El primer año del resto de nuestras vidas*
Que estas semanas de reflexión y evaluación nos hagan caer en la cuenta de que el caos es también parte de nuestro mundo y que sirve para ponernos en situaciones en las que hay que reconstruir el orden desde sus cimientos
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
16 de diciembre, 2020
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“Necesitamos proyectarnos en un futuro posible, aunque improbable hoy”.

Edgar Morin. Mis demonios, p. 263. 

Nunca como ahora son pertinentes estas palabras del pensador francés Edgar Morin respecto del futuro. Hemos vivido un año extremadamente difícil por la pandemia que nos obligó al encierro —al menos a un alto porcentaje de la población—, frenó severamente la actividad económica y en nuestro campo educativo forzó a las autoridades a cerrar las escuelas y universidades.

Prácticamente tres cuartas partes de los 365 días de este 2020 los hemos vivido aislados, alejados de nuestros seres queridos y de nuestros colegas de trabajo, con una creciente hambre de piel y un desgaste físico y emocional también en aumento que han generado, como ya he escrito antes, un incremento exponencial de la desmoralización colectiva.

El panorama sigue siendo muy incierto y aunque el túnel parece tener finalmente una luz al final, esta luz está aún muy lejana y poco clara por lo que lo más probable es que la situación crítica que hemos vivido permanezca todavía una buena parte, si no es que todo el año siguiente.

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Por eso, o a pesar de eso, es necesario proyectarnos en un futuro posible, aunque improbable hoy, un futuro en el que volvamos a salir al mundo exterior sin miedo a contagiarnos o al menos sabiendo que esta nueva enfermedad puede ser prevenida y curada, un futuro en el que construyamos una normalidad diferente —en la que haya mayor solidaridad y empatía, en la que la convivencia social se sustente en lo que realmente vale la pena para la vida humana, dejando atrás la cultura del consumismo y el descarte—.

Proyectarnos en un futuro posible y deseable, apostando por el principio de lo inconcebible, por el principio de lo improbable que mantienen viva la esperanza en los tiempos de desesperanza.

                              “Pese a mi conciencia cada vez más aguda de lo inacabado y lo inacabable, sigo lanzando mis redes para pescar en el océano.”

Edgar Morin. Mis demonios, p. 272. 

Se acercan fechas muy significativas en términos de renovación de esta esperanza porque la Navidad es —para los creyentes cristianos de todo el planeta— una fiesta que llama a la reconsideración de lo vivido y a la apertura a una vida más plena; y la festividad del año nuevo es —para millones de practicantes de otras religiones o no creyentes—, también una oportunidad para hacer una evaluación de lo vivido y plantearse metas o propósitos de cambio orientado hacia la mejora de la propia existencia y de la convivencia con los demás en términos de humanización.

Ojalá podamos vivir estas semanas que vienen como la oportunidad de caer en la cuenta de que a pesar de lo inacabado e inacabable de la tarea de humanizarnos, a pesar de lo vulnerables que somos en el concierto complejo de la vida en el planeta, tenemos que seguir lanzando nuestras redes para pescar en el océano de lo desconocido para descubrir y construir nuevas opciones de convivencia social y planetaria que cambien el rostro de este mundo de desigualdad, pobreza, exclusión, discriminación y violencia por uno de equidad, inclusión, aceptación del otro y construcción sistemática de la paz.

“Unir, unir. Se ha convertido para mí no en la palabra clave sino en la idea-madre.”

Edgar Morin. Mis demonios, p. 276. 

Para lograr este cambio se requiere asumir la tarea, la idea-madre de unir todo aquello que ha sido separado, desarticulado o roto. Este es el desafío ético fundamental y el grito que está surgiendo cada vez con más fuerza en todos los rincones del planeta desde los márgenes, desde las bases de la sociedad, desde la urgencia de las grandes mayorías.

La construcción del bien humano, es decir, la tarea ética fundamental consiste precisamente en unir, en tejer todo lo que se ha separado o desajustado; y en eso consiste uno de los pilares de la ética, que es la justicia, en ajustar lo que está desajustado en las relaciones sociales y dejar de ajusticiar a los menos favorecidos.

Porque como dice Morin, Diabolus es lo que separa, lo que divide, lo que rompe la religación con uno mismo, con los demás cercanos, con la sociedad y con toda la especie humana. En estos tiempos hay mucho Diabolus actuando en nuestro mundo, mucha separación, división y ruptura entre los seres humanos y la naturaleza, entre los seres humanos y los demás seres humanos, entre los seres humanos y la especie a la que pertenecen, entre los seres humanos y su propio ser interior.

                 “El conocimiento complejo no tiene término, y no sólo porque es inacabado e inacabable sino también porque llega por sí solo al desconocimiento.”

Edgar Morin. Mis demonios, p. 276. 

Este tiempo de pandemia ha servido desde mi punto de vista para terminar de eliminar la soberbia del conocimiento científico y técnico como factores únicos e incuestionables para la construcción del desarrollo humano y social pero al mismo tiempo, para revalorar también la importancia que tienen las ciencias y sus aplicaciones técnicas como elementos para buscar la salida a esta crisis global de la humanidad.

Porque, a pesar de todo el conocimiento y los enormes avances científicos y técnicos, nos hemos dado cuenta de nuestra enorme vulnerabilidad frente a un virus microscópico, pero también gracias a todo el conocimiento y los enormes avances científicos y técnicos se ha podido paliar el daño —en algunos países más que en otros— y buscar los tratamientos más adecuados para sanar a los enfermos y las vacunas que puedan generar las condiciones preventivas para poder salvar a la humanidad de este nuevo mal.

Sería muy conveniente que el espacio de reflexión y balance que nos dan estas fechas pudieran servir para pensar en el papel del conocimiento científico y técnico para la vida humana y ubicar al conocimiento desde una visión compleja que valore su grandeza y asuma con humildad sus limitaciones como algo siempre inacabado e inacabable que llega por sí mismo al desconocimiento.

“El caos no sólo está en el origen, subyace en nuestro mundo, que es un caosmos.”

Edgar Morin. Mis demonios, p. 277. 

Estos meses de encierro, incertidumbre, temor y desgaste físico y emocional han roto el orden establecido con el que funcionaba el mundo y en el que operaban nuestros mundos particulares. De un día para otro el caos se apoderó de nuestros días y puso en jaque al sistema económico, a las grandes corporaciones y a los gobiernos y organismos internacionales.

Que estas semanas de reflexión y evaluación nos hagan caer en la cuenta de que el caos es también parte de nuestro mundo y que sirve para ponernos en situaciones en las que hay que reconstruir el orden desde sus cimientos y que una vez construido este nuevo orden, seguirá estando el caos ahí, porque es un elemento que subyace a nuestro mundo, que es, como dice Morin, un caosmos.

Deseo a mis cinco lectores y a todos los educadores que, como profesionales de la esperanza, podamos en estas fiestas proyectarnos en un futuro posible aunque aún improbable, recuperar nuestra energía creativa para seguir echando nuestras redes al océano de la incertidumbre, asumir el desafío ético de unir como parte central de nuestra tarea, poner al conocimiento en su verdadero —simultáneamente enorme e insignificante— lugar y educar en una visión del mundo concebido como caosmos. Porque este 2021 será, en muchos sentidos, el primer año del resto de nuestras vidas.

***

*Para nombrar esta columna tomo el título en español de la muy popular película St. Elmo’s Fire de 1985.

**Esta es mi última columna de este complicado año 2020. Agradezco a los que me han leído semana a semana y a LADO B por brindarme este espacio de comunicación sobre temas educativos y les deseo a todos una muy feliz Navidad y un muy buen año 2021. Nos volvemos a encontrar a partir del 13 de enero.

 

***Foto de portada: Pamula REEVES-BARKER | Pixabay

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..