Aprender a estar aquí
Quizás el aprendizaje central que deberíamos promover con las demás personas, es el aprender a vivir aquí; detenerse y valorar el entorno
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
02 de diciembre, 2020
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Detente. Los árboles frente a ti y los arbustos a tu lado
no están perdidos. El lugar donde estás se llama Aquí.
Y debes tratarlo como a un poderoso desconocido,
debes pedir permiso para conocerlo y ser conocido.
El bosque respira. Escucha. Te responde,
he creado este lugar a tu alrededor,
si te vas, puedes regresar diciendo Aquí.
No hay dos árboles iguales para el cuervo.
No hay dos ramas iguales para el gorrión.
Si el valor de un árbol o un arbusto se pierde en ti,
sin duda estás perdido. Detente. El bosque sabe
dónde estás. Déjale que te encuentre.

Perdido, David Russel Wagoner

Perdidos. Así es como muchos de nosotros estamos sintiéndonos después de más de ocho meses de pandemia. Extraviados dentro de nuestras casas a pesar de haber vivido en ellas toda la vida. Recorriendo cada día el mismo trayecto de una habitación a otra y de regreso, caminando por ese territorio que dominamos y podemos transitar con los ojos cerrados, por esos espacios en los que normalmente nos sentíamos seguros y tal vez siguen brindando seguridad y refugio frente al mundo que nos amenaza con el miedo de un virus que aún no se ha podido controlar, pero en los que ahora nos sentimos también perdidos.

Nos sentimos perdidos porque no sabemos cuándo podremos volver a vivir nuestras vidas anteriores, si es que será posible vivir esas vidas que hoy vemos tan lejanas y de las que apenas tenemos algunas imágenes difusas. Nos sentimos desorientados porque ignoramos si habrá un futuro diferente a este del encierro obligado, de la distancia prescrita, de los cubrebocas indispensables, de la falta de abrazos, de la interacción con los demás siempre a través de una pantalla.

Sobre todo nos sentimos perdidos porque estamos en la tensión permanente de la pregunta que nos acompaña interiormente todo el día, sin importar lo que estemos haciendo: ¿cuándo va a terminar todo esto? 

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Si como dicen en una definición sintética, la depresión es el exceso de pasado y la ansiedad el exceso de futuro, vivimos en estas semanas idénticas, monótonas y grises atrapados en este jaloneo entre la añoranza del pasado y la urgencia de futuro, con los consecuentes daños colaterales que se manifiestan en distinta medida en nuestra salud mental y emocional.

Nos sentimos perdidos porque las vacunas que están desarrollándose y probándose a un ritmo nunca visto en la historia no terminan de estar aprobadas y de ser producidas para distribuirse entre la población mundial. Porque no sabemos entre tantas versiones encontradas en qué mes aproximado del año que viene podrán empezar a vacunarse las personas. Nos sentimos perdidos porque tampoco se publican avances en el descubrimiento de medicamentos y tratamientos estandarizados que sean eficaces para combatir la enfermedad cuando ya se manifiesta.

En el nivel más amplio de la sociedad, nos sentimos también perdidos porque la economía que se detuvo y empezaba apenas a volver a marchar se está volviendo a frenar ante esa curva que, por más que declararon los políticos en este país, nunca logró aplanarse y ahora está volviendo a crecer manteniendo su ritmo exponencial.

Estamos perdidos en el bosque de la incertidumbre porque no hemos podido, al menos yo no he podido, adaptarme del todo a esta forma de existencia cotidiana y aceptar que esta es la forma de vida que tenemos que aprender a asumir, enfrentar y tratar de disfrutar por más que parezca difícil.

Son días en que muchos nos sentimos perdidos, como si nos hubieran dejado en un bosque, en un paraje totalmente desconocido para nosotros y sin ninguna señal que nos oriente.

En este panorama y dentro de esta sensación me encuentro este domingo, justo después de mi cumpleaños —los cumpleaños son siempre momentos de balance y revisión—, gracias al sacerdote jesuita Diego Martínez, con este bello poema del poeta estadounidense David Russel Wagoner, que se basa en las enseñanzas que los indígenas de la costa noroeste de EE.UU. daban a sus hijos sobre como actuar si se perdían en el bosque.

El poema resonó muy profundamente en mí precisamente porque estoy viviendo la sensación de extravío que he descrito y que creo que comparten muchos de mis conocidos y de los ciudadanos de este y otros países del mundo afectados por el COVID-19. Escuché de pronto en mi interior esa voz que me dice: detente, y me invita a mirar si no los árboles y arbustos, sí las paredes y los espacios del lugar en el que vivo este encierro. 

Esas paredes y esos espacios no están perdidos, me dice la voz del poema, esa voz que me invita a darme cuenta que ese lugar desconocido en el que estoy se llama Aquí y debo tratarlo como a un poderoso desconocido, pedirle permiso para conocerlo y ser conocido, escuchar su respiración, poner atención a sus respuestas.

perdidos

Foto: Piqsels

Se trata de un lugar creado especialmente para mí, al que puedo regresar si me voy, diciendo Aquí. Sigo escuchando la voz que, parafraseando al poema, me dice que no hay dos rincones iguales, que no hay dos habitaciones, dos puertas o ventanas iguales para quien es capaz de mirar con atención todas las cosas, de ir conociendo con tiempo y calma cada rasgo, cada color, textura y sensación de esos lugares en los que he vivido sin caer en la cuenta, que he recorrido sin poner suficiente detalle y sensibilidad.

Si el valor de una esquina o de una ventana iluminada se pierde en mí, entonces sin duda estoy perdido y tengo que detenerme. Detenerme y atender, experimentar con todos mis sentidos, aprehender cada pequeño detalle de ese bosque en el que vivo desde hace ocho meses, quejándome y queriendo escapar, encontrar la salida.

En el silencio de esta noche de domingo en la que estoy sentado escribiendo estas líneas, vuelvo a escuchar de pronto esa voz del poema y algo, cuando menos por unos instantes, se aclara en mi mente y en mi corazón. Caigo en la cuenta de que este lugar en el que estoy perdido, este bosque de incertidumbre se llama Aquí y debo aprender a vivir en él. Tal vez de eso se trata este tiempo de crisis y de oscuridad intermitente, de caer en la cuenta de que el bosque sabe donde estoy y dejarlo que me encuentre.

Quizás este sea el aprendizaje central que deberíamos promover en nuestros hijos y en nuestros estudiantes: que aprendan a vivir Aquí, que caigan en la cuenta de la respiración y de las respuestas de su entorno, que aprendan a detenerse, a valorar cada árbol y cada arbusto y a dejar que el bosque los encuentre.

 

*Foto de portada: Freepik

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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