Lado B
Cuties, una nueva prueba de distorsión de la realidad
Cuties (2020) es una cinta en la que se representa un extremo que pronto se contrarresta con otros problemas: la adultifiación por un lado, pero también el fanatismo de las religiones
Por Héctor Jesús Cristino Lucas @
04 de marzo, 2021
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En verano del año pasado, una legión de amantes de la tolerancia encendió sus antorchas contra el guionista y animador estadounidense Dan Harmon, acusándole de “pedófilo, cerdo, asqueroso” a través de sus redes sociales y exigiendo que su popular serie, Rick and Morty (2013-2019), perteneciente al canal de televisión Adult Swim, fuera cancelada por completo. 

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¿La razón? Un video publicado en 2018, pero viralizado recientemente el arte de buscar pecados del pasado para dañar la imagen pública de alguien en el presente—, en donde podíamos verlo “simular mantener relaciones sexuales con un muñeco de plástico” para hacer una broma cuya premisa trataba sobre “viajar al pasado y violar a un violador… antes de que se volviera uno”. Un intento de parodia bastante amateur de un episodio de la serie Dexter (2006 – 2013).

Lo que por supuesto a nadie causó gracia y solo encendió la alarma entre la comunidad que no dejaba de repetir que este tipo de personas, con este tipo de bromas, a través de este tipo de productos solo estaban, y cito: “normalizando la pedofilia”.  O, en otras palabras, haciendo que estos abominables actos fueran por lo menos graciosos o entretenidos.  

El pobre de Harmon tuvo que dar la cara disculpándose bajo la promesa de que iba a portarse bien de ahora en adelante y abrió de nueva cuenta una cantidad de debates y temas controversiales que, de un tiempo a la fecha, se han vuelto el pan nuestro de cada día.

Por un lado, la erradicación del humor negro. La ya cansina “cultura de la cancelación” en redes sociales como una moderna cacería de brujas, cada vez más latente debido a la indignación que causa un producto, sea de la índole que sea, bajo la subjetiva decisión moral y ética de unos cuantos. Incluyendo la cancelación del autor o creador intelectual, porque aceptar que siga activo sería apoyar de alguna manera sus monstruosas ideologías. 

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Pero por el otro, más interesante todavía, la inevitable y extraña distorsión de la realidad. Esa increíble falta de capacidad que tiene el hombre del siglo XXI por discernir de lo que es cierto de lo que es falso, a causa de la tecnología y más aún las redes sociales. Porque creanlo o no, esto sí que ocurre y no es un fenómeno nuevo.  

Ya lo dijo el famoso cientista político de origen italiano, Giovanni Sartori, con su visionaria obra Homo Videns: La sociedad teledirigida, en 1997, mucho antes de nuestra digitalizada sociedad como un augurio de lo que vendría:

“La televisión invierte la evolución de lo sensible en inteligible y lo convierte en un ictu oculi (en un abrir y cerrar de ojos), en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender”.

Luego de señalar el invento de la televisión como un importante punto de quiebre para el ser humano, donde el homo sapiens sapiens es decir, el hombre que sabe que sabe es dejado atrás para el nacimiento de otro tipo de homo:  el homo videns o el hombre que ve Sartori concluye que nuestra capacidad de entendimiento y percepción ha sido afectada a tal punto en que volveríamos a los tiempos en que éramos regidos meramente con las imágenes.

Porque la imagen, de hecho, se convertiría ahora en el nuevo mensaje. Y con ello, una nueva forma de entender el mundo. O en su defecto, de deconstruirlo. La televisión solo fue el punto de partida. La digitalización nos ha alcanzado. Y como una consecuencia directa, hablemos de la famosa pantalla obscura o “black mirror”, de todo aparato que nos rodea, como la nueva puerta a un mundo regido por imágenes. 

Cada vez más lejanos al texto escrito y a la comprensión lectora, por supuesto, pero hoy más que nunca, manejados también por la imagen sin la capacidad de discernir o decodificar correctamente lo que estamos viendo. El efecto de la premisa Sartori, entonces, es la confusión y distorsión del mundo que se vive actualmente. Porque si de pronto vemos a un sujeto simular tener relaciones sexuales con un muñeco de plástico nada más que eso algo nos asegura que efectivamente está violando a un bebé real. Y que, por ende, es un pedófilo. O incita a ello. Sin pensar por un segundo en lo patético que suena creerlo. 

Como afirmar que Anthony Hopkins efectivamente es un caníbal por haber aparecido en The Silence of the Lambs (1991) y que la película incita al canibalismo. O que todo lo que muestra Necromantik (1987) de Jörg Buttgereit son auténticas escenas de necrofilia. Y hasta resulta una carta de amor a este acto. Bueno, pensándolo mejor, eso último sí que puede ser cierto. ¡En fin!

La televisión y los medios nos ha enajenado a tal punto con sus imágenes que, si ahora muestras sexo en la tele o violencia en el cine ¿dónde quedaron los buenos valores, en los que creíamos? nuestra comprensión falla y se concluye en que forzosamente es una apología a ello. “Una incitación o una normalización” de los crímenes que deben ser censurados en la ficción para evitar recordar que existen en la vida real tan literal y al pie de la letra que la verdad… da mucho miedo. 

Como aquella vez, en 2020, que grupos feministas se quejaron vía Twitter sobre el uso “obsceno” de un personaje de anime supuestamente menor de edad, (así es, me refiero a mi waifu favorita Uzaki-Chan) en una campaña de Cruz Roja en Japón debido que “normalizaba la pedofilia al sexualizar cuerpos infantiles a través de dibujos”; o mi favorita: “mostraba a menores de edad con cuerpos completamente irreales para erotizar a sus consumidores”. 

Polémica que, por supuesto, no escaló a temas legales debido a esta patética forma de distorsionar la realidad y porque no había crimen como tal. Primero, porque resultaba estúpido exigir “cuerpos reales” dentro de un producto de ficción. Y segundo, más importante todavía, porque la “famosa sexualización” era inválida cuando el PERSONAJE NI SIQUIERA ERA REAL.

Cuties

Fotograma de Cuties (2020)/ Foto: Netflix

La última producción afectada por esta distorsión de la realidad; atacada por diversos usuarios en redes sociales; estrenada en la plataforma de Netflix en 2020; con un importante paso en el Festival de Sundance donde ganó a Mejor Director, es nada menos que la película de la cineasta y guionista francesa Maïmouna Doucouré: Mignonnes, mejor conocida como Cuties, que desde el anuncio en plataforma causó tremenda polémica a tal punto que abrió debates y discusiones por igual. Aunque una cada vez más ridícula que la otra.  

Primero, por el abucheado póster que mostraba a un grupo de chiquillas en micro vestidos posando de manera sugerente y que evocaba, según sus detractores, a una “sexualización innecesaria de las pequeñas actrices.” Y luego, por una corta pero “extraña sinopsis inmoral y pervertida”, que nos decía cómo una niña inmigrante de 11 años, senegalesa y de familia musulmana, decide entrar a un grupo baile para explorar “su feminidad” con danzas “sensuales” y desafiar así las tradiciones estrictas por las cuales había sido criada. Lo que llevó a la plataforma a cambiarlas debido al descontento del público.

Incluso, el senador de Texas, Ted Cruz, se atrevió a pedir al Departamento de Justicia investigar a la plataforma para comprobar si habían violado alguna ley federal contra la producción y distribución de pornografía infantil ya que, y cito: “la película fetichiza y sexualiza a niñas pre-adolescentes”. Cosa que por supuesto Netflix rechazó al instante mencionando con firmeza que: 

“Cuties es un comentario social contra la sexualización de los niños pequeños. Y, por ende: “este cargo no tiene fundamento y apoyamos la película.”

No obstante, lo gracioso del asunto es que el odio fue tan grande que hasta se recolectaron firmas para que fuera sacada del catálogo de Netflix muchísimo antes de que llegara siquiera a la plataforma. Mientras que, otros más anarquistas, llevados por el furor de la situación y sin haberla visto por supuesto eliminaron su suscripción para no apoyar a una empresa “que distribuye y alienta a la pedofilia”. 

Aunque lejos de conseguir que sus peticiones fueran escuchadas, lo que realmente hicieron fue darle una interesante relevancia que, a su vez, sirvió como importante marketing-morbo acarreando espectadores por todas partes. ¡Algunas cosas nunca cambian!

Y heme aquí, esperando el momento perfecto para hablar de Cuties (2020) luego de la tormenta y de haberla visto no una, ni tres o cinco veces, sino hasta siete veces exactas para darles mi más sincera opinión. (Lo sé, hasta yo estoy nervioso).

Cuties

Fotograma de Cuties (2020)/ Foto: Netflix

La película con una mano en el corazón y la otra en mi abogado he de confesar, con toda la honestidad del mundo… que está bastante bien. Tanto en narrativa como en técnica. No es una obra maestra, pero tampoco un fiasco como para mandarla directo al olvido. Mientras que, sus potentes actuaciones, sobre todo del joven elenco encargado de hacernos vivir este drama innecesariamente polémico, son una tremendamente revelación.

Primero, por Fathia Youssouf en el papel de Amy, esta pequeña oriunda de Senegal que entrará en un polémico conflicto debido al choque de culturas. Y luego, por Medina El Aidi como Angelica: la contraparte de chica “desatada” dentro de “una sociedad corrompida llena de libertinaje y distorsión de la realidad” que le hará seguir sus pasos. 

La visión inocente y despreocupada de estos personajes, como una suerte de “ying yang”, dentro de un ambiente “contaminado por los adultos”, sin saber muy bien lo que están haciendo, es manejado con tremenda maestría y de dedicación a través de distintos rubros: sea el social, el psicológico, el familiar y hasta el religioso. El problema, como era de esperarse, es que fue tremendamente incomprendida. 

La propia cineasta, en una entrevista en el portal Slate, mencionó

Tenía la esperanza de que hubiera provocado un debate sobre la hipersexualización de los preadolescentes, pero nunca en mis sueños había imaginado que mi punto de vista sería tan malinterpretado».

Según la versión oficial de los detractores, con base en algunas declaraciones por parte de la propia cineasta, la película, efectivamente, busca atacar diversos problemas sociales como, la vulnerabilidad de los más jóvenes a través de las redes sociales o la evidente cultura de la sexualización que rige nuestro siglo XXI pero con un pésimo enfoque ya que fue construida de manera errada desde el comienzo: “Combatiendo la sexualización de menores, sexualizando a su vez, a su propio cast de chicas.” 

Cuties retrata el conflicto haciendo uso de escenas y planos “probablemente incómodos” para algunos que van desde mostrar los cuerpos de estas chicas moviéndose “sensualmente” por la música, o incluso, que una de ellas se descubra el pecho frente a la cámara como una arriesgada manera de retratar estos actos -como cualquier otra película en el medio- y posteriormente atacarlos en un drama explícito. 

El problema es que cada que se busca reflejar un conflicto social en la ficción, para posteriormente combatirlo y denunciarlo en la vida real siempre ha acarreado enormes y ridículas polémicas en la historia del cine que terminan siendo juzgadas más por la perspectiva moral y ética del espectador, que por un rubro objetivo y legal. 

Como cuando el subgénero norteamericano del Rape and Revenge (violación y venganza) en los años 60s y 70s decidía mostrar, como su nombre lo dice, historias crudas de violencia contra la mujer y su posterior venganza como una funesta denuncia al gobierno de EE.UU. a manera de metáfora debido a su violenta época bañada en sangre por el conflicto bélico vs Vietnam. 

Y cuyos críticos de aquel entonces, no hicieron más que satanizarlas -sin prestar atención a la denuncia- como productos “obscenos, misóginos y que no aportaban nada bueno más que una grotesca apología a la violencia”. Creando así, la famosa lista de video nasties, o filmes prohibidos “que nadie debería ver por su contenido gráfico”. Repito: “que nadie debería ver por su contenido gráfico”. La censura y la distorsión de la realidad, siempre ha estado ahí.

Cuties

Fotograma de Cuties (2020)/ Foto: Netflix

Con Cuties pasa lo mismo, pero a través de un drama preadolescente que nadie entendió. Porque la directora no solo está criticando la sexualización infantil -eso sería demasiado simple y efectista- también a la adultificación. O en otras palabras: la discriminación de menores. Con nuestra querida Amy, de apenas once años, que tiene que cargar con las labores domésticas, el cuidado de sus hermanos como si fuera una segunda madre y la presión de seguir un riguroso manual de “ética y buenas costumbres” por parte su familia que profesa la religión musulmana.

En la película vemos que nuestra protagonista, a través de este inminente choque cultural, recibe todos estos elementos de sexualización -negativos por supuesto- que la pondrán en conflicto cuando intente hacer lo mismo que sus nuevas amigas, en un núcleo familiar con extremo fanatismo religioso.  

No es que en toda la cinta te muestren planos y secuencias con menores en poca ropa simplemente porque sí. Sin ningún punto lógico narrativo. Es porque representa un extremo que pronto se contrarresta con otros problemas: la adultifiación por un lado, pero también el fanatismo de las religiones. En este caso, la religión musulmana en algunas familias -recalco algunas, ya que también esta comunidad se mostró indignada por la manera en que fueron retratados, pero al parecer esto a nadie le interesa- y la forma de educación que se tiene con los menores.  

Es ahí donde Cuties se vuelve interesante. Es ahí donde Cuties debería ser analizada. Ya que ese otro lado, completamente opuesto que representa su familia, lleno de restricciones, imposiciones y abusos de poder, también es expuesto con tremenda claridad para demostrar en que ambos extremos, uno que prohíbe y crea “tabúes” donde no deberían existir, y otro que sexualiza la cultura en general y afecta cada vez más a la niñez, son negativos por igual. Una balanza que funciona porque las dos están desarrolladas a la par. 

Es el paralelo a lo que hizo el propio Larry Clark en 1995 con su atrevida Kids -aunque más polémica todavía- con el tema del consumo de las drogas o las enfermedades de transmisión sexual a temprana edad, expuestas, a través de polémicas escenas en la que los actores -casi todos, mayores de edad- simulaban tener relaciones o ingerir estupefacientes como un retrato fidedigno de los problemas sociales para atacarlos.   

Pero… ¿acaso eso convertía a Clark en un degenerado que incitaba a la generación juvenil de los noventas a consumir y follar sin condón solo por mostrarlo en la pantalla de manera explícita como denuncia? ¡No me vengan a joder!

Además, ¿nadie se dio cuenta de la grandeza del clímax? Cuties es clara al final. No vemos a un grupo de adultos aplaudirles a las chicas con poca ropa y exigir que se la quiten por completo. No vemos a un adulto alentarlas a que sigan haciendo lo que están haciendo solo porque “está de moda”. Vemos descontento y una rotunda desaprobación. Tanto que la última escena nos devuelve a Amy disfrutando de su niñez de la forma más sana posible junto a otros niños. ¡Eso es lo que debería importarnos! ¡Con eso deberíamos quedarnos!

Son sus espectadores, por esa falta de discernimiento de lo que es real -porque recordemos, ahora nos regimos por las imágenes y las imágenes nunca mienten- que SIEMPRE se busca encontrar un maldito elefante rosa donde tal vez ni siquiera exista, queridos Dumbos.  ¡Como cualquier otra película, serie, libro o producto que haya sufrido de esta “moderna cultura de la cancelación” porque ahora todo es una apología a algo!

Se acabaron las críticas de peso. El juicio de valor y la moral es el principal recurso de análisis hoy en día.  Por ello es que un montón de pseudo críticos -en su mayoría youtubers– decidieron abordar su criterio basado no solamente en un subjetivo juicio de valor; también en falacias que poco o nada tienen que ver con a la hora de analizar una producción. 

En la mera interpretación que ellos le dieron, según su ética y moral, convencidos de que sabían la verdad absoluta, cuando la finalidad de la misma, era todo lo contrario. Pero la imagen desafía nuestra retina y puede más: “esta película incita a la pedofilia porque usa a menores de edad con poca ropa haciendo bailes sugerentes”.

Qué desgracia. En nuestro mundo utópico, donde esto no ocurre -o donde es más fácil ignorarlo- es inaceptable que sea mostrado en la ficción con el fin de atacarlo. Después de todo la barrera es muy delgada para nuestros tiempos, y fácilmente una imagen representativa puede llegar a traducirse como algo real.

Cuties

Fotograma de Cuties (2020)/ Foto: Netflix

Lo que estos sujetos criticaron no fue el argumento de Cuties ni mucho menos. Fue su propia, vaga y borrosa interpretación de la misma. Algunos, incluso, basados en cadenas, “hilos” o publicaciones en redes sociales para convencerse, sin siquiera haberla visto, que lo que se decía de ella era completamente real. Como una simple moda para sentirse un poquito especiales ya que pertenecían a un distinguido sesgo de héroes anónimos que habían desenmascarado un sucio plan.   

¡Y hay de ti si hablas bien de Cuties! Porque decir algo positivo de esta película, sean sus proezas técnicas o argumentales -no importa qué- te vuelve automáticamente parte del problema. Un “pedófilo reprimido” a favor de estas aberraciones que solo está justificando lo que no merece ser justificado. 

Pero maldita sea, ¿justificar qué, exactamente? ¿Que Netflix sea parte de un obscuro y malévolo plan para normalizar la sexualización de menores y la pedofilia en el mundo real a través de una película que condena este mismo acto -según ustedes- de manera ambigua por mandato de una élite de masones, iluminatis y reptilianos que rigen el mundo?

El argumento, no puede ser más absurdo y estúpido, que hasta podríamos colocarlo bajo la misma lógica con la que algunos defienden ciertas conspiraciones de internet, como “la tierra es plana y el gobierno nos miente porque lo vi en Liberémonos de la Matrix” o, mejor aún, “que el coronavirus fue inventado en un laboratorio para reducir la población porque me suena lógico y es más interesante que la versión oficial”. ¡Bah!

Lo que en realidad me sorprende de todo esto es la capacidad que tiene Netflix de soportar la presión de las redes sociales. Ni Disney puede con eso. Ocurrió en 2019, cuando la comunidad católica se le fue encima pidiendo a gritos que quitaran de su catálogo -también con cientos de firmas- la cinta brasileña The First Temptation of Christ del cineasta Rodrigo Van Der Put, por la herejía de mostrar un Jesucristo homosexual. 

Y vuelve a ocurrir un año después con Cuties. Desde el escándalo desatado en Twitter y las peticiones por retirar el trabajo de una pobre cineasta francesa, jamás cedió a las tremendas demandas. Simplemente se disculpó por el póster y la sinopsis provocativa, cambiándolas para apaciguar las aguas, pero sin eliminar la cinta de su catálogo. Eso, queridos detractores de poca monta, es respeto a la libertad de expresión. Y es lo único a lo que yo estoy a favor. 

Si tú crees que aquellos que apoyan la cinta son pedófilos reprimidos y deben ser expulsados de la sociedad, solo porque tu interpretación es distinta, lamento informarte que sufres de esta escabrosa distorsión de la realidad. Y probablemente crees que Brad Pitt, por Inglourious Basterds (2009), fue el auténtico asesino de Adolf Hitler después de todo. Cuánta pena por ti.

Me desconcierta que en pleno siglo XXI, siga habiendo criterios cerrados que se empeñen en la cacería de brujas y en la censura del arte por mero juicio de valor o moral. ¿Estamos en la época del Marqués de Sade, o qué diablos?

Esto me recuerda a lo ocurrido con el estreno de A Serbian Film (2010) -aquella película de terror sobre un actor porno que ingresa a la obscura industria del snuff y el entretenimiento pedófilo- en el Festival de cine fantástico y de terror de San Sebastián. Donde se logró detener la proyección de la cinta por una orden judicial bajo el delito de ser “una apología a la pederastia”. 

Haciendo que el escándalo escalara a tal punto de estigmatizarla como una película prohibida; como una película “obscena”. Una auténtica video nasty, entre otras cosas, por una escena que contenía una simulación de violación a un bebé. ¿La mejor forma para erradicar este mal? ¡La censura y la demanda!

Al respecto, el director español Nacho Vigalondo -autor intelectual de joyas tan emblemáticas como Extraterrestre (2011) o Los Cronocrímenes (2007)- se levantó contra los detractores -aún bajo el riesgo de ser acusado de pedófilo por “justificar la película”- en su blog personal y mencionó unas cuantas palabras que son perfectas para concluir con esta crítica:

“Tenemos un problema asombroso si todavía seguimos confundiendo un hecho con su representación. El dibujo de una pipa no es una pipa. El relato de un asesinato no es un asesinato. Tirando del hilo, la descripción de la pedofilia no es el ejercicio de la pedofilia. Me parece una confusión bastante poco respetuosa (…) Lo interesante no es que los opinadores de la mesa no hayan visto A Serbian Film a día de hoy, que posiblemente ni sepan que es una película de terror. Lo que nos debe hacer pensar es que dentro de cinco años la pondrán como ejemplo de película aceptable… Aunque sigan sin haberla visto.”  

Palabras más, palabras menos. Podemos pasarnos horas y horas hablando de cintas o productos cuyas demandas de un sesgo ofendido terminaron siendo declinadas por la evidente estupidez de su sustento.  Lo cierto es que, mientras no exista delito real, palpable y objetivo -ya que, al menos en el momento de subida esta crítica, nadie ha ido a la cárcel por filmar Cuties– solo estaremos dando vueltas en el peliagudo terreno de la subjetividad. Hablando de juicios de valor, conspiraciones e interpretaciones intimistas. Algunas, bastante malogradas. 

Queridos lectores; padawans de todos los días… ni Dan Harmon estaba violando a un niño de verdad. Ni en A Serbian Film (2009) se grabó una escena real. Ni en Sharknado (2013) los tiburones volaron en un tornado. Ni mucho menos Cuties (2020) está fomentando la pedofilia por ningún lado. 

¡He aquí una nueva prueba de distorsión de la realidad! 

Sinopsis:

“Amy tiene 11 años y se queda alucinada con un grupo de baile de chicas. Para unirse a ellas, empieza a explorar su feminidad, desafiando las tradiciones de su familia musulmana.”

 

*Foto de portada: Fotograma de  Cuties (2020)/ Foto:  Netflix 

 

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Autor Lado B
Héctor Jesús Cristino Lucas
Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com
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