Esperanza y práctica para cambiar el mundo
La educación es la profesión de la esperanza y los educadores tenemos como misión fundamental promover y organizar la esperanza de la sociedad, sobre todo en estos tiempos oscuros que nos ha tocado vivir
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
09 de diciembre, 2020
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Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente. Ella sola no gana la lucha, pero sin ella la lucha flaquea y titubea. Necesitamos la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada. 

Paulo Freire. Pedagogía de la esperanza, p. 24

Muchas veces he hablado en esta Educación personalizante de la esperanza. Además, he planteado, y lo sostengo casi en cada conferencia que imparto, que la educación es la profesión de la esperanza y que los educadores tenemos como misión fundamental promover y organizar la esperanza de la sociedad, sobre todo en estos tiempos oscuros que nos ha tocado vivir, en estos tiempos de desmoralización que cunde por todos los espacios y va inundando nuestras casas, nuestras conciencias, colonizando hasta la última de nuestras células.

Todas las veces que lo hago, intento dejar claro que la esperanza no es lo mismo que el optimismo, porque como dice Vaclav Havel —lo he citado también antes–: el optimismo es pensar que todo va a salir bien mientras que la esperanza es tener la convicción de que lo que hacemos tiene sentido, sin importar cómo pueda resultar.

De manera que la tarea fundamental de los educadores, el ejercicio profesional de la esperanza, consiste en trabajar con la profunda convicción de que formar a las nuevas generaciones tiene sentido, sin importar cómo pueda resultar finalmente lo que hacemos y sin poder asegurar —por más ilusorios enfoques de medición, evaluación y acreditación de la calidad del aprendizaje que nos invadan y esclavicen— cuál será el resultado de lo que hacemos hoy en el aula presencial o virtual para la vida de cada educando y la convivencia social.

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Aunque lo haya tratado antes, quiero volver a abordarlo hoy porque más de 100 mil muertos después del inicio de la pandemia, causados por la COVID-19, o más de 250 mil fallecimientos sobre el año anterior de los cuales la mayoría no se contabiliza oficialmente como causados por este virus, nuestra sociedad mexicana se encuentra en una desmoralización creciente y abrumadora.

Si entendemos que, como dice Adela Cortina, más que hablar de sociedades morales o inmorales habría que hablar de sociedades con alta o baja moral, entendiendo la moral como el deseo de vivir humanamente, de construir una vida que tenga sentido y sea recompensada con la amistad, el amor, la fraternidad, la belleza y todo lo que Morin señala como parte de la dimensión poética de la vida, entonces podemos ver que nuestra sociedad es una sociedad desmoralizada, una sociedad que tiene un bajo deseo de vivir humanamente y de convivir de manera constructiva. 

Porque vivir humanamente es valorar la vida y cuidarla, la vida propia y la de los demás. Esto es lo que no está sucediendo hoy en este país en el que el presidente considera una deshonra ponerse un cubrebocas y responsabilizarse del cuidado de los demás y felicita públicamente a quien, de modo negligente, se niega a hacerlo en reuniones cuyo protocolo lo exige, en esta sociedad en la que estamos entrando a una etapa súper crítica de la pandemia después de una larguísima etapa crítica que nunca cesó y en la que, a pesar de ello, millones de ciudadanos andan en las calles y las plazas sin ninguna precaución y organizan reuniones y fiestas en las que podría decirse que se vive bajo el principio filosófico de José Alfredo Jiménez: “No vale nada la vida. La vida no vale nada”.

En este contexto de desmoralización, la esperanza está ausente o tal vez está en muchos casos presente, pero como una mera sensación de que “a mí no me va a pasar nada”, “todo saldrá bien” o “ya estaría de Dios” si me contagio. Se trata pues de una esperanza solamente emotiva, que responde al impulso del momento y a la sensación de inmortalidad que nos invade cuando no pensamos mucho lo que hacemos.

Se trata de agua contaminada que mata a muchos peces y nosotros necesitamos, como dice bien Freire, de una esperanza crítica que sea como agua pura, como agua limpia en la que nosotros podamos respirar y seguir viviendo. La esperanza es indispensable porque si no la lucha flaquea, pero si se trata de una esperanza emotiva y sensorial, no va a durar más allá de un par de copas o de algún discurso emotivo que nos doblega y nos lleva a la acción irresponsable y desmoralizante.

Pensar que la esperanza sola transforma el mundo y actuar movido por esa ingenuidad es un modo excelente de caer en la desesperanza, en el pesimismo, en el fatalismo. Pero prescindir de la esperanza en la lucha por mejorar el mundo, como si la lucha pudiera reducirse exclusivamente a actos calculados, a la pura cientificidad, es frívola ilusión. 

Paulo Freire. Pedagogía de la esperanza, pp. 24-25

Pensar que con la mera esperanza moveremos a este mundo o venceremos a la pandemia es una muestra de alta ingenuidad que puede llevarnos fácilmente a reforzar la desmoralización. Sobre todo si pensamos que la esperanza es solamente ese sentimiento de agrado que nos dice que todo va a salir bien, pero que no pasa por la inteligencia ni por la revisión crítica de la razón. 

Con esa falsa esperanza se mueven muchos compatriotas en estos tiempos de pandemia. Sintiendo que con la sola “buena vibra” y con el pensamiento positivo van a evitar los contagios o la enfermedad o cualquier otro mal que pueda aquejarlos en la vida.

Por otro lado pensar  que el puro conocimiento, la ciencia, las políticas públicas o las acciones calculadas, sin esperanza pueden transformar la realidad, tampoco nos llevará a mejores estadios en la convivencia social.

Para poder vencer este momento crítico de nuestra sociedad que no solamente tiene que ver con el coronavirus, sino también con la pobreza, la exclusión, la discriminación, la desigualdad, la violencia, los feminicidios y muchos etcéteras, necesitamos esperanza crítica combinada con conocimiento científico, técnico y político que aterricen la esperanza en acción, que organicen la acción con esperanza.

En cuanto necesidad ontológica la esperanza necesita de la práctica para volverse historia concreta. Por eso no hay esperanza en la pura espera, ni tampoco se alcanza lo que se espera en la espera pura, que así se vuelve espera vana. 

Paulo Freire. Pedagogía de la esperanza, pp. 24-25

El momento que vivimos llama a la esperanza, pero no a cualquier esperanza sino a una esperanza apasionada pero inteligente, creativa y crítica, comprometida y responsable, capaz de movernos al amor y a la solidaridad con todos nuestros semejantes, a una esperanza ligada a la acción que se vuelva historia concreta.

Los educadores podemos y deberíamos analizar nuestro nivel de desmoralización y remontarlo con esperanza, recuperar nuestro deseo de vivir y convivir que enseñe a los futuros ciudadanos a vivir y a convivir de manera que no se queden en la pura espera, ni en la espera pura, sino en la espera encarnada que mueve a la práctica. Eso debe empezar con nuestra misma práctica educativa que está llamada a convertirse en una praxis esperanzada y esperanzadora.

 

*Foto de portada: Freepik

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..