Lado B
Así es tener el empleo con menos derechos laborales
Las trabajadoras del hogar no tienen sueldos ni horarios justos, tampoco posibilidad de jubilación y la humillación es pan de cada día
Por Lado B @ladobemx
11 de julio, 2016
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Martina Žoldoš

Teresa se cubre el rostro y debajo de sus arrugados dedos se deslizan lágrimas. “Ya no me alcanza ni para comprar leche, ya no me alcanza para comprar un kilo de carne para mis hijos”. Se levanta, voltea hacia la pared y suelta el llanto.

Los datos estadísticos de Instituto Nacional de Estadística y Geografía (IV Trimestre 2015) muestran que hay más de 2 millones mexicanas que cada día cambian su hogar por otro, donde lavan, barren, trapean, cocinan y planchan por un sueldo que muchas veces apenas rebasa 160 pesos para una jornada de al menos 8 horas y un trato que incluye gritos, humillaciones y hasta acusaciones de robo.

Las trabajadoras del hogar representan 11 por ciento de todas las mujeres trabajadoras en México y son, entre la población ocupada, quienes tienen menos derechos laborales. Según la Encuesta Nacional de Empleo y Ocupación (III Trimestre 2014), casi 80 por ciento de las trabajadoras de hogar no tiene acceso a las prestaciones de ley, 8 de cada 10 no cuenta con seguro médico, 6 de cada 10 no tienen vacaciones y casi la mitad no recibe aguinaldo (Encuesta Nacional Sobre Discriminación en México, 2010).

Foto: Martina Žoldoš

Foto: Martina Žoldoš

Un salario que no sube

Teresa Francisca Galán Morales es un ejemplo del desorden que reina el sistema del trabajo doméstico remunerado. Su situación laboral depende totalmente de la merced de los empleadores. A pesar de que La Ley Federal de Trabajo garantiza el derecho a vacaciones, prima vacacional, aguinaldo, indemnización en caso de despedida, salario en caso de enfermedad, entre otros, a todas las personas trabajadoras, la práctica muestra que en el caso de Teresa y otras trabajadoras de hogar el respeto de estos derechos queda a voluntad de los empleadores.

El reto que se ha impuesto esta mujer de 45 años, que toma tres autobuses para llegar del estado de Tlaxcala a Puebla a ganarse la vida –“porque en Tlaxcala los sueldos son todavía más míseros”–, es conseguir un aumento en su salario actual, que es de 200 pesos al día: “Les había preguntado si no me podían subir el sueldo, por lo menos 30 pesos al día, pero todas rechazaron mi petición. Me dicen que el salario mínimo es de 70 pesos y que ellas me están pagando mucho más.” Pero si Teresa hace cálculos ese argumento no tiene peso en su economía familiar: “Antes la carne de res costaba 50 pesos el kilo, ahora la están vendiendo a 90. El bistec valía 70 pesos, ahora cuesta 130.”

Datos del Consejo Nacional de Evaluación de Política de Desarrollo Social (Coneval) muestran que en mayo 2016 el valor de la canasta básica (alimentaria + no alimentaria) urbana era de 2 mil 660 pesos por persona, mientras que en el mismo mes del año 2000 tenía valor de 2 mil 119 pesos. Esto significa el aumento de 541 pesos o casi el 25 por ciento. Teresa desde hace años recibe los mismos 200 pesos al día, que suman 5 mil pesos al mes. Considerando que su esposo como albañil gana 6 mil pesos mensuales, el presupuesto para sobrevivir de dos adultos y tres hijos adolescentes es de 11 mil pesos al mes. Según Coneval la canasta de bienestar para 5 personas vale 13 mil 300 pesos.

De acuerdo con el Observatorio de Salarios de la Universidad Iberoamericana, en Puebla el incremento del salario mínimo ha sido sólo nominal e inferior al aumento de precios, una familia promedio de cuatro integrantes debería tener un ingreso mínimo de 16 mil 444 pesos mensuales para cubrir sus necesidades básicas.

Teresa puede escoger entre dos opciones: aceptar lo ofrecido o marcharse. “He tratado de buscar otro trabajo pero siempre me dicen que quieren una chica de 18 años, porque según sus palabras a mi edad ya no me apuro.”

Su voz se vuelve chillante, sus gestos más teatrales y su cara enrojece cuando recuerda el rechazo de una de sus potenciales empleadoras: “Fui a buscar a otro lado, me dijo la dueña: ‘yo quiero una señora que entre a las 8 de la mañana y trabaje hasta las 6 de la tarde, una señora que va a guisar, lavar, planchar y llevar a los perros a bañar.”

La Ley Federal de Trabajo (Artículo 62) establece que la duración máxima de una jornada diurna es de 8 horas, sin embargo Teresa estaba dispuesta a aceptar las 10 horas que le proponían hasta que la conversación tocó el tema de salario. “Me preguntó cuánto cobraba y le dije que 200 pesos”. La respuesta de Teresa provocó una avalancha de insultos: “¿Estás loca? Nadie te va a pagar 200 pesos. Yo pago 120, si lo quieres, tómalo, si no, búscalo en otro lado, mamacita, porque a tu edad nadie te va a dar trabajo.”

Foto: Martina Žoldoš

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Cuidado, niñas trabajando

Un día Gemma Bolás Amador encontró a su madre llorando en silencio en la cocina. “¿Por qué estás llorando?”, le jaló la manga. La mamá no quiso responder. Gemma repitió la pregunta una y otra vez hasta que su madre se cansó de negar el problema. “Hoy la mesa se queda vacía, no hay comida en la casa, no hay dinero para comprar ni arroz ni frijoles”, admitió. Gemma se marchó a la tienda más cercana y preguntó si podía ayudar a cambio de algún dinero. La dueña le dio la escoba y al final del día 10 pesos y una bolsa de despensa. Tenía 6 años. Dos años después se fue a tocar puertas en el centro de Puebla a buscar trabajo, sola.

Gemma no es la única que aprendió a usar la escoba antes que leer y escribir. No es la única que empezó a trabajar siendo niña. Aunque la Constitución mexicana prohibe “la utilización del trabajo de los menores de quince años”, muchas de las mujeres empiezan a emplearse como trabajadoras del hogar antes de dicha edad.

Con sus 17 años Rosalía Vásquez Felipe, una adolescente típica que se escapa al mundo de la música mientras tiende la cama o lava los trastes, tiene 10 años de experiencia laboral y es otro ejemplo de numerosas violaciones de legislación laboral. Primero: Rosalía trabaja de las 8 de la mañana a las 7 de la tarde, tres horas más de lo máximo establecido en la ley. Segundo: no tiene descanso aunque el artículo 63 dice que durante la jornada continua de trabajo “se concederá al trabajador un descanso de media hora, por lo menos.” Tercero: la ley sí permite prolongar la jornada de trabajo por circunstancias extraordinarias, pero sin exceder nunca de tres horas diarias ni de tres veces en una semana. Rosalía trabaja 11 horas al día seis veces a la semana. Todo el año. Gana 4 mil pesos y no tiene ningunas prestaciones.

Reyna Yareli Mejica Mojía, (16) otra joven con mirada y voz tímidas, cuyo gran sueño -entrar al Ejército mexicano– se desvaneció en quinto año de primaria cuando guardó sus libros, libretas, lápices y dijo adiós a las aulas y a los compañeros más afortunados, vive la misma situación. Las normas de la ley, que determinan que “los menores de dieciocho años disfrutarán de un período anual de vacaciones pagadas de dieciocho días laborables, por lo menos” y que el patrón está obligado distribuir el trabajo del menor de manera que le permita terminar sus programas escolares, no se están cumpliendo.

Foto:   Martina Žoldoš

Foto: Martina Žoldoš

Comer como un perro

Los 4 mil pesos que ganan Rosalía y Reyna comprueban la inferioridad con que se valora su trabajo. Datos de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social muestran que el ingreso promedio de la población ocupada en el primer trimestre de 2016 en nivel nacional fue 5 mil 488 pesos; para hombres 6 mil 008 pesos y para mujeres 4 mil 633 pesos.

Conapred afirma que en el sector laboral femenino, “las trabajadoras del hogar son las que menos ganan respecto a las demás ocupaciones, de tal forma que tres de cada cuatro mujeres en esta actividad obtienen un ingreso no mayor a dos salarios mínimos. Esta cifra contrasta si consideramos que las trabajadoras para la conducción de maquinaria móvil y medios de transporte, las trabajadoras de la educación y las trabajadoras de protección y vigilancia y fuerzas armadas obtienen ingresos mayores de dos salarios mínimos en siete de cada diez casos.”

Aunque poco sueldo por mucho trabajo es la queja principal de las trabajadoras de hogar, el abuso, maltrato y la humillación por parte de los empleadores es lo que a veces duele más.

El tipo de trabajo que hacen estas mujeres, su bajo nivel de educación, su situación socioeconómica, su condición de mujeres y en ocasiones de indígenas las hacen un grupo vulnerable y víctima de discriminación, confirma el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) en el documento Derechos iguales para las trabajadoras del hogar en México 2012.

Gran parte de este problema es el aislamiento y la invisibilidad del trabajo doméstico, así como el entorno laboral en una casa particular con el dueño omnipresente, sin contratos de trabajo y reglas profesionales. Por otro lado el contexto cultural ha creado el estereotipo de que es normal que las mujeres hagan el trabajo doméstico, y como éste no requiere educación formal o habilidades especiales entonces socialmente no es reconocido como trabajo o por lo menos no es reconocido como un trabajo digno y bien valorado, explica Conapred.

“Me gritaban que no había hecho suficiente, que dejaba la casa sucia, que me salía de trabajo demasiado temprano”, cuenta la misma Rosalía Vásquez que trabaja 11 horas al día.

Teresa Galán se acuerda de la señora que le provocaba sentimientos de inferioridad, que la mandaba a comer a la cocina y peor, “comer de los platos de fierro. Comer como un perro.”

A Gemma Bolás la llamaron sirvienta y la acusaron de robarse la comida. “Ni me gusta la comida china”.

Dado que pocas de las mujeres firman contrato escrito con los empleadores, estableciendo sus deberes y derechos, sus actividades incluyen cualquier cosa que les pidan sus empleadores, llegando, en algunos casos, a vivir en una situación de explotación.

Cuando hace años Gemma inició una nueva relación laboral, el acuerdo, por supuesto verbal, fue sólo limpiar la casa ya que había dos mujeres más que se encargaban del resto de los quehaceres. Poco tiempo después la dueña decidió despedir a una y repartió las tareas entre las mujeres restantes. Luego se deshizo de la otra, dejando a Gemma con todo el trabajo doméstico. Si al principio sólo limpiaba, ahora barría, trapeaba, lavaba trastes y ropa, planchaba y guisaba, todo por el mismo sueldo. Pero la carga de tanto trabajo era más de lo que podía aguantar.

“Terminaba agotada y con enorme taquicardia. Salía del trabajo para correr directamente al médico. Casi todo lo que ganaba, gastaba en consultas, exámenes y medicinas ya que no contaba con seguro”. El doctor le prohibió seguir trabajando, el ritmo de Gemma la llevaba a un infarto seguro. La advertencia era clara pero su situación económica todavía más. Descansó tres días y volvió hasta que meses después decidió que no valía la pena morir por unos cuantos pesos.

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Foto: Martina Žoldoš

“Trabajaré hasta que Dios me preste fuerza”

Por 32 años María del Refugio Flores González talló piedras en una marmolería hasta que hace cuatro primaveras renunció por la dureza de trabajo y encontró otro en una casa particular, donde está encargada de la cocina y del cuidado de una señora. Aunque los días laborales son menos agotadores prefería trabajar en la fábrica, ya que eran menos horas y menos días, “tenía prestaciones, aguinaldo, reparto de utilidades, seguro médico, vacaciones pagadas, días festivos libres y pagados. Aquí no hay nada de esto”.

Ella tiene su propio departamento, muy cerca de su lugar de trabajo, sin embargo entre semana vive en la casa de su única empleadora para disminuir los gastos de luz, gas, teléfono, comida. El sueldo lo destina a lo más básico e importante –ropa, artículos para el aseo personal y seguro social. María es una de las pocas trabajadoras del hogar afiliadas al Instituto Mexicano del Seguro Social por su propia voluntad y dinero. Después de pagar 3100 pesos para el seguro, le quedan 1500 para sobrevivir el mes.

En materia de seguridad social la legislación mexicana es discriminatoria, ya que la Ley del Seguro Social no contempla a las trabajadoras de hogar como sujetos de aseguramiento obligatorio. En cambio establece la posibilidad de aseguramiento voluntario, lo que significa que la inscripción y el pago de aportaciones son únicamente obligaciones de ella, a diferencia del resto de los trabajadores. Como consecuencia, 8 de cada 10 trabajadoras del hogar no tienen cobertura de seguridad social (Encuesta Nacional de Empleo y Seguridad Social, 2013) lo que significa que no pueden acceder a licencias de maternidad, a guardería para sus hijas e hijos, al pago de incapacidades, al derecho a una pensión, entre otros beneficios.

Las mujeres con experiencia laboral de casi media centena de años esperan con angustia el día en que sus cuerpos ya no puedan aguantar más de ocho horas de trabajo físico. “Trabajaré hasta que Dios me preste fuerza”, es la frase común de muchas de ellas. Sin posibilidad de recibir un solo peso de pensión, Dios es la única instancia de la que pueden esperar ayuda.

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