Salvo porque el tráfico vuelve a complicarse por las mañanas y al mediodía en la ciudad y las madres y padres de familia ya no tienen que buscar a quien encargar a sus hijos cuando salen a trabajar diariamente, el regreso a clases parece no tener ningún impacto en nuestra conciencia como sociedad y según observamos en estas nuevas generaciones, ni siquiera implica la emoción que en otros tiempos se vivía por conocer a la nueva maestra y estrenar los nuevos libros y cuadernos.
Los medios de comunicación se concretan a actualizar notas que se repiten año con año respecto a los gastos que implica este retorno para los padres de familia por las inscripciones, uniformes, listas de útiles escolares, etc. y a cubrir la ceremonia oficial donde el presidente inaugura el año escolar acompañado del Secretario de Educación Pública en turno y la misma y eterna lideresa sindical comete nuevos errores al leer su discurso.
Si bien los discursos hablan año tras año de grandes logros y desafíos y de la enorme “voluntad política” del gobierno en turno para llevar a la educación a los más altos niveles de calidad y hacer que la niñez se forme para construir un futuro luminoso para nuestro país, en el fondo cada retorno a la escuela parece para la sociedad y para muchos de los actores educativos un simple regreso a la rutina…y en muchos sentidos lo es.
Año tras año los alumnos y profesores retoman un horario cotidiano, regresan al mismo espacio escolar que tiene muy pocos cambios, a enseñar y aprender asignaturas cuyo plan de estudios es también relativamente estable, a participar en ceremonias, concursos, actividades, juntas y cursos que también de alguna manera se van repitiendo sin muchas novedades. En fin, que ciertamente el inicio de un nuevo año escolar es un regreso a la rutina, a esa rutina que como enemigo silencioso puede ir alienando lentamente a los educadores hasta llevarlos a vivir en carne propia lo que dramáticamente expresa el poeta:
“Soy profesor en un liceo obscuro,
He perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
Hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
Que envejecieron sin arte ni parte……En materia de ojos, a tres metros
No reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? -¡Nada!
Me los he arruinado haciendo clases……Sin embargo yo fui tal como ustedes,
Joven, lleno de bellos ideales,
Soñé fundiendo el cobre
Y limando las caras del diamante:
Aquí me tienen hoy
Detrás de este mesón inconfortable
Embrutecido por el sonsonete
De las quinientas horas semanales”.
Un buen consejo para todos los que nos dedicamos a la educación sería imprimir este poema completo y tenerlo a la vista cada mañana antes de salir a trabajar, como un antídoto o amuleto contra este amargo destino, como un elemento de reflexión y autocrítica para tratar de transformarnos día a día y no dejar que esta rutina nos envuelva y nos haga despertar un día mirándonos en este espejo triste.
Porque esta vuelta a la rutina, si se mira con ojos de esperanza, de profesionales de la esperanza como nos llamaba Xabier Gorostiaga S.J. a los educadores, puede ser una emocionante y retadora vuelta a la rutina, un regreso renovado a una rutina renovada y renovadora, transformada y transformadora.
En una conferencia impartida hace unos años en Guadalajara, el Dr. Bernardo Toro, gran pedagogo colombiano preguntaba al auditorio compuesto por medio millar de educadores: “¿Cuántos millones de niños y adolescentes están en este momento en las aulas en todo el país?” y planteaba una utopía que implica un desafío cotidiano que nos puede ayudar a transformar la rutina: “Si todos estos niños y adolescentes estuvieran en este momento aprendiendo lo que tienen que aprender, en la forma en que lo tienen que aprender y aprendiéndolo de verdad y con felicidad, este país se transformaría”.
Si todos los educadores volvieran a la rutina de un nuevo año escolar con los ojos, la mente y el corazón bien abiertos para mirar el milagroso potencial de desarrollo y transformación que es cada alumno, el signo concreto de esperanza que es cada estudiante, la semilla cargada de futuro que es cada persona que tienen frente a sí, tendrían de pronto la experiencia de comprender estas palabras de Bernardo Toro y se comprometerían sin duda a trabajar para que todos esos niños o adolescentes aprendieran todo lo que tienen que aprender –preparando a fondo el programa de estudios, actualizando sus conocimientos de las asignaturas-, de la forma en que lo tienen que aprender –preparando los métodos, técnicas, materiales y herramientas más adecuadas para facilitar el aprendizaje, actualizándose pedagógicamente- y lo aprendieran de verdad y con felicidad –preparando su de clases con la suficiente visión crítica y con la alegría y entusiasmo que genera el placer del conocimiento y su comunicación a otros- para contribuir de manera efectiva a la transformación de este país en crisis.
Esta apertura intelectual y existencial de los docentes para volver a la rutina con la pasión de quien enfrenta algo distinto y la curiosidad de quien espera lo inesperado sin duda contagiaría a los alumnos de este deseo de aprender y de formarse que muchas veces vemos que han perdido en “el sonsonete de las quinientas horas semanales”.
Recientemente en las redes sociales se compartió un video sobre el trabajo de un docente estadounidense de los años 60 que por lo que se ve en las imágenes tenía una enorme pasión educadora y una imaginación didáctica extraordinaria para involucrar a sus alumnos afectiva e intelectualmente en los diversos temas que trataban en clase. Los testimonios de algunos de ellos, ya adultos en el momento en que se grabó el documental, son realmente emocionantes. Impresiona especialmente el de uno de ellos que afirma que era increíble como, siendo alumnos de este profesor, los niños no solamente no se fingían enfermos para no ir a la escuela sino que cuando estaban realmente enfermos le decían a sus padres que no estaban tan mal para poder ir a la escuela y no perderse la experiencia de estar en las clases del profesor Cullum.
Este profesor, como muchos otros que trabajan en las aulas de muchas escuelas de nuestro país y que no tienen la difusión ni la fama que su trabajo merece, seguramente vuelven cada año escolar a la misma rutina de clases, con las mismas condiciones laborales insuficientes, con los mismos recursos e infraestructura limitada y con el mismo sistema educativo que plantea en ocasiones más obstáculos que apoyos para una buena educación y sin embargo son capaces de convertir cada regreso a clases en el inicio de una aventura y de vivir cada día en las aulas como algo único e irrepetible. Sin negar la urgente necesidad de transformación del sistema educativo en su parte organizacional, normativa, de gestión y políticas públicas, es necesario reconocer, documentar y difundir el trabajo de este tipo de docentes.
Su testimonio y vocación pueden sin duda ser la mejor invitación para que todos los que nos dedicamos a educar, dejando de lado los pretextos, vivamos cada agosto la apasionante novedad de volver a la rutina.
*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.
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EL PEPO