Lado B
A un año de la pandemia: los estragos del encierro
Negocios cerrados, cirugías en vilo, deserción escolar y una lucha por sobrevivir son algunas de las consecuencias que ha dejado el confinamiento por la pandemia
Por Fernando Merino Noriega @FerMerinoN
18 de marzo, 2021
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Primera de dos entregas

El 16 de marzo de 2020 inició la Jornada Nacional de Sana Distancia y, así, millones de personas tuvimos que recluirnos en nuestros hogares para evitar contagiarnos de COVID-19, una enfermedad en ese entonces desconocida, y que ha cambiado radicalmente nuestra forma de vida. 

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A un año de esto, Daniel, Raquel y Hugo —quienes oscilan entre los 25 años— han sufrido las consecuencias económicas y de salud de esta pandemia, de la que apenas empezamos a dimensionar sus consecuencias. Los tres jóvenes comparten el hecho de que la pandemia les obligó a dejar la universidad 一en dos casos de manera temporal y en uno de forma definitiva一. 

En el caso particular de Daniel, él y su madre se han quedado sin empleo, y día a día buscan la forma de sobrevivir; Raquel está a la espera de recibir una cirugía que, al no llegar, pone en riesgo su salud y podría privarla de su deseo de ser madre; por su parte, Hugo y su familia han tenido que cerrar el negocio de banquetes que les tomó más de seis años construir. Estas son sus historias.

Hacer lo máximo con el mínimo

Suena el despertador. Daniel se levanta y, desorientado por la luz del día y haber pasado un mala noche, camina al baño para lavarse la cara; al llegar, recuerda que no hay agua en su casa. No es extraño: en el fraccionamiento en el que vive suele irse el agua y  por ello tiene que comprar pipas, que muchas veces no puede pagar. Entonces se dirige al depósito del boiler para usar el agua que se acumula ahí. Se lava la cara mientras distintos pensamientos llegan a él; hay uno recurrente: “Tengo que encontrar trabajo”.

Así, se cambia de ropa y camina alrededor de 30 minutos para llegar a un parque en Amozoc 一municipio en el que vive一 que cuenta con acceso gratuito a internet; en su casa no cuenta con ese servicio. Al llegar, lo primero que hace es ver si le han contestado algún correo sobre las vacantes a las que ha postulado; todo esto desde un teléfono que compró en 2014 y que ahora a duras penas carga las páginas web, por ser casi obsoleto; se ha visto forzado a usar este celular luego de vender el más reciente que tenía.

Al no encontrar una respuesta favorable, regresa a su casa para ver qué comerán él y su madre, con un presupuesto que, en días malos, apenas alcanza los 10 o 15 pesos. Con un tono de resignación y mientras desvía la mirada dice: “Tienes que aprender a hacer lo máximo con el mínimo de recursos (…) al menos tratar [de sobrevivir]”. 

Para ellos, esto implica combinar alimentos que pueden comprar con su limitado presupuesto y con cosas que aún tienen en la alacena —como avena o harina— para comer al menos una vez al día; esta rutina se repite desde hace meses. 

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Daniel recuerda: “En enero de 2020 fue que mi madre se quedó sin trabajo”. A partir de ahí y durante algunos meses, sobrevivieron con el ahorro que tenían, pero llegó el confinamiento por la pandemia y la situación se complicó aún más. Una vez que se esfumaron los ahorros, se empezaron a juntar los gastos: la luz, el agua, los alimentos y los datos móviles, que utilizaba para entrar a las clases, porque donde vive “aún no llegan las conexiones de internet estables”.

Efectos negativos pandemia

Ilustración: Gogo

Así, no sólo el dinero se fue esfumando, también las cosas que por años habían acumulado: primero se fue el horno de microondas, después el refrigerador, una computadora,  la máquina de coser 一una herramienta de trabajo para ellos一 y, por último, el teléfono de Daniel. Tomaron la decisión de empeñar sus cosas con la idea de pagar el préstamo más adelante y poder recuperar sus pertenencias, algo que cada vez se ve más lejano. 

En esta visión lejana tampoco se vislumbra el regreso de Daniel a la universidad. En marzo de hace un año, había inscrito sus materias para el periodo de primavera 2020, de la Licenciatura en Comunicación; en ese entonces “medio las pude sacar, pero ya a partir del segundo periodo (otoño) ya no pude cursarlas, porque eran en línea —cuenta Daniel—. Estuve un mes pero a partir de ahí no pude continuar con las clases”. 

La falta de la computadora ha impedido que tome el resto de clases que le hacen falta para terminar su carrera. Para Daniel esto es frustrante, pues no le quedan muchas asignaturas por cursar, pero las que le faltan son significativas y requieren más el uso de la computadora, comenta.  

Si no hubiera llegado la pandemia, Daniel considera que las cosas serían en gran parte distintas, porque podría haber concretado más su experiencia laboral como comunicador. Ahora, con la pandemia, realmente no ha podido salir a buscar un trabajo, y, sobre las vacantes a las que ha aplicado en línea, cuenta: “Te dejan en visto los CVs; no te responden, y si [lo hacen] es para decirte que no cumples con el perfil porque buscan a alguien con muchísima más experiencia que tú”.

Debido a esto, no se aferra a la idea de ejercer su profesión; a estas alturas cualquier trabajo es bueno, dice. Aunque tampoco ha tenido suerte en otros rubros, pues como cajero de supermercado, vendedor o en algún otro puesto, tampoco le han dado la oportunidad. Ahora obtiene algunos ingresos vendiendo cosas que todavía le quedan. 

Toda esta situación ha transformado el cuadro depresivo ligero que tenía antes de iniciar la pandemia a uno más grave, que tampoco ha podido atender por la falta de recursos económicos. La ansiedad también llegó como consecuencia “de no saber qué va a pasar el día siguiente”, y de escuchar en noticieros cómo día a día van aumentando los contagios y muertes por COVID-19.   

Las intervenciones médicas que quedaron en vilo 

consecuencias negativas de la pandemia

Ilustración: Gogo

Raquel ha tenido la intención de ser madre desde hace algunos años. A pesar de tener apenas 24 años, este ha sido uno de sus objetivos desde que se independizó y tiene una pareja que comparte el mismo deseo. Cada día que pasa tiempo con su sobrino —ya que su prima vive en el mismo edificio que ella— recuerda que también quiere formar una familia; entonces la aflicción llega cuando piensa en que esto podría no pasar.

Al ver noticias, una vez que concluye su jornada laboral en un call center bilingüe de servicio al cliente, ve lo mismo desde hace varios meses: no hay fecha para que médicos puedan reiniciar con la atención en las áreas de especialidades de los hospitales públicos, lo que deja en pausa los procedimientos médicos que miles de personas tienen pendientes desde el inicio de la pandemia. Esto, a su vez, le ha provocado una ansiedad aguda que ha tenido que tratar de manera psiquiátrica.  

El problema de salud de Raquel se remonta a 2017, cuando se dio cuenta que tenía cuatro meses sin reglar. Fue al médico y, al hacerle un ultrasonido, le dijeron que tenía un quiste en su ovario derecho. Ya con más estudios descubrieron que era un teratoma (tumor formado por tejidos corporales). Entonces le realizaron una operación de emergencia, pues había empezado a sentirse muy mal.

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Después de esa operación, en enero de 2020, le encontraron un segundo teratoma en su ovario izquierdo. Este, sin embargo, resultó inmaduro; y por su naturaleza podría ser un tumor maligno, le explicó su médico a Raquel. 

Como en los sistemas de seguridad social la atención es muy lenta, los estudios preoperatorios se los programaron en marzo de 2020, para una cirugía en mayo. Pero con la llegada de la pandemia, no se pudo realizar, porque las áreas de especialidades de distintos servicios públicos de salud se encuentran pausados. Esta falta de acceso al procedimiento quirúrgico que necesita le ha provocado múltiples afectaciones.

“Se compromete mucho mi fertilidad 一dice con tristeza一, y eso es importante para mí porque [quiero] tener hijos, y el que no haya sido operado [el teratoma] hace que mis periodos sean cada vez más abundantes y dolorosos. La mayoría de los días que estoy en mi periodo no puedo ni siquiera caminar; me ha afectado mucho, tanto en la escuela 一de la que se tomó un descanso temporal一 y ahora en mi trabajo 一que realiza de manera remota一 porque es un dolor insoportable y nada te lo quita”, explica.  

Algo importante de los estudios preoperatorios que no pudieron realizarle era reconocer con estos la localización exacta del teratoma: si está pegado al ovario, dentro, fuera del mismo, así como su composición; estas son dudas que aún no tienen fecha para ser resueltas.

A más de un año de enterarse de que tiene un segundo teratoma, Raquel refiere que el no saber adecuadamente su ritmo de crecimiento es muy peligroso; ella conoce su cuerpo y sí se siente diferente; al mirarse al espejo también nota algo distinto. De acuerdo con lo que le explicó su médico, los teratomas “pueden estar ahí mucho tiempo [sin presentar actividad] y de repente crecer demasiado o crecer mucho todo el tiempo: es muy impredecible”.

A pesar de no encontrar una solución en el IMSS, Raquel no se ha atrevido a preguntar cuánto le costaría una intervención quirúrgica en un hospital privado, pues comenta: “Sería algo incosteable para mí, porque el trabajo que tengo no me da lo suficiente. A duras penas, y con el apoyo de mis padres, puedo costear la consulta de psiquiatría 一por problemas que ha tenido desde que era niña一. [Operarme] en un hospital [privado] sería imposible, porque sí me he tratado de hacer estudios pero por una u otra cosa, más que nada por el dinero, no me los he podido hacer”. 

Además de esto, Raquel también tiene problemas del corazón y, aunque fue operada cuando era niña, hay momentos en los que le atacan las taquicardias. El problema también es que la unidad de cardiología del IMSS se encuentra en pausa, entonces eso también le genera mucha preocupación: “No sé qué es lo tengo y siempre estoy a la expectativa de a qué hora me voy a sentir mal”. 

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El sentir su salud en peligro contrasta con la molestia que siente día con día, al ver el desbordamiento de la gente en centros comerciales u otros lugares de esparcimiento, sin cumplir las medidas de seguridad sanitaria, y advierte: “Así va a tardar mucho más tiempo que especialidades de cualquier hospital [público, procedan a hacer intervenciones quirúrgicas], porque sí he ido a mi consulta normal del IMSS, pero la doctora me ha dicho que no tenía caso que fuera (…) si en especialidades no me iban a atender”. 

Los negocios que no volverán a abrir 

Efectos negativos pandemia

Ilustración: Gogo

Hugo  recuerda que en los primeros meses de la pandemia se despertaba a las cuatro o cinco de la tarde y se dormía a las ocho de la mañana, esto por la desazón provocada por el cierre del negocio de su familia y por ver cómo día a día la pandemia afectaba más su vida, y la de millones más. Así como su ciclo de sueño se vio afectado, también su alimentación y su rendimiento escolar.

“Nada más comía una vez al día, realizaba trabajos y entraba a clases; [hasta que] llegó un momento en el que mande todo a volar”, confiesa Hugo.

Desde 2015, Hugo y su familia emprendieron un negocio de banquetes y un salón de eventos sociales. Al poco tiempo, esa actividad se convirtió en el 50 por ciento de los ingresos de su casa. Asimismo, este negocio representaba una fuente de trabajo para dos empleadas formales que colaboraban con ellos, y una decena de trabajadores eventuales

Hugo recuerda que el último evento que organizaron fue el 18 de marzo de 2020, sin saber que ese sería el fin de su negocio; dejaron de laborar el 20 del mismo mes para apegarse a los decretos del gobierno estatal por la contingencia sanitaria; pero fue en diciembre que decidieron concluir con las operaciones de su negocio definitvamente al ver que no mejoraba la situación. Así, se quedaron sin la mitad de sus ingresos; ahora toda su familia —madre, padre y hermana— depende totalmente del sueldo de su padre, quien es obrero. 

El cierre del negocio ha afectado sobre todo a su mamá, pues ella era quien administraba todo. Con los periodos de prosperidad ella logró tener una independencia económica que le permitía comprarse lo que necesitaba y llevar a su casa lo que hacía falta. 

Ahora, a un año de que inició el confinamiento por la pandemia, Hugo y su familia han intentado reducir gastos: ocupan menos shampoo y jabón para bañarse, toman menos leche o jugo, e incluso son más cuidadosos con el gasto de energía —que de por sí por ya cuidaban por cuestiones ecológicas—. Hugo también ha buscado otra alternativa de ingresos: se convirtió en bici mensajero; entrega paquetes hacia el sur o al norte de la ciudad, en los límites, pero sus ganancias son mínimas. 

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Esto le ha provocado periodos de inestabilidad emocional, algo que comenta también fue detonado por haberse contagiado por COVID-19 casi al inicio de la pandemia pero ahora confiesa que se siente un poco mejor, aunque los problemas económicos siguen ahí y parece que continuarán por mucho tiempo.

Respecto al negocio, él y su mamá tienen planes de convertirlo en una cocina económica u otra cosa, porque para que vuelvan a abrir los salones de eventos tendrá que pasar mucho tiempo; mientras, tratan de mantenerse activos porque “se tiene que comer de algo”, concluye.

***

Estas historias son la primera parte de un especial que reúne los testimonios sobre cómo un año de pandemia ha cambiado la vida de las personas en Puebla. Como en todo, siempre existen dos caras de la moneda; así, en la siguiente entrega podrás encontrar historias de personas cuyas vidas se han transformado de una manera diferente a la de quienes te presentamos en esta parte. Para conocerlas, da clic aquí

 

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*Foto de portada: Gogo

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Autor Lado B
Fernando Merino Noriega
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