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¿De qué se enferman las organizaciones?
El objetivo de este artículo es dar continuidad a las ideas centrales que se han desarrollado para explicar por qué las organizaciones, y específicamente las micro, pequeñas y medianas empresas, no alcanzan a sobrevivir en el actual entorno socio económico, en donde existe un poder que ejercen los bloques económicos dominantes de una parte; y auspiciado y solapado por las instituciones y autoridades responsables del desarrollo local y regional.
Por Lado B @ladobemx
28 de junio, 2013
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Jorge Luis Flores Romero*

El objetivo de este artículo es dar continuidad a las ideas centrales que se han desarrollado para explicar  por qué las organizaciones, y específicamente las micro, pequeñas y medianas empresas,  no alcanzan a sobrevivir en el actual entorno socio económico, en donde existe un poder que ejercen los bloques económicos dominantes de una parte;  y auspiciado y solapado por las instituciones y autoridades responsables del desarrollo local y regional.

Es verdad que bajo la denominada economía neoliberal, se ha propiciado una competencia desleal. La concentración de la riqueza por parte de los grandes consorcios oligopólicos y el consecuente poder que ejercen, han provocado una pobreza extendida tanto geográfica como demográficamente. Pobreza alimentaria y de calidad de vida. Mientras los grandes consorcios concentran la el 80% de la riqueza de México, y de acuerdo a cifras oficiales, son más de 52 millones de personas, principalmente jóvenes y niños, los que tienen que sobrevivir en condición de pobreza. , de los cuales, 13 millones de connacionales viven en pobreza extrema.

Las causas: desempleo, desinversión, desigualdad de acceso a las oportunidades de educación, y principalmente, pérdida intermitente del poder adquisitivo debido no sólo a la inflación, sino a la falta de empleos dignos. ¿La razón? Día a día mueren un gran número de empresas que se ven obligadas a cerrar sus puertas, finiquitar operaciones y cancelar su actividad económica, pues son incompetentes para sobrevivir y contrarrestar los embates de una competencia desleal y avasalladora, enarbolada por las trasnacionales y las multinacionales que dominan el entorno económico y los mercados.

En escrito anterior, quedaron delineadas la funcionalidad de la organización, y la metáfora del cuerpo humano para explicar que al igual que cualquier persona, las organizaciones pueden padecer enfermedad y disfuncionalidad. Padecimientos que se acrecientan y se vuelven endémicos y crónicos si los ejecutivos y directores empresariales, o los propios dueños de empresas no actúan de manera oportuna y con efectividad, es decir, tomando decisiones y actuando estratégicamente para contrarrestar los diversos males que se reflejan siempre en un bajo rendimiento o productividad,  y consecuentemente: exigua rentabilidad.

Enfermedades como la esclerosis, la ceguera, inanición, anemia, problemas auditivos, y otros padecimientos que se hacen manifiestos cuando la empresa no escucha, no ve, no hace caso a lo que pasa en su entorno. Baja productividad porque el espíritu del cuerpo social está menguado por los bajos salarios, la ausencia de elementos motivadores y por la decepción o el desengaño de quienes colaboran en esas organizaciones enfermas.  Tarde o temprano, cerrarán sus puertas, pues están enfermas y destinadas a morir, llevando a sus integrantes a condiciones de desempleo, y por tanto, candidatos ideales para sumarse a la pobreza extrema.

De esta preocupación surge la tesis central de este trabajo: La organización es un ser vivo, una entidad social.  Un cuerpo que siente y que funciona, que trabaja, pero que también se enferma. Sus enfermedades pueden ser del cuerpo, o de la mente. De simples a graves, pasajeras, crónicas o mortales.

Efectivamente, las facultades cognitivas de la entidad llamada organización, sea empresa o dependencia gubernamental, hospital o fábrica, comercializadora o productora de bienes; y por supuesto, de cualquier giro o actividad económica, también se degradan. Como todo ser vivo, cada empresa, institución u organización, adolece de alguna o varias de las enfermedades que las describen como disfuncionales, es decir, un cuerpo que apenas responde. De signos vitales deprimidos. Gastando energía para mantenerse en pie, mientras la mente de la entidad social sufre su propia degradación y enferma.

El proceso degenerativo de salud mental y emocional de las entidades se hace presente cuando se pierde el sentido de la objetividad. No se ven los problemas estructurales, se buscan culpables. No se estudian las soluciones, se buscan errores. No se desarrollan competencias y competitividad: Se degrada al sujeto.

La organización se vuelve entonces la arena en donde los actores organizacionales se transforman en gladiadores que destruyen lo que otros han creado, se piensa que el enemigo es interno: El de la oficina de enfrente, el de ventas, el de compras, el de producción. El cuerpo de trabajadores es el más débil y vulnerable, se les despide o condiciona, se les obliga a trabajar con bajos salarios o sin éste, que pobres sobran para suplirlos. Las malas prácticas se vuelven entonces recurrentes y la calidad del bien o servicio también se afecta.

Los líderes se vuelven hostiles al ver los resultados financieros. Algunos son despiadados y así actúan, en contra de la Ley, en contra del bien común. La propia supervivencia y la del jefe, se convierten en el fin y se justifican los medios para lograrlas. La organización se enferma entonces de la mente, se vuelve perversa, soberbia y de deliberada maldad. Se auspician las conspiraciones y coaliciones. Los juegos políticos son para excluir, aniquilar y someter, no para crear e innovar.

La consecuencia: Organizaciones que quizás no hoy, pero mañana sí, tendrán que desaparecer. Las enfermedades de la mente y del alma son tan mortales como las del cuerpo.

Es aquí de donde surge la tesis y propuesta que hoy se vierte en este escrito: Propugnemos por una educación humanista. Se deben formar actores organizacionales con  sentido de justicia social, de equidad, igualdad y ética. Eduquemos bajo la premisa de acción social para el ser y para la sociedad.  Formemos ciudadanos íntegros, comprometidos y honestos. Ojalá veamos los resultados en breve. Por México y su gente.

*El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla. Este texto se encuentra en Círculo de Escritores y forma parte de «Las Enfermedades organizacionales. Segunda Parte. Sus comentarios son bienvenidos jorgeluis.flores@iberopuebla.mx

 

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