Lado B
Au-revoir mis conductos deferentes, capítulo uno*
Por Alonso Pérez Fragua @fraguando
18 de noviembre, 2021
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#DíaMundialdelaVasectomía #WorldVasectomyDay

Crónica dividida en dos partes (acá la segunda parte) publicada en el marco del Día Mundial de la Vasectomía, proyecto creado en 2012 por los estadounidenses John Stack, cineasta, y Douglas Stein, urólogo, y el cual crea conciencia sobre la toma de responsabilidad masculina en la planeación familiar. Esta es la primera entrega.

***

No recuerdo con exactitud cuándo tomé la decisión de perder un centímetro de mis conductos deferentes. Porque, vamos a decirlo con claridad y desde ahora: lo único que se pierde al practicarse una vasectomía es un pedazo de ese canal que conecta al epidídimo con la uretra y que transporta del primero a la segunda a todos los espermatozoides maduros y ansiosos de mezclarse con otras sustancias para conformar el semen y salir a explorar el mundo.

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Fuera de eso, todo igual. Y cuando digo todo, me refiero a todo.

Bueno, no. Las erecciones siguen ahí, ni mejores ni peores. La virilidad, eso que sigo sin entender qué es o cómo se obtiene, también permanece intacta. Hay, eso sí, dos diferencias que se producen tras una vasectomía. La primera y más evidente tiene que ver con la eyaculación. Color, consistencia y cantidad de semen expulsado: iguales. Lo que cambia, a menos que la vasectomía esté mal hecha, es que ahora el semen estará libre de espermatozoides, esas células que fecundarán al óvulo, según nos explicaron nuestros libros de biología de la secundaria o papá y/o mamá durante aquella plática incómoda.

La segunda diferencia es que la vida sexual se vive de manera distinta. Fisiológicamente nada ha cambiado. No obstante, sin la preocupación de quedar embarazades y sin un condón de por medio, toda la concentración se vuelca en el acto.

Decía entonces que no tengo registro en mi memoria del momento exacto en que decidí hacerme la vasectomía. Lo que sí recuerdo es que una tarde de otoño del año pasado, mientras paseaba a mi perra Yoda por el jardín de nuestro edificio, navegaba desde mi celular por distintas páginas web y blogs en busca de alternativas al condón. Esa cubierta de látex que generó ventas estimadas por 7 mil 500 millones de dólares en 2020 y que cubre cientos de millones de penes cada año (y uno que otro plátano y vibrador) me parece una excelente protección contra enfermedades de transmisión sexual, lo mismo que una barrera con más del 98 por ciento de eficacia cuando se busca evitar la descendencia.

Sin embargo, yo era de aquellos a quienes, en medio del acto sexual, le sobrevenía la culpa por generar un desecho no biodegradable ni reciclable, además de que muchas veces, sobre todo con poca iluminación, la apertura del empaque de este artefacto con varios siglos de historia acababa por disminuir o incluso matar la pasión del momento.

Antes de esta búsqueda de otoño había leído algunos artículos sobre la píldora anticonceptiva masculina. Lo que descubrí esa tarde fue que en Francia, país donde resido desde octubre de 2019, solo un par de médicos la prescribían pues los ensayos clínicos continúan. Lo más problemático no era, sin embargo, el acceder al medicamento sino más bien sus posibles efectos secundarios: dolor de cabeza, cansancio, aumento de peso, cambios de ánimo y acné, además de que en algunos casos se puede llegar a la disminución de la libido e incluso a la disfunción eréctil. Leyendo un poco más descubrí que se trata de los mismos efectos secundarios provocados por la píldora femenina… salvo la disfunción eréctil, por supuesto.

Y a pesar de décadas de saber todo esto, ahí sigue, tan campante en el mercado y promovida como la gran solución, la heroína de la liberación femenina de los sesentas. Mientras, la versión masculina sigue provocando dudas y más y más pruebas, no tanto para aumentar su efectividad sino para eliminar las mencionadas molestias e inconvenientes. Y le dicen el sexo débil…

Recuerdo también que la palabra vasectomía apareció en mi vocabulario allá por la década de los noventas. Recuerdo la campaña de la “vasectomía sin bisturí”, rápida y segura, organizada por las autoridades de salud del gobierno mexicano. Si eran anuncios de radio o televisión, espectaculares o volantes, poco le importa a mi memoria. Lo que me marcó fue aquello de “sin bisturí” que para mi mente de niño criado en los ochentas solo significaba una cosa: con rayo láser, la cima de la tecnología. Si servía para escuchar con alta fidelidad la música de un CD, también debía servir para cortar nuestros conductos deferentes de manera más eficaz, pensaba.

Ya luego en la secundaria, durante los cursos de educación sexual dedicados a los métodos anticonceptivos, aprendí con más detalle de qué se trataba el procedimiento. Y fue entonces que en verdad quedó registrado con eficacia el término y las características generales de una vasectomía.

Por eso, cuando descarté todas las demás opciones para decirle adiós al condón, la vasectomía se impuso sin leer mucho sobre cómo se practicaba en Francia o sobre los distintos lugares especializados en el procedimiento en Montpellier, ciudad donde vivo desde el verano de 2020.

Lo que hice entonces fue tomar cita con la Doctora K., mi médico de cabecera. Como impone la CPAM, la institución pública de salud francesa, para que esta cubra el 70 por ciento de cualquier análisis, examen o consulta con especialistas, primero hay que ir con el médico general que se ha declarado como el profesional de referencia del paciente y quien será el encargado o encargada de “filtrar” a la gente en su camino a las distintas especialidades médicas. Podría haber llegado al urólogo sin la orden de la Doctora K., pero en ese caso la CPAM me habría reembolsado un porcentaje menor**.

El 1º de diciembre de 2020 llegué al consultorio de la Doctora K., el cual se ubica a 10 minutos en bicicleta de mi casa. Nacida en Marruecos y con varios años ejerciendo la profesión en Montpellier, la Doctora K. consulta igualmente a mi hija y a mi esposa desde nuestra llegada a la ciudad.

– ¿Qué lo trae esta vez por acá, Monsieur Pérez?

– Quiero hacerme la vasectomía.

– ¿Ah sí? ¿Y por qué?

– Pues… porque ya tengo una hija de cuatro años, y mi esposa y yo hemos decidido que es suficiente. No me gusta usar condón y los métodos alternativos que encuentro no me convencen. Mi esposa se colocó el DIU a principios de marzo del año pasado y lo expulsó una mañana en pleno confinamiento, así nada más: su cuerpo lo rechazó. Nada agradable como experiencia, como podrá imaginar. Y el que regrese a la píldora está fuera de discusión: desde hace 10 años he visto cómo le va con las hormonas, ya sea como método anticonceptivo o como tratamiento para alguna otra cosa. No, suficiente también.

– Ok. Ya veo.

Tomó una hoja de papel y una pluma, redactó una carta para el urólogo, la metió en un sobre y me lo entregó.

– ¿Qué urólogo me recomienda?

– No conozco ninguno o al menos no lo recuerdo ahora, pero cualquiera servirá.

– Ok. Buscaré en internet.

***

Vasectomía, papeles

Burocracia y papeleo: a la izquierda, la carpeta con todos las recetas, formatos, cartas del hospital y demás documentos acumulados de diciembre de 2020 a octubre de 2021 que recibí los resultados del conteo de esperma. A la derecha, mi expediente médico generado desde mi llegada a Francia en 2019 y que incluye papeles relativos a visitas médicas regulares, así como radiografías y otros exámenes como parte del trámite de residencia. Foto: Alonso Fragua

Un día antes de la vasectomía, a Marjorie, mi esposa, se le ocurrió decirle “adiós a mis testículos” (sic) con un festín de pizza de salchicha y albóndigas. Mientras concretaba la broma llenando el formulario electrónico para levantar el pedido, yo me encontraba a dos metros de ella, sentado sobre una toalla con la que buscaba evitar que mis vellos púbicos y la crema para depilar acabaran sobre la gamuza color mostaza del sillón. A mi lado, en su pupitre, mi hija Malinali hacía un dibujo a su amiga por su cumpleaños, sin prestar mayor atención a su padre semidesnudo, con las piernas abiertas y despidiendo un olor a almendra rancia.

Siete minutos después, y luego de imaginar la posibilidad de que una escena similar apareciera en una película de Seth Rogen y Judd Apatow, me levantaba para ir la regadera y retirar con cuidado crema y vellos y dejar el área lista para los cortes del bisturí.

La pizza llegó y, junto con ella, dos elementos para redondear la broma: bolas rellenas de queso como entrada y bolas rellenas de chocolate como postre.

Al día siguiente, 4 de junio de 2021, ingresaría a las 7 de la mañana por cerca de siete horas al Hospital Universitario de Montpellier para decirle adiós a un centímetro de conductos deferentes –medio de cada lado – y eso luego de varios meses de espera, análisis clínicos y mi primer examen PCR, por aquello de la pandemia.

El proceso para llegar a este día había sido mucho más largo de lo deseado, responsabilidad de la vieja amiga Burocracia, pero sobre todo de una larga y compleja historia del país con este procedimiento. Sabía del papeleo, porque aquí todo es papeleo. Sabía que entre la cita con el urólogo había un periodo de “reflexión” de cuatro meses para confirmar la decisión.

Lo que no sabía es que en Francia la vasectomía estuvo prohibida hasta 1999 y que fue apenas con la Ley del 4 de julio de 2001 “relativa a la interrupción voluntaria del aborto y a la anticoncepción” que se regularizó y desarrolló un protocolo. Fue en el único artículo dedicado al asunto que se establecieron los cuatro meses de reflexión entre la primera consulta con el urólogo y el momento en que se fija realmente la fecha de la operación.

Si hacemos cuentas entonces, la cosa de este lado del mundo es más o menos así. Uno decide hacerse la vasectomía luego de varios meses o a veces años de reflexión individual. Toma uno cita con su médico de cabecera, lo cual, dependiendo de la ciudad, puede suceder en unos días o en un par de semanas. El médico de cabecera redacta la carta para que el urólogo tome el caso. El paciente busca cita con un urólogo, lo que en ciudades grandes como París puede significar una espera adicional de un mes o más. La cita con el urólogo llega, realiza una entrevista para valorar el caso y, si acepta –pues tiene el derecho de rechazar al paciente– le entrega las ocho páginas de la Ficha de información de la Asociación francesa de urología y le pide regresar cuatro meses después, ya superultraconvencido y con el formato firmado***.

Si después de todo este tiempo y citas y gente preguntando pero por qué su esposa no toma la píldora o se pone el DIU, uno sigue necio con que se quiere mutilar un centímetro de conductos deferentes, hay que regresar con el urólogo, quien buscará una fecha disponible en el bloque de cirugía ambulatoria de su hospital o del hospital más cercano; buscará igualmente fecha para que el anestesiólogo consulte al paciente pues se tratará, en una gran cantidad de casos, no de anestesia local sencilla, sino de sedación general. A continuación el médico entregará una orden para hacer los exámenes de sangre correspondientes. Si uno necesita paciencia, esa hay que buscarla en la ventanilla 3, pero solo el lunes de 10:55 a 11:00 de la mañana, previa cita.

Y si faltara algo más, en tiempos pandémicos no habrá que olvidar el examen de antígenos realizado no más de 72 horas antes que demuestre que se entra al quirófano libre de COVID-19 o del COVID o de la COVID o de como chingados decida la RAE que es la manera correcta de referirse al pinche bicho este que complica aún más una operación que, uno se dará cuenta después, es muchísimo más fácil de hacer en México, tan fácil que hasta Carlos, un tipo al que uno no conoce pero que encontró en una búsqueda en YouTube, platica tranquilamente mientras maneja su auto de regreso a su casa tras 30 minutos, ¡30 míseros minutos! de una vasectomía que le realizó un médico, con anestesia local, sin mayores complicaciones burocráticas, humanas, médicas o logísticas.

Y acá uno creyendo que la burocracia del IMSS es el infierno en la tierra y que en el “primer mundo” todo funciona a la perfección.

Y a pesar de todo esto y de la recuperación de la que ya platicaré en la segunda parte de esta crónica, a cinco meses de mi vasectomía solo me arrepiento de pensar que escoger un urólogo en Francia para esta operación requería la misma investigación y tiempo que ordenar la cena en la página de Uber Eats.

Por lo demás, el decirle adiós a hormonas, dispositivos intra-uterinos, condones, y a un centímetro de mis conductos deferentes es la mejor decisión que haya tomado en cuestión de planificación familiar.

***

*Crónica en dos capítulos que forman parte de un proyecto en desarrollo: si tú te has hecho la vasectomía o tienes planeado hacerlo, comparte tu experiencia con el autor a través del correo [email protected]

**El 30 por ciento restante es cubierto o reembolsado por lo que se conoce como “la mutuelle” o la parte complementaria. Si no se tienen ingresos suficientes para contratar una mutuelle privada, la CPAM o Caisse Primaire d’Assurance Maladie se encarga de este 30 por ciento a través de la CMU o Coverture Maladie Universelle. Cuando viví en Francia una primera vez de 2010 a 2011, mis inexistentes ingresos de estudiante me dieron derecho a ser beneficiario de la CMU.

***En caso de rechazar al paciente, el médico tiene la obligación legal de proporcionar el contacto de otro especialista que pueda tomar el caso. Sin embargo, de acuerdo a los testimonios leídos en dos grupos de FB sobre el tema, esto es solo en teoría. Y precisamente por esta razón, uno de los objetivos de este tipo de comunidades virtuales es el orientar sobre cuáles son los especialistas y/o centros médicos a los cuales acudir.

****Ilustración de portada: Conejo Muerto

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Autor Lado B
Alonso Pérez Fragua
Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando.
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