En este pueblo no hay libros
María Cristina G. Mitznahuatl
Por Lado B @ladobemx
12 de diciembre, 2015
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Solo 15 kilómetros separan el centro de la capital del estado de Puebla de San Antonio Cacalotepec, junta auxiliar de San Andrés Cholula. Sin embargo, las diferencias entre ambas comunidades son notorias, en particular en materia de educación, como cuenta Cristina, cuyo encuentro tardío con la literatura no fue impedimento para que hoy sea gestora cultural y una devoradora de libros.    

María Cristina G. Mitznahuatl

@CMitznahuatl

Volví a casa después de un largo día, tomé el libro y me puse a leer; esa lectura exquisita de Raúl Bringas Nostti y su Anti Historia de México transporta al pasado de la historia de nuestro país, esa historia no contada por las escuelas de gobierno. Así que me perdí entre sus páginas, al mismo tiempo que reflexionaba sobre mi relación con la lectura.

Recuerdo que allá por 1999 las escuelas de San Antonio Cacalotepec carecían de bibliotecas, lo cual hasta el momento sigue siendo un problema en la localidad. Por tal motivo la lectura sigue siendo escasa. En ese entonces yo tenía 7 años, iba a la primaria de esta comunidad y, por desgracia, mis profesores no me exigían leer. Siempre me cambiaban de profesor, venía el descontrol. Resultado: lectura ineficiente. Y así cada ciclo escolar hasta llegar a la secundaria donde los únicos libros que leíamos mis compañeros y yo eran los mandados por la SEP. No había más: geografía e historia y matemáticas. La literatura era poco común. En fin, que en ese periodo tampoco conocí las páginas de un texto literario.

Ya en la preparatoria, mis maestros, en especial de literatura, nos dejaban leer uno que otro cuento dentro de los libros didácticos, es decir, no salíamos de la rutina: materiales mandados por la SEP. No conocía más, no sabía lo que era realmente leer un libro editado por alguien distinto al gobierno, ni mucho menos sabía distinguir a un autor de otro. Eso sí, llegaba el festejo del 16 de septiembre y todos los profesores se organizaban para preparar el famoso desfile, horas de ensayo y sol, todo con el fin de que la gente viera a niños y jóvenes uniformados representando a la patria, aunque pocos sabían sobre la historia de este festejo. La orden para la celebración era muy precisa, todos los alumnos teníamos que participar en el desfile, si no, teníamos falta o puntos menos. Después todo volvía a la normalidad: poco interés en aprender algo nuevo. La exigencia no era parte de la formación dentro de las aulas de mi escuela.

Mi familia tampoco poseía la sensibilidad de acercarme a las letras, ya que a ellos tampoco los acercaron a los libros. Su formación fue el campo, cosechar maíz y, si bien les iba, los hombres terminaban la primaria. Pocas mujeres cruzaban por un salón pues en esa época –la década de 1960- ellas estaban destinadas a ser amas de casa o más bien las educaban para ser buenas esposas. Como tal, el hombre tenía más oportunidades para estudiar, o al menos para aprender a leer y escribir. Mi madre me cuenta que la educación era escasa, la única escuela que existía era la primaria y hasta ahí se llegaba. No había más. Por eso el analfabetismo y la migración se fueron esparciendo dentro de mi comunidad.

La educación en San Antonio Cacalotepec se recibía fuera de las aulas, es decir, al cruzar el río Bravo, al trabajar duro. Tal fue el caso de mi padre y de muchos migrantes. Mi madre, al igual que otras mujeres de su época, se fueron educando en las costumbres: casarse y tener hijos a temprana edad.

Mi generación seguía el mismo camino, con la diferencia de que nosotros ya contamos con escuela secundaria y preparatoria en la comunidad. Sin embargo, nuestras mentes se transformaron más por el hábito de mirar televisión que por el contacto con la lectura y el deseo de aprender; alguna que otra telenovela nos embobaba, y por supuesto, el bombardeo de los medios tradicionales con la candidatura para el nuevo presidente.

Mi lectura era limitada, exigua, sin afecto hacia las páginas. Hasta que llegué a la universidad, ahí, donde mi vida dio un giro de 180 grados, en primera por los profesores, en segunda por mi relación con las letras; en mi memoria se guarda bien claro el día que me vinculé con ellas de verdad. Lo recuerdo tan bien que puedo decir que el primer libro que leí fue El Extranjero de Albert Camus. Cómo olvidarlo si sus páginas me trasladaron al pasado. Debo reconocer que sus palabras me provocaron escalofríos y me transmitieron la soledad y sufrimiento por el personaje principal, Meursault. Después comprendí que su escritura era parte de la destrucción y desesperación de la Europa debilitada por las dos guerras mundiales. De esta manera descubrí que la lectura era importante, que cada libro representa una historia, un lenguaje y una época; entonces así pude enamorarme de la literatura, devorar libros hasta palpar las páginas disfrutando de sus letras exquisitas.

La lectura no solo me dio historias, sino también me ayudó a agilizar mi mente, sobre todo a aumentar mi léxico. La escritura fue otra de las grandes aportaciones que me dio la literatura. El mejor ejemplo me lo dio Octavio Paz con su libro Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), pues en cada párrafo aprendí a situar los puntos y comas, también aprendí que no existe un punto final dentro de la lectura, ya que la lectura debe ser continua.

A veces me pregunto, si la lectura me hubiera llegado en mi niñez, ¿mi vida sería otra? Quizá habría conocido los libros-álbum, y habría imaginado con cada libro una aventura. Si tuviera que regresar el tiempo, solo sería para poder iniciar mi lectura a temprana edad.

Una de las mejores etapas de mi vida ha sido la universidad; pude experimentar con las letras, relacionarme con gente que le gusta leer pero, sobre todo, conocer el mundo del arte y la cultura. Gracias a todo esto pude descubrir mi vocación por la gestión cultural: compartir conocimientos y actividades para los demás.

Es una tristeza mirar mi entorno, las escuelas están cada vez peor. Tan solo en la secundaria se han eliminado las clases de danza, inglés y computación y, por supuesto, la lectura sigue siendo una asignatura pendiente. La única biblioteca que existe en San Antonio es la de la presidencia auxiliar, pero no contiene los libros necesarios: son libros mandados por el gobierno.

San Antonio Cacalotepec sigue siendo un pueblo olvidado, olvidado por el gobierno: el mismo que nos está negando la información y la educación. Hace unos días me llegó el rumor de que el gobierno regalaría televisiones a personas de escasos recursos. El rumor se hizo realidad. Me tocó mirar a personas sujetando sus pantallas. Según la Secretaría de Comunicaciones y Transportes estas pantallas tienen la finalidad de acercar a la gente a mejores ofertas de canales y contenidos. Y, ¿si en vez de regalar pantallas se regalaran libros? Bien dijo Friedrich Nietzsche: “todo lo que el Estado dice es mentira y todo lo que tiene lo ha robado”.

Lado B. Periodismo 3.0


Este texto es resultado del taller de crónica periodística impartido por Alonso Pérez Fragua en Profética Casa de la Lectura en julio de 2015.

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