Lado B
Refugio Paola Buenrostro, una casa de ayuda y compañía
El albergue para mujeres trans Casa Hogar Paola Buenrostro tiene una historia trepidante. Es tanta la necesidad de estos espacios, que en pocos meses la demanda ha obligado a replicar estos esfuerzos. Esta historia cuenta qué encuentran las mujeres trans en este lugar
Por Pie de Página @
27 de junio, 2021
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Ana Ivonne Cedillo

Es el primer cumpleaños que Josielle festeja lejos de casa. De todos los días del año, para ella, este es de especial relevancia. “¡Es como volver a nacer!” dice, mientras cierra sus ojos y toca con sus delgadas manos su rostro suave y finamente maquillado.

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El domingo por la tarde Josi, como le gusta que le digan, baila en círculo con la que ahora es su familia. Cantan, ríen, aplauden. De pronto se escuchan las mañanitas, mientras ella se prepara para morder y apagar las velitas de su pastel. En una especie de catarsis, al micrófono todas empiezan a expresar sus emociones al tomar la decisión de ser lo que quieren ser.  Han pasado unos días desde que Josi llegó a la casa hogar Paola Buenrostro, un centro de refugio para mujeres trans y es ahí, con sus nuevas amigas, que celebra un año más de vida. Ella radicaba en Tijuana, pero decidió viajar a la Ciudad de México, donde encontró el espacio adecuado que la cobijaría para obtener lo que ya ha decidido comenzar: su transición, “decidí quitarme el disfraz y mi máscara ante la vida social”, expresa.

Fue la activista Kenya Cuevas que, en abril de 2018, fundó Casa de las Muñecas Tiresias una asociación que le ha permitido atender las distintas problemáticas que enfrentan  poblaciones y comunidades en situación de vulnerabilidad: trabajadoras sexuales, personas en situación de calle, con problemas de drogas, con la enfermedad del VIH, que hayan sido privadas de su libertad y personas de la comunidad LGBTTTIQ+.

Su activismo y su esfuerzo por defender los derechos humanos de estas personas la llevó a fundar el albergue para mujeres trans Casa Hogar Paola Buenrostro, espacio que lleva el nombre de su compañera asesinada en el año 2016 y por quien luchó incesantemente. Ella empujó que este crimen se reconociera como el primer caso de transfeminicidio por la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHDF).

Tocando el cielo 

Refugio Paola Buenrostro

Foto: José Luna | Pie de Página

A la Casa de las Muñecas, como también se le conoce, no se llega fácil. Sobre todo, si es la primera vez que se visita. Hay que caminar varios minutos, subir varias calles y rodear varias casas que cubren el cerro de Cuautepec, ubicado al norte de la Ciudad de México. Una vez que se llega a la Lázaro Cárdenas número 59, pareciera que la vivienda estuviera de lado por lo inclinada que está la calle y se creyera que el cielo está tan cerca, que hasta pudiera tocarse. Y como el cielo tiene nubes, las paredes del hogar son la representación de los copos blancos de algodón acá en la tierra donde retumban múltiples voces. Sus paredes son blancas y un gran portón del mismo color esconde las voces de las chicas que la habitan. Pero si alguien hace el intento de asomarse por las rendijas, se alcanza a mirar algunas caminando en uno de sus pasillos.

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Ahí habita Eva, ella llegó desde los primeros meses en que la casa abrió sus puertas. Es por eso se le ve caminar con más confianza y dominar cada una de las actividades y tareas que cada una realiza. Es de tez morena, sus labios son gruesos y los cubre de color rojo carmín, su cabello es oscuro y tan largo que cubre su delgado cuerpo. Le encanta escuchar música de Reguetón y a Amy Winehouse. Así es que mientras corta una sandía para hacer un agua fresca, canta una canción que escucha con sus audífonos.

La Casa Paola Buenrostro comenzó a operar en abril de 2020, antes de la fecha planeada. La pandemia de la covid-19 provocó que el espacio brindara ayuda en lo inmediato. El cierre de los hoteles dejaba sin hogar a muchas trabajadoras sexuales y Kenya quería evitar que se quedaran en la calle. “En dos meses se montó todo, ya teníamos computadoras, teníamos biblioteca, un centro de lavado…”. La tarea de dar acompañamiento a la reinserción social y a lo laboral permitiría dar “varias herramientas de vida a todas ellas”, platica la activista.

Las habitantes también reciben educación para obtener una certificación de estudios, a través del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). Además, realizan actividades culturales y deportivas, pero sobre todo reciben apoyo psicológico y ayuda para tener acceso a un servicio de salud. Un ejemplo de esto es la vinculación para el tratamiento de las personas reactivas en la prueba de VIH, con la Clínica Especializada Condesa.

Si cabe una cabemos todas

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Foto: José Luna | Pie de Página

Es la hora de la comida. La mesa del comedor se transforma y ahora es un espacio amplio para que todas compartan el arroz y el bistec en salsa verde que envió el comedor comunitario más cercano, como lo hace cinco días de la semana. Mientras Sharon toma su agua de tamarindo, confiesa que hace unos días salió de la casa más horas de las permitidas y sin el acompañamiento que cada una necesita para estar fuera de las instalaciones. Se dio cuenta que puede regresar y experimentar no depender de la casa, pero revela que ha descubierto un miedo que antes no sentía. “Al estar en la calle me entró una emoción bien fuerte al pensar qué voy hacer, dónde me voy a bañar y arreglar, es un miedo que no había destapado y al verme así en una situación tan difícil”. 

Ella está por cumplir cuatro meses en el refugio. Si no hubiera sido por la covid-19 no se hubiera visto afectada en su economía, obligada a vender o empeñar sus aparatos electrónicos. Como algunas de sus compañeras, enfrenta una desintoxicación de drogas, situación al que el trabajo sexual la orilló. Así que además de adaptarse al reglamento interno de la Casa de las Muñecas, también lucha contra los ataques de ansiedad ocasionados por el encierro que la aleja de ese vicio del cual quiere liberarse.

Sharon se describe como una mujer soberbia, pero su comprensión hacia las demás y su interés por incluir a todas a ser parte de la casa la contradicen. Josi dice que si no hubiera sido por ella no se hubiera animado a tocar la puerta y quedarse en la casa, ahora son buenas amigas. “Cuando llegué aquí sentí mucha confianza con todas mis compañeras, al igual que con las que van llegando. A algunas personas les caigo mal y es que soy muy directa y me gusta ser honesta, platica Sharon.

El refugio está diseñado para 16 personas. Sin embargo, ahora el cupo está rebasado, hay 22 con la posibilidad de que lleguen más, pues la lista de espera para el ingreso es extensa. Esta situación hace que una cama individual sea compartida, además de que deben organizarse para que todas se beneficien de los otros espacios. Mientras unas se sientan a la sala para ver un poco de televisión, otras están en la biblioteca y unas más buscan un espacio para fumar.

Los conflictos dentro de la casa no faltan. Después de todo, cada una tiene un carácter y un estado de ánimo diferente. A pesar de ello, han logrado una buena organización. La directora explica: “es una población muy golpeada por la violencia y pues es violencia lo que saben dar. Sin embargo, tienen un horario. Desde las seis de la mañana se levantan, tienen dos horas para bañarse, maquillarse, tender su cama, arreglar su espacio para que a las ocho se sienten al desayuno. De nueve a diez hay un aseo general, para dejar la casa limpia. A las diez empiezan sus clases, a las tres termina la primera parte, momento para la comida. Se mantienen ocupadas todo el tiempo”.

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*Foto de portada: José Luna | Pie de Página

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