Lado B
El eterno retorno
El uróboros podría muy bien usarse para representar a la escuela: cada ciclo escolar que termina es inmediatamente sustituido con un nuevo inicio de clases.
Por Juan Martín López Calva @m_lopezcalva
21 de agosto, 2018
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Martín López Calva

“El mito del eterno retorno nos dice por anticipación que nosotros sólo vivimos una vez y sin repeticiones. Por tanto, nunca podremos comparar una situación con otra”.

Milan Kundera

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Dice Wikipedia: “El uróboros (también ouroboros o uroboros) (del griego ουροβóρος [ὄφις], ‘[serpiente] que se come la cola’, a su vez de οὐρά, ‘cola’, y βόρος, ‘que come’), es un símbolo que muestra a un animal serpentiforme que engulle su propia cola y que conforma, con su cuerpo, una forma circular. El uróboros simboliza el ciclo eterno de las cosas; también el esfuerzo eterno, la lucha eterna o bien el esfuerzo inútil, ya que el ciclo vuelve a comenzar a pesar de las acciones para impedirlo”.

Este símbolo podría muy bien usarse para representar a la escuela, que como serpiente que se come la cola reinicia cada año en una especie de ciclo eterno, de proceso repetitivo que no termina nunca: cada ciclo escolar que termina es inmediatamente sustituido con un nuevo reinicio de clases.

En un sentido, la vida de la escuela es como el uróborosque representa la lucha eterna, el esfuerzo eterno de la humanidad por ir formando –socializando, transmitiendo la cultura, dando herramientas para adaptarse al mundo, desarrollando las potencialidades– a las nuevas generaciones que van naciendo y creciendo para sustituir a los adultos que tarde o temprano dejan el planeta.

Desde otro ángulo, visto desde el tiempo de corta duración de la trayectoria profesional de un docente, director escolar, orientador o tutor, esta sucesión de ciclos escolares que no termina –al menos en treinta o cuarenta años, toda la carrera de un profesional de la educación hasta jubilarse– puede también ser experimentada e interpretada como uróborosen su significado de esfuerzo inútil, por la rutina y la repetición de clases, ceremonias, reuniones, concursos, exámenes, rituales y requisitos burocráticos, que parecen no tener ningún sentido o no llevar a ninguna parte.

Cada inicio de ciclo escolar como el que comenzó esta semana es experimentado muchas veces por los educadores como  esta serpiente o dragón que se muerde la cola en un camino circular y autorreferencial en el que cambian solamente los rostros de los educandos que están enfrente –que a fuerza del desgaste de la rutina escolar van desdibujándose y pareciendo también iguales–. Pero se mantienen inmutables los escenarios, las formas, los espacios, los horarios y las acciones cotidianas durante diez u once meses hasta terminar un ciclo que, aparentemente, muere mas da origen inmediatamente a otro igual.

Para un profesor “quemado” por esta sucesión infinita de ciclos escolares, este reinicio continuo no representa ninguna novedad, no genera ninguna emoción especial y no plantea retos o aventuras por vivir. La tarea docente y la vida escolar se van viviendo como en una especie de presente extendido e interminable; un túnel oscuro y profundo en el que solamente va apareciendo una pequeña luz hacia el final de la carrera que culmina con el retiro o la jubilación.

En cambio, para un profesor que va cuidando y trabajando su vocación de profesional de la esperanza, esta serpiente que se muerde la cola, este mito del eterno retorno muestra, como dice Kundera, que sólo vivimos una vez, sin repeticiones y por ello es imposible comparar una situación con otra, un ciclo escolar con otro, un grupo o generación de estudiantes con otra, un proceso de enseñanza y aprendizaje con otro.

Para estos educadores comprometidos, renovados y renovadores, cada reinicio de ciclo escolar, a pesar de parecer el regreso a lo mismo, representa una novedad y genera siempre emociones, expectativas y retos que configuran toda una aventura por vivir, un futuro inédito por construir.

De este modo, el uróborosde la escuela se entiende desde su acepción de esfuerzo permanente, de lucha sin fin de la humanidad por realizarse, de continuidad de la vida que reclama su realización y plenitud. Por ello, cada nuevo ciclo escolar representa un renacimiento de la relación pedagógica que nunca desaparece pero va cambiando de manera constante.

Ver el reinicio de clases desde este ángulo representa una oportunidad de reconfigurarnos como educadores para realizar cada vez mejor nuestras tareas y cumplir plenamente nuestra misión formativa. Cuando se mira esta oportunidad, la apertura del año escolar se vuelve una apasionante novedad: la apasionante novedad de volver a la rutina.

“Cumplamos nuestra misión de investigadores (educadores) comprometidos, con sentido de urgencia. Hay un verso del poeta Jaime Sabines que me viene continuamente a la memoria y por ello me gusta repetirlo. Dice así: ‘La eternidad se nos acaba’. La eternidad se vuelve finita y se consume y extingue en cada niño que se queda sin escuela, en cada generación perdida, en el desperdicio irreversible del tiempo, recurso no renovable; el tiempo, que es el principal activo de las personas y las sociedades”.

Pablo Latapí Sarre. ¿Recuperar la esperanza? La investigación educativa entre pasado y futuro.

Ojalá en este reinicio de ciclo escolar la mayoría de los profesores, directores, orientadores, supervisores y autoridades educativas caigan en la cuenta de que el aparente ciclo rutinario es más bien una espiral que regresa al mismo punto de arranque, en un radio u horizonte distinto, más amplio y desafiante.

Solamente desde esta convicción se puede asumir la apuesta por la formación de las nuevas generaciones y cumplir nuestra misión de educadores comprometidos; con el sentido de urgencia que reclama la situación crítica de nuestro país herido de pobreza, desigualdad, corrupción, impunidad, violencia y exclusión.

Porque como afirma Latapí a partir del poema de Sabines, la eternidad se nos acaba en cada generación perdida, en cada día de clases que se desperdicia en actividades inútiles y carentes de significado.

La eternidad se nos acaba en cada ciclo escolar que se vive como rutina sin sentido y esfuerzo infructuoso por la desmoralización que nos invade desde hace tiempo, nos paraliza, mata la creatividad y la pasión por educar.

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Autor Lado B
Juan Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es actualmente es profesor-investigador en la facultad de educación de la UPAEP.