Lado B
Y la vida siguió
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
22 de septiembre, 2021
Comparte

Y la vida siguió
Como siguen las cosas que no tienen mucho sentido

Joaquín Sabina. Donde habita el olvido.

Empiezo por disculparme porque hoy no escribo para ustedes, mis cinco lectores, sino para mí, ya que en estos días necesito darme ánimos, recuperar el ánima, salir de esta desmoralización que me invade al vivir en un mundo dominado por un virus al que toda la ciencia disponible no puede dominar; vivir en una situación llena de  nuevas olas,  nuevas variantes y la pandemia —o las otras pandemias como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la corrupción, la demagogia, la polarización producto de la politiquería que ha desplazado a la política— que parece prolongarse indefinidamente.

Whats.png

Escribo para mí, ya que a veces siento que, como dice el maestro Sabina, doscientas setenta mil muertes después —según cifras oficiales de México al 17 de septiembre— alguien o algunos grupos decidieron que la vida siga, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, sin importar que este retorno a una vida que nos tiene en vilo por el miedo y la incertidumbre produzca nuevos contagios y más fallecimientos de personas que no son números, que tienen un nombre, apellidos, familia, amigos; un proyecto de existencia en marcha y pocas o muchas ilusiones por cumplir.

Hoy oriento estas palabras hacia mi propio desconcierto, hacia el miedo que me invade muchas veces por las mañanas cuando salgo para la universidad y veo a la gente ya no como el prójimo al que hay que amar, sino como la fuente de enfermedad de quien debo cuidarme. 

Dirijo mi mensaje a esa sensación que se apodera de mí cuando regreso a casa y pasa un lunes, un martes, otro miércoles, otro jueves, un viernes más y llega un fin de semana que no traerá ningún cambio en mi rutina de encierro y cuidados, de imposibilidad de ver y abrazar a muchos a los que, de tanto extrañar, la memoria va volviendo extraños.

En esta ocasión me hablo a mí mismo, a ese que escribe y habla tanto de la educación como profesión de la esperanza pero que, en estos tiempos, se siente muchas veces invadido por la desesperanza; por esa sensación de que, aunque un poco forzados, muchos  necesariamente han retornado a las calles y a sus cubículos, a los pasillos y a las aulas universitarias, mirando todo con extrañeza, sin esa sensación de pertenencia que había antes de que empezara esta contingencia sanitaria y humana; a ese que siente en muchos momentos que “la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”.

Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento. 

Víktor Frankl. El hombre en busca de sentido

Para hablarme hoy y tratar de reconstruir ese ánimo y esa esperanza, recurro a Frankl, que padeció lo que nosotros padecemos hoy pero seguramente aumentado exponencialmente en los tres eternos años en los que sobrevivió a su reclusión y maltrato en distintos  campos de concentración nazi —entre ellos Auschwitz y Dachau—.Hace ya muchos años que leí por primera vez El hombre en busca de sentido. Varias veces lo he revisitado pero creo que nunca he estado tan necesitado de su contenido como hoy.

Recurro al creador de la logoterapia y leo pausadamente, tratando de dejar entrar en mí estas palabras citadas muchas veces pero tal vez no suficientemente asimiladas.

Porque hoy no está en nuestras manos, y mucho menos en las mías, cambiar la situación de esta pandemia que tanto dolor produce en tantos; sin embargo, hay que caer en la cuenta de que siempre se puede, que siempre podré escoger la actitud con la que afronte y me confronte ese sufrimiento que hoy toma la forma de incertidumbre, desconcierto, miedo, inseguridad, solidaridad con el dolor de los cercanos y de los conocidos y no conocidos que se han ido o que han visto partir a seres queridos.

Me repito varias veces que hoy no está en mis manos cambiar esta situación dolorosa para mí y para tantos, pero que siempre podré escoger la actitud que voy a tomar para vivir esta situación y encontrarle un significado. No siempre, lo confieso a ustedes y me lo confieso a mí mismo, he estado a la altura al elegir mi actitud para enfrentar estos tiempos de pandemia. 

Muchas veces, muchas, he elegido la actitud trágica de quien piensa que no habrá salida, o la actitud desmoralizada de quien se deja envolver por la situación y no encuentra el ánimo o la energía para sobreponerse al desgaste cotidiano, a pesar de no haber perdido la fe y de tener en el fondo todavía la esperanza de que las cosas algún día cambiarán y que, tal vez, podremos salir mejores —humanamente hablando— que como entramos, porque como dice el mismo psicólogo austriaco: “Las ruinas son a menudo las que abren las ventanas para ver el cielo”.

Pero me hacen bien las palabras de Frankl, me reconfortan. Pienso en la necesidad de encontrar un sentido a todo esto que hoy vivimos, una respuesta a la pregunta  ¿para qué lo estamos viviendo? y, sobre todo, ¿qué puede dejarnos como enseñanza todo esto que el mundo ha vivido y continúa viviendo después de casi dos años del inicio de la enfermedad producida por este nuevo coronavirus y tras año y medio de su llegada a México?

Porque dice bien el autor, “el sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que se encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio”, y justo esta  cita me trae a la mente el sacrificio de tantos miembros del sistema de salud público y privado que, más allá de las pugnas y el manejo político de la pandemia, han estado ahí, sacrificando sus horas y arriesgando sus vidas para brindar atención a los que lo necesitan.

Pienso también en mi propia vocación de educador, en el ejemplo de tantos profesores y profesoras entregados y sacrificados también por sus educandos; todos  tratando de adaptarse a las nuevas condiciones y buscando nuevas estrategias de enseñanza y aprendizaje, capacitándose para usar las tecnologías al alcance de sus posibilidades y las de sus alumnos, trabajando mucho más horas que las que marca su tiempo laboral establecido, preocupándose por las posibles pérdidas de estas generaciones en términos de aprendizajes de contenidos, de desarrollo socioemocional y de aprendizaje de una convivencia humanizante.

Termino un poco más animado, con la moral un poco más en alto cuando caigo en cuenta de que los educadores tenemos que seguir siendo los organizadores de la esperanza en estos tiempos de desesperanza y me siento reconfortado por pertenecer a esta comunidad enorme de educadores que, como yo, en palabras del mismo Frankl, han encontrado el significado de su vida: ayudar  a los demás a encontrar en sus vidas un significado.

Ese sigue siendo mi por qué para vivir —y el por qué de muchos educadores y educadoras— y, a partir de este, tendré que ir encontrando nuevos cómos. 

*Foto de portada: RODNAE Productions | Pexels

Comparte
Autor Lado B
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
Suscripcion