Lado B
Fragilidad extrema: educación y baja complejidad
Millones de docentes trabajan en un sistema de baja complejidad en el que todas las decisiones se centralizan, todas las políticas tienen que venir de arriba
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
03 de noviembre, 2020
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“En tanto que sistema que comporta el control de los ciudadanos, la separación de los poderes, la pluralidad de las opiniones y el conflicto de las ideas, la democracia es el antídoto a la omnipotencia del aparato de Estado y a la locura del poder personal”.

Edgar Morin, Método V. La humanidad de la humanidad*, p. 204.

Vivimos en un país que —a pesar de lo que afirman el presidente y los que han aceptado su petición de lealtad ciega— está retrocediendo lo poco que había avanzado en términos de transición democrática y está destruyendo lo frágil que había edificado en cuestión de entramado institucional y equilibrio de poderes.

El hartazgo de casi todos —entre los que me incluyo— por la corrupción, la impunidad, la enorme desigualdad y la violencia estructural llevó a millones de mexicanos —entre los que no me incluyo— a votar por una ilusión de cambio, por una oferta claramente regresiva y conservadora en el fondo pero vestida de un discurso, un ropaje y un líder carismático que se sigue autodefiniendo como de izquierda a pesar de que combate todos los días las causas de la izquierda y como anti neoliberal, aunque sus políticas en muchos sentidos son más neoliberales que las de los gobiernos etiquetados como tales.

Vivimos en un país que está siendo forzado a volver a aquellos tiempos de mi adolescencia y juventud que creíamos ya superados en los que todo dependía de la voluntad del titular del poder ejecutivo y que llevó a grandes tragedias y a decisiones con altísimos costos sociales derivadas de la locura del poder personal en el que no había ningún antídoto.

La cita que sirve de epígrafe a la Educación personalizante de hoy resulta muy oportuna para analizar el retroceso que estamos viviendo en términos del escaso avance hacia la democracia que se había conseguido después de muchas décadas, mucha sangre y muchas vidas que lograron derrumbar el viejo sistema de partido único y poder absoluto que reinventaba al país cada seis años según el tristemente célebre “estilo personal de gobernar”.

Si la democracia comporta el control de los ciudadanos, hoy todos los organismos y asociaciones ciudadanas son denostadas y han perdido cualquier apoyo, interlocución o colaboración con las autoridades.

Si la democracia implica separación de poderes, hoy el partido del presidente tiene la mayoría absoluta en la cámara baja y el poder mayoritario en el Senado para ejecutar todo lo que desde el ejecutivo le es ordenado, sin importar los argumentos en los ejercicios de parlamento abierto —que hoy son meras simulaciones— como lo vimos recientemente con la desaparición de los fideicomisos. El poder judicial también se pliega a las presiones presidenciales tal como lo constatamos en el fallo sobre la constitucionalidad de la supuesta consulta popular para enjuiciar a los expresidentes y la aprobación o negación del registro de los nuevos partidos según las simpatías o antipatías del presidente.

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Si la democracia requiere de la pluralidad de opiniones y el conflicto de las ideas, hoy se descalifican todas las opiniones distintas a las del presidente y se queman en la hoguera de la nueva inquisición de las redes sociales a todos los que se atreven a expresar ideas conflictivas o medianamente críticas.

Vivimos en un país que, como la serpiente que se muerde la cola —el uroborós—, se dirige a la destrucción de la escasa democracia que había logrado construir y regresa, como en esa condena de los que por no recordar su historia la repiten sin cesar, a los tiempos de la extrema centralización.

“Las sociedades que tienden a imponer al máximo y en todos los dominios la autoridad del centro estático son de baja complejidad. Las sociedades de alta complejidad favorecen las pluralidades del policentrismo y las espontaneidades del acentrismo” (p. 210).

Si nunca hemos logrado construir una sociedad de alta complejidad, hoy estamos regresando al modelo de más baja complejidad posible, a una sociedad que tiende a imponer en todos los ámbitos y dominios la autoridad de un centro estático —nunca mejor definido si vemos el apego rígido del presidente a su plan original de gobierno sin importar el cambio radical de esta pandemia que vivimos— y tiende por ello a destruir cualquier pluralidad, cualquier intento de policentrismo y mucho más de espontaneidad acéntrica.

He hablado aquí de la sociedad, de nuestra sociedad mexicana y su actual gobierno. Sin embargo, si mis cinco lectores revisan los rasgos que he descrito a partir de las ideas de Morin sobre la sociedad, podrán descubrir que son perfectamente aplicables a nuestro sistema educativo.

Porque tenemos un sistema educativo que también retrocedió de los mínimos, frágiles, mal instrumentados y peor comunicados pasos hacia una mayor complejidad al modelo anterior centralizado y basado en el acuerdo cupular entre las dirigencias magisteriales y las autoridades con finalidades políticas y olvido casi absoluto de lo educativo.

Millones de docentes trabajan en un sistema de baja complejidad en el que todas las decisiones se centralizan, todas las políticas tienen que venir de arriba, todos los planes y programas tienen que ser prescritos, dosificados y controlados desde el centro único y deben preocuparse más por generar reportes y evidencias que por pensar creativamente en las estrategias más adecuadas para formar, de manera integral y significativa, a los futuros ciudadanos de este país.

Un sistema educativo que no sabe lidiar con la pluralidad y por ello la ignora o la reprime, que no puede entender la espontaneidad y el desorden que es parte de un proceso creativo y humano, como el que implica el desarrollo humano y ciudadano de sus niños y jóvenes.

Como dice Morin, el sistema o la organización de baja complejidad es aparentemente eficiente “…a condición de que el centro disponga de competencias muy ricas…” (p. 213) —que casi no es el caso en nuestro país— porque puede tomar decisiones eficaces e instrumentarlas de manera rápida y homogénea con posibilidades de controlar su ejecución.

Sin embargo, señala el mismo pensador francés, este tipo de organización es muy lenta para recibir la información que surge de abajo —en este caso de cada escuela o universidad— y debe dar todos los pasos jerárquicos para que se transmita la decisión con lo que existen distorsiones en la comprensión e instrumentación y una rigidez que incapacita para reaccionar con suficiente oportunidad a lo aleatorio y al cambio, tal como sucedió con nuestro sistema educativo ante la inesperada emergencia de la pandemia que obligó a cerrar las escuelas.

“La extrema centralización es de una fragilidad extrema” dice Morin (p. 213) y nosotros tenemos un sistema educativo extremadamente centralizado y por ello extremadamente frágil –aunque se quiera dar la apariencia de robustez y solidez-. Ojalá logremos desde abajo, revertir este proceso de regreso a la baja complejidad formando a los futuros ciudadanos con los saberes y las actitudes democráticas que nuestro escenario desesperanzador está pidiendo con urgencia.

 

*Todas las citas de la columna de hoy están tomadas del libro: El Método 5: La humanidad de la humanidad. La identidad humana  

 

*Foto de portada: Olga Valeria Hernández

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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