¿Una transformación abierta al debate?
Tras los dos primeros años de su gobierno, Andrés Manuel López Obrador dio a conocer la Guía ética para la transformación de México
Por Roberto Alonso @rialonso
01 de diciembre, 2020
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A unos días de cumplirse los dos primeros años de su gobierno, Andrés Manuel López Obrador dio a conocer la obra con la que pretende “contribuir a la construcción de una convivencia nacional pacífica, cívica, con libertad, paz, justicia, dignidad y seguridad”. Se trata de la Guía ética para la transformación de México, un documento breve que glosa 20 principios y valores que buscan “promover soluciones moralmente aceptables cuando entran en conflicto los fines particulares y los fines colectivos”.

Porque en eso consiste una guía, en orientar a quien recurre a ella en momentos decisivos que reclaman optar y actuar. Una guía tiene un sentido, un horizonte; una brújula marca un norte —también un sur—. Pero la responsabilidad es de la persona que ha de decidir, y por tanto son de gran ayuda criterios que ayuden a discernir.

Inicialmente era una Constitución moral, así fue anunciada el 1 de diciembre de 2018 como parte de uno de los 100 compromisos que asumió al tomar posesión como presidente de México. A decir del mismo mandatario, terminó como un escrito orientador en aras de la aceptación general. Y esto, más allá de sus vacíos o de las limitadas interpretaciones en su contenido, es algo que llama la atención.

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En tiempos de confrontación, crispación y polarización, esta guía se presenta como un relato que quiere alentar la discusión, sirviendo como base, “con la certeza de que es perfectible que está abierto a la corrección y el enriquecimiento por parte de la ciudadanía, sin exclusión alguna”. ¿Siendo esta obra el texto constitutivo de la Cuarta Transformación, se podría decir lo mismo de su realización cotidiana? Si tal apertura muestran las sagradas escrituras del nuevo régimen, tal disposición se esperaría de sus dirigentes.

Con una apuesta en el reforzamiento de valores éticos como vía para superar rupturas y fracturas sociales, como puede leerse en su presentación, la guía se propone enfrentar parte de la gramática neoliberal —competitividad, rentabilidad, productividad y éxito personal— con principios éticos como el respeto a la diferencia, la dignidad, el amor, la gratitud, la redención y la igualdad.

Las páginas redactadas por Enrique Galván Ochoa, Pedro Miguel, José Agustín Ortiz Pinchetti, Jesús Ramírez Cuevas, Margarita Valdés González Salas y Verónica Velasco Aranda incluyen también una defensa de la vida, la libertad, el perdón, la verdad, los acuerdos y la familia, así como consideraciones en torno al sufrimiento y al placer; al pasado y al futuro; las leyes y la justicia; la autoridad y el poder; el trabajo; la riqueza y la economía; y los animales, las plantas y las cosas.

El texto contiene piezas muy bien logradas y otras no tanto. Tras su lectura resulta imposible no pensar en la contradicción que suponen algunas decisiones, estrategias y posturas del gobierno encabezado por López Obrador con los valores descritos, o bien en la lejanía de estos con aquellas. Una crítica general tiene que ver con que el prontuario parece asumir que una sola ética “ha caracterizado al pueblo mexicano a lo largo de su historia”, cuya distorsión desembocó en un declive moral. Dos críticas específicas giran alrededor de una visión estrecha sobre la autodeterminación de las comunidades indígenas, como efecto del combate a la pobreza y la marginación que hay en ellas, y de la justicia en general, reducida a su dimensión legal.

Por contra, recupero algunas perlas del documento: 1) “la humanidad es diversa por naturaleza y de muchas maneras (del respeto a la diferencia)”; 2) “el amor es el anhelo de integración de tu propia persona y de ésta con las demás (del amor)”; 3) “ama a los que vendrán después de ti, porque tu esperanza es el lugar en el que habitan (del pasado y del futuro)”; 4) “la gratitud es un atributo que dignifica como ningún otro (…) Si agradeces (…) construyes civilización (de la gratitud)”; 5) “de la dignidad de origen se desprende que merecemos la igualdad (de la igualdad)”; 6) “la fraternidad es el compromiso activo y afectivo, pero respetuoso, en la búsqueda de soluciones a problemas de los demás (de la fraternidad)”.

Asimismo: 7) “mantener una actitud participativa, crítica y vigilante sobre tus gobernantes es la esencia de la democracia (de la autoridad y el poder)”; 8) “no destruyas, a menos que sea para construir algo mejor (del trabajo)”; 9) “la economía debe servir a las personas y no al revés (de la riqueza y la economía)”; 10) “la familia es una unidad muy variable y sin un modelo único (de la familia)”; y 11) “la tierra y el territorio, nuestra casa común, deben ser cuidados y protegidos por todos a fin de mantener el equilibrio y la armonía de los ciclos de vida (…) Tenemos el deber de (…) asumir que no somos los reyes de ninguna creación sino pasajeros (de los animales, las plantas y las cosas)”.

Se podrá desestimar este esfuerzo aduciendo que a los gobiernos no les corresponde moralizar la vida pública. Yo pienso que sí es una tarea política y que esta pasa por el cultivo de virtudes cívicas que, si son practicadas por las personas, se verán reflejadas en las instituciones. Esta moralización, no obstante, debe ser resultado de una discusión abierta no de imposiciones.

Gustavo Esteva nos recordaba ayer que si algo significa el zapatismo es saber escuchar. Porque escuchar implica dialogar, y dialogar, citando al comandante Tacho, “no es simplemente oír al otro a la otra, sino estar dispuesto a ser transformado por la otra, el otro”. Sin negar el conflicto, propio de la política contemporánea, mucho podría contribuir esta guía ética a dialogar de veras.

 

*Foto de portada: AMLO, Presidente de la República Mexicana, Gobierno de México, México/ Foto: Facebook

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Roberto Alonso
Coordinador de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Iberoamericana Puebla y del Observatorio de Participación Social y Calidad Democrática.