobaríamos que hay fuegos grandes y fuegos más pequeños; que hay fuegos de todos los colores, y si los tratamos de unir para construir una gran fogata, podemos lograr producir un calor suficiente para que en este mundo nadie muera de frío.

Veríamos que hay gente de fuego sereno y consistente, así como gente de fuego loco como esos educandos o educandas que sacan chispas y que muchas veces no entendemos, y tratamos de apagar o controlar en lugar de dejarles fluir. Aprenderíamos a respetar los distintos fuegos y a construir con ellos un fuego vivo, esplendoroso y multicolor.

Podríamos darnos cuenta de que no sólo los educandos y educandas, sino nosotros mismos como educadores y educadoras, somos fuegos de todos estos tipos y que algunas veces la rutina y la repetición de nuestros cursos, nos convierten en fuegos bobos que no alumbran ni queman. Y es que los verdaderos profesionales de la esperanza, los educadores y educadoras que trabajan para mantener viva y madura su vocación, son fuegos que arden la vida con tantas ganas que no se les puede mirar sin parpadear, y sin que todo estudiante que se acerque se encienda y avive su propio fuego, llevándolo a todo el mundo, iluminando la vida de otros y otras, dando calor a quienes han sido excluidos, a quienes viven apagados en un sistema que las y los ha descartado.

Helena soñó con las que habían guardado el fuego. Lo habían guardado las viejas, las viejas muy pobres, en las cocinas de los suburbios; y para ofrecerlo les bastaba con soplarse, suavecito, la palma de la mano.

Eduardo Galeano. El libro de los abrazos, p. 26.

Esos y esas docentes son quienes marcan la diferencia, quienes dejan huella, quienes guardan el fuego. Estos fuegos no rinden culto a las cenizas del pasado ni convierten en cenizas los fuegos de los niños, niñas y adolescentes que están bajo su responsabilidad. Son como aquellas viejas sabias y pobres que ofrecen el fuego que llevan dentro, soplando suavecito la palma de su mano.

*Foto de portada: Katerina Holmes | Pexels

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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