Lado B
Apocalipsis I: la renuncia a la inteligencia
En la crítica al autoritarismo se perdió en gran medida el sentido y el valor de la autoridad en el aula y en la escuela hasta llegar a la dictadura del estudiante y el padre de familia
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
26 de enero, 2021
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Escucha: en mi centro escolar, un alumno de 2º de bachillerato –el antiguo Preu o Cou– dijo que el Quijote lo había parido don Juan Manuel, y otro sostuvo en un examen que Jorge Manrique era autor del Cervantes. El curso pasado, por imperativo legal de estos mierdagogos que nos gobiernan, tuvimos que titular a un crío que en la primera evaluación tenía ¡sesenta y siete! faltas de ortografía en un solo examen. Hace una semana, el profesor de arte dijo que antes de empezar con el gótico iban a ver imágenes de la abadía de Cluny, y un alumno se asombró de que George Clooney sea tan famoso que le dediquen iglesias. Pregúntales sin embargo por Chochita, Kiko, Yoni o cualquiera de las pedorras y pedorros de la Isla de las Felaciones o Sálvame Boniato, la televisión basura que rompe niveles de audiencia, y recitarán sus biografías con pelos y señales.

Arturo Pérez Reverte. El profesor vencido. En Milenio, 24 de enero de 2021.

 

No es por presumir a mis cinco lectores pero me precio de tener hijas inteligentes y cultas, jóvenes que leen mucho y están al tanto por las redes sociales, los podcast, influencers y otras especies nuevas de los grandes problemas del mundo con datos duros y reflexiones relevantes. Además de estar informadas, siguen cuentas de activistas, grupos y movimientos que tratan de luchar por revertir estos graves problemas tratando de visibilizarlos, generar protestas y buscar propuestas de solución.

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El común denominador de ellas y de sus amigos y amigas comprometidas y bien informadas es el pesimismo. Medio en broma, pero también bastante en serio, repiten continuamente que este mundo no tiene remedio y que vamos hacia la autodestrucción del planeta y de la especie humana en menos tiempo del que parecen apuntarlo las películas distópicas hoy tan en boga.

Cuando la discusión se va por el lado de los problemas y razones catastróficas que tienen a la humanidad en este riesgo de desaparecer, yo normalmente les digo que, contrariamente a sus puntos de vista que sostienen que lo que nos lleva hacia el precipicio es el cambio climático, el calentamiento global y la falta de respeto por la naturaleza —cosas que son totalmente ciertas y muy evidentemente riesgosas—, yo siempre contra argumento que, desde mi punto de vista, lo que va a hacer que la humanidad desaparezca es la renuncia a la inteligencia que estamos viviendo en nuestros días.

Me parece cada día más evidente que la inteligencia está dando muestras de agonía en este reino de las “benditas” redes sociales en las que, como decía acertadamente el maestro Umberto Eco, estamos frente al fenómeno de darle visibilidad y difusión universal al que antes era simplemente el borracho de que decía tonterías en una taberna ante un pequeño grupo que lo escuchaba y luego olvidaba lo dicho.

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Veo con preocupación que las llamadas fake news o noticias falsas, la postverdad que se rige por el sesgo de confirmación que nos hace aceptar como verdadero aquello que confirma nuestras creencias o nuestros prejuicios y el reino en el que, por corrección política, se dice que “todas las afirmaciones son respetables” nos está llevando a un callejón sin salida en el que la humanidad está poniendo en riesgo su existencia en el planeta.

Lo que afirma el profesor derrotado al que da voz Arturo Pérez Reverte en el epígrafe de esta Educación personalizante es un claro ejemplo, situado en España pero con muchas posibles correspondencias que podría contar un profesor mexicano o de cualquier otro país, de la manera en que la educación está contribuyendo a esta decadencia de la especie humana como especie racional, consciente y capaz de conocer la realidad en la que vive con cierto nivel de objetividad.

Desde luego que no estoy planteando aquí una postura neoconservadora que piense que todo tiempo pasado fue mejor y que la educación tradicionalista es la solución a la que hay que volver para dejar atrás esta profunda crisis de inteligencia que hoy vive la humanidad.

Pero creo que en el caso de la crítica a esta educación del pasado, en la que más bien se buscaba terminar con ciertos extremos viciosos y con desviaciones indeseables de carácter autoritario y anacrónico, se terminó por “tirar el agua sucia de la bañera junto con el bebé”.

Porque en la crítica al autoritarismo se perdió en gran medida el sentido y el valor de la autoridad en el aula y en la escuela hasta llegar a la dictadura del estudiante y el padre de familia, que en el modelo mercantilista de la educación actual son ese “cliente que siempre tiene la razón”, aunque no la tenga.

Me parece también que, al cuestionar el memorismo mecánico con el que se transmitían los contenidos sin ningún significado ni comprensión inteligente por parte del educando, con la crítica —válida y pertinente— de la “educación bancaria que señalaba Freire, se dio un viraje pendular hacia el extremo en el que hoy se condena la memoria y se piensa que no debe jugar ningún papel en el proceso de aprendizaje.

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Foto: Olga Valeria Hernández

Además, en el camino novedoso y valioso del “aprender a aprender” —desglosado después por la comisión Delors de la UNESCO en los cuatro grandes pilares de aprender a conocer, a hacer, a ser y a convivir— se condenó a la hoguera todo aprendizaje de contenido cuando solamente se puede aprender a conocer conociendo algo —un contenido—, aprender a hacer si se hace algo —un contenido—, si se ejercita el ser alguien —un contenido— y se experimentan formas concretas y democráticas de convivir con los demás —que parten necesariamente de ciertos principios que son contenidos—.

De manera que los profesores actuales se han formado —y re-formado— en estas interpretaciones extremas y han perdido el antiguo dominio de los temas, conceptos, teorías, métodos y contenidos de sus asignaturas sin haber adquirido de manera clara, sistemática, sólida y pertinente las herramientas para lograr que los educandos aprendan a aprender, es decir, aprender a conocer cosas valiosas de cada asignatura, aprendan a hacer y aplicar lo que aprenden con calidad y sentido, aprendan a ser buenos seres humanos y a convivir de manera pacífica y democrática a partir de valores éticos y cívicos sólidamente asimilados.

En 2018, Peter Dockrill informó en Science Alert que un estudio de 730 mil tests de IQ, realizado en Noruega, reveló que la humanidad alcanzó su pináculo intelectual a mediados de los años setenta. A partir de entonces vamos cuesta abajo. Otra investigación, citada por David Robson en BBC Future, señala que desde los noventa el IQ desciende 0.2 puntos al año en Finlandia, Noruega y Dinamarca, siete puntos por generación.

Juan Villoro. El fin de la inteligencia. En Reforma, 22 de enero de 2021.

Si como dice el artículo del maestro Juan Villoro del que tomo la cita anterior, según el gran neurocientífico mexicano Pablo Rudomín, la inteligencia es la capacidad de resolver problemas, parece que nuestra educación actual no está cultivando y desarrollando la inteligencia de las nuevas generaciones porque no los está haciendo capaces de resolver problemas sino tal vez, en el mejor de los casos, entreteniéndolos, divirtiéndolos y cuidándolos —antes de la pandemia al menos— mientras sus padres trabajan.

Porque, además de todo, hoy en día los adultos, padres y maestros pensamos que nuestro papel no es enseñar a los niños y adolescentes a resolver problemas —a ser más inteligentes— sino evitarles cualquier tipo de problemas y resolverles la vida para evitarles frustraciones.

Por otra parte el desarrollo tecnológico también ha contribuido a que no tengamos que usar la inteligencia para resolver problemas. La memoria parece ser cada vez menos útil si tenemos a la mano un teléfono “inteligente” -más inteligente que nosotros- que nos proporciona cualquier información, dato o definición que necesitemos en el momento para después ser desechada.

En este contexto me resultó especialmente impactante el artículo de Villoro que presenta datos de investigaciones científicas serias en las que se muestra que la inteligencia humana está decayendo a pasos agigantados.

Hay una frase que se atribuye a Albert Einstein que dice que la teoría es cuando sabes las cosas pero no funcionan, la práctica es cuando todo funciona pero no sabes por qué y que en su laboratorio habían logrado ya unir la teoría con la práctica porque nada funcionaba y nadie sabía por qué.

Pues parece ser que en el mundo actual hemos logrado también esa síntesis entre teoría y práctica porque a juzgar por nuestra experiencia y más ahora con la pandemia, parece que nada funciona y da la impresión de que nadie sabe las razones.

Quedan aún resquicios de esperanza. Nunca en la historia se había logrado inventar, probar y producir varias vacunas para el SARS-COV-2 en tan corto tiempo. A raíz de la pandemia y del encierro se han también difundido ideas y reflexiones filosóficas, sociológicas y antropológicas que nos invitan a volver a pensar en lo que realmente es importante para ser humanos y al menos ha surgido en ciertos sectores la conciencia renovada de que es indispensable pensar en otro modelo económico -aunque aún no hay respuestas en esta línea- y en modos distintos y más sustentables de concebir el desarrollo y la civilización.

Están también estos jóvenes que se preocupan y se comprometen con discutir y tomar decisiones de vida distintas que desde lo micro puedan aportar algo a la construcción de otro mundo posible.  

Todos estos ejemplos de esperanza acerca de la inteligencia humana deberían ser impulsados en la educación. Para ello necesitamos simultáneamente un cambio de paradigma en las mentalidades de las personas y en las instituciones educativas.

 

*Foto de portada: Olga Valeria Hernández

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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