Lado B
Crónicas Farsianas II: la farsa de la realidad
Por Aldo Plouganou @
12 de marzo, 2021
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¿Y de quién hablamos cuando hablamos del mundo? Uno puede pensar que la montaña rusa emocional de los últimos meses ha sido la causa y el efecto, el problema y la razón, pero no. La sátira no es una víctima casual de la pandemia, más bien padece una larga y penosa enfermedad que le ha propiciado este presente precario.

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No sé si alguien habrá previsto que algo así podía pasarle a los recursos narrativos; definitivamente de creer en esa posibilidad, imaginar que podía suceder de forma tan entrelazada a nuestra cultura y a nuestra forma de sobrellevar sus asperezas habría parecido lo más difícil. Igual, costaba más pensar que un supuesto millonario sin carrera política sería presidente de uno de los países más poderosos del mundo; no se diga cuánto costaba pensar que un presidente ni más ni menos gringo envalentonaría a un grupo de extremistas a tomar cloro o el senado de su país (?).

Y así la vida este último tiempo, años y años de confiar en los límites, los frenos, el sentido común; pero occidente fue avanzando como la mancha voraz, ganando cada centímetro de ridículo, caricatura y exageración irreal. En donde el mockumentary era la última frontera, como los personajes que deberían ser imposibles, no sólo no lo son; hoy en un descuido hasta son gente que queremos… como pasa en Death to 2020, el falso documental del monopolio rojo del streaming sobre lo que pasó este año –que más allá de tener “un área de oportunidad para el mejoramiento” en casi todos los aspectos, retrata perfecto esa posibilidad de que lo ridículo exista a escasos metros en nuestra realidad–.

Lo lindo del cine es que aún cuando lo rompemos no deja de funcionar para dejarnos hacer ese chequeo de lo que somos, de lo que estamos haciendo que nos pase; a pesar de toda sorpresa, locura o tiempo. Hace 58 años se terminaba de armar el coctel perfecto para la crisis existencial más grande que tendríamos en la modernidad –hasta ahora(?); los misiles en Cuba nos ponían al borde de la tercera guerra mundial. Pero también terminaban de alinear las estrellas para que Kubrick iniciara la escritura de una de las mejores películas del siglo: Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb

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La intención inicial era hacer un drama bélico como originalmente narraba la novela Red Alert, en la que está basada la película. Kubrick contó en algunas entrevistas que era difícil sostener el tono, pues aún en el pico más alto de la guerra fría no dejaba de sentirse ridícula la idea de estas dos naciones destruyendo al mundo, no dejaban de sentirse absurdos los razonamientos que permitían que eso sucediera. Loquísimo ¿no? Porque costaba muchísimo imaginar militares y políticos sin escrúpulos, pero tener presidentas todavía no se les ocurre. Para salvar las papas, llegaron como anillo al dedo la sátira y su melliza la farsa –que se concentra más bien en provocar la vergüenza– e inundaron con su filo las salas de guerra, códigos nucleares y bombarderos. 

Crónicas Farsianas II: la farsa de la realidad

Ilustración: Aldo Plouganou

El límite entre la realidad y la ficción estaba claro, Dr. Strangelove estaba del otro lado y aún en el medio de la híper paranoia no cabían dudas que no podía ser: esa historia del General Jack D. Ripper que inicia la guerra nuclear con la U.R.S.S. convencido de que es su deber patriótico porque los rusos están llevando a cabo un plan para contaminar sus preciosos fluidos vitales –nada lejos de las teorías en cadena que nos llegan por WhatsApp–, ¿qué otra cosa si no podía explicar que los rusos nunca tomaran agua y sólo vodka?, pero sobre todo, ¿qué otra cosa podía explicar la sensación de vacío existencial que sentía cuando realizaba el acto amoroso? ¡Por supuesto que era culpa de los rusos! 

Tampoco podía ser que los líderes políticos fueran tan irresponsables como para no tener listos mecanismos que impidan que una persona enfrentando alguna adversidad en sus facultades mentales volara todo al carajo. Y claro, ni de casualidad perderíamos un segundo para resolver esa crisis mundial rebasados por nuestras mezquindades ideológicas peleando en la sala de guerra. Por eso cuando pasaba en Dr. Strangelove, moríamos de risa. Hasta que llegó una crisis nivel el fin del mundo y bueno… La broma resultó ser sobre nosotros; como si en lugar de morir el dispositivo narrativo renaciera de sus cenizas para seguir reflejándonos. 

Y es fascinante,  porque toda la posmodernidad hemos mirado a la cultura y a los pilares de ella en un pasado conjugado, muy estable y muy cerrado entre las pastas de nuestros libros de historia. Elegimos creer que somos estáticos, aunque nuestra naturaleza es cambiar cada instante en que nuestras células y neuronas padecen las consecuencias de su desgaste atómico. La sátira y la farsa se están terminando de morir porque nuestra idea de lo que somos y debemos ser se está muriendo también; pero nos vamos a encontrar con ellas otra vez, no sé dónde y no sé cuándo, sólo se que va a ser un día soleado –definitivamente con un clima extremoso dadas nuestras costumbres combustibles actuales–, y ese día tendremos una nueva idea de nosotros, de lo que somos y lo que queremos ser. 

Crónicas Farsianas II: la farsa de la realidad

Fotograma de la película Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1968)

La lucha entre el Doctor Strangelove y su mano malvada está entre los momentos más icónicos de la historia del cine y si puedo confesarlo es quizá mi momento favorito, porque captura de la forma más simple y visual la verdadera lucha constante que estamos tratando de conciliar en nuestro interior. Esa tensión entre lo que somos y lo que queremos ser. 

Una de las cosas más raras que nos suceden a los humanos es ese lapso en que algo nos está pasando, pero la posibilidad de reír estará ahí latente, esperando a que nuestras nuevas concepciones se asienten y optemos otra vez por dejar de negar nuestra mano estrangulando nuestro cuello; y sea entonces, que la conciencia de ese reflejo al reírnos de nosotros mismos nos levante de la invalidez para seguir avanzando.

 

*Foto de portada: fotograma de la película La mancha voraz (1958)

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Autor Lado B
Aldo Plouganou
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