Lado B
Educar para lo improbable
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
27 de octubre, 2021
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“No se sabe si la humanidad está abocada a la dispersión o si encontrará una comunicación organizadora; no se sabe si las aspiraciones cada vez más profundas y múltiples de una sociedad radicalmente nueva y distinta serán barridas y dispersadas…en uno y otro caso, lo peor es estadísticamente probable, pero en uno y otro caso, todo lo que ha sido creador y fundador ha sido siempre estadísticamente improbable”.

Edgar Morin. Método I. La naturaleza de la naturaleza, p. 113.

 

En el momento en el que escribo esta columna, la Secretaría de Salud del Gobierno Federal  reporta que hemos llegado a 285 mil 953 muertes por COVID-19. Y en algunas notas internacionales informan que en Europa parece iniciarse una nueva ola de contagios que ha puesto nuevamente a Alemania, Bélgica y una pequeña zona de España en semáforo rojo.

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A pesar de que en nuestro país todos los esfuerzos —más por urgencia de reactivación económica que por baja significativa real de contagios— se orientan hacia la reapertura de todas las actividades, los países europeos que han ido por delante de América Latina en las distintas etapas de esta pandemia —que va hacia los dos años y no parece tener final—, parecen estar a punto de un nuevo confinamiento.

Haciendo a un lado la pandemia —que es, sin duda, uno de los síntomas más importantes de la profunda crisis que vive la humanidad en nuestro tiempo, por su costo en vidas humanas y en efectos económicos y sociales—, existen muchos otros signos que muestran este deterioro y nos obligan a cuestionar nuestra probabilidad real de supervivencia como especie homo sapiens-demens en el planeta.

El cambio climático y la negativa de muchos gobiernos a disminuir su impacto ambiental, las interminables olas migratorias en muchos lugares del planeta, la crisis de las democracias y el resurgimiento de regímenes autoritarios de corte populista de izquierda y derecha, la persistente violencia de género que se sigue viviendo en múltiples países incluyendo el nuestro, los conflictos armados en varias regiones del mundo y los crímenes de cárteles de la delincuencia organizada que son ahora verdaderas empresas transnacionales, la corrupción endémica y muchos otros problemas que parecen incontrolables apuntan hacia una respuesta negativa que produce depresión en lo individual y desmoralización en lo colectivo.

Como señala Morin en la cita que sirve como epígrafe hoy a estas líneas, ignoramos si la humanidad está predestinada a la dispersión o si logrará encontrar mecanismos de comunicación organizadora que transformen el sistema de este mundo vigente y decadente, generando un meta-sistema que sea capaz de lidiar con los profundos desafíos interconectados que vive la tierra, o mejor dicho, que vivimos los humanos en este siglo XXI.

Así como lo apunta el pensador planetario, lo peor es lo estadísticamente probable y esta visión trágica de un final cercano e inevitable está permeando —mucho más de lo que somos capaces de darnos cuenta los adultos— en las generaciones jóvenes, sobre todo en las que tienen un mayor nivel educativo y que viven hoy con verdadera angustia la avalancha de información disponible en internet y en las redes sociales, acerca de todos los males que azotan a la humanidad.

Lo que no están recibiendo estas nuevas generaciones es la visión del tiempo a  larga duración; la visión que, a partir del análisis histórico, aporta Morin cuando dice “en uno y otro caso, todo lo que ha sido creador y fundador ha sido siempre estadísticamente improbable”.

Para sustentar esta visión esperanzada, aunque no optimista, el padre del pensamiento complejo presenta en su libro Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, lo que llama las contracorrientes que surgieron hacia el final del siglo XX y que se han venido fortaleciendo sin tanta visibilidad pero con tenacidad y dinamismo creativo —como en el principio del topo que plantea el mismo autor, en el que se constata que las fuerzas regeneradoras de lo humano se van moviendo muchas veces en el subsuelo y emergen en el momento menos esperado— y que pueden hacer que suceda la improbable salvación de la humanidad a partir de su realización.

Las contracorrientes que se plantean son: la contracorriente ecológica que va aumentando a medida que crecen las catástrofes naturales; la cualitativa que reacciona ante la invasión de quienes plantean que todo debe cuantificarse y medirse, y sostiene que la calidad debe se promovida, empezando por la calidad de vida; la de resistencia a la vida prosaica puramente utilitaria que promueve la búsqueda de la dimensión poética de la vida impulsando el amor, la admiración de lo bello, la fraternidad, la celebración de la vida; la de resistencia a la hegemonía del consumo estandarizado que pretende homogeneizar a los seres humanos y se expresa en la promoción de modos más austeros de vida; la contracorriente —que se considera aún “tímida”— de emancipación con respecto a “la tiranía omnipresente del dinero” que estimula la solidaridad en las relaciones entre los seres humanos; y, finalmente, la contracorriente —que también se considera “tímida”— de las visiones éticas que promueven la paz frente al creciente fenómeno de la violencia (p. 34)

Estas contracorrientes han ido permeando —también tímidamente, por el predominio de las exigencias de la globalización económica— gradualmente los discursos, los modelos educativos, los planes y programas de estudio y las preocupaciones de las y los educadores e investigadores educativos.

El campo de la educación ambiental y las asignaturas y proyectos co-curriculares que se ocupan del desarrollo de una conciencia de cuidado del medio ambiente han ido ganando terreno en la formación de las niñas, niños y adolescentes.

Los enfoques cualitativos han ganado legitimidad en el campo de la investigación educativa y se han hecho sentir al menos como reclamos en los planteamientos de evaluación del desempeño de docentes y educandos; la resistencia a la vida prosaica que pretende que las escuelas y universidades se vuelvan solamente entidades capacitadoras en conocimientos y habilidades técnicas para el trabajo ha ido creciendo también en el discurso, en las preocupaciones y en los modelos educativos al menos en el papel —aunque más tímidamente que las anteriores—, y la rebelión frente al consumo estandarizado y al imperio del dinero han llegado a los jóvenes más bien desde fuera de la escuela: a través de las redes sociales, las manifestaciones artísticas, los grupos de activistas antiglobalización y otros medios, influyendo en una nueva conciencia que debería incluirse y aprovecharse en la educación formal aún maniatada por las tendencias que Nussbaum llama de Educación para la renta 

Una vez bien tomada la decisión, la plena conciencia de la incertidumbre se vuelve la plena conciencia de una apuesta. Pascal había reconocido que su fe provenía de una apuesta. La noción de apuesta se debe generalizar para cualquier fe; la fe en un mundo mejor, la fe en la fraternidad o en la justicia, así como en toda decisión ética. 

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, p. 45.

La incertidumbre del mundo y la probabilidad estadísticamente aplastante de que predomine la dispersión que destruya a la especie humana, están pidiendo a las y los educadores y administradores de la educación una decisión impostergable. 

Para que esta decisión pueda tomarse, es condición necesaria que cada uno de los que nos dedicamos a esta profesión de la esperanza caigamos en la cuenta de esta situación de incertidumbre.

Una vez tomada la decisión, como dice Morin, la conciencia de la incertidumbre se volverá la conciencia de una apuesta. 

Como Pascal, los educadores tenemos que reconocer que nuestra fe en un mundo mejor, nuestra fe en la fraternidad y en la justicia en el mundo proviene de una apuesta por lo incierto, de una apuesta ligada a una decisión ética.

Si logramos esta conciencia y tomamos la decisión que nos conduzca a trabajar por esta apuesta y desde esta decisión ética, podremos educar a las nuevas generaciones en lo improbable, que es la realización de la humanidad para salvarse de lo peor. Ojalá hagamos esta apuesta y eduquemos para lo improbable, con la esperanza sustentada en que “todo lo que ha sido creador y fundador” en la historia de la humanidad, “ha sido siempre, estadísticamente improbable”.

*Foto de portada: Anna Shvets | Pexels

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Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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