Lado B
¿Deberíamos preocuparnos por las pequeñeces?
Alguna vez leí un letrero que decía: “No te preocupes por pequeñeces”. Casualmente este letrero estaba colocado en la puerta de los empleados de un taller mecánico, lo que verdaderamente me inquietó dado que si realmente las personas que trabajan en ese lugar consideran que hay que pasar por alto los detalles...
Por Lado B @ladobemx
05 de junio, 2013
Comparte

Ma. Teresa Abirrached Fernández*

Alguna vez leí un letrero que decía: “No te preocupes por pequeñeces”. Casualmente este letrero estaba colocado en la puerta de los empleados de un taller mecánico, lo que verdaderamente me inquietó dado que si realmente las personas que trabajan en ese lugar consideran que hay que pasar por alto los  detalles, ¿qué se puede esperar de su trabajo? ¿Cómo iba a confiarle mi auto a un mecánico cuya filosofía se puede resumir en la máxima “no te preocupes por nada”?

El letrero completo decía: “Dos reglas para vivir: 1) No te preocupes por pequeñeces, y 2) Todas las cosas son pequeñeces”.

El mensaje del letrero, quizá en tono chusco, muestra la  actitud de muchas personas hacia las cosas que “no tienen importancia”, como los robos menores en supermercados o el darse cuenta que se está cobrando de menos en un restaurante, argumentando que las tiendas  ganan mucho dinero y no les afecta un lapicero o un refresco que no se pague.

Basta con observar la sección de comida preparada de un supermercado par ver cómo una o dos personas comen de aquí y de allá. Evidentemente hay quienes piensan que un trozo de melón o una rebanada de panqué son algo tan insignificante que comernos unos cuantos en realidad no es robar.

En una ocasión vi discutir a una compradora con un empleado de una tienda de autoservicio. Mientras la señora seleccionaba cuidadosamente las uvas, el niño se las comía. El dependiente le dijo amablemente al niño que las uvas eran para venderse, no para que las probara. La madre enseguida salió en defensa de su hijo. ¡Por el amor de Dios! –exclamó indignada- no tiene la menor importancia. El mensaje para el niño fue que no hay nada malo en robar “pequeñeces”, es decir, ni siquiera puede decirse que eso constituya un robo.

Hace poco, en una clase que imparto se dio la situación que un equipo presentó un trabajo que un compañero les había compartido. Al cuestionárseles sobre la situación, el alumno que recibió el trabajo no alcanzaba a comprender el por qué se le reprendía, dado que él sólo pidió un favor y fue su compañero quien cometió el error al no haberlo modificado. Más grave aún, la otra persona del equipo que ni siquiera se enteró del fraude, dado que a él sólo se lo pasaron para que expusiera su parte.

¿Falta de conciencia del alumno o errores en su educación? Yo considero que ambos. Vivimos en una cultura de la inmediatez que nos lleva a querer tener lo que deseamos sin importar lo que tengamos que hacer. Quiero algo y lo quiero ahora es lo que hemos enseñado a las nuevas generaciones, y si para ello tengo que mentir, robar o traicionar es válido, siempre y cuando no sea en gran escala, o mejor dicho, sean pequeñeces.

En una ocasión, una vendedora de un supermercado estaba atendiendo a una clienta que le había solicitado medio kilo de jamón; al colocarlo en la bolsa, éste cayó al piso. La vendedora lo recogió y se lo entregó a la clienta diciendo que no había pasado nada y que había caído sobre el plástico, lo que evidentemente era mentira.

¿Hasta dónde podemos llegar por ocultar alguna negligencia u obtener lo que queremos?

Las pequeñeces van creciendo hasta convertirse en verdaderos actos de deshonestidad, como sustraer datos de clientes para utilizarlos en beneficio propio o incluso venderlos. Por ello, la protección de datos ha cobrado tanta importancia, para evitar actos de corrupción y proteger la confidencialidad de los datos.

Sin duda, “No te preocupes por pequeñeces” puede ser un buen consejo si por ello entendemos que no hay que preocuparse excesivamente por las cosas, no ahogarse en un vaso de agua o evitar reacciones desproporcionadas ante ciertas circunstancias, pero si esta máxima se pone en práctica irreflexivamente, deja de ser una pauta para vivir de manera racional y se convierte en una justificación para vivir sin principios. Cuando esto sucede, lo más probable es que nos parezca una pequeñez tirar la envoltura de una golosina, llevarnos las toallas de un hotel o los sobres de endulzante de las cafeterías. Trivializar lo que codiciamos nos da una excusa para robar impunemente.

Como señaló Benjamín Franklin: “Una pequeña falta puede engendrar un gran mal”. Una mentira, omisión o falta de probidad podría costar un matrimonio, una amistad o la profesión si se basan en la creencia de que no tiene importancia.

Existen productos, por ejemplo el pan de caja, galletas, etc. que especifican en sus empaques que la máquina en la que se fabricaron puede contener restos de nuez u otro ingrediente que puede causar alergia en algunas personas. ¿Cuántas personas podrían enfermar gravemente si omitieran esta pequeñez?

La primera y más importante enmienda del Código de Ética de la Mercadotecnia es “no hacer daño a sabiendas”. Y esto incluye los pequeños detalles, la falsa información, la exagerada exaltación de los beneficios de un producto, hasta la publicidad engañosa.

Actuar de manera honesta  tiene su origen en cómo entendemos que las cosas que no tienen importancia demuestran que sí la tienen y que ahí, precisamente reside la integridad de las personas.

*La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Este texto se encuentra en Círculo de Escritores. Sus comentarios son bienvenidos

 

Columnas Anteriores

[display-posts category=»espacio-ibero» posts_per_page=»-15″ include_date=»true» order=»ASC» orderby=»date»]

Comparte
Autor Lado B
Lado B
Información, noticias, investigación y profundidad, acá no somos columnistas, somos periodistas. Contamos la otra parte de la historia. Contáctanos : info@ladobe.com.mx