Lado B
Nuestra unidad perdida
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
10 de noviembre, 2021
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“La comunidad no es un simple agregado de individuos coexistentes dentro de unas mismas fronteras, pues eso sería olvidar su constitutivo formal, que es la significación común (…) Esta significación común es constitutiva en un doble sentido. En el plano individual es constitutiva del individuo en cuanto miembro de la comunidad; en el plano colectivo, constituye a la comunidad en cuanto tal”.

Lonergan, 1988; p. 342

En este espacio dedicado a pensar en una educación personalizante que forme ciudadanos competentes, conscientes, compasivos y comprometidos para la construcción de otro mundo posible en el que todos sean incluidos en la humanidad, conviene recordar hoy, en el centenario del natalicio de Paulo Freire, su muy repetida pero desafortunadamente poco vivida cita de que nadie educa a nadie, que los seres humanos se educan en comunión, en comunidad.

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Conviene recordarlo en estos tiempos en los que México y el mundo se desgarran por un sistema que ha absolutizado los deseos individuales y las necesidades creadas de consumo y competencia que nos tiene hoy como especie al borde de la autodestrucción, por el cambio climático provocado —aunque haya aún quienes lo sigan negando— por la intervención humana que ha roto los equilibrios naturales y también por la llamada cultura del descarte, en la que hemos llegado a concebir que existen seres humanos desechables por no ser funcionales para este sistema.

Es cada vez mas importante recordar que la educación es comunitaria o no es, en este país en el que nos estamos agrediendo unos a otros, descalificando unos a otros, negando unos a otros, movidos por el gran descalificador nacional que señala con su dedo flamígero todas las mañanas a quiénes hay que linchar, por sus seguidores fanáticos que se unen de inmediato al linchamiento indicado por su líder y también por los opositores igualmente fanáticos y extremos que entran diariamente a este juego perverso en el que nadie gana y México se va perdiendo a sí mismo.

Resulta cada vez más urgente retomar la idea de que la educación se realiza en, con y para la comunidad escolar, local, nacional y global, ahora que los medios y las redes sociales —instrumentos de este sistema que descarta a los que no generan utilidades a las grandes empresas o a las ideologías dominantes— siguen promoviendo la idea de que la vida consiste en ir satisfaciendo los deseos y las pasiones individuales, sin importar cómo se logre esta satisfacción, ni a costa de quiénes y de cuántos haya que alcanzarla.

En efecto, nadie educa a nadie, nos educamos en comunidad, pero el problema es cuando no existe la comunidad. El problema inicia cuando la familia, que debiera ser la comunidad básica de aprendizaje, es más bien una serie de individuos que cohabitan bajo un mismo techo ignorándose unos a otros, en el mejor de los casos, o violentándose unos a otros, en muchísimos otros.

El problema se refuerza cuando en la escuela no hay una comunidad educativa sino una congregación de individuos que compiten entre sí —docentes contra docentes, directores contra docentes, docentes contra directores, estudiantes contra profesores, estudiantes contra estudiantes, profesores contra estudiantes, padres de familia contra profesores y escuela, escuela contra padres de familia— porque cada quien busca sus intereses individuales y nadie piensa, ni se preocupa, ni se ocupa, ni mucho menos se pone en los zapatos del otro o se compromete con el otro en proyectos de crecimiento común.

Porque la comunidad, esa en la que se educan los seres humanos, no es algo naturalmente dado sino algo que se construye cotidianamente y está siempre en un frágil equilibrio y en una exposición continua al conflicto. Porque como dice Lonergan en el epígrafe de hoy, la comunidad no es meramente un conglomerado de individuos que comparten un espacio sino una significación en común.

Este es el reto de toda familia, escuela o sociedad: construir paulatinamente una significación en común que identifique a todos y que mueva a todos a trabajar juntos por la consecución de objetivos comunes, por la construcción del bien común, del bien de todos y todas.

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La comunidad, ese conjunto de personas que comparten una significación en común, tiene, como dice el filósofo canadiense, una función constitutiva doble: por una parte, es constitutiva del individuo, del sujeto que se va formando en y a partir de, esa significación en común y por otro lado, es constitutiva de la comunidad como un todo que posee una identidad y una cohesión propias.

La constitución que produce esa significación común produce una transformación que va, desde la noción de bien como satisfacción del objeto de deseo individual, propia de las sociedades primitivas, según el mismo Lonergan, a la comunidad civil en la que se construye un componente nuevo que es el bien de orden.

Este bien de orden es el conjunto de ciclos de esquemas de recurrencia de operaciones que garantizan que los bienes particulares que requiere cada persona para satisfacer sus necesidades humanas de todo tipo —materiales, sociales, culturales, estéticas, espirituales, emocionales, etc.— fluyan de manera sistemática para todos los miembros de esa comunidad.

Un sistema educativo es un bien de orden, puesto que debe constituir leyes, presupuestos, reglamentos, políticas, instituciones que operen armónicamente de manera que logran que el bien particular de la formación integral, llegue de forma continua y sistemática a todos los niños y adolescentes de un país.

Una escuela, si se constituye como auténtica comunidad, es también un bien de orden, porque establece mecanismos, reglas de operación, rituales escolares, horarios, prácticas coordinadas, planeación y evaluación continuas, formación de sus docentes y directivos, etc. para lograr que sus educandos reciban una buena formación y tengan al egresar las capacidades básicas necesarias para poder insertarse de manera constructiva, creativa y crítica en la sociedad.

Pero la condición básica es la que señalé al inicio del párrafo anterior: que la escuela se constituya progresivamente en una comunidad educativa auténtica en la que haya una significación compartida por los padres de familia, los directivos, los docentes, los estudiantes y los empleados administrativos, de manera que se logre generar una sinergia hacia la consecución de los objetivos formativos compartidos.

A partir de esta condición de ser comunidad, la escuela puede ir construyendo un bien de orden en el que cada sujeto haga su parte y trabaje cooperativamente para alcanzar estos objetivos educativos compartidos por todos.

En un mundo dividido por fronteras físicas, económicas, sociales, culturales y religiosas que generan división y violencia, urge más que nunca recuperar la meta de construir a la humanidad como una comunidad de destino, según señala Edgar Morin en su obra. Esto implica luchar todos los días, desde la propia trinchera por construir esos significados comunes que puedan generar unidad en la diversidad, comunicación en la pluralidad, empatía en la diferencia, solidaridad en la condición humana compartida y fraternidad en el amor mutuo que nace del sabernos parte de una misma especie consciente, libre, responsable y desafiada a autoconstruirse.

Para lograrlo es imprescindible una educación que se realice en comunidad y para la construcción de comunidad, una educación en la que, como dice Octavio Paz en su monumental Piedra de sol: “por un instante inmenso y vislumbramos (vislumbremos) nuestra unidad perdida, el desamparo que es ser hombres, la gloria que es ser hombres y compartir el pan, el sol, la muerte, el olvidado asombro de estar vivos”.

*Foto de portada: Yan Krukov | Pexels

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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