Lado B
Sobre la esperanza y la imposibilidad de que una montaña navegue
Por Nodo de Derechos Humanos @nodho
06 de julio, 2021
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Cuando a la orilla de mar alguien grita “¡Montaña a la vista!” suena a locura en un mundo en el que las montañas supuestamente no navegan, por lo menos no en un mundo en el que la imaginación se ha vuelto una mercancía o un crimen. Sin embargo, más de una versión de ese grito se escuchó en las costas de Vigo en el territorio de los indígenas celtas del oeste del continente cuyos naturales llaman Europa, mejor conocida ahora como SLUMIL K´AJXEMK´OP (Tierra insumisa). Con esa aparente imposibilidad de una montaña navegando en alta mar empieza la nueva iniciativa del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

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Más allá de la construcción constante de su propia autonomía en el territorio zapatista, de sus recurrentes esfuerzos por escuchar, aprender y compartir sus experiencias, más allá de sus constantes denuncias ante los abusos de todos los gobiernos, de todos los sexenios en contra de todo el México de abajo, cada iniciativa del EZLN —más allá de sus formas— revela cosas sobre México y sobre el mundo. El levantamiento del 1 de enero de 1994 evidenció el fracaso del proyecto neoliberal de Carlos Salinas en México, pero también evidenció la violencia de la globalización capitalista en el mundo, de eso que los mismos zapatistas llamaron la Cuarta Guerra Mundial. En pocas palabras, el 94 convirtió la rebeldía en esperanza para todo el planeta.

La “Marcha del Color de la Tierra” de 2001 y la traición a los Acuerdos de San Andrés de todos los partidos políticos en el Congreso de la Unión, evidenciaron que en México hay una élite política variopinta con la que cualquier acuerdo se desmorona en el momento en el que los intereses electorales y empresariales aparecen. El aprendizaje fue que por lo menos para los pueblos indígenas el único camino viable para poder decidir sobre sus vidas, las de sus comunidades y territorios, es la autonomía.

La “Otra campaña” de 2006 mostró la diversidad política y la cantidad de las resistencias en México que van más allá de la lógica electoral. Ese mismo año el Estado mexicano demostró su disposición a la violencia para acabar con cualquier resistencia, empezando por Atenco y Oaxaca. La candidatura de la vocera del Consejo Indígena del Gobierno en 2018 evidenció un sistema electoral excluyente al que sólo se puede acceder a través de la misma élite política que en 2001 traicionó a los pueblos indígenas.

En esta nueva iniciativa, en esta “Gira por la Vida” seguramente nuevas cosas serán visibles. Para empezar, ya evidenció el trasfondo racista del presunto mestizaje en México. Al parecer, para la burocracia mexicana los pueblos originarios de México no son mexicanos. La Secretaría de Relaciones Exteriores ha negado cientos de pasaportes a delegados de las comunidades zapatistas y del Congreso Nacional Indígena que serán parte de la gira, simplemente por no tener la piel blanca y no parecer adinerados. Es decir que, la travesía zapatista demostró que para los burócratas de la administración de Andrés Manuel López Obrador, igual que como ha sido en las de todos sus antecesores, los únicos claramente mexicanos son aquellos que se parecen lo más posible a Maximiliano de Habsburgo; todos los demás son sospechosos de ser extranjeros.

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Para quienes están fuera de la agenda informativa distraídos por la Eurocopa, la Copa América, los acomodos postelectorales de uno u otro lado del océano, las visitas de Carlos Slim a Palacio Nacional, o los arañazos entre López Obrador y las élites que no están de su lado, tal vez haya que darles un poco de contexto sobre esta “Gira por la Vida”. Tenemos un problema, el mundo está gravemente enfermo, y de esa enfermedad la pandemia del COVID-19 es sólo un síntoma más.

Los recurrentes y masivos incendios en Australia y Estados Unidos, las peligrosas temperaturas en Pakistán, Canadá y Medio Oriente, las mega-sequías y la escasez de agua son más síntomas interconectados.  Lo que es peor es que a esta enfermedad se suma algo más peligroso: la incapacidad humana para dejar de agudizar esa enfermedad, a la que, por si fuera poco, le agrega sus propias catástrofes por dinero, por poder, por desprecio, o simplemente por no lograr ver más allá de ganancias trimestrales y sexenios.

Parece un panorama apocalíptico, tal vez lo es, pero es un apocalipsis gradual, lo que lo hace peor, porque parece que no logra hacer evidente que ya está aquí y que la vida en este planeta corre el riesgo de quedarse en un apocalipsis permanente. Ante esto, y sobre todo con la pandemia, han surgido los llamados de urgencia a que los Estados y el mercado tomen conciencia y realicen grandes acciones para reducir el daño al planeta y a su habitabilidad humana. No es sorpresa que los Estados y mercados, tan entretejidos entre ellos no logren gran cosa, sus ciclos de vida son de trimestres y sexenios, está quedando cada vez más claro que pedirles mirar hacia el horizonte es un acto fútil, lo más que se logra es pragmáticamente tratar de encajar el horizonte de décadas y siglos en sus trimestres y sexenios.

¿Parece infernal todo esto? Tal vez lo es, pero como dice una frase de Ítalo Calvino sobre cómo enfrentar esto, la primera posibilidad es “aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda [posibilidad] es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

En una región del sureste mexicano hay comunidades que llevan más de medio milenio sobreviviendo al apocalipsis permanente y resistiendo a quienes tratan de agudizar ese apocalipsis para exterminarlas. Son comunidades de origen maya y que ahora se llaman zapatistas. Son expertos en sobrevivir a los embates más rabiosos del Estado y del mercado, son especialistas en imposibles. Como esas comunidades hay más en otras geografías del planeta.

Es así que esas comunidades del sureste mexicano que dan vida y forma al Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994, cuando el capitalismo neoliberal afirmaba su supremacía absoluta, y cualquier rebeldía en su contra era imposible, convirtieron lo imposible en realidad, es decir, se rebelaron y abrieron la posibilidad de pensar otro mundo, muchos mundos. Ahora, en medio de la pandemia global, cuando la fragmentación y la sumisión al Estado y al mercado se presentan como los únicos caminos posibles para enfrentar el infierno, las comunidades zapatistas nuevamente se proponen lo imposible: navegar una montaña para ir a buscar, a escuchar y conectar lo fragmentado, para buscar caminos de vida en medio de la muerte, para encontrar en el infierno aquello que no lo es y tratar de hacerlo durar y darle espacio para que pueda crecer.

El éxito de la travesía no está asegurado, pero por lo que se ha visto desde 1994 la apuesta del EZLN no es por el éxito sino por la dignidad, la libertad y la esperanza.

*Foto de portada: Wikimedia Commons

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Autor Lado B
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