Lado B
Las formas de la culpa
Samantha Páez
Por Samantha Paéz @samantras
28 de mayo, 2015
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Hace más de 100 años un hombre comenzó una tradición para expiar una culpa, para huir de un fantasma. Hoy, otros hombres y otras culpas mantienen viva la dolorosa tradición, en Atlixco. 

Samantha Páez

@samantras

Por la calle adoquinada que sube al exconvento de San Francisco escucho el  ruido de cadenas que se arrastran, cadenas que van sujetas a pies descalzos,  pies descalzos de 62 hombres de todas edades, hombres que cargan  eslabones de metal cruzados en el pecho, llevan espinas en el cuerpo y una corona de afiladas púas en la cabeza.

Si los hombres arrastran cadenas, arrastran una culpa  ¿De qué tamaño será si tienen que caminar cinco kilómetros con los ojos  vendados, arrastrando cadenas en los pies y cargando una cruz metálica en el pecho?

Cada quien lleva su culpa de forma diferente, mi abuelo intentó recompensar la ausencia de décadas en los últimos años de su vida. Siguió a mi abuela a todos lados, a la tienda, al consultorio, en la combi. Pero sólo logró hartarla con su paso lento, con su caminar imposible sin un bastón.

A los hombres de Atlixco que arrastran su culpa en forma de cadenas les llaman “engrillados”. Dicen que el señor que empezó con la tradición hace 110 años le cortó el dedo a un muerto para robarle el anillo. Su culpa fue tan grande, tan pesada, que soñaba todas las noches que el muerto le reclamaba el hurto.

Dejó que cadenas le amasaran el cuerpo, que le arrojaran espinas en el  cuerpo, caminó alrededor de la iglesia con los ojos vendados y sólo probó el jugo de limones cada Viernes Santo por 54 años, para no escuchar los reclamos el difunto. Pero hasta el día de su muerte el remordimiento lo atormentó.

Hoy, cientos repiten sus pasos año con año, cargando sus propias culpas ¿De qué tamaño? Sólo ellos lo saben.

No me atrevo a preguntárselo a Luis, pero sí cuánto tiempo lleva de “engrillado”. Dice que 21 años seguidos y aún le faltan varios más.

–Nadie lo hace por gusto.

Contesta sin hablarme a mí, le habla al viento quizá, porque su rostro apunta hacia otro lado mientras le colocan unas cadenas oxidadas en los pies, en el pecho, como unas carrilleras culposas.

Lo veo y calculo que no tiene más de 45 años, es delgado y su cuerpo se ve fuerte, sin marcas, ni tatuajes.

Rogelio vive desde hace cuatro décadas en Estados Unidos, sólo vuelve a México para engrillarse, para probarse a sí mismo su fe. ¿Qué demonios lo visitara por las noches?

Jaime, con la gordura de los jerarcas, con la autoridad que le da organizar el ritual, cuenta sentado en una silla que lo hacen para purificarse, purificar su cuerpo y su vida.

–Nosotros participamos en esto porque queremos limpiarnos un poquito de lo que se nos atraviesa.

Miro a los hombres que suben por el adoquín caliente del mediodía, sus cuerpos curvados por el peso del metal. La mayoría tiene tatuajes en el torso y brazos, algunos en las piernas. Cruces, vírgenes, Santas Muertes, calaveras y estrellas dibujadas en tinta negra.

En la subida algunos resoplan como toros en el ruedo y, como tales, sangran. Sus acompañantes les dan limones en la boca, les cargan las cadenas unos instantes.

Cristian tiene que salir de la fila que asciende al exconvento, no quiere que le quiten el peso de encima pero al final el peso casi lo vence y lo lleva al piso. Su madre, que me ha confesado poco antes no ser su verdadera madre, lo toma del brazo y junto con un organizador lo guía hacia una carpa.

Vuelvo a ver a Luis, va entero, erguido completamente. Apenas si guiado por su mujer, sosteniendo en las manos una canasta morada y verde con monedas y limones. Camina directo hacia la entrada del templo. Lleva su culpa con dignidad, no deja que lo venza.

Pienso de nuevo en el señor atormentado por haberle cortado el  dedo a un difunto, me imagino su agonía en el lecho de muerte. Creo que es  similar a la agonía de mi abuelo cuando nos fue llamando uno por uno hasta su cama para decirnos cosas inaudibles.

Y veo a Luis avanzando firme como soldado, diluyéndose entre la gente, quizá él sí logre deshacerse de su culpa o quizá su culpa no sea tan grande. Quizá.

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Autor Lado B
Samantha Paéz
Coordinadora del Observatorio de Violencia de Género en Medios de Comunicación (OVIGEM), periodista y activista. Tengo especial interés en los temas de género y libertad de expresión. Formo parte de la Red Puebla de Periodistas. También escribo cuentos de ciencia ficción.
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