Lado B
Au-revoir mis conductos deferentes, capítulo dos*
Por Alonso Pérez Fragua @fraguando
26 de noviembre, 2021
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#DíaMundialdelaVasectomía #WorldVasectomyDay

Crónica dividida en dos partes  (acá la primera) publicada en el marco del Día Mundial de la Vasectomía, proyecto creado en 2012 por los estadounidenses John Stack, cineasta, y Douglas Stein, urólogo, y el cual crea conciencia sobre la toma de responsabilidad masculina en la planeación familiar. Esta es la segunda entrega.

***

El cielo amenazaba con lluvia y yo seguía sin retomar mi vida normal. Dos semanas después de mi vasectomía llegó el Día del Padre. Para festejar la ocasión, Marjorie, mi esposa, propuso ir al acuario y al cine en lugar de hacer un pícnic en la playa o en algún parque como acostumbramos en días soleados desde que comenzó la primavera y las restricciones sanitarias lo permiten. 

La opción de tomar la bicicleta se eliminó de inmediato. Ya podía caminar sin problemas e incluso me había atrevido a tomar el patín del diablo para desplazarme al trabajo e ir a dejar a Malinali a la escuela. Sin embargo, ya sea porque dos semanas no eran suficientes para que mi cuerpo se recuperase de una vasectomía como la que me practicaron —con sedación completa—; ya sea porque la forma de mover las piernas al usar el patín del diablo no era la más conveniente para mis testículos —particularmente el izquierdo—; o ya sea porque el urólogo hizo algo que no debía —además de quemarme parte del pene y del glande con Dios sabe qué— el hecho es que seguía teniendo ligeras molestias. (Para todas aquellas personas, sobre todo hombres, que reaccionaron ante la parte del pene y glande chamuscado, agradezco su preocupación y les adelanto que todo va bien: les recomiendo continuar la lectura para desentrañar ese misterio que ocupó mi mente y mis investigaciones por varias semanas).

No es que estuviera inmovilizado, como se puede leer, pero sin duda algo anormal sucedía aún en esa área que pocos días antes había recibido la visita de objetos punzocortantes extraños que acabaron con un centímetro de mis tubos musculares eyaculadores, mejor conocidos como conductos deferentes. Por momentos sentía como si me hubieran dado un balonazo en la ingle ocho horas antes y esa incomodidad que bordea el dolor siguiera instalada en mi gónada izquierda.

Mi amigo Ernesto se hizo la vasectomía hace unos años, luego del nacimiento de su segundo hijo. Cuando le describí la sensación que tenía usando el ejemplo del balonazo, estuvo completamente de acuerdo. Ferviente promotor de la vasectomía desde entonces, para él todo está claro: unos momentos de incomodidad, incluso de dolor ligero cuando le intervinieron el segundo testículo, bien valen la pena para toda una vida de tranquilidad y una sexualidad plena, además del conocimiento que ni su cuerpo ni el de su esposa Aranza se tendrán que llenar de hormonas para evitar un embarazo no deseado.

Cabe aclarar que Ernesto, a diferencia mía, se hizo la vasectomía en México, en la ciudad de Puebla, en una clínica familiar del IMSS. Fue al recibir la anestesia local en el segundo testículo que sintió aquel dolor ligero. Fuera de eso, su recuperación no tuvo incidentes.

Pero de regreso a Francia y al Día del Padre. El plan era entonces peces, palomitas y sonido THX. Marjorie y yo teníamos más de un año sin entrar a una sala de cine (la última vez fue el 14 de febrero de 2020, un mes antes del primer confinamiento), así que la idea me pareció interesante, incluso si era para ver una película infantil. Porque claro, en teoría hablamos de una jornada dedicada a los papaces, pero en la práctica hay que pensar también en nutrir de experiencias estimulantes a los infantes. Lo que no imaginé, oh iluso de mí, es que los deseos y necesidades de Malinali se acabarían imponiendo por completo. Así, cuando vimos que la cola para el acuario le daba la vuelta al lugar, le ofrecimos varias alternativas. Escogió ir al muro de escalada. Sin verificar los precios, pedimos los arneses y las zapatillas especiales. Al pagar sentí de nuevo un balonazo, esta vez en la cartera y equivalente a varias decenas de euros. El dolor se intensificó cinco minutos después cuando me di cuenta de mi tremenda estupidez.

Es probable que ustedes se pongan arnés un día sí y otro también, pero yo no recuerdo cuándo fue la última vez que eso me sucedió. Si la memoria me hubiera funcionado bien en ese momento, le habría ahorrado al presupuesto familiar una cantidad considerable: el colocarse una prenda cuyo mayor punto de apoyo es la ingle no era lo más conveniente en mi condición. Y no es tanto el meter las piernas en el mentado armazón sino el darle uso. Para que cumpla su propósito y evite el que la gravedad te rompa un par de huesos, justo a la altura de la ingle hay que atar la cuerda de seguridad. Eso significa que, si te dejas caer o no puedes continuar tu ascenso, no sentirás el piso quebrándote la espalda, pero en definitiva tu abdomen y genitales comprenderán bien de qué va la Segunda ley de Newton: incluso con la respectiva disminución de intensidad que proporciona el sistema hidráulico correspondiente, de que hay jalón, hay jalón.

Luego de verificar una primera vez que todavía no era prudente el hacer experimentos de física, el resto del tiempo lo dediqué a ayudar a Malinali, a tomarle fotos para compartir con la familia y a reprocharme mi estupidez un par de veces más.

Al salir, golpeado aún en la economía familiar, propuse cancelar el cine y regresar a casa para terminar una serie que veíamos en familia desde hace un par de meses. Como la idea de concluir la jornada no fue del agrado de la pequeña dictadora, la contrapropuesta fue comer algo barato. Y qué más barato, en todo sentido, que unas hamburguesas de franquicia gringa.

Aunque puse muchos de mis valores de lado con senda propuesta, me curé en salud con un menú vegetariano y un jugo en lugar de refresco. Al notar mi selección, Malinali volteó a verme y preguntó: “¿No tomas Coca-Cola porque todavía te duele el pene papá?”

No entendí su lógica, me molestaba el testículo y los aros de cebolla estaban fríos. Sin embargo, que mi hija usara de forma tan natural la palabra pene era el mejor regalo en ese día.

***

Desfasada de una gran cantidad de países, las tradiciones natalistas continuaron arraigadas en Francia durante el siglo XX lo mismo que el estatus ilegal de la esterilización voluntaria”, escribe Élodie Serna en su libro Operación vasectomía. Historia íntima y política de la anticoncepción masculina. Esta frase, como la gran parte de la investigación de Serna, me ayudaron mucho a entender mejor mi experiencia.

Antes de esta lectura y, en general, antes de pisar el Hospital Universitario de Montpellier para consultar al urólogo el 7 de diciembre de 2020 y comenzar el largo proceso que describí en la primera parte de esta crónica, mi conocimiento sobre la vasectomía venía de mi experiencia en México. Y no me refiero a una investigación concreta o a testimonios o anécdotas que hubiera recopilado. De lo que hablo es que con los cursos sobre métodos anticonceptivos que tuve en la secundaria, así como ciertos artículos y materiales que cayeron entre mis manos a lo largo de los años, formé una opinión positiva sobre el procedimiento. Sabía también que se trata de un procedimiento rápido y sencillo, si bien no conocía con exactitud los tiempos y pasos para realizarse la operación en el sistema público o privado mexicano.

En cuanto al proceso en Francia, tampoco me informé sobre los detalles, salvo el periodo de reflexión de cuatro meses que aparecía en todas las búsquedas que realicé en línea. Consideré que, como cualquier tema relativo al sistema de salud pública, los protocolos y estándares serían más o menos los mismos en cualquier lugar o, incluso si no lo eran, yo no tendría mucho que decir o cambiar. Así, cuando la Doctora K no tuvo ninguna recomendación sobre el especialista a consultar, me conecté a Doctolib, la plataforma franco-alemana que gestiona las citas de una gran mayoría de médicos en Francia, y escogí al primer urólogo que estuviera cerca de mi casa y con disponibilidad en las semanas a venir. El Doctor N, además de cumplir estos criterios, tenía su consultorio dentro de un hospital: ¡Genial!, me dije, del consultorio al bloque de operaciones en un segundo. ¡Qué mas puedo pedir!

El primer contacto con el Doctor N no fue lo que yo esperaba. No me auscultó, sino que me hizo preguntas que me parecieron innecesarias, como si mi esposa tomaba la píldora o usaba algún otro método anticonceptivo. ¿Qué podía cambiar mi respuesta?, ¿no es suficiente mi deseo de dejarme cortar un centímetro de conductos deferentes?

Y quizá fue solo mi impresión, quizá son solo mis múltiples manías, pero percibí desde ese momento un juicio de su parte, una actitud general poco favorable a la idea de que un hombre con solo una hija y con una pareja aún fértil renunciara a su derecho de seguir reproduciéndose.

Y quizá fue ahí que mi cuerpo encendió las señales de alerta que yo nunca vi ni escuché. Y fue entonces que, en lugar de dos o tres semanas de recuperación como todo profesional o vasectomizado pregona, mi cuerpo dijo, no nene, a nosotros nos tomará más. No lo sé.

***

El día de la operación la alarma me despertó a las 5:20 de la madrugada. Me bañé una última vez, me puse ropa holgada y cómoda, y salí con mi mochila rumbo a la estación del tranvía que queda a 400 metros de la casa. Cinco minutos antes de entrar al hospital, leí un mensaje de Marjorie en mi celular: “¿Quieres que Malinali se quede conmigo para ir por ti?” “No, que vaya a la escuela y que haga su día normal”.

A las 7:03 fue mi turno: “Ya en el cuarto”.

Quince minutos después, Chantal, la enfermera, me tomaba la presión y me ponía el brazalete con mis datos para poder identificarme cuando estuviera drogado y evitar además que me cortaran el hígado en lugar de los conductos deferentes.

7:29: “Ya vinieron por mí. Apago el cel. Te amo”.

9:54: ¡Listo: ya (casi) estéril!

Todo normal, aparentemente. Cerca de la 1:00, ya con la anestesia fuera de mi sistema, Marjorie me recogía en la puerta del hospital y juntos caminábamos los 150 metros a la parada del tranvía: ella, erguida, como cualquier otro día; yo, como si recién me bajara del caballo.

Días después, anotaba esto en mi diario:

“8 de junio de 2021 – Llamé a un médico de emergencia para venir a consultarme. Desde el día de la operación noté algo inusual sobre parte del glande y del lado izquierdo del pene. Primero pensé que podía tratarse de restos de adhesivo de la cinta que, quizá, habían usado para sujetar el pene y evitar que se entrometiera en el camino del bisturí. Antes de irme a la cama esa primera noche, intenté retirar este pegamento con mucho cuidado, solo con agua. No pude, aunque seguí creyendo que se trataba de algún tipo de adhesivo.

“Al día siguiente, cuando vino la primera enfermera**, me dijo que creía más bien que era un moretón. ¿Pero por qué si para cortar los conductos deferentes el pene no tiene nada que ver? O dicho de otra manera, qué pitos toca el pene en esto. Quizá te metieron una sonda o una cámara para poder monitorear la operación, dijo, de otra forma no veo cómo pudieron lastimarte. A pesar del misterio, la pequeña hinchazón que percibí al despertar esa mañana se había ido con los analgésicos y la aplicación de hielo. Sobre todo, lo que me tranquilizó desde el primer momento es que nunca hubo dolor al orinar.

“Dos días más tarde, cuando vino un nuevo enfermero y le pregunté si veía todo esto normal, su respuesta fue: no sé qué sea pero te recomiendo llamar al doctor. Para ese momento, las molestias alrededor de los testículos habían cesado y lo único que me impedía correr y saltar por todo el departamento era esa molestia que encontraba cuando la tela de mis calzones tocaba el área cubierta de misterio. Una sustancia blanca brillante que se empezó a formar en el límite entre glande y pene tampoco ayudó a tranquilizarme.

“Como mi médico de cabecera no consulta a domicilio, hablé a S.O.S Médecins, servicio que proporciona apoyo médico en Francia las 24 horas y los 365 días del año. A las 7:30 de esta mañana tomé el teléfono y expliqué lo sucedido. Poco después del mediodía tenía algunas respuestas. Aunque el doctor no se explicó cómo pudo suceder, lo que parece ser un hecho es que se tratan de quemaduras. Y lo más importante, la secreción blanca es parte de la cicatrización. Limpieza dos veces por día con yodo y un ungüento analgésico, y en una semana todo estará bien, concluyó”.

Todavía sin resolver el enigma, el 5 de julio fui a ver al Doctor N. Mi propósito era entender cómo terminé con el pene y el glande quemados y por qué a un mes de mi salida del hospital seguía con molestias que me impedían retomar mi vida normal. Visiblemente sorprendido y hasta molesto por mi presencia, en lugar de elaborar hipótesis sobre las causas de lo que me pasó, se mostró a la defensiva, negándose por completo a la posibilidad de que algo hubiera pasado. Insistí en mi posición: no iba ahí para culparlo de nada, solo para obtener respuestas, para entender mejor lo que había ocurrido en el quirófano o lo que mi cuerpo había producido.

En primer lugar, mi visita en esa fecha iba en contra de los protocolos: lo habitual es que a tres meses de la vasectomía se realice un conteo de espermatozoides. Solo entonces y con resultados en mano, se consulta al urólogo para dar por concluido el proceso.

Aunque no conseguí la respuesta que buscaba, logré al menos que me extendiera una orden para que me hicieran una ecografía. Dos días más tarde, luego de que una enésima persona más en el último mes viera y manipulara mi pene y mis testículos, salía con la tranquilidad de una ecografía que no mostraba nada extraño.

El misterio se resolvería el 20 de julio al visitar al Doctor K, el primero de una lista de un par de urólogos de Montpellier que apareció en Doctolib al agregar la palabra “vasectomía”. Los primeros cinco minutos resumí mi caso y le compartí las dudas que me llevaron a su consultorio: ¿qué pudo causar la extraña quemadura y si era normal que a más de un mes siguiera con molestias en el testículo izquierdo?

Vasectomía-02.jpg

Mientras se ponía los guantes y yo me bajaba los pantalones, la plática comenzaba.

—Es común que mis pacientes regresen algunas semanas después y sigan con molestias; también es común que regresen arrepentidos.

—Yo no me arrepiento de la vasectomía, pero sí de mi selección de urólogo.

Diagnóstico: todo en orden.

—Cada cuerpo se recupera diferente. No hay motivo para que no retome su vida de antes”. 

¿Y la quemadura? Sin respuesta.

—Conozco al Doctor N. Es un profesional competente. No lo voy a defender, porque no estuve en la vasectomía pero el pene no juega en todo esto. No veo cómo se lo pudo quemar. ¿Seguro que era una quemadura? ¿le tomó foto?

—Foto no, pero su colega de S.O.S. Médecins lo confirmó.

Unos segundos de silencio.

—Hay una posibilidad… Es algo muy raro, pero ocurre en ocasiones: una descarga eléctrica causada por el electrocauterio.

Y, como si nada, saltaba a otro tema.

—Cuénteme más del electrocauterio, por favor.

—Insisto, es algo poco común. El electrocauterio se usa para cauterizar las incisiones, utilizando la electricidad de su cuerpo. Puede ser que una descarga haya viajado por debajo de su piel. Pero en ese caso la marca que le hubiera dejado sería como la de un rayo.

—Ahora que lo dice, claro, mi quemadura tenía la forma de un rayo. No era una línea recta sino irregular que iba de la base del pene hasta el glande y del grueso de mi dedo índice.

(En este punto, siéntanse libres de construir el mejor chiste posible haciendo paralelos entre la varita mágica de Voldemort y el electrocauterio del Doctor N, y la cicatriz en la frente con forma de rayo de Harry Potter con la mía).

***

El 5 de noviembre recibí los resultados del espermograma: 0.00 espermatozoides por cada uno de los 3.4 milímetros del líquido seminal de mi muestra. Traducción: ¡vasectomía exitosa! Es decir: ¡adiós al condón! Todo lo demás en orden y dentro de los rangos de la OMS.

Más allá de este dato clínico, de estos casi 12 meses he podido sacar un sin fin de reflexiones. Quizá la más importante es que mi cuerpo es un territorio político.

Si para muchas mujeres que luchan por el derecho a decidir sobre sus cuerpos esto es algo obvio que reafirman cada día, con cada manifestación para pronunciarse contra la promulgación de leyes que coartan sus derechos, me atrevo a decir que en el caso de una gran mayoría de hombres el cuerpo es y ya. Está ahí, conteniendo órganos, líquidos, una consciencia, quizá, pero no una ideología o un discurso político.

Y una última. La experiencia que tuve en Francia con este procedimiento contrasta visiblemente con la de algunos amigos en México con los que he platicado. La sencillez y la rapidez de su recorrido chocan con la burocracia y los protocolos galos que, en teoría, buscan proteger a los individuos, pero que en realidad bloquean, fastidian, frustran, inhiben.

No obstante, ya sea en un país con una tradición natalista o en uno con problemas de superpoblación, la base para una vasectomía satisfactoria, sin arrepentimientos y con una pronta recuperación, es darse el tiempo para encontrar la institución o el profesional de la salud ideal, con la experiencia suficiente y el trato humano que cada paciente necesita. Y la convicción de que no estamos “ayudando” a nuestras parejas o “tomando el control” de la planeación familiar, sino compartiendo la responsabilidad de vivir en pareja.

***

*Crónica en dos capítulos (acá el primero) que forman parte de un proyecto en desarrollo: si tú te has hecho la vasectomía o tienes planeado hacerlo, comparte tu experiencia con el autor a través del correo [email protected].

**Dentro de las recetas y documentos que me entregaron al salir del hospital, había una orden para que una enfermera, pagada por la seguridad social, fuera a mi casa todos los días a realizar los cuidados necesarios hasta que cicatrizaran las incisiones realizadas por la vasectomía.

***Ilustración de portada: Conejo Muerto

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Autor Lado B
Alonso Pérez Fragua
Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando.
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